Autor: Juan Pedro Molina Cañabate

  • Sumilleres reunidos

    Conforme pasan los años noto cómo mis niveles de testosterona están bajando. Y no sé si será casualidad o causalidad, pero también encuentro que los hombres somos cada vez más ridículos. Mucho. La última prueba fehaciente la tuve antes de que llegara la primavera en un restaurante al que fui para comer un menú del día. En la mesa de al lado estaban sentados cinco varones de cincuenta y tantos y que, intuyo, trabajaban en una oficina cercana.

    Uno de ellos pidió al camarero una botella de vino. Un vino supuestamente bueno.

    Os juro que era para descojonarse. Tomaban la copa, la alzaban para ver al contraluz el reflejo caoba del caldo, metían su nariz y ponían cara de entender.

    –Oh, tíos, este vino está de puta madre. ¿No lo creéis? –dijo un macho beta, que no era líder pero pretendía serlo.

    –Sí, tío, claro –dijo uno.

    –Sí, tío, claro –dijo otro.

    –Sí, tío, claro –afirmó otro.

    Hasta que el macho alfa de verdad dijo:

    –Joé, tíos, esperad. A ver, este sitio es magnífico pera comer, pero no para beber vino bueno. Es que a mí éste me sabe a corcho.

    –No jodas, tío. Mmmm. ¡Es verdad!

    Todos se miraron entre sí. Había que encontrar consenso.

    –¡Es verdad!

    –¡Es verdad!

    –¡Es verdad!

    Y los cinco cambiaron oficialmente de opinión: el vino ya no era bueno y el sitio ya no era el idóneo para degustar un rioja como dios manda.

    No sé si os habéis dado cuenta de que a los hombres nos gusta hacernos los entendidos en vino a partir de los 50. Conforme se nos escapa la vitalidad, disfrazamos nuestros nuevos estados físicos y psíquicos de sibaritismo y gusto por el bouquet. Cuando lo que pasa, en realidad, es que nuestro cuerpo no puede aguantar la caña que le metíamos cuando teníamos treinta.

    Sigamos con nuestro cinco amigos.

    Cambiada oficialmente la opinión sobre el vino, y después de preguntarse los unos a los otros qué iban a hacer el fin de semana, el macho beta (que ya asumía que nunca sería macho alfa), sacó el móvil, abrió la galería de imágenes, buscó con el índice una foto de algo parecido a unos olivos (o qué se yo) y dijo lo siguiente. Os lo juro:

    –Jo, tíos, yo he descubierto una actividad que quita el estrés que te cagas. ¡Me he comprado una podadora y estoy dale que te pego a los árboles!

    –Hala, tío, qué bestia.

    –Sí, eres un bestia.

    –Jo, qué bestia.

    Y todos apostillaron: «Te va a salir una hernia discal».

    El macho beta miró a todos como diciendo: «Os he cortao, merluzos. No os ha gustado el vino que he escogido. Pero os he demostrado que tengo tierras».

    Y así, amigos, es como avanza la Humanidad.

  • Buena gente (I): Terapia en el banco de un parque

    Hoy he hablado con una de las madres del cole mi hija. Es psicóloga. Le he preguntado por su gabinete. «No va mal, voy haciendo pacientes», me ha contestado. Luego me ha hecho una confesión: en muchas ocasiones, cuando la gente a la que trata no tiene dinero, queda con ella en un parque, se sientan en un banco y hacen allí la terapia. «¿Cómo voy a dejar sola a una persona con problemas?»

  • La luna sobre nosotros

    Corría el año en que el Kaiser había muerto y también había fallecido nuestro padre. Aquella noche mi hermano y yo salimos al bosque para aclarar nuestras diferencias. Él llevaba una pistola y yo otra. Ambos las escondíamos y ambos sabíamos, también, que las íbamos a utilizar. La luna estaba grande, más de lo normal. Los grillos aún cantaban. Fuimos a un claro para vernos bien y tomamos distancia. No mediamos palabra cuando desenfundamos. Ni a él ni a mí nos temblaba el pulso. Antes de terminar de apuntar, mi hermano se encogió preso de dolor, soltó la pistola y se llevó las manos a las sienes. Me preguntó entre dientes:

    –¿No lo sientes, Wilhem? ¿No lo sientes?

