Autor: Juan Pedro Molina Cañabate

  • Primavera 2014. Prometo solemnemente

    Primavera en Madrid. JPMC
    Primavera en Madrid. JPMC

    Hace unos días llegó la primavera. Las primeras golondrinas (aviones, mejor dicho, primos directos) llegaron al pueblo a habitar de nuevo sus nidos. El año pasado, la primavera y el verano se me escurrieron entre los dedos. Así que esta vez prometo solemnemente:

    • Enfadarme menos
    • Aunque estuve anteayer con mis hijas, volver al Museo Arqueológico y decirle a la Dama de Elche (con permiso de Marta) que sigo enamorado de ella
    • Observar al menos una vez al día el vuelo rasante de los vencejos
    • No demorar ni un momento cuando mi hija María me diga que quiere jugar conmigo
    • Preguntar a mis hijas, todas las noches, qué ha sido lo más bonito del día. Y también preguntarles qué es lo que menos les ha gustado
    • Hacer reír a mi mujer. Sobre todo los domingos por la tarde
    • Volver a hacer el gamberro con las niñas en la ducha.
    • No olvidarme de que los del Atleti somos únicos, ganemos o perdamos
    • Aunque soy agnóstico (y cada día más), voy a ir a la iglesia más cercana y voy a encender una vela por ese jefe que se murió y que me puteó tanto y tanto y tanto
    • Tomarme menos en serio. Bueno, la verdad es que esto ya lo hago.
  • Sobre genios y estúpidos, valientes y cobardes

    Me gusta pensar que no hay ni genios ni estúpidos. Prefiero creer que existen la Genialidad y la Estupidez, que ambas son traviesas y que pueden ir saltando de persona en persona como dos niños que juegan al pilla-pilla. He visto un millón de veces cómo personas consideradas como muy inteligentes cometían estupideces mayúsculas. Y también he visto cómo personas, tachadas de bobas durante la mayor parte de sus vidas, daban lecciones de vida dignas de premio nobel.

    Ocurre igual con el Valor y la Cobardía. He visto a líderes venirse abajo por reveses inesperados (casi estúpidos) y personas, aparentemente frágiles afrontar enfermedades graves (llámense cánceres incurables) con un arrojo fuera de lo común.

    Las etiquetas son nazis y necias. Pero, un momento, un momento. Voy a dejarlo aquí, porque no quiero etiquetar a las etiquetas.

  • Los bucles del tiempo

    De repente, viene algún amigo querido, a quien no has visto desde hace mucho, muchísimo tiempo. Te abraza y te dice que siempre se acordó de ti aun en la distancia. Dice que tú eres parte de su vida y que quiere seguir contando contigo.

    Sus palabras son luminosas y sinceras, bucles del tiempo.

  • Señor, la que me espera

    Conversación con mis dos hijas, esta noche, antes de su baño.

    Mónica (8 años): Papá, ya verás, algún día me voy a ir de casa (me dice enfadada)

    Yo (restando importancia y pensando en su futura adolescencia): Pues pronto empiezas, hija

    María (4 años): Moni, si te vas de casa, ya no podrás cenar pizza los viernes, ¿eh?

    Mónica: Me da igual, os vais a enterar. ¡Me voy a ir de casa!

    Yo (con mohín de desdén): Y adónde irás, hija…

    Mónica: Pues aquí al lado, que vive Óliver… [Óliver es un compañero del colegio]

    Yo: Ah, claro.

    María (levantando los brazos): Moni, entonces, si te vas de casa, ¡seré hija única! ¡Yupi! ¡Seré hija única!

  • Time on my hands

    Este verano cumplí 44 años.

    Hace unos días, mi padre cumplió 82. Muchas veces, cuando hablo con él, revivo los paseos que nos dábamos por la sierra cuando yo era pequeño. A menudo, también, él me llevaba al Rastro, me subía en sus hombros y, desde allí arriba, yo veía la marea de gente que subía y bajaba por la Ribera de Curtidores. Muchos años después leí en Google el lema A hombros de gigantes. Cuando era pequeño me sentía exactamente así encima de los hombros de mi padre.

    Mónica, mi hija mayor, tiene 8 años; María, mi hija pequeña, 4. Ellas me han dado muchísimas cosas; una de las más importantes es que he conseguido comprender y ponerme en la piel de mis padres y me he dado cuenta de que ser padre es el cometido más bonito y difícil de mi vida. Con diferencia. Nunca sabes si lo haces bien, nunca sabes si lo haces mal. Todo es relativo y, quizá, encuentre las respuestas a esas dudas en los últimos compases de mi existencia.

    En la Universidad, la edad de la mayoría de mis alumnos oscila entre los 19 y los 23 años, más o menos. Gracias a muchos de ellos revivo mis días de Facultad. Es maravilloso. El genio de la lámpara me toma de la mano y me lleva al pasado (a mi pasado biológico), a aquella época en la que todo podía convertirse en realidad. Llevo 8 años siendo profesor pero a veces creo que ayer mismo pisé por primera vez los pasillos de mi Departamento. Estos años han transcurrido a un ritmo vertiginoso.

