Autor: Juan Pedro Molina Cañabate

  • La soledad

    Yo aún era muy joven para comprenderlo. Aquella madrugada, delante de una cerveza, una amiga me confesó que había noches que, pudiendo dormir en la cama, se tumbaba en el sofá con la tele encendida. Así escuchaba voces y podía conciliar el sueño creyendo que no estaba sola.

    Repito: yo aún era muy joven para comprenderlo.

  • A tiempo de ser

    Nunca creí que esto me ocurriría, pero una prueba irrefutable de que pasa el tiempo (de que pasa mi tiempo, de que paso por el tiempo) es que pienso sobre las opciones que la vida que, parece, ha cerrado.

    De esta forma, últimamente, me da por pensar:

    • Por qué no hice Psicología
    • Por qué no mandé a la mierda a aquel jefe
    • Por qué dejé pasar esa oportunidad laboral
    • Por qué no escribo otra puñetera novela y por qué siempre me rajo y las ideas que tengo me parecen malas
  • Dos amigas

    Entré en el polideportivo, donde mi hija mayor y mi mujer me estaban esperando. Las vi sentadas en esos asientos de plástico de colores que tienen todos los poliderportivos del mundo. Mónica hablaba con media sonrisa; mi mujer escuchaba. Madre e hija tenían las piernas cruzadas y las manos sobre ellas. Habían adoptado una posición simétrica.

    Quise entrar haciendo un poco el payaso. Sin embargo, Mónica me vio por el rabillo del ojo y siguió contando a mi mujer, a su madre, algo que me pareció una confidencia.

    Entonces me di cuenta no sólo que Mónica se había hecho mayor, sino que ella y su madre se consideraban amigas.

  • Emily dice

    Cuando Emily Dickinson murió (en 1886), Lavinia, su hermana pequeña, encontró en su habitación todos los poemarios que ella había escrito a escondidas. En realidad, como sabéis, la vida de Emily transcurrió a escondidas. No sólo me refiero a su vida física, sino también a su vida emocional. Dicen que los chicos del barrio la conocían y hablaban de ella como «la loca que nunca sale de casa», y que sólo a veces, muy pocas veces, se dejaba ver, dentro de su jardín, vestida por completo de blanco. También dicen que estuvo enamorada de un hombre mayor y casado. Incluso se ha especulado con que era lesbiana. Coincido más con Laura Freixas: en la época victoriana, el papel de la mujer se ceñía a tres roles: el ángel custodio del hogar, la niña y la loca. Emily optó por lo último como oposición al mundo. Quizá, simplemente, experimentaba una sensibilidad y autoconsciencia que por entonces no eran comunes y no estaban bien vistas.

    Pero no importa lo que digan los demás. Importa lo que dice Emily. Lo que da a entender con sus versos, con su vida, con la mirada verdadera que llega hasta nosotros a través de los siglos en una fotografía en blanco y negro. ¿La veis? Falleció con cincuenta y cinco años y sólo se conservan de ella dos fotografías. La más conocida es la que ilustra este post. Emily había cumplido dieciséis años por entonces. Tenía un rostro extraño (qué persona espiritual no lo tiene), de nariz gruesa en una cara ovalada, con una boca grande. Pero lo que más atrae es su mirada, profunda incluso con un leve defecto (ligero estrabismo exotrópico en su ojo derecho). Su mirada quiere decir tanto que prefiere contenerse.

    Emily dice que importa un bledo lo que los demás piensen de ti: el sádico de tu jefe, el baboso de tu compañero, la amargada de tu vecina, tu padre castrador, tu pareja egoísta. No importa nada lo que piensen de ti. Sólo vale lo que pienses tú de ti. Sólo tú. Nada más. Incluso cuando no puedas decirlo a los cuatro vientos y debas disfrazarlo con otras palabras, con poemas, como hizo ella. Y todo lo demás no importa.

    Debió ser una persona complicada pero, intuyo, buena gente.

    A veces me pregunto cuántas personas como Emily conocemos o creemos conocer, sin saber, en realidad, de su pasiones y tesoros secretos. Qué ciegos somos.

    Para conocerla más:

    88x31

     

  • Por favor, no me obligues a comprar tu libro

    No quiero que nadie se enfade con lo que voy a decir. En los últimos tiempos me he encontrado tantas veces con cierta situación que quiero escribir sobre ello, quizá para matar el fantasma.

    Mirad, yo no tengo nada en contra de las autoediciones: me autoedité mi primera novela (Los días de San Claudio) sobre todo para regalársela a mis amigos y a algunos clientes que tenía por entonces, allá en mis años de consultor. Hoy subo a Amazon.com novelas que algunas editoriales me editaron y de las que he recuperado los derechos. También subo otros textos por los que no apostó ninguna editorial (ni falta que hace).

    Los pongo a la venta a un precio simbólico (antes los daba gratis). Y quien tenga interés en leerlos de verdad paga un par de euros (que no me hacen rico, puesto que buena parte se lo lleva la plataforma) y todos tan contentos.

