Autor: Juan Pedro Molina Cañabate

  • Yo les admiraba profundamente

    Yo les admiraba profundamente. No lo decía, pero me parecían los mejores. Eran muy valientes, solidarios, empáticos, inteligentes. La mayoría eran universitarios. Y si les pedías ayuda o consejo ellos te lo daban. Siempre con una sonrisa, sin ningún reproche. Repito porque este matiz es importante: sin ningún reproche.

    Me refiero a los primeros objetores de conciencia. Esos que (en España, en los años 80) se encadenaban en la calle como protesta por el servicio militar obligatorio y que, para defender los derechos civiles, se enfrentaban a duras penas de cárcel.

    Yo, que no fui como ellos, no tuve su valor y acudí a la llamada a filas. Pero hasta el último momento, me ofrecieron su ayuda, información, consejo y nunca, ni antes ni después, me reprocharon que, con jóvenes como yo, el problema del servicio militar obligatorio iba a perpetuarse por los siglos de los siglos.

    «Algún día esto cambiará, ya lo verás», me dijo uno de ellos. «Esto se ve claramente. Nosotros vamos trabajando poco a poco. Poco a poco. Pero ganaremos, de verdad. No te preocupes porque hayas hecho la mili, no te preocupes porque todavía nos obliguen. Algún día ganaremos«.

    Y así fue.

    Hoy, el día después de las elecciones generales en España, leo en redes sociales que unos y otros echan en cara a otros y unos haber votado a tal o cual partido y, con ello, o no agilizar la revolución o no asegurar la estabilidad del país.

    Y me da una muchísima pena. Y me acuerdo de aquellos valientes que yo conocí, que, pacíficamente y sin ningún reproche, hicieron evolucionar la sociedad civil de forma increíble.

    Y veo que somos una puta mierda de sociedad y que no sabemos entendernos, hayamos votado a quien hayamos votado. Somos más cainitas de lo que nos creemos. Nos encanta buscar la culpa en el otro y huimos de la autocrítica.

    Que tengas un buen día, verdiano.

  • Dime dónde

    A pesar de que han pasado muchos años, a menudo me acuerdo de aquellas noches de septiembre. Por entonces tenía doce años y mi familia pasaba los últimos días del verano en un pueblo de costa. En la cama, a oscuras, yo podía oír, a lo lejos, la música de una discoteca cercana que se llamaba El Búho. Todas las madrugadas pinchaban una canción que encantaba: Dime dónde, de Rubi y los Casinos.

    La música llegaba hasta el apartamento, precisamente, porque todo el pueblo estaba en silencio. Sólo el coro de grillos se atrevía a competir con los ecos de la música.

    Empezaba a hacer fresco. La habitación se llenaba de azules y reflejos de las farolas. El aroma de las flores nocturnas llegaba hasta la ventana.

    Aunque por las mañanas yo tenía que madrugar para ir a pescar, me gustaba quedarme despierto para disfrutar un poco de ese momento. Y así, tumbado boca arriba en la cama, soñaba con los ojos abiertos.

    «Dónde estás ahora, dime dónde«, repetía Rubi. «Dónde te puedo encontrar».

  • Segundas y terceras oportunidades

    Estaban los dos al lado de la cristalera, sentados frente a una mesa redonda donde apenas cabían sus tazas de desayuno y unos platos con cubiertos y restos de dulce.

    Ella era atractiva. Tendría unos treinta y cinco, pero aparentaba más. En parte por cómo iba vestida (demasiado formal, con traje y pantalón gris oscuro), en parte porque tenía mirada de mujer mayor. Mirada de haber vivido. Estaba callada, con media sonrisa. Asentía.

    Él pasaba de los cincuenta, pero vestía de forma algo más juvenil. Ropa cara pero sin estridencias. Manos morenas y muy cuidadas. Tenía el pelo casi canoso del todo, muy bien cortado. Era muy delgado, tenía las facciones angulosas y su voz, sin ser grave, sonaba profunda y, sobre todo, sincera.

    Estaban cogidos de las manos. Todo el rato.

    Yo había pasado a aquel bar de Torrelodones para hacer tiempo mientras arreglaban el coche. Vi a a la pareja cerca del cristal y no pude evitar escuchar. Entre otras cosas, pude oír cómo él le decía a ella.

    «Vamos a ver cómo sale este experimento».

    «Los niños lo ven a su manera».

    «Estamos empezando algo muy bonito».

    «Ya verás cómo todo va a ir bien».

    «Tenemos que estar tranquilos».

    Posiblemente fueran divorciados que estaban empezando una nueva vida. ¿Trabajarían por la zona? ¿Se conocerían del trabajo?

    Pagué mi café y, mientras salía, deseé que les fuera muy bien. La vida da segundas y terceras oportunidades.

  • Escribir como un explorador

    Tras comprender y asumir que (parafraseando a Fernando Poblet) nunca seré Baudelaire, desde hace meses escribo en cuadernos. Lo hago sin pretensiones, con las tripas y sin vergüenza, olvidando todos los recursos literarios que aprendí en los años de facultad y doctorado. Lo hago como el explorador que, perdido en la selva, anota impresiones en su cuaderno de campo sabedor de que finalmente éstas no servirán para nada.

    Tengo un cuaderno de poemas (un maravilloso moleskine que me regaló mi hermana Carmen). Tengo también un cuaderno privado para cada una de mis hijas. Tengo un cuaderno para caligrafías.

    El último que he empezado es uno de recuerdos o, mejor dicho, flashes placenteros, que vienen a mi cabeza de vez en cuando y que he comprendido que no debo olvidar.

    ¿Temo quedarme sin memoria?

    No. Lo que temo es quedarme sin emociones cuando reviva esos momentos. Temo olvidarme de eso que es tener 20 años o que una mañana, cualquier mañana, sea la primera mañana.

