Ella ya vivía aquí cuando llegué al pueblo, hace dos décadas. Veo su casa desde la terraza de mi cocina.
Hace años les veía a ella y a su marido, ya quizá a punto de jubilarse. Tenían una vida bastante tranquila. Él miraba la televisión en el salón, sentado en el sofá con una lata de cerveza en la mano, y ella hacía crucigramas en el balcón, fumando con parsimonia.
Hubo una época en que tuvieron dos gatos, que entraban y salían de entre los geranios, y caminando luego sobre la barandilla de la terraza, sin miedo a caerse y con el desapego y despreocupación de equilibristas avezados.
Ironía graciosa
El marido me caía bien. Por las tardes y por las noches, siempre, siempre, le daba a su mujer un masaje cariñoso en los pies mientras veían la televisión. Creo, además, que era un tipo simpático: era inglés con retranca, con cierta ironía graciosa. Sé que era inglés porque alguna vez que otra le escuché hablar. Como aquella tarde de verano, en plena hora de la siesta. Uno de los vecinos estaba con una taladradora y él dijo: «Joder, tío, deja para otra hora el bricolaje» (pronunciado: Joé, thío, de-ha pa tra ohra, bricolahe…). Y también como aquella otra tarde, en otra siesta, cuando se puso a hacer burla a un loro impertinente que graznaba sin importarle el descanso de los vecinos. ¡¡¡Grrr, grrrr, grrrr!!! El loro era tan ruidoso y tan ostentosa la burla del inglés que el vecino (nunca supe quién era) tuvo que regalar el pájaro. O eso o le operó las cuerdas vocales, porque nunca más se le escuchó.
Con el paso de los años, a mis vecinos del bloque de enfrente se les fue plateando el pelo.
Los gatos desaparecieron. Primero uno y luego otro. Se fueron tan discretamente que incluso dudé si el matrimonio tenía uno o dos, o si uno estaba visible y el otro escondido.
Y pasó el tiempo y una tarde me di cuenta de que el marido, el inglés simpático, tampoco estaba.
Y fue pasando el tiempo y seguía sin aparecer.
Hoy veo a la vecina, a esa señora mayor de la urbanización de al lado, jubilada, sola y sin su marido que le daba masajes en los pies. No tiene ni marido ni gatos. Mira la televisión en el salón que antes compartía con su pareja.
Hace crucigramas. Deja pasar el tiempo.

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