Autor: Juan Pedro Molina Cañabate

  • Un despacho ideal, un laboratorio mental

    Éste es, quizá, mi despacho ideal. Antiguo, forrado de libros y lleno de luz. Cerca de la vegetación, quizá también cerca del mar. Ubicado en una posición desde la que puedo divisar todo lo que me rodea. Pero escondido, sin posibilidad de ser visto.

    Desgraciadamente, no sé quién es el autor de la foto. La primera vez que la vi fue en el perfil de Instagram de Esquire.es, el 10 de enero de 2021. La guardé en una carpeta digital y, meses después, haciendo una búsqueda inversa en Google Images, comprobé que es una fotografía popular, utilizada en muchos sitios y webs (desgraciadamente sin decir el nombre del autor ni la ubicación de este despacho).

    Muy efectivos

    Imagina que tienes un despacho así. Imagina que lo visitas para escribir, para meditar, para buscar una solución. Los terapeutas llaman a este tipo de imágenes laboratorios mentales.

    Los laboratorios mentales son muy efectivos. Claro que no existen. Pero eso el cerebro no lo sabe. El cerebro sólo sabe de imágenes, más o menos ricas en detalles. El secreto de relajarse en un laboratorio mental reside entonces en recrearnos hasta el último detalle en un lugar que nos infunda paz y armonía.

  • Siempre seremos los mejores

    Aunque no somos Sherlock Holmes ni el Doctor Watson, mi amigo James y yo quedamos, de vez en cuando, para filosofar y resolver enigmas del pasado. Nosotros, que conste, no somos ni viejos ni solterones como ellos. Tampoco somos filósofos ni detectives. Por edad no fuimos a la guerra ni somos héroes. Pero somos periodistas y nos conocimos trabajando en el Daily London. Y eso marca un carácter.

    Estamos casados desde hace más de treinta años con dos mujeres a las que ya debemos unos cuantos favores y un pedestal a cada una. Hace tiempo, pobres, creyeron que iban a compartir el resto de sus días con dos genios de la Literatura, como si James y yo tuviéramos un nobel o fuéramos caballeros del Imperio.

    Y hoy, a veces, nos maravilla que conserven por nosotros algo parecido al cariño o a la admiración, pese a que hayan comprobado que los trajes de caballero nos vienen siempre grandes, holgados y algo raídos de mangas, como los smokings que se alquilan en las tiendas baratas del otro Londres.

    Como ellas son conscientes de nuestras limitaciones —a ver, somos hombres— y como a menudo dicen que no hacemos nada productivo en casa, algunas mañanas de sábado nos eximen de obligaciones y nos vamos a pescar.

    Esa historia que poca gente conoce

    Entonces, Jim y yo cogemos las cañas y los aparejos, tomamos el tren y vamos al río. De camino nos contamos cómo nos ha ido la semana. Alguna vez suele salir, como tema de conversación, esa aventura de hace mucho tiempo en Camdem, ésa que nos cambió la vida para siempre y que muy poca gente conoce. Entonces, como si un ángel nos pidiera cautela, dejamos de hablar al mismo tiempo. Sobran las palabras. Nos miramos y sonreímos.

    —Tienes que escribir esa historia algún día —me dice Jimmy.

    —Para qué. Nadie me creería.

    —Hazme caso, tienes que compartirla.

    —Soy un simple periodista. Algún día. Quizá algún día. ¿Tú crees que tendría futuro como novelista?

    Enuncio la idea en tono de broma.

    —Son gente de mal vivir —asegura mi amigo mientras pone el cebo al anzuelo—. Ellos dicen que no, pero siempre están perdiendo el culo por ir a Buckingham y conocer a La Jefa.

    Nos volvemos a sonreír otra vez en silencio y dejamos que salga otro tema de conversación.

    Camdem. De vez en cuando lo recuerdo. Fueron días felices aquellos, aunque con mucho trabajo. Estuvimos a punto de ser dos estrellas periodísticas. Estuvimos.

    —¿Sabes una cosa? —dijo James en el momento justo de lanzar la caña

    —Dime.

    —Que siempre seremos los mejores.

    (*) Fotografía: «Trucha de arroyo saltando», de Samuel Kilbourne (1874). Original del Museo de Nueva Zelanda. Mejorada digitalmente por Rawpixel.

  • Tejón tiene ojos azabache

    —¿Quién soy yo? —le preguntó Tejón a Zorro—. Las golondrinas me desprecian. Los conejos me odian. Los cazadores quieren arrancarme la piel. Creo que mis únicos amigos son los jabalíes. ¿Qué soy yo, Zorro? ¿Puedes ayudarme? ¿Puedes darme un consejo?

    Zorro sabe que no es bueno dar consejos. Todo consejo es estéril y equivocado. Ya se lo explicó a él un maestro druida tiempo atrás: los consejos se formulan partiendo de impresiones o informaciones casi siempre erróneas. La única solución es que Tejón se conteste a sí mismo. Y que sienta (no que piense, sino que sienta) lo que de verdad es.

    —¿Me acompañas al río? —preguntó Zorro—. Tengo sed. ¿Quieres beber tú también?

