Autor: Juan Pedro Molina Cañabate

  • Mujeres albatros

    Nunca he comprendido a los tipos que tienen miedo de que sus mujeres sean más fuertes o importantes que ellos. Nunca he comprendido a los tipos que quieren dominarlas. Y tampoco he podido imaginar qué incentivo tiene que alguien te diga siempre «lo que tú quieras, cariño» (cuando, lo peor de todo, es que te esté mandando a tomar por saco para sus adentros).

    Siempre me acuerdo de la definición de Pío Baroja de las mujeres albatros, aquellas que sobrevuelan tempestades. Y siempre me acuerdo, también, de su reflexión posterior: volar con ellas es demostrar que tienes las alas fuertes.

    Mi mujer, mis hijas, mis hermanas y la mayoría de mis amigas son (y mi madre también lo fue) mujeres albatros.

    Volemos a su lado, entonces.

    El otro día, unos queridos estudiantes analizaron el logo de la firma Chanel. Y, de forma inevitable, salió a escena la creadora de la marca, Coco Chanel. Verbalicé a la clase que hubiera estado genial conocerla. Qué persona tan inteligente debió de ser.

    Nada más llegar a casa leí su biografía. Bueno, vale, hay episodios en su vida como mínimo oscuros. Nunca han sido corroborados del todo. Pero eso, como decía un novelista, es otra historia.

    Os dejo el final del biopic Coco before Chanel, protagonizado por Audrey Tautou y dirigido por Anne Fontaine. El juego simbólico de los espejos es fascinante.

  • Fin de cuatrimestre

    Versos de buen corazón,
    tan grande que no les cabe en una estrofa.

    También versos con barba y voz engolada,
    que creen que saben más que tú
    (y quizá tengan razón).

    Versos que no se enteran porque no quieren.

    Versos que te dicen que te deben la rima,
    cuando es al revés: eres tú quien se la debes a ellos.

    Versos adorables.
    Versos que psá.

    Versos que se comportan como en el Instituto
    y se dejan llevar por otros versos.

    Versos que quieren hacer un máster,
    pero lo que quieren de verdad es trabajar
    pero no pueden.
    Versos a los que un día pedirás trabajo.

    Versos que te calan a la primera.

    Versos que tú sabes que llegarán lejos
    precisamente porque no quieren demostrarlo.

    Versos a los que no llegas
    y te da rabia.

    Los versos siempre tienen vida.

  • La rodillera

    Le tuvo más de diez minutos al teléfono. Era una chica. Le vendía una rodillera. Al principio él fue muy amable con ella. Le dijo que no le interesaba, que ya estaba operado de menisco. Y ella seguía. Y le decía que no sólo valía para la rodilla, sino para el codo, para el cuello y que era buena hasta para las varices. Y él le decía que no gracias. Y se le pasó por la cabeza colgar. Y entonces él recordó aquellos días en los que tuvo que trabajar en tantos y tantos trabajos grises de temporadas grises en los que llegaba a casa hecho una mierda.

    Al principio fue amable con ella. Y al final también. La vida es muy jodida para todos en estos tiempos. Lo que ocurre es que cuando estamos bien se nos olvida lo mal que lo pasamos un día y creemos que estamos a salvo de cualquier mala racha.

    La chica le dio las gracias por ser educado y le deseó una fantástico día. Él también se lo deseó a ella y cuando colgó el teléfono sintió un pellizco en el corazón.

  • El salto

    Esta mañana hablaba con mi amigo Willy y le comentaba que, movido por inquietud intelectual, tenía ganas de dar un salto hacia adelante. Willy me animó. «Tienes mundo», dijo. «Sabes decir las cosas y sabes convivir con muchos tipos de gente».

    Hablamos de la curiosa aliada que es la edad. El paso del tiempo, convinimos, te resta muchas cualidades, pero también te otorga otras virtudes. Quizá sean menos visibles y sonoras, pero son más profundas. De esas que te otorgan a ti y a los que te rodean de esa especie de tranquilidad que consiste en saber que, al final, todo tiene sentido.

  • La primera vez que entré en el edificio 17

    //www.instagram.com/embed.jsSiempre digo que las aulas son lugares sagrados; conforman un espacio físico al que se le debe respeto. Cuando piso un aula por primera vez pienso en todas las personas que estuvieron allí antes y, también, en todas las personas que no tuvieron esa suerte.

    La primera vez que entré al edificio 17 de mi Facultad, hace doce años, me sorprendió su pulcritud. Las taquillas estaban cuidadas, sin una sola pintada, pegatina o muesca. A pocos metros del hall principal, en el pasillo que lleva a los platós de televisión, descubrí el enorme e hipnótico mural de Enrique Linaza dedicado a la Historia del Cine, también cuidado y respetado. Todo se ha mantenido así con los años. Por cierto, el curso pasado se colocó otro mural, en la primera planta, con primeros planos de estudiantes, fotografías que nadie osa tocar.

