Autor: Juan Pedro Molina Cañabate

  • A una pezuña del precipicio

    A veces, Zorro se siente otro animal, un animal lejano: una cabra del Himalaya, esa que trepa por paredes verticales de roca. La cabra del Himalaya ha aprendido a buscar tallos verdes en las grietas de la pared, a un paso (a una pezuña mejor dicho) del abismo, a unos centímetros de darse el hostión de su vida e ir al Cielo de las Cabras.

    Un zorro consejero le ha hecho reflexionar. Le ha dicho que esa no es tan mala vida. Que sí, que está aun centímetro de hacerse papilla, pero que está a salvo del sigiloso leopardo de las nieves o del tremebundo oso negro.

    Las cabras escalan paredes verticales para estar a salvo de los depredadores y Zorro piensa que quién fuera leopardo, oso, águila.

    Y el zorro consejero le recuerda que el leopardo, el oso y el águila son animales que también tienen miedo. Miedo al hombre, que les cazará y les exhibirá disecados en salones y casinos. Miedo a morir de hambre, solos. Miedo a morir expulsados de su manada, desangrados por otras dentelladas de otros machos alfa, como en su día fueron ellos.

    Zorro toma sus prismáticos. Enfoca a lo lejos. Localiza un par de cabras del Himalaya. Bien visto, son animales bellos y valientes.

  • De casa al bar y del bar a casa

    «Ya sabes: de casa al bar y del bar a casa», me dijo.

    Empecemos por el principio. Él era mi vecino de plaza de garaje y no le veía desde hacía semanas y semanas. Le distinguí desde lejos y, la verdad, me dio alegría verlo. Tanto, que le saludé incluso antes de que nuestros pasos se cruzaran. Lo hice con la mejor de mis sonrisas, levantando la mano desde lejos como si viviéramos en un entorno rural.

    —¡Cuánto tiempo sin verte, qué alegría! —dije.

    Y entonces él, con una sonrisa que hasta entonces nunca le había visto, me respondió eso de: «Es que cada vez salgo menos de casa. Ya sabes: de casa al bar y del bar a casa».

    Esa sonrisa nunca se la había visto. Ni ese hablar, como si me estuviera vacilando.

    Coño. Ese tipo no era mi vecino de garaje. Me había equivocado y aquel hombre había decidido seguirme la corriente.

  • El cumpleaños de mi padre en Año Nuevo

    Mi padre cumplía años el 1 de enero. A las 00:00 horas, inmediatamente después de comer las uvas, y antes incluso de brindar por el Año Nuevo, le dábamos un beso de felicitación y le cantábamos el Cumpleaños Feliz. El pobre siempre se hacía el sorprendido, pero en el 80% de las ocasiones, el regalo que le caía era una camisa, generalmente de cuadros. El otro 20% de las ocasiones era una colonia.

    Él ya sabía cuál iba a ser su regalo, como todos sabíamos que él ya lo sabía. Pero daba igual, pues lo especial era el rato que pasábamos juntos, el rito que se había construido año tras año. En el cumpleaños de mi padre, la tradición mandaba que acto seguido a recibir sus regalos, él debía ponerse la camisa y, con ella puesta, brindar con sidra por el Año Nuevo y comer el turrón, los polvorones, las peladillas.

    Al día siguiente, cuando nos despertábamos, la tradición consistía en oír el Concierto de Año Nuevo y ver (de forma casi simultánea) los saltos de esquí.

    El otro día, mi hermana Carmen me dijo que mi padre nos hacía un zumo de naranja al levantarnos. Sinceramente, yo no lo recuerdo. Quizá existan distintos recuerdos y distintas realidades.

  • «Te quiero, cabronazo»

    Poco antes de divorciarme empecé a darme cuenta de que sufría repentinos ataques de sinceridad. Así, cuando algún conocido agorero me decía:

    —¿Te vas a divorciar? Pufff, pues aún te queda lo peor. A mí me pasó que…

    Yo le interrumpía, tajante:

    —Oye, si no vas a animarme, mejor cállate.

