Autor: Juan Pedro Molina Cañabate

  • La esposa del inglés

    Ella ya vivía aquí cuando llegué al pueblo, hace dos décadas. Veo su casa desde la terraza de mi cocina.

    Hace años les veía a ella y a su marido, ya quizá a punto de jubilarse. Tenían una vida bastante tranquila. Él miraba la televisión en el salón, sentado en el sofá con una lata de cerveza en la mano, y ella hacía crucigramas en el balcón, fumando con parsimonia.

    Hubo una época en que tuvieron dos gatos, que entraban y salían de entre los geranios, y caminando luego sobre la barandilla de la terraza, sin miedo a caerse y con el desapego y despreocupación de equilibristas avezados.

    Ironía graciosa

    El marido me caía bien. Por las tardes y por las noches, siempre, siempre, le daba a su mujer un masaje cariñoso en los pies mientras veían la televisión. Creo, además, que era un tipo simpático: era inglés con retranca, con cierta ironía graciosa. Sé que era inglés porque alguna vez que otra le escuché hablar. Como aquella tarde de verano, en plena hora de la siesta. Uno de los vecinos estaba con una taladradora y él dijo: «Joder, tío, deja para otra hora el bricolaje» (pronunciado: Joé, thío, de-ha pa tra ohra, bricolahe…). Y también como aquella otra tarde, en otra siesta, cuando se puso a hacer burla a un loro impertinente que graznaba sin importarle el descanso de los vecinos. ¡¡¡Grrr, grrrr, grrrr!!! El loro era tan ruidoso y tan ostentosa la burla del inglés que el vecino (nunca supe quién era) tuvo que regalar el pájaro. O eso o le operó las cuerdas vocales, porque nunca más se le escuchó.

    Con el paso de los años, a mis vecinos del bloque de enfrente se les fue plateando el pelo.

    Los gatos desaparecieron. Primero uno y luego otro. Se fueron tan discretamente que incluso dudé si el matrimonio tenía uno o dos, o si uno estaba visible y el otro escondido.

    Y pasó el tiempo y una tarde me di cuenta de que el marido, el inglés simpático, tampoco estaba.

    Y fue pasando el tiempo y seguía sin aparecer.

    Hoy veo a la vecina, a esa señora mayor de la urbanización de al lado, jubilada, sola y sin su marido que le daba masajes en los pies. No tiene ni marido ni gatos. Mira la televisión en el salón que antes compartía con su pareja.

    Hace crucigramas. Deja pasar el tiempo.

  • Una olivetti espera a ser rescatada de una residencia

    Créditos imagen: https://mrmrsvintagetypewriters.com/es

    Me gusta buscar en Internet ofertas de máquinas de escribir antiguas. A veces encuentras pequeños tesoros por muy poco dinero. Y aunque no pueda comprar esas reliquias (desgraciadamente, la vida de un divorciado tiene sus limitaciones), me conformo con fantasear con que algún día sí lo haré.

    Hace un par de años encontré una verdadera ganga: una olivetti college, de color rojo, precioso, en muy buen estado y por algo menos de 30 euros.

    Las olivetti son mágicas, un símbolo. Julio Ocampo señala el verdadero valor de las olivetti para la cultura europea: antes de su aparición, las máquinas de escribir eran caras, un lujo al alcance de pocos. Pero las olivetti democratizaron la posibilidad de comunicar: eran muy accesibles y con una de ellas tú ya podías escribir una carta al director de un diario, prepararte unas oposiciones, o incluso escribir una novela.

    Una máquina de escribir, entonces, era y es más que un mecanismo: la posibilidad de trascender.

    La olivetti college se vendía sólo en persona. Miré la localidad y, qué suerte, estaba a muy pocos kilómetros del lugar donde vivo. ¿Y si fuera a buscarla a la mañana siguiente?

    Me fijé en la dirección exacta. La busqué por Google y, sorpresa, era una residencia de ancianos.

    ¿El vendedor sería un anciano residente? No me imaginaba a un octogenario realizando el esfuerzo digital de darse alta en una plataforma online de artículos de segunda mano para vender sus recuerdos.

    Entonces lo comprendí: el vendedor era un empleado de la residencia. El dueño originario de la máquina habría fallecido. No tendría parientes y había que quitarse la máquina de escribir de en medio, casi regalada.

    Me dio mucha pena.

    Me imaginé yo mismo en una residencia: escritor aficionado frustrado que muere solo y un empleado debe vender sus pertenencias.

    No compré la ganga.

