
Autor: Juan Pedro Molina Cañabate
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Lo siento, pero no me gusta salir a aplaudir a los balcones
Aunque a veces lo hago (animado por mi mujer y mis hijas) no me gusta salir a aplaudir a los balcones. Lo siento. Sé que puedo parecer borde y antisocial. Os diré por qué no me gusta salir a aplaudir.
Lo peor de esta crisis del coronavirus no ha llegado todavía. Lo peor será cuando pasen las semanas y haya familias que, con todos en el paro y confinados, no tengan qué comer, por ejemplo, o no tengan con qué pagar las facturas básicas, como hablaba hoy con mi amigo Willy.
Entonces, aplausos aparte, se demostrará la verdadera sensibilidad, nobleza y solidaridad de una comunidad de vecinos. Esos que salimos a aplaudir a los balcones.
Ojo, sé que se aplaude a los servicios sanitarios. Que se lo merecen, por supuesto.
Pertenezco a un colectivo (el profesorado) con bastante mala fama. Y me gusta que al personal médico y sanitario se le agradezca que nos salven vidas (¡¡¡Gracias, chicas!!! ¡¡¡Gracias, chicos!!!) Pero permitidme no aplaudiros hoy. A cambio, cuando pase todo esto, no me enfadaré cuando tenga que esperar mucho tiempo en la sala de un centro de salud. Comprenderé que estáis saturados. Y también, a cambio y cuando pase todo esto, comprenderé que no tengáis el mejor humor cuando me examinéis, pues comprenderé que tenéis jornadas agotadoras.
Dicho esto, quizá mañana salga a aplaudir a aquellos que nos salvan vidas. Pero pensaré, como hoy, que esta guerra es muy larga, y que tendremos ocasiones para probar, con nuestro prójimo, de qué madera estamos hechos en realidad.
Ánimo con la cuarentena. Queda un día menos.
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Conocí a Hermann gracias a la mamparitis
Teníamos mucho miedo de que la suerte nos llevara a un barco. No porque tuviéramos que pasar un año en alta mar, sino por la mamparitis. Os cuento: los barcos no tienen paredes, sino mamparas. En el argot marinero, la mamparitis se produce cuando, en una larga navegación, estás con los nervios a flor de piel por estar tanto tiempo encerrado. Esto provoca que, al final, todos los marineros se terminen peleando con todos y por los motivos más estúpidos y surrealistas.
En 1988 me tocó hacer el servicio militar en la Marina. Pero la fortuna no me llevó a un barco (como temía), sino a la Flotilla de Aeronaves de la Base Naval de Rota. Y allí, entre aviones que despegaban y teletipos que yo transmitía, pasó un año de mi vida.
Nunca le he tenido miedo a estar encerrado. El motivo es sencillo. Yo fui uno de esos adolescentes tartamudo y con la cara llena de acné que se quedaban muchísimos fines de semana en casa, sufriendo su particular mamparitis.
Pero, apenas sin darme cuenta, empecé a hacer nuevos y extraños amigos.
Armanda
Gracias a esos fines de semana conocí a un tal Camilo, que había escrito La colmena. Federico me recitó los poemas que escribió cuando vivió en Nueva York. Pedro me enseñó a describir latidos profundos con frases sencillas y dejé de ser tartamudo porque empecé a declamar sus versos en voz alta.
Mi queridísimo Hermann (siempre, siempre querido) me enseñó que es muy bello ser lobo estepario y que hay que saber vivir y aceptar los múltiples yoes que cada uno de nosotros y nosotras llevamos dentro. Por cierto, él me presentó a Armanda, de la que me enamoré al instante. Arthur me llevó al Berlín de entreguerras. Pío me enseñó mi propio Instituto, el San Isidro, en El árbol de la Ciencia. También me aconsejó que es mejor escribir en corto que en largo. Algún tiempo después mi amiga Virginia hizo me sintiera como una mujer y, años más tarde, Paul como un chico sin hogar.
En la recuperación de una cirugía de apendicitis, un antiguo novio de mi hermana Julia me dejó toda su colección de Corto Maltés. Volé, casi literalmente, a los mares del sur. Por cierto, gracias, Pedro.
Cuando era pequeño y me quedaba en casa, imaginaba que ésta era un barco y que las ventanas eran las escotillas. Qué curioso. En cierto modo, la vida se repite.
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Arqueólogos emocionales
A veces me da por pensar qué será de estas palabras que yo escribo, en este extraño cuaderno digital, dentro de muchos años. Es cierto que tengo guardadas, en una USB, copias de todas las entradas del blog. Pero la verdad es que nunca se sabe.