    Quizá he sido un poco borde cuando lo he dicho. Y, es más, creo que he roto un par de amistades por este motivo.

    Pero los ataques de sinceridad que experimenté entonces también me trajeron otro tipo de cosas buenas.

    Por ejemplo: emprendí la particular cruzada de decir a todos mis amigos que les quería. Las chicas se sinceran y se apoyan entre ellas a menudo, y creo que los varones debemos aprender más de la sensatez femenina.

    A mi amigo Diego le dije unas cuantas veces que le quería, y él me devolvió las mismas palabras con idéntico cariño.

    A mi amigo Ricardo también se lo dije. Fue él, por cierto, quien a la tercera o cuarta vez me espetó:

    —Vale, vale, que yo también te quiero mucho, colega. Pero vamos a dejarnos de gilipolleces porque vamos a terminar chupándonos las pollas.

    Creo que más directo y sincero no puede ser. Y yo ya estoy en una edad en que me gustan las cosas sencillas, directas y sinceras.

    Mi amigo David Colomer, que es Míster T (T de Testosterona), me contestó cuando yo le dije que le quería: «Yo también te quiero«. Pero, claro, como quizá eso era demasiado sensibloide añadió otra palabra. Y quedó de este modo. Os lo juro:

    —Yo también te quiero, cabronazo.

    No hay nada como tener amigos sensibles.

    Ah, si tú estás allí al otro lado de la pantalla y me lees, tengo que decirte algo: que yo también te quiero.

    (*) Créditos de la imagen: Fotograma de Un día en Nueva York (Stanley Donen y Gene Kelly, 1949)

  • La gran maestra de vida

    Zorro pensó que su vida animal, que es la más verdadera de todas las vidas, es harto curiosa. Te trae los dones cuando menos los esperas o, mejor aún, cuando su posible venida ya no tiene importancia.

    De esta forma, los zorros encuentran los prados más verdes cuando sus patas ya no pueden correr. Los lobos presencian las lunas más grandes y magnéticas cuando su garganta apenas puede aullar. Y los pájaros se enamoran de las copas de los árboles más altas cuando sus alas están viejas y cansadas.

    Sin embargo, nada les falta en esta larga espera; todo lo que necesitan aparece en el camino.

    El zorro, el lobo y el pájaro, entre otros muchos animales del bosque, saben estas verdades de forma innata. Las sienten en sus entrañas. Y por eso no se preocupan de no poder correr prados, no poder aullar a la luna o no poder volar más alto. Lo que es es lo que es. Lo que no es, no es. Zorro escuchó decir a un viejo y sabio raposo: «Lo que no puedo hacer, simplemente, para mí no existe».

    El hombre es el único animal que se empeña en olvidar estas verdades: los dones tardíos y la providencia silenciosa de la Madre Naturaleza. Por eso sucumbe ante la gran maestra de vida que algunos llaman Vejez.

  • Todo el mundo merece reescribir su historia

    Todo el mundo merece que alguien escriba (o reescriba) su historia, la historia de su vida.

    Ese alguien tiene que ser cercano y querido pero debe mantenerse algo distante en el tiempo para advertir mejor los detalles de la escena.

    Todo el mundo merece que alguien escriba o reescriba su historia porque ésta será la válida. Todo el mundo merece salir de este mundo mejor que como entró.

  • La huida de Maximilien

    Supe que Maximilien estaba enfermo nada más se sentó delante de mí. Sudaba y tosía, y se quejó del ambiente del mesón, pestilente y ruidoso. «Al menos podías haberme citado en otro sitio», me reprochó. «Sabes que me queda poco tiempo y estos ambientes me matan».

    A mi señal, la mesonera nos puso en la mesa otra jarra de vino y quiso que se la pagara en el momento. Le di en la mano unas cuantas monedas de cobre y le agradecí su rapidez en servirnos.

    —Yo se las hubiera tirado —me recriminó mi cliente.

    —Yo siempre soy el mismo —contesté—. Y no quiero que levantemos sospechas ni provocar un altercado. De aquí no saldríamos vivos.