    Champion

    Pocas semanas después, en otra plataforma, encontré una Underwood Champion. Aparentemente estaba nueva. Y, también, estaba a un precio bajísimo.

    Escribí a la dueña, Rosa, una mujer que me explicó que, hacía muchas décadas, compró esa máquina para prepararse unas oposiciones y que, una vez pasado el trámite, nunca la utilizó.

    La máquina era preciosa pero tampoco la compré. Al cabo de unos meses la volví a ver. Síe era ese misma máquina, en otro anuncio, más cara. Estaba seguro: era la misma. Había cambiado de manos y esta vez era un joven quien la revendía casi al doble de su precio anterior.

    Estuve a punto de escribirle un privado y decirle que no se puede hacer negocio con los recuerdos de una persona.

  • La crisálida de Robert Leeds

    El pulso le temblaba, estaba perdiendo vista y cada vez cometía más despistes. Por eso, desde hacía varios meses, Robert Leeds, tipógrafo de profesión y veterano de la Gran Guerra, presentía que su vida laboral (en la imprenta de la prestigiosa editorial Collins & Co.) estaba llegando a su fin.

    Por una serie de motivos que él nunca terminaba de comprender, sus ayudantes más jóvenes siempre le guardaban las espaldas. Y eso era fantástico y estaba agradecido por ello; pero era consciente de que no podía depender, casi a diario, de la bondad de sus aprendices.

    Un sentimiento nuevo

    Leeds tenía un secreto: aunque su cuerpo estaba cada vez más decrépito, sentía algo parecido a la felicidad. No esperaba nada en especial de la vida y, sin embargo, sentía que algo bueno estaba a punto de suceder. A menudo, se imaginaba a sí mismo como una oruga que empezaba a tejer una crisálida.

    Desde hacía algunos meses, su hijo mayor había prometido a él y a su mujer llevarles a Brighton. ¡Qué maravilla! ¡Ver el mar junto a Dorothy! Recordar tiempos de novios. Pasear juntos de la mano.

    La noche antes del gran viaje, él sintió que había terminado su crisálida y durmió feliz, feliz y feliz.

  • Intercampus

    (*) Post publicado originalmente en LinkedIn el 19 de noviembre de 2025)

    Hubo una época (cuando era joven, entre los 20 y los 26 años, quizá) en la que yo jugué al fútbol. Era portero y, como era bastante “discreto” (por no decir “malo”), cuando me salía un partido bueno todo mi equipo lo festejaba a lo grande, como si hubiéramos ganado un título. “¡Hay portero! ¡Hay portero!”, gritaba en el campo mi amigo Ricardo, con una mezcla de alivio, alegría y a veces (también, y por qué no decirlo) admiración.

    Los amigos nos inscribíamos en ligas municipales. Solíamos jugar los sábados por la mañana, y eso era fantástico porque, después del partido, nos tomábamos unas cañas y a veces comíamos de raciones.

    Jugábamos para pasarlo bien. Éramos muy felices.

    Como en Vietnam

    Pero las ligas municipales eran lo más parecido a Vietnam que he visto en mi corta carrera de deportista. A veces nos enfrentábamos a contrarios tan agresivos que bien hubieran podido llevar camisetas con el lema “Born to kill”.

    Cuando nos encontrábamos con esta clase de equipos, teníamos entre nosotros un chiste-advertencia: “Cuidado con éstos, que parece que se están jugando la UEFA”.

    A nosotros nos daba igual perder en el campo. El partido ya lo habíamos ganado antes con las risas y después con las cervezas.

    Quizá por ello siempre me ha caído bien la gente que hace deporte sin afán competitivo, sólo para ser feliz y pasarlo bien.

    ¿Por qué te cuento esto? En la Universidad Carlos III de Madrid ya estamos preparando nuestra tradicional carrera, la Intercampus. Es una carrera solidaria (lo recaudado el año pasado se destinará a la lucha contra la ELA) y ya cuenta con 25 años de historia. Te doy algunos datos: cada año se inscriben cerca de 2.000 corredores, participan 260 personas en la organización y cuenta con 40 fisioterapeutas.

    Ah, y lo más importante: estamos buscando patrocinadores. Y patrocinar una carrera con fines solidarios y para que la gente sea feliz mola. Mola mucho.

    Tenéis más información en este enlace.

  • La cabaña en el bosque

    Es una cabaña de madera, prefabricada, que me trajeron desde Suecia. Está dentro del bosque y es mi refugio. Aquí tengo todo lo que necesito para vivir que, seamos sinceros, es poco. Además de unos cuantos trastos de cocina, tengo mi ordenador, mis libros y una radio que heredé de mi padre para no estar mirando todo el día la pantalla.

