Autor: Juan Pedro Molina Cañabate

  • El corazón no tiene sexo

    ¿Sabes? Siempre me han gustado y me han llamado la atención las canciones que, originariamente cantadas por mujeres, han sido versionadas por hombres. Quizá porque, aunque se hagan visibles de formas distintas, los sentimientos son los mismos cante quien los cante. El corazón no tiene sexo. ¿No piensas igual?

    Conocía, como todos, la existencia de la película El ángel azul, dirigida en 1930 por Josef von Sternberg e interpretada por Emil Jannings y Marlene Dietrich. Pero no la vi hasta hace muy poco, y gracias a que escuché en Mundo Babel, de Juan Pablo Silvestre, la versión que Brian Ferry hace del tema central.

    A lo mejor yo hubiera cantado canciones como ésta si hubiera sido crooner en Estados Unidos o cantante de clubes nocturnos en el Berlín de la República de Weimar.

    Quién sabe. Aunque me da a mí que en otra vida fui cantante de ópera. Pero eso, como decía el novelista, es otra historia.

  • Tengo que volver a casa

    Cuando abrí los ojos me zumbaban mucho los oídos. Estaba tumbado en el suelo, boca arriba, y veía el cielo. De inmediato advertí cierto olor a pólvora y a barro. Sentí que mis ropas, de tela burda, estaban mojadas. Empecé a moverme: tenía todo el cuerpo entumecido.

    De repente, ante mi campo de visión asomó una cabeza. Un muchacho, mal afeitado, me dijo con acento del sur:

    Un obus est tombé très près de vous. Ami, tu es né de nouveau.

    Me ayudó a incorporarme. El chico estaba muy sucio. Olía a sudor y a podrido, y tenía las manos descuidadas y las uñas algo largas y negras. Pero era mi ángel de la guarda y no era plan criticarle.

    Me di cuenta de que los dos vestíamos uniforme militar azul, y, entonces, empecé a comprenderlo todo. A lo lejos oí unos aviones y giré la cabeza. Era lo que me temía: una escuadrilla de biplanos.

    —N’ai pas peur. Ils sont à nous

    Pero no me asustaban los aviones. Había saltado a 1916, me encontraba quizá en Verdún, y comprendí que iba a tener muy, pero que muy difícil volver a casa.

  • Hace una noche fantástica en este balcón

    Hace una noche fantástica. Aquí en la terraza se está bien, ¿verdad? Yo siempre riego las plantas por las noches, de madrugada. Mira, esos de ahí son los geranios que viste en Instagram. Los que están más cerca, sí ésos, son del verano pasado. En invierno los cuidé mucho y fíjate cómo están ahora. Los del fondo me los dio mi vecina Alicia. Son silvestres y resisten más.

    Éstas de aquí son gitanillas, ¿ves? Son como geranios que caen. Tienen una flor preciosa. Y eso de allí que está en la jardinera, que parece césped alto, son en realidad bulbos. No han florecido todavía, pero tienen una flor como una amapola violeta. Y también, mira, aquí tengo lavanda y aquí romero. Hay noches que, después de regar, huele muy bien.

    Venga, ahora un chin-chin. Quién nos lo habría dicho, con lo que hemos sido y esta noche estamos brindando con cerceza sin alcohol. Madre mía.

    Luego me suelo quedar mirando a la urbanización. Mejor dicho, a la urba de enfrente. Me gusta mirar las ventanas. La luz que tienen. Casi todas suelen ser cálidas. Hay algún vecino que pone colores fríos o luces psicodélicas que cambian e color como en las discotecas. Pero son los menos.

    Es curioso, los vecinos están ahí. Pero apenas los veo. Esto es como la vida. Tú miras a las personas, pero en realidad estás viendo un balcón o una ventana. Porque se esconden y lo bonito es adivinar quién vive dentro. Pero siempre sin molestar.

    Hay noches que cuando estoy en la terraza, como tú y yo ahora, me gusta esconderme en un rincón porque intuyo que en la urba de enfrente también hay alguien que me está mirando. Me escondo, como los soldados de la Primera Guerra Mundial en las trincheras. Mañana será otro día, pero hoy, ahora, estamos aquí tranquilos. Cogiendo fuerzas.

    Chin-chin.

    Y ya si vemos una estrella fugaz será la leche.

    Imagen: Jeffrey Betts en StockSnap.io

    Escucha el texto en mi podcast.

  • ¿Te atreves?

    Por aquel entonces yo tendría veintitantos y trabajaba en una consultora de comunicación. Me había autoeditado una primera novela y le había llevado un ejemplar a una persona que trabajaba en uno de mis clientes.

    Ésta era una mujer mayor, a punto de jubilarse, con la que en un principio no me llevaba bien por sus modales secos y adustos, muchas veces desagradables. Era una mujer muy dura. Pero al cabo de unos meses, cuando nos conocimos mejor, comprendimos que los dos estábamos en el mismo barco, por así decirlo, y empezamos a llevarnos bien. Me di cuenta de que, en realidad, era una muy buena persona que decía las cosas siempre a la cara.

    Pocas semanas después de haberle llevado el libro, coincidimos en la sede del cliente y le pregunté si lo había leído y ella me dijo con aparente desidia:

    —Sí.

    —¿Y qué te ha parecido? —pregunté.

    —Bien. Escribes bien.

    —Nada más? ¿No tienes ningún comentario que hacerme? No te creo.