    Afuera, en la selva, cantan grillos y pájaros nocturnos. Mientras, dentro de mi tienda de campaña, con el candil encendido, a miles kilómetros de la metrópoli, escribo. Escribo.

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  • Contrastes

    Esta tarde terminé las clases, almorcé rápido y fui hasta el centro de la ciudad para comprarme unos rotuladores con los que hacer caligrafía. Caminé calle Madrid abajo y me di cuenta de que, aunque desde hace algunas semanas es otoño, en Getafe parece que todavía es primavera. Las terrazas estaban llenas de gente apurando sus postres, tomando un café o charlando. La gente mayor estaba sentada plácidamente en los bancos, y muchas parejas de jóvenes caminaban cogidos de la mano, ilusionados, como si supieran que la vida iba a sorprenderles con pequeños tesoros.

    En esta época del año, a primera hora de la tarde, las sombras de los árboles son un poco más alargadas que aquéllas a las que nos tuvo acostumbrados el verano. Se han ido las golondrinas, pero se escucha el alboroto de los gorriones y de los niños que acaban de salir del colegio.

    De repente, recibí por whatsapp una noticia mala (o quizá no tan mala, pero de ésas que dejan mal cuerpo). Apuré el paso para volver a la Facultad, tomar el coche y volver a casa.

    He dicho antes que inicié el paseo buscando rotuladores para hacer caligrafía. No sé si lo sabéis, pero uno de los principios básicos de la caligrafía (y también de la tipografía) es el contraste. Contraste entre los trazos finos y los trazos gruesos de una letra; contraste entre el negro de los trazos y el blanco que los envuelve o que se cuela dentro de ella.

    Sin contraste, las caligrafías y la tipografías son planas, sin emociones. Pueden ser muy legibles, pero no tienen alma.

    La vida, sin contrastes, también es plana y sin emociones.

    Sé que los contrastes son buenos, pero hay algunos que joden mucho.

  • El fantasma de la piscina

    No le veis, pero está ahí. Sentado en la silla de plástico, dentro del plato de la ducha. Es Augusto, el fantasma de la piscina. Se resiste a dejar la urbanización. Hay noches en que se le escuchan sus lamentos tristísimos:

    «Cari, bájame una cerveza»

    «¿Alguien tiene un piti?»

    «Ay, dios, qué calor»

    Y el quejido más terrorífico de todos:

    «Niños, no os tiréis a bomba, cojones, que me mojáis el libro»

    Hemos llamado a una importante parapsicóloga y nos dice que ella no puede echar a Augusto, que no todo es tan fácil como parece en la serie Entre fantasmas, que nos tenemos que aguantar. Ella tampoco es Jennifer Love Hewitt, pienso yo, y aún así le hemos dado una oportunidad. Hay gente con muy poco corazón.

    Iker Jiménez vendrá la semana que viene con su nave del misterio.

    Mientras, noche tras noche, Augusto, el fantasma de nuestra piscina, el misterioso inquilino de la urbanización, nos acompañará con sus lamentos hasta que el invierno, de una vez por todas, venga a este pueblo de las afueras de Madrid.

  • Tarde

    Los éxitos que me llegaron pronto ya están olvidados. Incluso por mí. Sin embargo, los capítulos más importantes de mi vida siempre se hicieron esperar.

    En mi infancia aprendí a nadar tarde, pero ahora disfruto muchísimo cuando lo hago.

    En mi juventud, mis mejores amigos aparecieron tarde. Pero, ignoro si es casualidad o no, son los verdaderos.

    Tardé algo más de la cuenta en terminar la carrera porque tuve que cumplir con aquello que llamaban el servicio militar.

    Tiempo después, escribí y defendí mi tesis doctoral algo tarde, pues mientras acometía esa quimera estaba trabajando en un periódico y, además, me pasaron muchas, muchísimas aventuras.

    En mi madurez encontré el amor tarde. Y fue el verdadero.

    Fui padre tarde.

    Mi vocación profesional se hizo realidad cuando creí que ya no se cumpliría.

    Aprendí a conducir tarde.

    Quizá el término «tarde» es sinónimo de «en el momento justo». Quizá.

    Este mes cumplí 46 años. Por eso sé, sin lugar a dudas, que lo bueno está por llegar.

    Gracias por todas vuestras felicitaciones. Gracias por estar conmigo. Os quiero mucho, verdianos.

  • Quién podía saberlo

    Al pobre gusano le asustaba sobremanera la muerte. Y más ahora, que comprendía que su fin estaba cerca. Para morir en paz construyó un lecho de seda. Adiós al mundo material: al sol, a los reflejos verdes, al rocío. Le entraba el sueño. Adiós; adiós a todo. ¿Existiría el más allá? ¿Sería verdad eso que dicen que los ángeles gusanos llevan alas? Quién lo sabía. Quién podía saberlo.

    Imagen: George Shaw (1751-1813). Original de la Biblioteca Pública de Nueva York. Digitalizado por Rawpixel.

  • Ocurrió una noche de principio de verano, como ésta

    Ocurrió una noche de principio de verano, como ésta, de hace muchos años. Por entonces estaba en paro y con perspectivas poco halagüeñas. Recuerdo que, para no pensar demasiado, me gustaba ir a la biblioteca y sacar prestados libros, algún DVD, algún CD.

    Entre ellos estaba uno de Van Morrison, de quien había escuchado pocas canciones y muy de pasada.

    Y entonces, esa noche de principio de verano, como ésta, sonó Full Force Gale.

    Y supe que la mala racha había terminado y que vendrían días felices.

    Feliz verano, verdianos.

  • Desvelado

    ¿Y ahora qué harás
    con el secreto
    para ti desvelado?