Autor: Juan Pedro Molina Cañabate

  • Perdonar y pedir perdón

    El otro día, un querido amigo me dijo por teléfono que no odiaba a nadie. Sé que puede parecer una frase hecha, casi casi obtenida de una taza de Mr. Wonderful. Pero el caso era que mi amigo lo decía de corazón: eran palabras sinceras. Lo sé porque ya tiene cierta edad y en su vida le han hecho algunas putadas.

    Confieso que tengo muy pocos amigos. Pero de los pocos que tengo intento aprender lo máximo posible. Y este amigo transmite sencillas enseñanzas, sobre todo porque él no es consciente de ello y tampoco quiere serlo.

    A ver, en teoría, no odiar es relativamente fácil. Es cuestión de anestesiar mediante el aislamiento. Desconectar un par de cables que unen la cabeza con el corazón para que el dolor deje de morder. El recuerdo no se actualiza en la memoria. Las imágenes son difusas, veladas. Carecen incluso de sonidos. Parece que el capítulo doloroso no te hubiera pasado a ti.

    Pero no odiar de esta forma, simplemente, no soluciona ningún problema. Es decir: lo ideal es que si sucede otro hecho que nos produzca dolor, nosotros, gracias a la vivido, sepamos actuar en consecuencia.

    Una vez actuamos en consecuencia podemos ayudar a los demás. Pero, claro, hay mesías de medio pelo que quieren ayudar a los demás sin haber saldado las cuentas consigo mismos. Ayudar apacigua el corazón y hace que nos sintamos buenas personas. Pero en la mayoría de los casos es algo epidérmico.

    No comprender, sino sentir

    Sigamos. Lo contrario de no odiar anestesiando es no odiar perdonando. Frente a la anestesia cobarde, el perdón consciente. Y eso, amigos, es más difícil. Porque el perdón supone ponernos en la piel de otro, saber cuáles son sus razones. Y no sólo comprender sino sentir que nosotros podemos hacer igual que él. Causar dolor a alguien, defraudar a alguien.

    En mis archivos emocionales guardo desde hace décadas el recuerdo de alguna que otra persona a la que odio. Lo siento pero es así. Y esto sin ser consciente del todo de que, quizá, haya alguna que otra persona que me odia a mí.

    Me estoy dando cuenta de que uno de los objetivos más importantes de mi vida es evolucionar perdonando y pidiendo perdón. De forma consciente. De forma valiente. Aunque duela. Porque la vida a veces duele y ese es el hilo invisible que cose algunos capítulos de la trama de nuestras historias.

  • ¡Buenos días, John!

    Salí del metro por una boca equivocada, a unos trescientos metros de mi punto real de destino. Lo primero que advertí es cómo cambia una zona según varíes la perpectiva desde la cual la observes. Eran tan sólo trescientos metros, pero parecía un barrio totalmente distinto, incluso con vistas a un edificio neomudéjar en el que nunca había reparado.

    Como no quería sacar el móvil, me acerqué a un kisoco de prensa para preguntar por la plaza a la que me dirigía. «Allí mismo está», me dijo el kiosquero, señalándome la dirección con la barbilla. «Gracias, señor», contesté. Desde hace algunos años me da por tratar con toda deferencia a aquellas personas que parece que pasan desapercibidas para la mayoría.

    Cuando iba a echar a andar, me di cuenta de que, a a mi lado, también se ponía en marcha un caballero de unos sesenta y tantos años. Llevaba gorra de visera con cuadros príncipe de gales y vestía traje elegante pero de sport. Se ayudaba de un andador. Era algo más sencillo y no tan aparatoso como lo llevan algunos ancianos. Quizá porque a esa edad uno aún no lo es.

    El kiosquero se despidió de él:

    –¡Buenos días, John! ¡Hasta luego!

    Ese señor se llamaba John y, a tenor del cabello pelirrojo que aún se le adivinaba entre las canas, bien podría ser inglés o americano. Para perder algo tiempo, me paré a posta en el escaparate de un comercio. John siguió adelante ayudado con su andador. Al pasar por una frutería, el tendero le dijo: «¿Adónde vas, John? ¿A desayunar? ¡Buenos días!»

    Parecía como si a la gente le encantara su nombre.