    –¿El qué?

    –El temblor, dios mío, el temblor. ¡Me va a estallar la cabeza!

    Yo no sentía nada, pero me di cuenta de que los grillos habían callado.

    De repente, sí, lo sentí: una fuerza, un temblor que me empujaba hacia abajo. Empezaba a destrozarme por dentro con una presión descomunal, como si dios me apretara con un puño. Mi hermano miró hacia arriba y yo también. La Luna se hacía cada vez más y más grande. Venía. Venía. Venía hacia nosotros. Lo supimos entonces: la Luna iba a chocar contra la Tierra. Yo también solté la pistola.

    Todo empezó a temblar a nuestro alrededor y oímos un rugido tétrico.

    Nos miramos y comprendimos qué estúpido puede ser todo.

  • Lobito bueno

    Una vez, mientras viajaba en un vagón de metro, entró un hombre pidiendo unas monedas a cambio de una canción. Era indigente y creo (por ciertos rasgos y cicatrices en la cara que sólo pueden emerger desde el fondo del alma) que había tenido alguna relación con las drogas. No llevaba instrumento alguno y empezó a cantar a capela. Lo hacía como podía, con voz rota y evidente esfuerzo. Mucho esfuerzo.

    La canción, en concreto, era un poema de José Agustín Goytisolo musicado por Paco Ibáñez: El lobito bueno. Una canción aparentemente naif, sólo aparentemente.

    Me emocionó escuchar esa canción a ese hombre y en esas circunstancias.

    Frente a mí había dos jóvenes sentados que se empezaron a reír del vagabundo nada más empezaron a escuchar la letra.

    —¿Por qué lo hacéis? —les pregunté con la mirada—. ¿Por qué lo hacéis?

    (*) He recordado lo que viví aquella tarde al ver en el muro de Facebook de Julia Cortés el poema musicado de Goytisolo por Paco Ibáñez.

  • ¡Me rindo!

    El otro día leía la web sinazucar.org. Te recomiendo que la visites si quieres comer un poco más sano. Y te recomiendo también que la visites si eres mínimamente feliz y quieres amargarte un poco el día. ¿No me crees? A los hechos me remito:

    • Un puñetero yogur de fresa (omitiré la marca): 4 terrones de azúcar
    • 4 galletas de chocolate: 8 terrones y medio
    • 1 refresco de té de los de toda la vida: 6 terrones y medio
    • 1 triste flan: 6 terrones y medio

    A ver, yo ya me rindo. Comprendedme: a mis 47 años, si no haces ejercicio la barriguita es casi una obligación moral. Si no la tienes eres marciano es que no has vivido. No me puedo cuidar más.

    Yo ya me di cuenta de que mi cuerpo estaba cambiando hace unos años. Un verano, en la playa, mientras corría con mis hijas por la orilla, noté (horror) que mis pectorales –antes fibrosos cual atleta heleno– subían y bajaban flácidos. Arriba y abajo, arriba y abajo. Sí, amigos, ya sé que eso le pasaba a Pamela Anderson en Los vigilantes de la playa. Pero es que yo no soy Pamela Anderson.

    El tiempo pasa para todos. Y no sólo en el físico. Aquellos hombres y mujeres interesantes que admiraba en mis tiempos universitarios ahora son sesentones amargados que ponen a parir a los de Podemos y reclaman sus quimeras como las únicas verdaderas. Si yo voy a ser así, prefiero asumir mi humanidad desde ya mismo. Mi única Arcadia es el Vicente Calderón y mi Ítaca de este año llama Cardiff. Ya no sueño con ganar el premio Nadal y publico mis historias en Amazon (por cierto, ¿sabéis quién es El ángel de Sao Paulo?).

    Ya paso tanto de todo, que ni siquiera me inmuto cuando los vecinos de al lado (que deben cenar afrodisiaco cada dos por tres) hacen gala de un ruidoso furor pasional. El otro día, martes, a las 06:30 de la mañana (repito: martes a las 06:30 de la mañana), estaban dando una serenata. Me levanté al cuarto de baño. Mi mujer se estaba lavando los dientes para ir al trabajo. Nos miramos con sonrisa condescendiente. Dijimos: «Son jóvenes».

