Autor: Juan Pedro Molina Cañabate

  • Barrio. Un hueco en el corazón

    Barrio. Un hueco en el corazón

    Hoy he visitado el viejo barrio. A ratos me ha parecido muy cambiado; a ratos igual que siempre. Me he cruzado con antiguos vecinos, quince años más viejos, que no me han reconocido. He visto tiendas que han cerrado, comercios que han nacido y otros que resisten. He pulsado el timbre de un telefonillo. He comprado un bollo con chocolate. He enviado fotos a una amiga para que viera cómo están las cosas.

    Me he jurado que jamás volveré a levantar el cierre metálico de algunos recuerdos. Y me he jurado también que tengo que recuperar otros, hacerlos reverdecer al sol con seguridad y paciencia de jardinero.

    El barrio de mi infancia es un país extraño que visito de vez en cuando. Cada vez más ajeno, poco a poco se me olvida. Pero el hueco en el corazón sigue allí. Y no me lo explico.

  • Nuestra cara

    A veces, cuando estábamos viendo la televisión, mi madre solía decir: «Me cae bien este hombre» o, por el contrario, «No me fío de esta persona». Al principio yo le preguntaba por qué y ella me respondía: «Es por su cara«. Yo no daba crédito, creía que no era lógico: ¿cómo era posible emitir un juicio de alguien sólo por su cara?

    Han pasado muchos años. Mamá, tenías razón. Tal como oí decir una vez a un famoso actor, a partir de cierta edad todos somos responsables de las caras que tenemos.

     

  • Tus lugares en el mundo

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    //www.instagram.com/embed.jsTenía que hacer tiempo, así que me metí en una conocida gran librería de varias plantas. Había libros, cedés, películas, camisetas de series, pósters y demás merchandising molón. Pero entre tanto hipster y nuevos modernos, entre tanto adolescente y jóvenes tardíos, me sentí muy fuera de lugar.

    Luego fui andando hasta la Plaza Mayor y me detuve frente a las tiendas de sombreros. Siempre me han llamado la atención. Hacía casi 40 grados y pasé a un bar, justo al lado de ése otro que frecuentaba de joven. Mi antiguo Instituto, el San Isidro, quedaba muy cerca. Mi Instituto es uno de esos lugares, por suerte aún anclado en mi memoria, que yo visito cuando necesito recordar cuáles eran mis objetivos vitales antes de haber cumplido los veinte años.

    Posiblemente, el Instituto que viví no fue tal como lo recuerdo ahora. Posiblemente esos recuerdos son mentira. Pero ésos y no otros, esta Plaza Mayor con sus soportales y sombrererías, y estos bares donde sirven bocatas de calamares son algunos de mis lugares en el mundo.

    (*) Gracias, Chema y Carmen, Carmen y Chema, por la maravillosa tarde que me brindasteis luego.

  • Marta Portal. A cambio de nada

    Me lo dijeron hace unos días, pero al no ver nada escrito en prensa al respecto, no he querido escribir sobre ello hasta confirmarlo por otros medios: la novelista y profesora Marta Portal ha muerto.

    Marta fue mi directora de tesis. Escribía magistralmente (ganó, entre otros muchos premios, el Planeta en 1966) y era una increíble profesora. Pero, sobre todo, era una persona generosa y llena de bondad. Para mí es un misterio por qué accedió a dirigirme la tesis (nunca fui un alumno brillante y me encontraba en sus antípodas en muchos aspectos). Todavía ignoro de dónde sacó las fuerzas para animarme, una y otra vez, a que terminara la investigación (tuve que interrumpirla muchas veces por culpa del trabajo y de «una serie de catastróficas desdichas»). Si yo defendí mi tesis doctoral fue porque Marta me la dirigió y me animó. Sin ella no hubiera sido posible.

    Investigar y escribir

    Puede decirse que Marta Portal me cambió la vida a cambio de nada. Gracias a esa tesis y gracias a su trabajo desinteresado obtuve el grado de doctor y, muchos años después, conseguí un empleo como profesor. Marta Portal, además, me enseñó a investigar y a escribir.

    El otro día mi mujer me recordaba un momento y una circunstancia. El momento es la emoción de Marta cuando terminé de exponer mi tesis delante del tribunal. La circunstancia era su sordera, que la aisló un poco más del mundo y aceleró, quizá, un proceso degenerativo físico, mental y anímico. Porque, desde hacía un tiempo, Marta se había olvidado del mundo. Desgraciadamente, el mundo también se había olvidado de ella. Confieso que no quise ir a visitarla al lugar donde ella residió en sus últimos años por temor a que no me reconociera.

    Era una dama de otro tiempo, con una forma de pensar y de actuar distinta a la mía. Pero tuve el privilegio de conocerla y de comprobar que los corazones buenos tienen un latido especial da igual su credo, su ideario político, su clase social.

    Siempre me quedará la espina de que no le pude devolver todo lo que ella hizo por mí.

  • La oficina de milagros perdidos

    Hay cosas que parecen predestinadas a perderse, y casi todas provocadas por andar con prisa: un paraguas, un boli de tinta azul, un calcetín que se despista en la colada, el resguardo de la tintorería. Pero, sobre todo, la conversación con nuestra pareja. No, no digo eso que hacemos todos delante de la tele con ella al lado a la hora de la cena. Eso no es conversar porque no está ni en la categoría de hablar. Me refiero a conversar. Y voy más allá: conversar con tu pareja de su trabajo. No hablar de su trabajo, no opinar de su trabajo. Digo conversar sobre su trabajo. ¿Y si no lo tiene? Que no tenga empleo no significa que no tenga trabajo. La vida es un trabajo. Y muchas veces mal pagado.