    Y cuando Tejón acercó su hocico al espejo del agua, vio reflejados en él unos ojos pequeños pero de color azabache y llenos de vida.

  • Zorro nunca se prepara para Año Nuevo

    Zorro nunca se prepara para Año Nuevo. Porque, para él, el año no comienza cuando los humanos dicen, el 1 de enero, sino que empieza cuando termina el verano. Por entonces, se han ido vencejos y golondrinas y los días son más cortos. Hay que prepararse para la desnudez del otoño y los rigores del invierno.

    Cree que los humanos son exagerados. Ellos piensan, pobres ingenuos, que el año que llaman 2021 será muchísimo mejor que 2020. Y quizá sí. Pero quizá no. Nadie en el bosque tiene certeza de ello.

    La única certeza de Zorro es que en el Año Nuevo de los humanos (y en las semanas y meses que le seguirán), él esquivará a cazadores y burlará cepos de nuevo. Descubrirá nuevas praderas y trotará otra vez por viejos caminos. Bailará bajo la luna. Y, en el bosque, habrá animales que lo pasarán mal y otros que no tanto.

    Seguirá todo igual, en esencia. Por eso Zorro nunca se prepara. Porque lo único que no cambia ni puede cambiar es ser consciente del sol, del cielo, de los campos y de las estrellas. De hablar con otros animales del bosque. De ver cómo transcurre el río.

    Si los humanos vivieran más esos dones y fueran conscientes de qué suerte han tenido superando los últimos meses, no pensarían tanto en fechas y calendarios.

    Feliz 2021, humanos. Abrazo fraternal a los que han sufrido desgracias este año. Para los demás: recordad lo que realmente importa.

  • Me tenía que cargar a una zapatera de Zaragoza

    Bota vintage

    En estos tiempos de autocontrol mental, me metí en la cama deseando tener un buen sueño, un sueño feliz. Dicen que funciona.

    Y soñé, claro. Soñé que era un asesino a sueldo y que me tenía que cargar a una pobre mujer de Zaragoza que tenía una zapatería y un montón de deudas. Para llegar al local tenía que bajar unas escaleras inmensas de caracol. La zapatería era austera pero muy bonita, decorada con detalles color caramelo y con un género moderno, precioso. ¿Y la señora? Pues me caía bien. Cuando se enteró de qué hacía yo allí, llamó por teléfono a mis clientes (¿podría llamarlos así?) y, sin dejar de llorar, pedía que revocaran la decisión.

    La situación se complicó cuando descubrí que la pareja que me hizo el encargo eran amantes o tenían una relación de dependencia entre ellos. Vamos, que yo era, más que un sicario, un pringao que tenía que asesinar a una persona para dejar vía libre al amor de otras dos.

    Estuve todo el sueño intentando escaquearme del encarguito. Me desperté con la sensación de que finalmente lo conseguí.

    Feliz Navidad.

    Imagen: Ilustración de The Young Voyageur by Where to buy at Northampton. 1891. Original de la British Library, digitalizado por Rawpixel.

  • Por qué debes usar tu energía creadora y liberadora (Al otro lado)

    20140122_171648

    Quizá ya te hayas dado cuenta. No es la novela, el relato o el poema que escribes. No es la pintura que plasmas ni esas fotografías artísticas que tanto te gusta tomar. No es el barro que modelas, ni siquiera esa canción que cantas.

    Eso que algunos llaman arte y otros producto cultural, todas esas piezas que han surgido de tu intelecto, son polvo y se quedarán aquí. No te acompañarán donde vayas, al otro lado.

    Lo único que te llevarás es el viaje emocional que habrás realizado en su proceso de creación. Como mucho, las emociones que habrás despertado en los demás.

    Y por eso, por esa energía creadora y liberadora, por ese viaje, es necesario seguir creando.

  • Dancing in the dark

    Viernes por la tarde en mi universidad. Es diciembre y, entre el frío y el miedo a la pandemia, apenas se ve a gente en el campus. Cerca de la puerta de uno de los edificios, un chico y una chica, con mascarilla, bailan una música pop, pegadiza y comercial. La música suena a través de un móvil, que la chica sostiene en una mano. Bailan de forma casi idéntica a Bruce Springsteen y Courteney Cox en el vídeo de Dancing in the dark. No puedo ver sus bocas (llevan mascarillas), pero sonríen con los ojos. Su energía ilumina todo.

  • Pichón es un animal miope

    «¡No me has atrapado!», dijo Pichón a Zorro cuando alzó el vuelo, ignorando que nuestro amigo no quería cazarle.

    En las alturas, Pichón se sintió seguro. Desde allí arriba vio a Zorro como un animal estúpido, con cara de abrigo de señora, al que odian los granjeros y que, probablemente, acabaría abatido por una escopeta de caza.

    El sol estaba en todo lo alto y Pichón empezó a aletear y aletear. Esa sensación de libertad.

    Zorro siempre tenía la cabeza en las nubes y las patas sobre la tierra. Y desde aquel prado, se dio cuenta de que Pichón era un animal miope, que, en ese mismo momento, no vio al halcón abalanzarse sobre él.