    Le adelanté y me metí en una cafetería. Para mi asombro, tras unos minutos, John pasó detrás de mí. Dejó el andador y se sentó en una mesa. Desde la barra, la camarera tomó un vaso, se lo enseñó y le preguntó:

    –John, ¿quieres ahora un zumo de naranja o lo prefieres dentro de un rato?

    –Dentro de un rato –contestó él, con un acento lejanamente inglés.

    Vino un amigo suyo, un hombre español, casi de la misma edad, y se sentó a hablar con él en la mesa. John cruzó las manos encima del tablero. Era curioso: era extranjero pero tenía una alianza en la mano derecha, como los españoles.

    En cierto momento, él reparó en mi presencia. Se me quedó mirando, como si reconociera en mí un pasado lejano.

  • Casi-casi tan guapa como vuestra madre

    Siguiendo con la tradición, mis hijas y yo fuimos a comer juntos el pasado viernes, su último día de cole antes de Navidad. En el coche, de camino a un centro comercial, María, la pequeña, me dijo que en estas vacaciones quería ver la nueva versión de Mary Poppins.

    –Fantástico –dije–. Yo también la quiero ver. ¿Sabéis, hijas, que la actriz que hace ahora de Mary Poppins [Emily Blunt] es casi-casi tan guapa como mamá?

    Silencio en el coche. Repetí la broma para que les quedara claro a las niñas que Marta es más guapa que Emily Blunt: «Casi-casi tan guapa».

    Pero continuaba el silencio.

    Y más silencio.

    María lo rompió unos segundos después. Vi aparecer su cabeza en el retrovisor, detrás de mí, para aseverar:

    –Papá, mamá es más guapa que la actriz.

    Sólo le faltó decir: «Vamos, que no te quepa la menor duda».

  • Alma de zorro

    //www.instagram.com/embed.jsAnoche le volví a ver: un maravilloso zorro, de pelaje brillante, color canela. Un animal bellísimo. Y lo mejor, lo más alucinante de todo, es que ha ocurrido en el pueblo de Madrid donde vivo. La foto que ilustra este post es del encuentro de ayer.

    Lo vi por primera vez la semana pasada, cerca de un stop, rondando un contenedor de basura. Ayer por la noche estaba unos metros más alejado, caminando por un murete que va a dar a una finca que, parece, este año está deshabitada.

    Algunas personas estaban merodeando por la zona, un lugar apartado que sirve de pequeño parking improvisado a la salida del pueblo. Y el zorro estaba ahí, encima del murete, en silencio, mirando a los coches, dispuesto a fugarse. Hubo un momento en que me miró y, para mi sorpresa, no se asustó.

    ¿Os ha pasado alguna vez que habéis visto un animal cualquiera y habéis sentido simpatía, casi afecto por él? Eso es lo que me ha pasado a mí. Quién sabe: a lo mejor tengo alma de zorro.

  • Spiderman viajó a la sierra de Madrid

    Cuando era pequeño mi padre me llevaba a menudo a la sierra. Ocurría siempre en verano. Nos levantábamos cuando aún no había amanecido y mi madre nos hacía dos bocadillos a cada uno: el primero de tortilla; el segundo, de filete empanado. Llevábamos también una cantimplora vacía, que luego llenábamos en regatos de la sierra, siempre con agua fresquísima del deshielo. A veces portábamos latas de refrescos, muy frías, envueltas en papel de periódico.

    La maravilla del día empezaba en la estación de Atocha. Los andenes olían a electricidad y dentro del vagón a metal y a plástico. ¿Sabéis una cosa? Puede parecer estúpido, pero esos olores me auguraban que iba a ser un buen día. Dentro del vagón siempre hacía fresco a esas horas de la mañana. Por aquel entonces, las ventanillas de los cercanías podían bajarse y yo me pasaba más de medio viaje de pie, asomado, con la cabeza afuera. Mi padre de vez en cuando me decía: «Chico, siéntate, que eso es peligroso». Yo, evidentemente, no hacía caso: tenía ocho o nueve años.

    Cómics

    Se me ha olvidado un detalle importante del relato. En Atocha, mi padre se compraba el periódico y un cuadernillo de crucigramas. A mí me compraba uno o dos cómics. Me dejaba elegir, y yo casi siempre me decantaba por el universo Marvel. Sobre todo por Spiderman (mi preferido) o Thor.

