Autor: Juan Pedro Molina Cañabate

  • Zorro trina como un jilguero

    Zorro encontró cerca del lago a otro hermano, un zorro viejo. Parecía aturdido y se acercó a él por si necesitaba ayuda. Aún era de día y no era conveniente ser visto por ningún humano.

    —¿Estás perdido?

    —No.

    —¿Necesitas ayuda?

    —No. No te preocupes. Estoy bien.

    Al cabo de unos minutos, el viejo zorro le hablaba como si le conociera de siempre. Se hicieron amigos rápidamente y el viejo raposo le explicó que, a sus años, había descubierto varios secretos. Eran unas verdades irrefutables, pero hasta ahora no les había dado valor de tan simples que eran:

    • La vida es más emocional que racional.
    • Las intuiciones existen y hay que hacerlas caso.
    • Todos los animales del bosque son más sabios de lo que realmente ellos creen.

    «Somos eternos y omnipresentes, hermano», dijo. «Vivimos un millón de vidas. Pero no una tras otra, como los árboles que lindan un sendero. Vivimos todas las vidas al mismo tiempo, superpuestas en diversos planos, pues el orden cronológico, que tanto obsesiona a los humanos, no existe y el tiempo puede desdoblarse».

    El viejo zorro le aseguró que él era zorro pero también, y al mismo tiempo y en otro plano, mariposa. Zorro y también pájaro. Zorro y también hombre. Viejo y mayor al mismo tiempo. Con distintos destinos, distintas suertes. Distintos triunfos y fracasos. Todo al mismo tiempo.

    —¿Te das cuenta entonces que la vida es maravillosa, joven hermano? Es un milagro.

    —Pero, entonces, si yo soy al mismo tiempo zorro y pájaro ¿por qué no me doy cuenta de ello?

    —En primer lugar porque la vida perdería toda la gracia. Y en segundo lugar porque vivir en este plano es, en parte, aprender a ser consciente de todos estos milagros.

    Los dos zorros se despidieron y, de vuelta a la zorrera, a Zorro, a nuestro Zorro, le dio por trinar y trinar como un jilguero. Todos los demás animales del bosque creyeron que se estaba volviendo loco.

  • Matadero-Legazpi y la historia de un toro

    Por entonces, Legazpi no era el barrio gentrificado que es hoy. Lo único que estaba de moda, en aquellos años 80, eran las drogas y algunas bandas juveniles. Porque entonces también existían bandas. Lo que pasaba es que aquellas escuchaban a Los Chichos o AC/DC, según gustos, y hoy escuchan otras músicas. Mirad, macarras ha habido siempre. Os juro que hubo algunos años en los que salir por el barrio solo de noche era jugar a la ruleta rusa.

    Pero no nos despistemos.

    Lo que hoy es Madrid Río antaño se llamó Parque de la Arganzuela. Y mi padre me llevaba allí muchos sábados y domingos por la mañana para montar en bici y jugar al fútbol. De camino pasábamos por el matadero.

    Matadero, lo que es hoy ese gran centro sociocultural era, en mi niñez, un conjunto de naves que conformaban el matadero municipal de Madrid. Los camiones que transportaban las reses solían llegar el sábado o el domingo por la mañana. A mi padre le gustaba parar para ver cómo bajaban los animales de los camiones. Yo no lo comprendía, la verdad, porque a mi padre le daba mucha pena ver los corderos y terneros que en unas horas serían sacrificados. A mí también me daba mucha pena verlos, como siempre me ha dado pena ver a un ser vivo indefenso ante la crueldad de otro.

    Recuerdo que una vez vimos a un toro, una res inmensa, sacar la cabeza por el ventanal de una de las naves. Fue impresionante. El morlaco parecía tranquilo. Nos miraba con la seguridad del que sabe que se va a escapar de un fatal desenlace. Muchos años después, cuando el matadero ya estaba desmantelado y mi padre y yo paseábamos por allí, nos acordábamos de aquel animal al que, pobrecillo, la seguridad le valió de poco.

    Pasaron los años y Matadero se reconvirtió en un centro cultural que albergaba pequeñas empresas y viveros culturales.

    Que conste que no soy bolivariano

    Allá por 2005, un joven matrimonio que regentaba uno de estos viveros culturales me propuso colaborar con ellos. Evidentemente, no mencionaré sus nombres. Me presenté allí, vestido de chaqueta y todo. Business informal. Estaba ilusionado: tenía cierta gracia que pudiera trabajar o colaborar en el barrio de mi niñez. El matrimonio me recibió en una de las naves, enorme y fría, de paredes desnudas con el ladrillo a la vista. Nada más entrar, el embrujo se rompió para mí cuando recordé la función de ese lugar décadas atrás.