    Cordeliers

    En ese momento, al fondo del mesón, cinco hombres borrachos se levantaron y empezaron a cantar y a gritar consignas revolucionarias.

    —Son cordeliers. Y dentro de poco me reconocerán. Vamos, por favor, dime dónde tengo que ir.

    Le acerqué el paquete, envuelto como si llevara una burda caja de pequeñas dimensiones sin nada de importancia dentro.

    —Esto te guiará —le dije—. El salto sólo podrá ser posible en las coordenadas que hay dentro del paquete. Recuerda: debes ir a las coordenadas justas y sólo un momento antes del amanecer.

    —¿Funcionará?

    —¿Cómo crees que he llegado hasta aquí?

    No advertimos que uno de los hombres que cantaban se acercó hasta nuestra mesa, puso una mano sucia y grasienta en el hombro de mi cliente y dijo con sorna etílica: «¡El Incorruptible!» Y luego avisó a sus otros camaradas: «¡Eh, muchachos, que está aquí El Incorruptible!»

    Llegaron los otros cuatro y le rodearon.

    —Perdonen, señores, debe haber un error. No sé con quién me confunden.

    —Vamos, papaíto, acompáñanos: nosotros te llevaremos a la montaña.

    Mi cliente me miró con la fatalidad de lo inevitable. Le señalé la puerta con la mirada.

    —Tú por la izquierda y yo por la derecha.

    Nos levantamos y salimos corriendo, cada uno en una dirección.

  • La mejor novela

    Quizá la mejor novela sea escribir nuestra propia vida. Y entonces, ajenos a inteligencias (o emociones) artificiales, viviremos la historia que de puño y letra hemos escrito. Nos dará igual si se publica o no, o si tiene éxito o su latido no se escuche. Cada trazo, cada párrafo y cada página tendrán sentido aunque no sean ejemplo de canónica belleza.

    A nuestro antojo elegiremos protagonistas y personajes secundarios, tramas y escenarios, fuerzas visibles e invisibles. Viviremos en la novela de nuestra vida el amor que nunca antes experimentamos. Nos embarcaremos en los viajes que queramos y elegiremos los derroteros y los mares por los que cruzar los trópicos.

    Y, si alguna vez, la historia, nuestra propia historia se rebela contra nosotros mismos, nos dejaremos llevar entre el tacto del papel y el olor a tinta.

  • La futura camarera

    Mi hija María estaba en clase de dibujo y, para hacer tiempo, me metí en una cafetería. Pedí a la camarera un café con leche y un croissant y saqué de mi mochila mi e-book. Tenía la intención de terminar de una vez por todas ese libro de psicología que se me atragantaba. Pero pasaba una época extraña en la que no podía concentrarme, así que cerré el libro. De lo de escribir ni os cuento, claro.

    El local estaba lleno de señoras y señoros que pasaban de los sesenta, vestidos de una forma que quizá en otras décadas fue elegante. Me entretuve escuchando las conversaciones.

    Conocía la cafetería de otros sábados. Reconozco que, desde que llevo coleta, me gusta ir a sitios en los que desentono, aunque no sea revolucionario ni chavista.

    Entonces entró una chica (¿o debería decir mujer?) de unos treinta años, delgada, con la piel muy blanca, gafas redondas y con el pelo mal teñido de color caoba. Vestía ropa barata. Y allí desentonaba tanto como yo.

    Se acercó a la barra, muy cerca de mí. Preguntó por la encargada.

    No me había dado cuenta, pero la chica llevaba una carpeta muy simple, pegada al pecho con los dos antebrazos cruzados, como si fuera una estudiante.

    Cuando la encargada salió, la chica sacó de la carpeta un currículum y se lo entregó.

    Estaba buscando trabajo.

    Si la encargada viera lo que yo apreciaba desde mi mesa se lo hubiera dado. Al instante.

    A aquella chica le hacia falta el trabajo de verdad.

    Lo sé porque, cuando se acercó para entregar su currículum, vi que le temblaban las piernas.

    Precariedad. Necesidad. Valentía.


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