    Hacerse mayor debe de ser esto. Con lo que hemos sido.

    Bueno, son las dos de la madrugada. Me tomo un colacao y pa la cama.

    Os quiero, amigos.

  • Haiku de una noche de enero

    screenshot_2017-01-21-19-45-42
    La constelación de Orión.
    Frente a mi casa,
    a millones de años luz,
    me contempla Orión.
  • Pío Baroja, el Instituto San Isidro y El árbol de la ciencia

    Ver esta publicación en Instagram

    Una publicación compartida de Juan Pedro Molina Cañabate (@molinacanabate) el

    //www.instagram.com/embed.jsPío Baroja estudió en el Instituto San Isidro y hace referencia al centro en El árbol de la ciencia. Yo fui alumno de ese instituto (en la década de los 80) y aún siento la emoción que tuve al leer, allí mismo, las páginas que Pío había escrito sobre ese lugar en 1911.

    El árbol de la ciencia es, sin duda, una de las mejores novelas de Baroja. Creo que todos los estudiantes de nuestra generación empezamos a amarle desde que nos zambullimos en sus historias, una extraña mezcla de novelas de aventuras, folletines y retratos introspectivos, ubicadas muchas veces en ese mismo Madrid que nosotros recorríamos, setenta años después. Más de medio siglo había pasado pero el alma de la ciudad seguía siendo la misma.

    Lejos de diluirse, mi admiración por Baroja se ha acrecentado con los años. ¿Cómo sería él hoy? ¿Un Pérez-Reverte? Quizá sí, por la acidez e ironía de sus comentarios. Pero quizá no. La narrativa de Baroja deja entrever, además de cierta amargura, un poso de cariño por los seres humanos (en especial por los más desvalidos) que otros escritores de hoy, pese a su indudable maestría, no saben o no pueden transmitir.

    Más arriba me he referido a Pío Baroja como Pío y no don Pío (como se le suele llamar). A los escritores que nos han tocado el corazón se les debe llamar por su nombre de pila, igual que hacemos con los amigos o con las personas por quienes sentimos un afecto incondicional.

    Pío Baroja es uno de mis referentes literarios y el San Isidro es uno de mis lugares en el mundo.

    Foto de la entrada: Claustro del I.N.B. San Isidro. Imagen tomada por mí, disponible aquí.

  • Le desearon Feliz Navidad

    Y los dioses dijeron a aquel tipo:

    –Como llevamos mucho tiempo haciéndote faenas, te concedemos tres deseos.

    Y el tipo expuso:

    –Quiero que Sorolla me pinte un retrato, quiero vivir de lo que escribo y quiero tener la voz de Michael Bublé.

    A lo que los dioses, desde el Olimpo, le contestaron:

    –Date con un canto en los dientes con el trabajo que tienes, así como que nosotros te dejemos tener familia que te quiere y unos pocos amigos. Lo del retrato de Sorolla pues va a ser que no. Y, respecto a tener la voz de Bublé, confórmate con este vídeo en Youtube para hacer playbacks.

    Luego, tras hacer una pausa, los dioses miraron condescendientes al tipo y le desearon Feliz Navidad.

  • Una petición al otro lado del teléfono

    Llegué a mi despacho. El display del teléfono me avisaba de que tenía un mensaje en el contestador.

    Empecé a escucharlo. Era una voz temblorosa de mujer; no sabía precisar la edad. «Alfonso, ¿ha llegado tu hijo a casa», preguntaba. «Cuando llegue dile que me llame. Por favor».

    No sé si os ha pasado algo parecido. ¿Pena? ¿Miedo? Aquella voz y su petición me inquietaban sobremanera. Y, mientras borraba el mensaje, me arrepentí de no haber llamado a aquella mujer y de no haberle dicho que se había equivocado. Me arrepentí de haber borrado el mensaje de una persona que necesitaba ayuda.

  • Las señales

    En efecto, las señales aparecen cuando son requeridas. Pero todo buen chamán sabe que sólo se hacen visibles en el momento en que ellas (y no el solicitante) lo desean.