    El matrimonio era de clase acomodada. No, no creáis que soy bolivariano. No diría esto de «clase acomodada» si no fuera porque este detalle tiene mucha importancia más adelante. Veréis.

    Querían que les diseñara un plan de comunicación y que también les llevara las relaciones con la prensa. Cuando les pregunté cuánto me pagarían, me contestaron, extrañados: «Te pagaremos con visibilidad». Lo dijeron así, textualmente, cortantes, como si me hicieran un favor. Tenían dinero y querían pagarme «con visibilidad».

    A ver: yo he organizado jornadas en mi universidad para mis estudiantes. Cuando he contado con patrocinadores, he pagado a los ponentes. Cuando dejé de tener patrocinadores, empecé a preguntar a los ponentes si querían venir gratis. Unos me decían que sí y otros que no. Y lo respeto. Dejé de organizar jornadas en la Carlos III porque contar con patrocinio se convirtió en misión imposible. Y me avergonzaba pedir favores a contactos profesionales para que vinieran a hablar a los chicos gratis et amore.

    Yo también he dado charlas, sin cobrar y cobrando. Y tú sabes, perfectamente, cuándo se están riendo de ti y cuándo no lo están haciendo.

    Y esos dos se estaban riendo.

    Así que me fui de ese sitio ante su asombro. Me fui tranquilo y con la cabeza alta, como le hubiera gustado hacer a aquel morlaco que recuerdo de mi niñez. A veces pienso que escapar de allí fue escapar para siempre del barrio, con todo lo bueno y todo lo malo que eso supone.

    Sólo vuelvo a Matadero de vez en cuando, con visado de turista, por así decirlo.

    Mañana iré a ver una exposición de Klimt con mi familia y me hace mucha ilusión. Por supuesto, les contaré la historia del toro.

  • En realidad no lo éramos

    Él cambiaba de trabajo. Y cuando me llamó por teléfono para despedirse, aquel viernes por la tarde, yo ni podía imaginar que iba a ser la última vez que hablaría con él. Parecíamos tan amigos que, en realidad, no lo éramos.

  • Estrella de Madrid, cielo de Lisboa

    Ha empezado por un lucero que, entiendo, es Venus. He salido tarde de clase y, de vuelta a casa, he visto la estrella, la primera, cuando el firmamento aún está claro y no ha teñido todavía sus faldas de naranja. Estoy en Madrid, muy cansado; conduzco camino a casa.

    Recuerdo que he visto este mismo cielo y esta estrella. Y esta tarde y este brillo. Y estos tonos ámbar antes de la noche. Fue en Lisboa, una tarde que pasamos los cuatro en un barco en la desembocadura del Tajo.

    El coche me lleva a casa. Salgo muy cansado de trabajar y no sé cuándo llegaré. Me consuelo pensando que soy marinero.

  • Añorando la vida de piscina

    Añoro la vida de piscina, ahora que está cerrada en mi urbanización. Si tú no tienes piscina, da igual: al leer este post puedes cambiar la palabra «piscina» por «bar«, «parque» o «plaza» de tu barrio, por ejemplo. El resultado será el mismo.

    Verás: en nuestra urbanización tenemos una piscina minúscula, a la que bajamos casi siempre los mismos vecinos. Allí, en chanclas y con camisetas de publicidad (de esas feas que a veces nos regalan), allí, con el mismo bañador de todos los veranos, los vecinos nos comportamos tal como somos realmente. Todos sabemos o intuimos, de todos, nuestras virtudes y nuestros defectos. Y todos nos aceptamos porque, en esencia, todas las personas somos iguales.

    En la piscina no nos definen, de ninguna manera, nuestras profesiones. Da igual que seas administrativo, diseñadora, autobusera o el mismísimo papa de Roma. La Ley de la Piscina dice que, en el recinto, lo realmente importante es:

    • Que seas buen vecino
    • Que sepas escuchar
    • Que seas educado
    • Que seas tolerante con los niños gritones y que se tiran a bomba
    • Que seas atento con las personas mayores

    En la piscina (como tú en tu bar preferido, en tu parque o en la plaza de tu barrio) casi siempre charlamos sobre las cosas importantes de la vida. Por ejemplo: nuestros hijos, sus coles, los trucos que tenemos en la cocina, el último libro que estamos leyendo, la serie a la que estamos enganchados, o quién ganará la próxima Liga.