    Con el paso de los años, se ubicaron en hall y pasillos sillas y mesas para que los estudiantes pudieran estar sentados y trabajar en ratos de espera. Todo este mobiliario es tratado con mimo, como si todos fuéramos conscientes de su importancia, como si en esas sillas y mesas también se hiciera Universidad. Porque la Universidad, además de las materias propias de un grado o un máster, es una conversación, saber escuchar las opiniones de un amigo (o de quien no lo es), dialogar por los pasillos, saludar y conocer al personal administrativo y de apoyo, intercambiar una sonrisas en la cafetería. La Universidad es el más claro exponente de la Vida.

    Comparto las ideas expuestas en Zemos 98: «La educación puede suceder en cualquier momento, en cualquier lugar«. Y aunque esto pudiera indicar que el espacio físico debe tener menos importancia, yo lo interpreto de otra manera: en educación, para que haya un libre intercambio de ideas, el espacio (tanto físico como virtual) debe ser sagrado.

    Todo esto se me vino a la cabeza ayer por la tarde, viernes, cuando el edificio 17 estaba medio vacío, al igual que la primera vez que lo vi. Por tener, dicen, tiene hasta fantasmas. Pero, como decía el novelista, «esa es otra historia» que no sé si algún día contaré aquí.

  • Los porqués a partir de los 50

    Estuvimos todos en la Mercedes Fashion Week para ver el desfile de mi sobrina Marta (Lye Lysianne). Fue emocionante, muy emocionante. No era para menos: después de muchos sacrificios, Marta obtenía un merecido reconocimiento como diseñadora de moda.

    Mi hermana Carmen me presentó a sus amigas Almudena y Sofía. Intercambiamos chistes y opiniones. Hablamos de la vida, de matrimonios y familias. Les enseñé fotos de mi mujer y de mis hijas. Entonces Sofía me dijo: «Hasta que cumples cincuenta, en la vida todo es teoría. A partir de esa edad viene la práctica; es cuando te empiezas a dar cuenta del porqué de las cosas».

    Muchas gracias, Sofía.

  • Estabas equivocada, Terele

    Coincidí con Terele Pávez hace muchos años, por casualidad, una noche en un bar de Huertas. Por entonces (creo que era sobre el 96), ella aún no habría cumplido sesenta años. Aunque tiempo antes había rodado Los santos inocentes y recibió críticas elogiosas, era sobre todo una actriz popular en generaciones anteriores a la mía, pero aún no lo era para las más jóvenes.

    Yo me había acercado a la barra y mis amigos estaban sentados en una mesa, esperándome. Ella estaba con un señor más joven; intuí (al menos eso parecía) que la estaba cortejando, pero ella no estaba interesada en él en absoluto.

    Cuando pedí mi cerveza ella y yo empezamos a hablar y le dije (algo que casi nunca suelo hacer con la gente famosa) que la conocía.

    –¿De verdad que me conoces? –se mostró soprendida.

    –Claro, has hecho esto y esto y también sé quién es tu hermana.

    Empezamos a hablar y me pareció una persona encantadora y locuaz y tenía mirada de buena gente. En un momento de la conversación me dijo:

    –Yo te aseguro que si me muero aquí ahora mismo, si caigo redonda al suelo, nadie va a saber quién soy.

    Estabas equivocada, Terele. Quizá en ese momento sólo algunos te conocían. Pero hoy, ahora que has hecho el viaje, todos saben que has sido una de las mejores actrices de la historia del cine español.

  • Habrá que reinventar el verano

    Ayer por la tarde lo comentábamos, sorprendidos, mi amigo Felipe y yo: por estas latitudes, los vencejos y los aviones ya se han marchado. Lo venía notando desde hace unos días (ya no escuchaba su alboroto al atardecer) y Felipe me lo ha corroborado: se han ido mucho más pronto que otros años.

    Hemos comentado que, quizá, los cambios de temperatura de este verano (que han sido brutales) les hayan hecho creer que se ha adelantado el otoño. O, también, que esos mismos cambios en el mercurio han propiciado que buena parte de su sustento (son insectívoros) haya desaparecido y por eso han tenido que buscar lugares mejores para vivir.

    Parece ser que no podemos hacer nada para que vuelvan, como tampoco, parece ser, podemos hacer nada para vivir un verano más amable. El verano y las circunstancias pasadas parecen inmutables. Y en cuanto al tiempo (no me refiero al atmosférico, sino al regido por el dios Crono) «es el que es», como apostilla un conocido personaje de la serie El Ministerio del Tiempo.

    Pero, ¿y si empezamos a rebelarnos y reinventamos este verano?

    ¿Cómo lo harías tú?

     

    Por si te interesa:

     

  • Haiku para mañanas después de las lluvias

    En las mañanas,
    los gorriones pían y
    alejan la noche.