    Mi hermana Julia tiene 12 años más que yo y mi hermana Carmen 8. Al mismo tiempo, yo tengo 8 años más que mi hermano David. No sólo tenemos 4 edades totalmente distintas, sino que nuestros caracteres son radicalmente opuestos.

    Mis amigos tienen edades, caracteres y opciones políticas distintas.

    Tengo 6 años y medio más que Marta, mi mujer. Algunas veces me espeta: «Es que vosotros, los de vuestra edad…».

    Y es curioso: tengo los mismo sentimientos, las mismas emociones, casi las mismas ilusiones que cuando tenía 26 años. Quizá las racionalice o las maneje de otra manera. Pero son las mismas que cuando tenía 26. Lo juro.

    Tengo 8 años. Tengo 15. Tengo 26. Tengo 44. A veces siento que tengo el tiempo en mis manos; a veces siento que soy minúsculo y ligero y que me arrastra la corriente de un riachuelo. Tan joven y tan viejo. Tan niño y tan adulto. Hijo y padre, marido y amigo.

    No sé lo que soy, si es que soy. De lo único que tengo certeza, porque me lo dice el corazón, es que la edad biológica no tiene, absolutamente, ninguna importancia.

  • El regalo inesperado de un paje real (un cuento de Reyes Magos)

    Mi preferido era Baltasar. Sin lugar a dudas. Me parecía el más simpático, el diferente. Sin embargo, mis afectos empezaron a verse un poco alterados gracias a un suceso inesperado. Ocurrió la mañana de un 6 de enero, después de abrir los regalos que me habían dejado los Reyes Magos.

    Yo creía que había abierto todos, pero, sin querer, me había dejado uno: era un paquete muy sencillo, con apariencia de libro, envuelto en papel de estraza y atado con un simple cordel de esparto. «Para Juan», tenía escrito a mano. Mis padres me lo dieron y lo abrí. Era un estuche de plástico azul, con forma de libreta y con cremallera. Allí dentro había pinturas de colores, lapiceros, una goma de borrar, un sacapuntas de aluminio, una pequeña regla, un ángulo. Olía todo tan bien a madera y a nuevo. Estaba fascinado.

    —¿Y este regalo? —pregunté a mis padres—. ¿Por qué está apartado? Parece distinto.

    —Es distinto —me explicó mi madre con muchísima seguridad— porque es el regalo de un paje real.

    Un paje real. Te cagas. Era lógico que los Reyes Magos conocieran y quisieran a todos los niños. Pero que uno de sus pajes, repito, que uno de sus pajes también te conociera era lo más. Era, simplemente, alucinante.

    —¿Y por qué me hace un regalo?

    —¡Anda! —respondió mi madre—. Pues porque te quiere y le caes bien.

    —¿Que me quiere? ¿Tú crees? —pregunté, sorprendido. Lo que me pasaba era increíble. Era como tener un amigo invisible, pero mucho más especial.

    —Pues claro, hijo. A ver, ¿por qué no te va a querer un paje real? Venga, dame una razón. Dámela —razonó mi madre.

    A ver, a ver… No podía creerlo. Yo era un niño muy tímido y muy introvertido, al que le costaba mucho hacer amistades. Pero, en realidad, no había ninguna razón por la cual ese paje no quisiera quererme. ¡Tenía como amigo a un paje real!

    En apariencia, los más humildes

    Mi querido Paje Real siguió regalándome presentes especiales en los siguientes Días de Reyes. Sus regalos siempre estaban al final, escondidos, debajo de otros. Siempre eran los más sencillos, los, en apariencia, más humildes.

    Los buenos de los Reyes Magos me renovaban cada año un Geyperman (mi muñeco preferido), motivo por el que les estaba muy agradecido. Pero el paje me traía regalos que eran un guiño. Generalmente tenían que ver con algo con lo que yo pudiera crear: el estuche, unas pinturas, un cuaderno chulo, un bolígrafo como los que utilizaban los mayores.

    Qué ojo tenía el Paje Real. Cómo me conocía. Estaba seguro de que él y yo éramos muy, muy parecidos.

    Debo mucho a mis queridos Reyes Magos y a mi querido Paje Real. Me mostraron los efectos de la magia y me enseñaron, de forma sencilla, que todos somos merecedores de amor y que todos podemos amar a alguien. También me enseñaron que alguien puede quererte sin pedir nada a cambio y que tú debes querer, también, de forma desinteresada. Me enseñaron que hay extrañas conexiones entre personas y que todo puede ser realidad.

    Os deseo de todo corazón que os traigan muchas cosas los Reyes Magos y sus Pajes Reales. Os quiero mucho.

  • «Quédate a mi lado, no te marches más» (Coppini)

    Ahora que Germán Coppini también se ha ido, todos estamos hablando mucho, quizá en exceso, de su canción más conocida, Malos tiempos para la lírica. Pero, personalmente, hay otras canciones suyas (compuestas para Golpes Bajos, en solitario o en colaboración) que me gustan tanto o más que ésta.

    ¿Os acordáis de Cena recalentada? Habla de la sensación de fracaso en la adolescencia o primera juventud. Este vídeo se emitió en La bola de cristal en 1983.