    Eso lo estamos perdiendo.

    Pero, no sé si lo sabéis, voy a abrir una oficina de milagros perdidos, en donde la voz y la capacidad de escuchar estén ahí delante, en las primeras baldas.

  • ¿Quieres bailar conmigo este pasodoble?

    Seguro que alguna vez os habéis parado a ver bien cómo dos personas mayores bailan un pasodoble. Es una de las escenas más bonitas que presencio en las fiestas de los pueblos o en alguna que otra celebración a la que nos invitan. Cuando la banda empieza con los primeros compases, se oye un ohhh grande y las parejas se juntan para bailar. Hay pocas parejas de jóvenes que lo hagan bien. Pero, de personas mayores, todas, todas lo bordan: se miran a los ojos y se dicen te quiero con la mirada, un te quiero que ha superado las embestidas de la vida y les de la tregua de la vejez. Te quiero, se dicen con los ojos y, después, juntan las caras con media sonrisa, como si quisieran agarrar ese momento, como si quisieran que durara para siempre o como si recordaran los cientos de pasodobles que han bailado juntos antes.

    El otro día estuvimos en la fiesta de un pueblo de Segovia y, evidentemente, hubo tiempo para el pasodoble. Yo me senté a un lado para ver a las parejas. Entonces se me acercó mi hija mayor y me dijo:

    –Papá, ¿bailas?

    –Qué va, hija. Nada, nada. Yo soy muy malo en esto.

    –Venga, papá, anda: baila conmigo.

    Entonces le miré a los ojos y me di cuenta de que, joder, el tiempo pasa rápido, muy rápido. El tiempo vuela y es una putada como una catedral.

    Me levanté y le dije:

    –Claro que sí, cariño, bailamos. Pero soy muy malo en el pasodoble, ¿eh?

    –No pasa nada, papá, te llevo yo si quieres.

    –Ah, no; eso sí que no: en el pasodoble, hija, te llevo yo.

    Y bailamos.

    Os quiero mucho, verdianos.

  • Lo que veo por el pueblo donde vivo

    • La chica que se gana la vida paseando a los perros
    • El mensaje de una enamorada escrito en el suelo de la entrada de un garaje para que lo vea su enamorado motero
    • Un hastag en el cielo
    • Un cuatrero
    • Un diente de león lleno de deseos
    • Un puente hacia el misterio
    • Una iglesia antigua
    • Una golondrina perdida a punto de recuperar su libertad
    • Cirros
    • Gigantes y cabezudos
    • Amaneceres que se merecen aplausos
    • Casas viejas
    • Inviernos mágicos
    • Extraños arcoiris
    • Vencejos
  • Esa manía

    Cómo somos los españoles. Todavía recuerdo la acertada explicación que, hace unos años, en Oporto, me dio una profesora de su Facultad de Humanidades (de quien me guardaré su nombre).

    «No os entiendo», dijo. «Estáis todo el día peleándoos. Los del gobierno, con la oposición; los de la oposición, con otros de la oposición. Los periodistas con los políticos y los políticos con los periodistas. Nunca paráis de pelearos. No me extraña que tuvierais una guerra civil».

    Continuó: «Mira, los portugueses tenemos menos recursos que vosotros, pero llega un momento en que nos damos cuenta de que tenemos que colaborar y trabajar juntos si queremos salir hacia adelante. Pero vosotros…»

    Sí. Esa puta manía que tenemos de pelearnos en vez de buscar soluciones, como si la pelea fuera la única solución. Esa puta manía.

  • Integración: cuestión de acento

    Ha ocurrido esta misma tarde, en la puerta del polideportivo del pueblo donde vivo. Dos chavales estaban jugando con un balón de reglamento. Uno, que hacía de portero, llevaba una réplica de camiseta de la selección española. El que hacía de jugador vestía la equipación del equipo de la localidad.

    Chutó y metió gol.

    —¡Golazo! —exclamó.

    —De puta chorra, chaval.

    Tanto uno como otro hacían gala de un abierto acento madrileño, gracioso y chuleta. Hay que tener mucho arte para saberlo lucir; no todos podemos.

    Lo bueno, lo mejor de todo, eran los dos chavales: el que hacía de jugador era de ascendencia marroquí; la del portero, sudamericana.

    Nuevos madrileños, nuevos españoles. Convivencia que busca la integración. Futuro.

  • Señales de verano

    No, no me malinterpretéis: mi vecina (de la que tan siquiera sé su nombre, vive en la urbanización de enfrente) no está buena. Calculo que pasará sobradamente de los cincuenta. Está casada con un hombre de pelo plateado; un señor con aspecto de dandy que, en las mañanas tranquilas, sale a la terraza, se sienta en una hamaca de playa y se pone a leer el periódico.

    Hablo de mi vecina, que no es modelo y de la que no sé su nombre, porque, esta mañana, ha salido a la terraza a regar sus geranios en bikini. Todos los años cumple el mismo ritual. Y, amigos, esa es señal inequívoca, al menos en donde yo vivo, de que ha llegado el verano.

    Vamos a ver cómo empezamos esta estación, verdianos.