    Entonces ella me dijo:

    —Al libro le falta lo mismo que te falta a ti.

    Yo, la verdad, estaba cada vez más intrigado.

    —¿Y qué es lo que me falta a mí? —le pregunté con la mayor de las inocencias.

    Entonces ella me miró fijamente y me dijo, muy seria:

    —Atrevimiento.

    [Pulsa aquí si quieres escuchar este texto en mi podcast]

  • Voces masculinas (I): Jesús de la Rosa

    Mientras escribo este post estoy escuchando a Triana. Su cantante, Jesús de la Rosa, murió por las secuelas de un accidente de tráfico en 1983. Tiene (no quiero decir «tenía», sino tiene) una voz magnética, muy masculina, que le sale del corazón. Resulta increíblemente veraz porque no busca ningún ornamento. Si la escuchas en Una noche de amor desesperada advertirás un matiz oscuro y lento. Pero no es triste sino reflexivo. Para cantar así hay que haber vivido o/y tener un mundo interior lleno de colores y matices.

    ¿Cómo fue Jesús de la Rosa? Sus familiares dicen que fue una persona muy introvertida, que dejó Sevilla y llegó a Madrid para ganarse la vida cantando. Al principio lo pasó mal. Intuyo o quiero creer que fue buena persona.

    Cantaba en Triana:

    "Tuvimos una noche llena de color. Un río dorado tus ojos son. Paramos la vida con nuestras manos. La dicha cantaba esta canción. Una noche de amor desesperada. Una noche de amor que se alejó. Sigo caminando, no te veo más. Recuerdo tu paso por mi soledad".

  • El constante objetivo vital de Margaret Lester

    En 1905, cuando ya había cumplido la por entonces muy considerable edad de cuarenta años, la botánica Margaret Lester mantuvo una agria discusión con la Royal Geographical Society. Algunas crónicas dicen que la disputa estuvo a punto de acabar en los tribunales.

    Lester quería ser aceptada por la Royal en un último intento de encontrar patrocinio para un viaje científico a Perú. Los directores de la Institución adujeron que el proyecto presentado por la botánica y profesora de Ciencias Naturales carecía (paradoja) de una base científica estable para ser tomado en serio.

    Aunque años antes la Royal Geographical Society había admitido a mujeres como miembros de pleno derecho, Lester sospechaba que detrás de la negativa se encontraban motivos de índole personal. ¿Por ser mujer? ¿Por no pertenecer al stablishment? ¿Por las desavenencias entre su marido y algunos miembros de la directiva? Quién podía decirlo. A lo mejor podía ser mala suerte, simplemente. O quizá, también, porque el proyecto era malo y había que asumirlo.

    Prometedora científica

    En su juventud, Margaret Lester fue una prometedora científica. En realidad, nunca había dejado de serlo. Sólo que sus clases en el College y la crianza de sus tres hijos habían ralentizado la consecución de objetivos mayores.

    Desde hacía años, Lester quería viajar a Perú para estudiar plantas medicinales y aplicar sus conocimientos en Europa. Bien es cierto que podía viajar por su cuenta o tomar como destino otro país más cercano (del sur de Europa o de África, por ejemplo).

    Pero Lester se había propuesto ese objetivo: aplicar conocimientos botánicos adquiridos en Perú. Ese y no otro. Y todos, absolutamente todos, le decían que ya era muy mayor para conseguirlo. Todos le dijeron que lo más cristiano era aceptar la realidad y dar gracias al Señor por lo mucho que la vida le había traído, como aquel empleo en el College. Incluso se lo decía su esposo, el oficial John Seaman quien (he aquí otra paradoja) era filántropo desde que se había licenciado en el Ejército de Su Majestad.

    Nunca deje usted de ser quien es

    Pero, un día, Lester se encontró con un viejo profesor de la Universidad. Le llamaremos C. S. puesto que su identidad aún no está comprobada del todo. Ella le invitó a tomar el té en su casa y allí, dos días después, con puntualidad británica y con su mejor levita, el viejo profesor acudió a la cita.

    Al cabo de un buen rato, y tras haber escuchado atentamente todos los problemas que su antigua pupila tenía con la Royal y con la consecución de su objetivo, el profesor le dio un consejo:

    –Margaret, yo la conozco bien —dijo mesándose su barba blanca–. Usted necesita seguir investigando. Investigue. ¡Investigue! Da igual que la Royal no la acepte o que, incluso, sus amistades más cercanas hayan perdido la fe en la consecución de su objetivo. Usted investigue. Quién sabe si dentro de un año o dos aparecerá un mecenas. Quién sabe si al final ni siquiera le hará falta. Nunca deje usted de ser quien es.

    –¿Y si no lo consigo, profesor? Es complicado.

    –Usted no necesita ni la aprobación de los demás ni sus buenos augurios. Como buena científica, sabe que en una pequeña muestra se esconde la esencia del todo. Siempre que siga investigando, siempre que siga preparando esa expedición a Perú, siempre que ame todo lo que hace, todo eso y mucho más se estará consiguiendo. Espero, por supuesto, que esta misma noche (qué digo, ahora mismo, cuando yo deje su domicilio) usted abra sus cuadernos, tome su estilográfica y siga con sus investigaciones con el microscopio al lado.

    Durante toda su vida, el despacho de Margaret Lester estuvo con la luz encendida hasta entrada la madrugada.