    Siempre me ha caído bien Peter Parker, el joven que esconde su identidad bajo el traje de Spiderman. Era muy tímido (quizá demasiado), le gustaba observar la realidad (de hecho, era fotógrafo) y con el paso del tiempo llegó a ser profesor. Es decir, el chico se llamaba como yo, tenía el mismo carácter que yo, era periodista (como yo anhelaba ser) y ejerció años después una profesión que, yo por entonces lo ignoraba, también sería la mía.

    El otro día le dije a mi compañero Paco Seoane que mis estilográficas preferidas son las Parker. En primer lugar por su calidad. Pero, también, porque cuando era pequeño me parecía curioso que tuvieran el nombre de mi superhéroe favorito.

    Stan Lee

    Han pasado los años y ya no puedes ir a la sierra sin cantimplora, pues ya no hay regatos. Los trenes de cercanías son más limpios y seguros, pero sus ventanillas ya no se pueden bajar. A veces, cuando paso cerca de un bar y huelo a tortilla de patata me acuerdo de lo bien que las hacía mi madre y de cómo se levantaba pronto para prepararnos la comida. Ya sabéis: esos gestos de amor de los cuales los hijos nos damos cuenta demasiado tarde.

    Hace un rato he llamado a mi padre y le he preguntado si recordaba aquellos viajes en tren a la sierra.

    –Sí, claro –me ha contestado–. Qué bien los lo pasábamos, ¿verdad? Yo también me acuerdo mucho de ellos.

    No le he querido decir que el otro día murió Stan Lee, el creador de Spiderman.

    Todos sabemos que lo único que importa es el aquí y el ahora. Pero hay veces que sólo los recuerdos y el amor a días soleados del pasado son el único bálsamo contra el cerco inevitable del paso del tiempo.

  • Buenas noches

    Déjate caer en la cama
    como cuando te lanzas en las olas del mar.
    ¡Mueve brazos y piernas, que el agua está fría!
    Dentro de poco entrarás en calor.
    Atrévete y bucearás en el sueño.
    Quédate tranquilo:
    hoy soñarás que vuelas
    y ningún sobresalto te va a despertar.

  • Colonialismo cultural

    Creo que fue Manuel Vázquez Montalbán quien dijo que el colonialismo cultural era el más feroz de los existentes. Sobre todo, creo, porque uno lo asume apenas sin oponerse, dejándose llevar por el contexto. Es cierto que tiene mucho arte y mucho mérito convertir una conmemoración sombría en una fiesta alegre. Pero qué curiosos son estos tiempos de Halloween, en donde los niños de los barrios periféricos juegan al truco o trato sin saber qué significa mientras nuestros antepasados se diluyen en la noche de noviembre y del olvido. No sé si serán los años, quizá me esté haciendo demasiado mayor. Pero cada vez necesito más la diversidad, el contrapunto, huir de la moda, los colores con matices, las versiones distintas del pensamiento. Esta noche voy a encender una vela a mis muertos y les recordaré con una sonrisa y con cariño.

  • Debajo de las hojas

     

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    Esperando a que llegara el verano
    malgasté toda una primavera.
    Y es cierto que el verano vino,
    pero sólo me di cuenta de ello
    cuando los días empezaron a ser más cortos
    y el agua del mar empezó a estar más fresca.

    Cuando cayeron las primeras hojas del otoño,
    pasé tardes enteras buscando duendes
    debajo de ellas.

    Y, así, sin avisar, llegó el invierno.
    Hace más frío y de vez en cuando nieva.
    Me pongo enfermo, mi cuerpo se queja.
    Pero, ¿sabéis una cosa?
    Los días vuelven a ser más largos.

  • Aún no había nacido

    Después de comer en la Plaza Mayor (un bocadillo de calamares, como manda la tradición), Marta, las niñas y yo pasamos a una heladería de reciente apertura. Es un negocio gallego (de Ferrol, creo). La chica que nos atendió dijo que era de Vigo.

    –¡Anda, Vigo! –exclamé–. Ahí estuve yo un tiempo de mi vida. Haciendo un curso en la ETEA.

    –Ay, la ETEA –constestó la dependienta, muy amable–: ahora está toda abandonada. Está muy mal cuidado todo aquello.

    –Sí, me han mandado fotos. Con lo que fue. Yo estuve allí en el 88. Con 18 años. Tú ni habrías nacido.

    –No, no había nacido aún.