Aunque de eso hace ya mucho tiempo, recuerdo que los profesores que dejaron más huella en mí no fueron los que compartieron más información o los que me me cedieron más conocimiento. Los profesores que dejaron más huella en mí fueron, sencillamente, aquellos que me hicieron sentir.
Autor: Juan Pedro Molina Cañabate
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Alquimia
Uno decide seguir escribiendo y, de repente, se desata la alquimia. Suceden hechos prodigiosos e inesperados, se paran los relojes, sientes cerca a amigos lejanos. Uno decide seguir escribiendo y, de repente, todas las noches son esa noche, empiezan a aflorar ideas y te reconcilias con las palabras. Y todo (la magia, los relojes, las lejanías y las cercanías, las palabras) gravita sobre un sentimiento: qué maravilloso es estar vivo.
Feliz lunes, verdiano.
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«Pensamos demasiado y sentimos muy poco»
Ahora que nos comunicamos por whatsapp y que las amistades son avatares de Facebook, he tenido la suerte de hablar esta noche (en una conversación telefónica, pero cercana) con mi querido amigo Miguel Ángel. Me ha recordado una magnífica frase de la película El gran dictador: «Pensamos demasiado y sentimos muy poco».
En realidad, son necesarias muy pocas cosas para sentir. Quizá sólo basta con ser conscientes de que estamos vivos.
Cuando he colgado el teléfono me he sentado con mis hijas en el sofá y hemos estado un rato abrazados.
Que el universo te bendiga, Miguel Ángel.
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Seguir caminando
Luces y sombras del viaje
en tardes de ámbar que adelantan la primavera.
Hay que seguir caminando. -
Algunos reencuentros
Algunos reencuentros
con amigos del pasado
hacen que el tiempo
no haya pasado en vano. -
¿Nos tomamos un café?
Querido verdiano:
Me acuerdo de un café pausado con mi amigo Ricardo en el Café de la Paix, nada más llegar a París, y de otro más, una tarde de abril cerca del Pont Neuf. Teníamos 22 años y sabíamos que algo bueno estaba a punto de sucedernos.
Me acuerdo de la primera vez que me tomé un café en el Café Gijón. Y también de aquella vez en que un grupo de chicos que escribíamos (y que creíamos que podríamos vivir de ello) posamos para una foto en el cercano Café de los Espejos.
Tiempo antes, en el servicio militar, me había dado cuenta de que el café, en los primeros días de estar en el cuartel, diluía la sensación de tristeza y meses después mitigaba la sensación de hambre.
Me acuerdo de los cafés que nos tomábamos Josep, Toni y yo las tardes que salíamos del cuartel, en la Base Naval de Rota, e íbamos al Puerto de Santa María. Aquel sabor denso se mezclaba con el aroma a flores y la luz de la primavera. Estábamos tan bien que no nos hacía falta hablar.
Hace relativamente poco, tomándome un café con mi padre en La Suiza, me di cuenta de que tenía un buen amigo y no me había dado cuenta de ello. Y ahora me acuerdo de que mi padre, antaño mecánico ferroviario, encargaba café, de vez en cuando, a amigos maquinistas que iban a Lisboa.
Mi madre tomaba mucho café y me acuerdo de que, cuando la acompañaba al mercado, solíamos parar, de vuelta, en una vieja cafetería de nuestro barrio. Por las tardes el lugar olía a pan tostado y mermelada. Aquella cafetería ya no existe y no he vuelto a tomar un café tan bueno en mi vida.
Mi hermana Carmen me ofrece un café apenas pongo un pie en su casa, sin importarle la hora del día y la época de año que sea (incluso verano a 40 grados).
Me encanta cuando mi mujer viene del trabajo, le pregunto si le preparo un café y ella contesta sonriendo: «¡Vale!»
¿Por qué cuento todo esto? Empiezo a tener una edad en la que cuento los vicios con los dedos de una mano. El café es uno de ellos y está bien esto de compartir debilidades.
Tengo que reconocer que soy bastante peculiar:
- No me gusta el café que no sea recién hecho.
- Si utilizo la cafetera italiana, tiro el último dedo de café porque no me gusta el sabor de los posos.
- Me tomo el café caliente, pero no mucho.
- En taza grande o vaso.
- Nunca me sirvo todo el sobre de azúcar, siempre dejo un poco; y sé que algún día dejaré de tomarlo.
- Hace mucho tiempo tomaba el café cortado hasta que mi estómago dijo basta.
- Uno de los mejores regalos que me han hecho ha sido una de esas cafeteras de cápsulas (no diré el nombre para no dar publicidad)
- Mi amigo Amado me ha enseñado que el buen café debe responder a sus iniciales: Caliente, Amargo, Fuerte y Espeso.
Y, a ti, ¿cómo te gusta el café?
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Santa Claus Pop
Primer día de vacaciones de Navidad. Padre marujo con sus dos hijas en casa (venga, va, lo confieso: soy yo). Por aquello de ser el primer día de holganza quiere hacer algo especial. El padre les dice a las niñas:
–Hoy en vez de comer en la cocina comemos en el salón, ¿vale?
–Ah, vale –contestan las niñas (de 9 y 5 años), tan tranquilamente.
–Bueno y, si queréis, podemos comer con gorros de Navidad.
–Ah, vale –contestan las niñas, de nuevo, impávidas.
En un triple salto mortal, al padre se le ocurre la cojoidea:
–Bueno, chicas, y, además, si queréis, ¡podemos escuchar villancicos mientras comemos!
Y las niñas contestan con un simple:
–Ah, vale.
Un momento, un momento.
Cojones, un momento.
–Oíd, hijas, una pregunta: mientras comemos, qué queréis que escuchemos, ¿villancicos o a los One Direction?
Y las hijas contestan (recordad: 9 y 5 años):
–¡One Direction, One Direction, One Directioooooooon!
Sí, amigos, escuchamos a los One Direction. Pero luego escuchamos villancicos (de Michael Bublé).
Pasad unas buenas vacaciones. Os quiero mucho, verdianos.
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De palabra
Querido Verdi:
Desde hace varios días estoy llamando por teléfono a mis personas más queridas para felicitarles la Navidad. Así, de palabra, que lo es bonito y lo que se hace cuando eres amigo de alguien de verdad y esa persona te importa.
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Clap-clap-clap
//www.instagram.com/embed.jsPor la radio del coche suena música pop. Todavía me falta un buen trecho para llegar a la Universidad. Voy solo por la carretera. De repente empieza a llover y apago la radio para escuchar cómo caen las gotas sobre el techo y el parabrisas.
Clap-clap-clap.
Clap-clap-clap.
Recuerdo.
Cuando era pequeño, mis padres me compraron un abrigo, muy popular entonces, una coreana, de color azul marino y forro acolchado naranja. Si te subías del todo la cremallera, el abrigo sólo dejaba un pequeña apertura para los ojos. Las tardes de lluvia, cuando salía del cole, me gustaba subirme la cremallera y oír (en la capucha, junto a mis oídos), las gotas de lluvia.
Caminaba solo por la calle. Con la mochila a la espalda, escuchando la lluvia caer y escondido debajo de la capucha, sentía cierta felicidad y quizá también cierta seguridad: todo saldría bien; al final, todo saldría bien. Tenía once años.
Voy conduciendo rumbo a mi trabajo. He apagado la radio. La lluvia cae sobre el coche.
Todo saldrá bien; al final, todo saldrá bien. Tengo cuarenta y cinco años.
Clap-clap-clap.
Clap-clap-clap.