    Las conversaciones sobre fondos de pensiones, contratos laborales o seguros, por ejemplo, se reservan para otros lugares y otros momentos.

    A veces, cuando escuchamos a un vecino, podemos adoptar una postura grave y ceremoniosa aunque vayamos en chanclas, porque la Ley de la Piscina así lo permite.

    Y otras veces podemos hacer las tonterías que nos dé la gana: reírnos a carcajadas, contar chistes a sabiendas que son malos o nadar aposta con estilo perrito, porque la vida de piscina se basa en que seamos naturales y no tengamos vergüenza.

    Chucherías, refrescos y patatas

    Alguna que otra tarde, un vecino o vecina reparte entre los niños y niñas chucherías que acaba de comprar en un chino. Otras tardes alguien baja unos refrescos o unas patatas fritas.

    En la piscina yo soy Juan, el padre de Mónica y María, el marido de Marta. Mi máximo logro, del cual me enorgullezco de forma infinita, son mis geranios. Adornan mi balcón: hojas de un verde oscuro vivo y flores rojísimas, preciosas. Mis geranios tienen varios años y han sobrevivido a Filomena. Y justo antes de la próxima primavera, cuando los pode, voy a repartir esquejes a todo vecino que me pida. Incluso de la urbanización de al lado, si quisieran.

    Mi máximo placer es hacer el tonto con mis hijas, hacer reír a mi mujer, y ver y escuchar cómo los vencejos vienen y van.

    Cuánto echo de menos la vida de piscina. De verdad te lo digo.

  • La brigada de las señoras del Cuarto y Mitad

    En el barrio había una ley no escrita: los chavales (niños y niñas) debíamos acompañar a nuestras madres al mercado. Así cargábamos con las bolsas o con los carritos y ellas no cogían peso.

    Por entonces, en el barrio, era costumbre entre las madres hacer la compra a diario o cada dos días. Para ellas era una forma de socializar, de encontrarse en el mercado con las vecinas de toda la vida. No exagero: mi madre, como muchísimas personas de su generación, nació en su casa. Y había vecinas octogenarias y nonagenarias que siempre nos recordaban que la habían visto nacer y dar sus primeros pasos. «Y fíjate cómo ya tienes a tus hijos. Cómo pasa el tiempo».

    Una especie de mindfulness

    A mí me encantaba ir al mercado con mi madre. Nunca discutimos allí. Hoy cualquier experto en relajación diría que estábamos haciendo mindfulness, pues no pensábamos en nada, disfrutábamos del momento, apreciábamos los colores de las frutas, los olores de las verduras, las conversaciones de clientas, el brillo metálico del pescado sobre el hielo. Caminábamos a paso lento, mirando los puestos de un lado y otro de la galería. De vez en cuando, una pescadera decía «¡¡¡Carmen, mira qué merluzaaaa!!!» (lo decía así, arrastrando la a). O un carnicero preguntaba: «¿Te pongo algo hoy, Carmen?»

    Todos los tenderos y tenderas conocían a mi madre y la llamaban por su nombre. En realidad, todos los tenderos conocían a todas las clientas: su nombre, sus manías, cómo querían la carne, la fruta, qué pescado llevaban. Porque en ese conocimiento estaba la base de su éxito.

    ¿Y qué me decís de cuando nuestras madres pedían cuarto y mitad de tal o cual producto? Cuarto y mitad: 375 gramos.

    —Carmen, me he pasado un poquito —decía un charcutero tras cortar un poco más de jamón york y ponerlo en el peso—. ¿Te importa?

    —Claro que no.

    Mi madre me enseñó la importancia de los matices para generar confianza.

    Hay sitio para todos

    El otro día visité el mercado del barrio de mi infancia con mi mujer y mi hija pequeña. Antaño era un viejo mercado de dos plantas. Hoy la de arriba se ha modernizado y pertenece a un supermercado. La de abajo sigue casi igual que antes. El ochenta por ciento de los puestos se mantienen, muchos de ellos con sus dueños originales (ya muy seniors) o con sus hijos. Algunos se han adaptado a los tiempos. Por ejemplo, muchos bares son ahora pequeños gastro-bares, casi-casi minimalistas, donde se puede comer de forma rápida algo rico y barato.

