Autor: Juan Pedro Molina Cañabate
-
Volver a casa
Ver esta publicación en InstagramQué pasa cuando muere un músico

No. Los músicos no van al Cielo cuando fallecen. Se dirigen al reino de nuestra primera juventud. Es el lugar donde todos los objetivos vitales que teníamos con 20 años aún pueden cumplirse. Una vez instalados allí, los músicos nunca dejan de tocar, y nos recuerdan que, si queremos, podemos ser siempre jóvenes.
Esta mañana la prensa decía que el líder de The Cars, Ric Ocasek, había aparecido muerto en su apartamento de Nueva York. Tenía 75 años, pero para mí siempre tuvo 40. En 2000 nos dejó Benjamin Orr, bajista de la banda, quien puso voz a Drive.
A mis hijas siempre les digo que por la buena música nunca pasa el tiempo. Drive ya tiene 35 años ¿No te parece que ha sido compuesta ayer?
La cita de Auster
Una story de Instagram reproducía una cita de Paul Auster y he respondido: «Hay que volver a Auster como cuando se vuelve a los viejos amigos».
Luego he dudado. Y no precisamente por Auster.
Yonkis afectivos
Cuando me los encuentro de vez en cuando y me miran perdonándome la vida, me acuerdo cómo les vi aquel día desde el autobús.
Les vi cruzar un paso de cebra. Se ignoraban mutuamente. Él iba detrás de ella, sin poder seguir su paso. Si no se necesitasen tanto, yo diría que no se quieren. Juntos se creen algo: invencibles, superiores. Yonkis afectivos en pleno chute de metadona.
Cumpleaños en el Bronx
En el pueblo donde vivo hay una zona a la que todo el mundo llama el Bronx. Colinda (qué paradoja) con el cuartel de la Guardia Civil y un colegio. Es una zona especial, de casas de construcción muy barata, con ventanas pequeñas y calle sin asfaltar. En verano siempre hay gente sentada en la puerta de las casas.
Nunca he sentido miedo de pasar por allí. Es más, me he sentido siempre muy seguro. No te engañes: no es que yo sea muy valiente. Es que quien vive en el Bronx no quiere problemas dentro del Bronx.
Esta tarde he ido hasta las afueras del pueblo caminando a paso rápido y he pasado por esa zona. Varias familas estaban celebrando el cumpleaños de unos niños. Habían sacado varias mesas y sillas de camping. Había aperitivos en platos de plástico y botellas grandes de refrescos. Todo comprado en un supermercado cercano. Los niños tenían globos. Muchos cantaban. Cuando terminaba de pasar de largo, las dos o tres familas que celebraban el cumpleaños posaron para una foto. Sonreían todos.
Y, siendo el Bronx, era la misma felicidad que he visto en otros puntos del pueblo, en otros puntos de la ciudad. Y he sentido –no me preguntéis por qué–, que, en ese momento, con esa reunión tan sencilla, se estaba celebrando algo verdadero y que los niños de las familias lo iban a recordar mucho tiempo.
María.org y la extraña recogida de firmas
Mi hija María (10 años) está liderando una campaña de recogida de firmas en el cole. Su clase quiere cambiar la disposición de las mesas del aula. Son 23 niños en clase y lleva 69 firmas.
Ha pedido apoyo a niños de otras clases en el patio, incluso (alucinad) a profesores. Un compañero de su clase (cuyo padre tiene un comercio) le ha prometido que mañana le llevará gomitas con las que se hacen pulseras para cambiarlas por firmas.
–María, hija, eso no se hace.
–Papá, ¿no regalan bolis los partidos políticos en la plaza del pueblo? –me ha contestado, haciendo alusión a las campañas electorales que estamos viviendo en nuestra localidad.
Creo que no tengo escapatoria. Mi hija va a ser política. Y de las duras de roer. Esta tarde me ha pedido mi firma y, evidentemente, se la he dado.
Por si acaso, le voy a empezar a hablar del sistema de pensiones y de la precaridad laboral. Hay que preparar el camino.
Sé que no debo hacerlo
He salido a la terraza y me he fumado un cigarro aunque sé que no debo hacerlo. Hace fresco, pero no frío, y me parece que, a falta de veinte días, la primavera ya está con nosotros. Desde aquí veo el portón del garaje. A mí no me gusta mucho conducir, pero quizá hoy cogería el coche para darme una vuelta, sólo por el placer de llevar el coche sin nadie alrededor y a oscuras. He sacado una lata vacía de cerveza que me sirve de cenicero. Al cabo de un par de minutos apago la colilla contra su parte superior. Me visualizo aquí, sentado en el balcón, apagando la colilla. Me veo como el varón de casi cincuenta años que soy. Estoy callado y taciturno. Sé que no debo hacerlo.