    En 1998, Coppini actualizó el tema, cambiándole el protagonista y algunos matices de la historia. A mí me parece tan buena como la original.

    No mires a los ojos de la gente forma parte de su álbum debut y a mí me recuerda siempre a verano. «Escóndete en el cuarto de los huéspedes, sólos a oscuras no pueden verte […] Quédate a mi lado, no te marches más».

    En Pepito Grillo, en colaboración con Nacho Cano (1986), habla, con forma de cuento tradicional, de la espera de un amor perdido al que le une un sentimiento protector.

    Dame un chupito de amor, también fue compuesta en colaboración con Cano. Habla del amor, de sus fases, de sus consecuencias, de consejos dados y recibidos.

    Y, venga, claro, a mí también me gusta Malos tiempos para la lírica. Por supuesto.

  • Me refería a esto

    Hace unos meses, cuando el verano tocaba a su fin, publiqué este post en la bitácora. Con él quería plantar cara al mal tiempo que se avecinaba. En Facebook, mi amigo Felipe me dijo, más o menos, que no importaba si fuera verano o invierno, pues en realidad todo lo que veíamos fuera no era más que el reflejo de lo que teníamos dentro.

    Hoy, vaciando la memoria de mi teléfono, he encontrado estas dos fotos. La primera corresponde a un amanecer del inicio del otoño, cuando mis hijas y yo salíamos de casa camino al cole.

    La segunda corresponde al paisaje medio nevado que, hace pocos días, nos encontramos al llegar al colegio. Felipe tenía razón. No importa que sea otoño o invierno.

    Me acuerdo de una cita de Albert Camus. Dice, más o menos, así: «En la profundidad del invierno finalmente descubrí que dentro de mí había un verano invencible«.

    Me alegro mucho de que estéis ahí, amigos.

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  • Bichito

    –Papá, yo no soy pequeña –me dijo mi hija María, de cuatro años.

    Generalmente, cuando hablo de o con mis hijas, en familia, a María la llamo Pequeña o me refiero a ella como la pequeña. Por ejemplo: «Marta, llevo yo a la mayor y tú lleva a la pequeña». No sé, quizá sea lo más fácil.

    –Papá, yo no soy pequeña –me repitió María con el ceño fruncido.

    Los nombres son muy importantes. En mi caso, sé qué tipo de amigos tengo según cómo me llamen, qué fórmula utilizan de mi nombre. Es una frikada, pero esto responde a una ley no escrita con unos mecanismos ultrasecretos que yo sólo sé. Sí, los nombres son muy importantes. Por eso, cuando mi hija pequeña me pidió que la dejara de llamar pequeña, supe al instante que el asunto iba en serio.

    –¿Pues cómo quieres que te llame, hija? Mira, yo te llamo también así: hija, Mery, cucú, bicho, bichito…

    –Yo soy tu bichito.

    –Pues eso, te llamaré bichito.

  • Y con el número 8…

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    Este fin de semana ha ocurrido un hecho que puede parecer liviano pero, en realidad, tiene más importancia de lo que parece. Os cuento: mi hija Mónica (8 años) ha debutado este fin de semana como jugadora de uno de los equipos de baloncesto de su colegio. Hasta ahí, todo normal. Pero hay algunas circunstancias que dan valor a este hecho:

    1. Es nueva en el colegio
    2. Hasta hace dos meses no sabía botar un balón de baloncesto (literal)
    3. Le pesa tanto el balón, que sus tiros aún no llegan a tocar el aro
    4. Es la única niña del equipo
    5. No soporta los ruidos altos ni los ambientes tensos
    6. Es muy tímida y, al poco de empezar los entrenamientos, quiso abandonar

    Marta y yo la convencimos de que debía seguir. «Tú ya estás apuntada, Moni. Mira, sigue probando y si al final de curso te sigue sin gustar, pues el curso que viene intentas otra cosa y ya está. No pasa nada».

    Hace unos días, eligió el número 8 para jugar.

    –¿Y por qué lo has elegido, Moni? — le pregunté.

    –Pues, papá, porque tengo 8 años –contestó con una lógica aplastante.

    Bien, ayer debutó. Y le puso muchas ganas. Y se lo pasó bien. Y se rió. Y no le importó ser la única chica rodeada de chicos. Y casi mete canasta. Y se olvidó de a quién debía marcar. Y a ratos se puso nerviosa. Y a todos nos dio igual que no la metiera, que se olvidara de su marca, que hiciera campo atrás.

    Y, lo más importante, a ella le dio igual. Ella veía que estaba superando un reto.

    Sé que es un hecho simple, casi tonto. Pero, viéndola jugar, para mí era ver como la Final Four.

    Y con el número 8, ¡Mónica! Bravo, hija, bravo.

    (*) Ilustra este post una foto de la charla que el entrenador del equipo dio a los chavales antes del partido. Los niños salen del espaldas, la cara del entrenador (un tipo fantástico, por cierto, a quien no le importa ganar o perder, sino inculcar el valor del deporte) está conscientemente cortada. La foto es en blanco y negro para no desvelar los colores del cole.