    Por lo tanto, digo, no tengo nada contra de las autoediciones. Pero sí sobre una fórmula por desgracia popular en nuestros días. Es esa que algunos llaman finamente crowdfunding aplicada a la edición. Ya sabéis de qué os hablo: un editor acepta publicar el libro de alguien sólo si éste busca mecenas (compradores) que aporten parte del costo de la edición mediante el previo pago de un ejemplar o de los que hagan falta.

    De tal forma que un amigo o conocido viene y te dice: «Oye, me van a publicar mi libro». Y tú exclamas: «¡Coño, enhorabuena, qué buena noticia!». Y es entonces cuando tu amigo o conocido te espeta: «Sí, pero necesito mecenas. Y uno puedes ser tú. ¿Quieres colaborar? ¿Me compras un ejemplar? Fíjate, te vas a hacer uno de mis mecenas».

    Yo comprendo el papelón de los editores: no están las cosas como para hacer saltos mortales sin red. Y comprendo el papelón de los autores a los que les ofrecen esta fórmula. Pero, caramba, hay un chantaje emocional implícito: «Si no me compras el libro no me lo editan, y ya sabes cuánto he deseado tener esta oportunidad».

    Es un compromiso. Un mal rollo. Más de un conocido me ha retirado el saludo por no querer comprar su libro.

    Y me estoy quedando sin conocidos.

  • Cascos, bridas y relinchos

    Ver esta publicación en Instagram

    Una publicación compartida de Juan Pedro Molina Cañabate (@molinacanabate) el

    //www.instagram.com/embed.jsAlguna mañana que otra, cuando dejo a mis hijas en el colegio y voy camino al trabajo, me sucede algo tan sorprendente que quizá alguien que no me conozca pueda pensar que estoy loco.

    El caso es que al pasar con el coche por ciertos parajes, oigo cascos de caballos, bridas y relinchos. Y justo cuando reduzco la marcha y miro hacia unos olivos que están cercanos a la carretera, salen a mi paso algunos caballeros, que en las mañanas frías se embozan el rostro con la capa mientras con la otra llevan las riendas de sus monturas.

    Uno de ellos (casi siempre es el mismo, hombre maduro de barba rubia), se acerca galopando al coche, y con gestos me pide que pare y baje la ventanilla. «Por Dios», me dice tras quitarse el yelmo para hablar conmigo. «¿Qué hace Vuesa Merced en ese trasto de fierro? Apéese de él y venga con nosotros. ¡Apúrese! Tome su cabalgadura. Le estamos esperando».

    Siempre le digo que no puedo, a lo que el caballero me contesta con mohín de pena: «Mañana volveremos a intentarlo».

    Luego arranco y me voy a la Facultad para hablar de Comunicación con mis estudiantes.

  • Trabajar con actores

    Hace algunos años, fui integrante de un proyecto de investigación multidisciplinar de mi universidad que estudió las diferencias entre dos conocidas cadenas de televisión. Analizamos no sólo la gestión en ambas instituciones, sino también la producción de informativos y el proceso de creación de sus series de ficción. Por este motivo a mí me tocó entrevistar, entre otras personas, al productor ejecutivo de una serie que entonces gozaba (de forma merecida) de bastante éxito.

    La entrevista me aclaró muchas dudas y aprendí mucho haciéndola. En una fase de la conversación, pregunté al productor ejecutivo por los actores y él me confesó: «Mira, la relación con los actores es muy difícil. Trabajan con emociones. Se desnudan emocionalmente delante de todo el mundo. Y siempre o casi siempre están a la defensiva, porque se creen que te estás riendo de ellos o que les quieres engañar».

    El caso es que, bajo esa aparente crítica, se escondía un profundo respeto hacia esos compañeros de trabajo.

    88x31

     

  • Volteretas de colores

    Grupo de casas en primavera, de Johannes Itten (1916)

    Me enamoré del cuadro nada más verlo. Era Grupo de casas en primavera, de Johannes Itten. Mi hija Mónica y yo asistíamos a una actividad en familia del Museo Thyssen y la educadora nos pidió que nos parásemos delante de él. La actividad de ese día trataba sobre el uso del color y ella nos descubrió un secreto de su composición: los colores cálidos son expansivos y transmiten una fuerza centrífuga, mientras que los colores fríos transmiten fuerza centrípeta. El cuadro de Itten se nos presentaba dinámico y transmitía vida aun estando enmarcado en un entorno más o menos oscuro.

    Ese día me volví a dar cuenta, además, de qué importante es la pedagogía del Arte.

    En esta ficha del Museo Thyssen se menciona también la base rítmica, casi musical, del óleo.

    (*) Imagen de la entrada: Grupo de casas en primavera, de Johannes Itten (1916).

  • El apego

    «Me gusta mi vida», se dijo ella cuando abrió el armario para ver sus vestidos de encaje blanco, esos que ya no se ponía pero que le gustaba guardar. Los iba rozando con la punta de los dedos, como si la memoria estuviera en el tacto de las manos y fuera más fácil viajar al pasado.

    «Me gusta mi vida», se dijo. «Y me costó mucho llegar hasta aquí». Entonces reprimió una lágrima porque fue consciente de que algún día lo perdería todo. Quizá el secreto consiste en saber perder el apego a las cosas.

    88x31