    Y me di cuenta de algo muy importante: una pequeña frutería, por ejemplo, está justo al lado de una más grande. Pero no pasa absolutamente nada, pues cada una tiene su público y cada tendero sabe qué dar a cada uno de sus clientes. Todo microcosmos tiene su orden, su valor y su sentido, y hay sitio para todos.

    Y también recordé un detalle que se me había olvidado. Antes se fiaba. Es decir, cuando yo era pequeño y mi madre, por estar haciendo otras cosas de la casa, no podía ir al mercado me decía: «Ve al mercado, pide esto y esto y dile a X que yo se lo pagaré mañana». Yo iba al mercado, buscaba al tendero X, le decía el mensaje de mi madre y él me atendía igual que siempre. Y antes de marcharme me recordaba: «Dile a tu madre que sin problema, que me pague cuando pueda».

    Eran otros tiempos. Eran vidas de barrio, que de vez en cuando echo de menos. Quizá me esté haciendo mayor.

    Imagen de PhotoMIX Company en Pexels

  • Volver al fútbol tras la pandemia

    Volver al fútbol fue volver a reír, a cantar y a saltar como antes. Dio igual el resultado.

    Fue ver a viejos amigos, de esos que, durante años, se han sentado justo a tu lado, partido a partido. «Qué tal estás». «Qué bueno verte de nuevo». «Anda que no me he acordado de ti». «Y dónde andará éste, pensaba».

    Pero volver al fútbol fue también saludar a personas que sólo conocías de vista y con las que antes no habías cruzado con ellas ni una palabra. «Hemos sobrevivido y es importante que estemos aquí», me dijo un amigo del fútbol.

    Volvernos a ver, después de un año de pandemia, significaba que seguíamos vivos.

  • Zorro y los ecos del bosque

    Zorro estaba tan ocupado de buscar cena para esa noche (un zorro vegetariano debe buscar mucho verde para alimentarse), que olvidó por completo gritar a los cuatro vientos (filtro de Instagram y hashtag incluido) lo guay y lo chachi que era.

  • Justicia poética por las calles del pueblo donde vivo

    El otro día, muchos años después de haber perdido la final de Lisboa, le expliqué a mi hija Mónica qué era la justicia poética. Era lunes por la tarde, yo había ido a buscarla al colegio, y ese mismo fin de semana el Atleti había ganado la Liga . Hacía una tarde soleada y maravillosa y a mí se me ocurrió una idea loca.

    —La justicia poética —le expliqué a Moni— es reparar una injusticia o un hecho que dejó un mal recuerdo mediante a la realización de un acto bello.

    Le expliqué que cuando Ramos marcó en Lisboa el gol en el minuto 93 (por cierto, el partido tenía que haber terminado antes), yo estaba tan enfadado que salí de casa a dar una vuelta. Dirigí mis pasos hacia la plaza del pueblo y, por el camino, pasé por una calle con balcones abiertos a través de los cuales se oía el sonido de los televisores.

    Balcones

    De repente, por uno de esos balcones salió un chico gritando «¡Hala Madrid! ¡Hala Madrid!» Llevaba la camiseta de su equipo, tenía el gesto duro, los brazos tensionados y los puños cerrados con fuerza. El caso es que no gritaba con alegría, sino con agresividad. Era tanta que parecía que estaba fuera de sí.

    Eso fue hace muchos años, la noche de la final de Lisboa.

    —Moni, te propongo que pasemos hoy por esa misma calle con el coche.

    —Vale.

    —Pero, hija, aquí viene el acto de justicia poética: vayamos con las ventanillas bajadas y, en el reproductor de mp3 del coche, el himno del Atleti a tope.

    —¡Vale! ¡Vale!

    Y así pasamos por la calle, con la música alta y nosotros dentro, cantando el himno. Los malos recuerdos, borrados para siempre.

  • El último verso

    Todos se van, poco a poco. Y los demás, como tú y yo, compañero, también nos iremos.

    Hoy le comentaba en Twitter a mi amiga Concepción Martín Moreno que me había impresionado que Franco Battiato se hubiera ido en silencio, aquejado de la muerte traidora y prematura del alzheimer. No sé, quizá fue mejor así. Quizá ya había dicho todo lo que tenía que decir. Y quizá ese último gran silencio y la pérdida de memoria fue el último verso de su obra poética.

    Y aquí os dejo cómo La Casa de Papel utilizó su Centro di gravitá para una de sus escenas míticas.