También conservo alguno de los cuadernos en papel que escribí en mi primera juventud. Ahí están relatos y poemas. También capítulos de novelas, muchas de las cuales no terminaron de escribirse, pero que, en su momento, me parecieron que valían la pena. Muchas veces, cuando, sin querer, los hojeo, siento algo de vergüenza al comprobar qué inocente e ingenuo era escribiendo entonces.
Arqueología emocional. Los cuadernos y las palabras que yo guardo (que tú guardas) son indicios de yacimientos más profundos.
¿Sabes? Hicimos bien en escribir todo eso, por muy naíf que fuera. Formaba parte de un proceso de autoconsciencia. Parte de nuestro mundo necesitaba escribirse sílaba a sílaba, frase a frase. Construimos nuestro mundo gracias a que fue delimitado, en la cartografía de un DIN A4 o un documento de Word, con reinos y fronteras hechos de píxeles o tinta de azul. Quizá los años los sedimentaron.
He dicho más arriba que tú y yo somos arqueólogos emocionales. En mi caso, he de confesarte que, desde hace unos meses, están viendo la luz ciertos hallazgos.
Mi corazón, naíf, sigue siendo el mismo que entonces. Sólo que, ahora, no me molestan tanto ni la arena en los ojos ni la aridez el desierto.
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Zorro comprende que la Justicia Divina no existe
Fue esa noche, a las afueras del pueblo, cuando Zorro comprendió que la Justicia Divina era un invento de los humanos. Así ellos podrían seguir enfadados unos con otros y jurarse odio hasta el final de sus días.
La idea de la Justicia Divina era seductora. Y erigirse en su brazo ejecutor debía ser, sencillamente, maravilloso. Zorro ya se imaginaba a sí mismo tapando con cera los cañones de la escopeta del cazador para que ésta le explotara en la cara. O manipulando sus cepos para que se cerraran en su mano. O asustándole para que cayera por un precipicio.
Qué maravilla.
Pero pensó que si hacía eso se convertiría en hombre. Y Zorro era sólo eso: un zorro. Ya le había costado mucho ser vegetariano. El camino estaba iniciado: de ningún modo podía volver atrás.
Alzó las orejas. El viento de la noche le trajo el murmullo de unos humanos. Había que irse. Miró a la espesura del bosque. Intuyó el brillo de guardianes, protectores y otros hermanos. Y hacia allí encaminó sus pasos.
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Así derribamos el muro de Berlín
Éramos ocho o nueve chicos y chicas que nos habíamos reunido un domingo para hacer un trabajo de la Facultad. Elvira, una de las integrantes del grupo, había propuesto días antes que fuéramos a su casa a la hora de comer: así podíamos almorzar juntos y, justo después, ponernos con el trabajo.
Todos celebramos la idea.
Hicimos un fondo común y allí que nos presentamos con pollos, patatas fritas, croquetas, cerveza y refrescos. Alguno también se presentó con resaca de la noche anterior. Bullangueros, nos metimos todos en el dormitorio de nuestra compañera ante la sorprendida mirada de su padres. Aquello parecía, sin lugar a dudas, el camarote de los hemanos Marx.
Nos organizamos bastante bien: comimos, bebimos y nos reímos mucho. Las apreturas de espacio, que hoy con cincuenta nos parecerían incómodas, con veinte nos provocaban la risa. Cada poco rato, alguno recordaba eso de: «Oíd, que estamos aquí para hacer un trabajo».
Pero seguíamos hablando de nuestras cosas. Al hablar de parejas, uno de nosotros (no recuerdo quién) dijo: «El amor no existe» y Manuel contestó: «Si crees que el amor no existe es porque aún no lo has vivido». Lo dijo con tanta seguridad que, aún hoy, treinta años después, me acuerdo de ello.
Poco a poco empezamos a hablar de la tarea que nos habían mandando en la Facultad y por la que nos habíamos reunido allí.
Periodismo. Madrid. España. 1989
Roberto y Manuel querían trabajar en la radio. Tenían voz para ello y ya hacían sus pinitos. A Elvira y a Yolanda les gustaban el Arte y la docencia. Y tenían la inteligencia y el carácter suficientes para emprender esas misiones y muchas más. Yo quería escribir. Sólo quería escribir. Y ya había empezado a hacerlo.
Ni siquiera podíamos imaginar que, treinta años después, las cosas iban a ser tan distintas en forma pero tan parecidas en esencia. Si uno/una tiene vocación, de lo que sea, nada puede pararle. Si uno tiene vocación, de lo que sea, todo lo que venga será bienvenido.
Aquella tarde, entre aquellos amigos, supe (era totalmente consciente, mejor dicho) que estaba naciendo algo, que esas personas que me rodeaban eran muy especiales.
De repente, alguien llamó a la puerta de la habitación de nuestra amiga. Era su madre. Asomó un poco la cabeza y dijo: «Chicos, venid a ver los informativos. Están derribando el muro de Berlín».
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