    No te molestes en encontrar la cabaña. La rodea un cercado de plasma, fruto de uno de los últimos proyectos que desarrollamos en los laboratorios. El cercado refleja una imagen holográfica (el interior profundo de un bosque frondoso, que va cambiando con las horas del día, las condiciones climáticas y las épocas del año) de tal suerte que la cabaña es invisible para los ojos que no saben ver.

  • Gimnasia mental

    Si me das cinco minutos, te voy a dar un consejo que será (no te exagero) uno de los mejores que te den en tu vida.

    Te cuento: a mí me gusta formarme por lo que tiene de gimnasia mental. Por regla general focalizo mi atención en algo que me guste mucho y que atrape mi atención en las últimas semanas. Luego me doy un tiempo para profundizar. Este puede variar desde semanas hasta años. Leo todo lo que pasa por mis manos. Veo vídeos en ratos muertos. Escucho podcast mientras conduzco al trabajo (que tengo una tiradita). Y, sobre todo, me gusta hablar en persona y escuchar a gente apasionada en el tema.

    Sé que los saberes que atesoro pueden parecer estúpidos, inútiles, de espíritu naíf. Pero, a lo tonto, a lo tonto, sé algunas cosas de:

    Ornitología. No sé a ti, pero a mí me preocupa que, por ejemplo, haya cada vez menos gorriones en nuestras ciudades.

    Astronomía. Me sirve para saber que soy muy pequeñito frente al universo y que, por lógica, mis problemas también lo son.

    Tipografía y diseño. Además de haber sido profesor sobre la materia, es una obsesión que acompaña durante décadas. Estoy por diseñar mi propia tipografía, una que ayude a leer más y contribuya a retener los significados. Será tan funcional y tan legible que los lectores no repararán en ella y pasará desapercibida, que es como el Barón Brummel definía la elegancia

    El siglo XVIII. Me encantaría ser un caballero de esa época.

    La Segunda Guerra Mundial. El inicio de toda la pesadilla que hoy vivimos.

    El café. ¿Cómo no me va a gustar leer y saber sobre mi bebida preferida?

    La cerveza. No voy a hacer comentarios, que os conozco.

    El coaching. Pero el coaching de verdad, no el de las tazas de Mr. Wonderful. Incluso realicé un curso de experto universitario. ¿Y por qué me gusta el coaching? Para saber que no tengo que dar consejos si no me los piden. Y cuando digo no, es no, nunca, de ninguna manera, nunca, jamás.

    Las estilográficas. Porque me gusta el tacto, en cómo se desliza un buen plumín sobre el papel, el olor de la tinta, la diferencia de trazos finos y gruesos, la densidad del color de las tintas, la caligrafía resultante.

    Los bolígrafos Parker. Algo sencillo y vital. Llevas un parker de tecla en el bolsillo de la chaqueta y, a las malas, si te sale por la calle el monstruo de Stranger Things puedes hacerle frente.

    Las máquinas de escribir antiguas. Sobre todo Underwood (la número 5) y Olivetti (la Lettera 32 y la DL).

    Hay veces que necesitas un plan de formación, alguien que te guíe el camino. y de eso quería hablarte: de las microcredenciales de la Universidad Carlos III de Madrid. Puedes hacer microcredenciales con o sin experiencia universitaria previa. Tienes un catálogo interesante.

    Yo que tú me apuntaba. Y a seguir formándote.

  • Los animales guays del bosque

    En realidad, a Zorro no le gustan los animales guays del bosque. Porque los animales que molan, los que molan de verdad, ignoran que lo son. De hecho, en el mismo instante en que empiezan a ser conscientes de tal poder, pierden toda la gracia. Y no en el sentido humorístico de la palabra: pierden toda la gracia, el don, la magia.

  • Cerca del corazón, cuando entres por la puerta de la Ciudad de Plata

    Aunque estábamos a pocas jornadas de llegar a la Ciudad de Plata, las dunas me parecían más inmensas, inhóspitas y crueles que nunca. Cuando cayó la noche, la inmensa caravana de camellos se paró y los guías encendieron varias hogueras para calentarnos y poder dormir por turnos.

    Entonces Amira, que sabía que esas no eran mis tierras y que no estaba cómodo viajando por ellas, dejó sólo por un momento a sus hijos y se acercó hasta mí con algo entre sus manos. Era un paquete envuelto en cuero fino y enrollado con un cordel. Al calor de la lumbre lo abrí y vi un qalam, delicadamente tallado con las constelaciones que durante esas noches veíamos en el desierto. Me dijo:

    —Te va a dar suerte. Llévalo contigo, cerca del corazón, cuando entres por la puerta de la Ciudad de Plata.

    Yo, que soy un hombre de palabra, le prometí que utilizaría ese qalam para firmar mi contrato como maestro de literatura en la madrasa y que también lo utilizaría para escribir los primeros versos que me inspiraran sus jardines.

    Pero ahí dije una pequeña mentira. No me inspiraban los jardines: tan sólo me inspiraba ella ella.

  • Te quiero, hijo

    Como un loco, hoy me he descubierto de nuevo hablando con mi padre. Confieso que a veces le hago preguntas sabiendo que no obtendré respuestas sobre ellas a corto plazo.

    Como el tiempo no existe o es relativo, soy consciente de que las frecuencias entre dimensiones pueden tardar (dado el plano material donde me encuentro) desde segundos hasta años.

    Pero no me preocupo. Yo lanzo la pregunta y sé que alguna vez obtendré la respuesta.

    A veces, cuando estoy relajado y tengo la mente en blanco, me llega la voz de mi padre diciéndome que me quiere. Es curioso: no es ningún recuerdo ni ninguna huella sonora, pues mi padre nunca me dijo que me quería de una forma, digamos, literal. Para demostrarlo él utilizaba otras fórmulas y otras maneras de niño de la guerra y viejo ferroviario. Pero, sí, el caso es que la experiencia es curiosa: me llega el mensaje completo, como si fuera una misma cápsula de información. «Te quiero». O, a veces, algo más impersonal: «Tu padre te quiere».

    A mi padre y a mi madre les digo muchas veces que les quiero. Todos los días. Les pido ayuda y protección para mis hijas y para mí y sé que están con nosotros.

    Si todo va bien, volveré a verlos cuando yo sea un venerable octogenario o nonagenario. Será curioso sentirlos y casi verlos cuando los tres tengamos la misma apariencia de ancianos.

    Aunque, dicen, cuando estamos al otro lado escogemos la apariencia que más nos ha gustado en este plano material. Yo escogeré la de venerable anciano, y estoy casi seguro de que mi padre habrá escogido la imagen fuerte y atlética que tuvo casi siempre y mi madre tendrá esa sonrisa que tienen todas las madres.

  • Ángeles que van en vespino

    Fue hace mucho tiempo. Recuerdo que ese día yo llevaba mi única chaqueta, de lana marrón, muy a la moda, que conjuntaba muy bien con una camisa blanca y con vaqueros nuevos, sin desgastar. El caso era dar una imagen moderna pero con seriedad, y así salí de casa para ir a aquella entrevista de trabajo.

    El empleo para el que quería postularme era el de corrector de una editorial especializada en textos legislativos. Yo había escrito sobre legislación en un periódico y estaba confiado en que podría enfrentarme de forma digna a una entrevista laboral.

    Con la hora pegada

    El caso es que la editorial estaba en un polígono industrial alejado de la mano de dios. Por entonces no conducía y llegué allí en transporte público, que me dejó en uno de los lindes del polígono.

    Viernes por la tarde de primavera. Calor. Ni un alma en los alrededores. Y aunque había salido con tiempo de casa, ya llegaba tarde.

    ¿Os acordáis de esa frase buenrrollera de «¿Qué puede salir mal?» Bueno, pues en mi cabeza sonaba la contraria, la de «¿Qué puede salir bien?» Porque no había ningún indicio de que algo bueno pasara esta tarde.

    De repente apareció un ángel en forma de mensajero: un chico más joven que yo, muy delgado y de piel muy morena, subido en un ciclomotor.

    —Oye, perdona —le paré poniéndome en medio de la carretera de ese polígono desierto—. ¿Tú sabes dónde está la calle Tal?

    —Sí, claro, está allá, al otro lado. Ponle cinco calles en esa dirección.

    —Joder. Necesito llegar a una entrevista de trabajo. ¿Podrías llevarme, por favor?

    El chico miró a un lado y tomó la decisión en una décima de segundo.

    —¡Sube, que te llevo!

    Aquella vespino estaba trucada, seguro, porque no era normal lo que corría. No nos caímos de milagro, al derrapar en una de las curvas.

    —Ya estamos aquí. Que tengas suerte en la entrevista.

    No me dieron ese trabajo. Pero mi premio fue haber encontrado a un ángel en vespino.