Autor: Juan Pedro Molina Cañabate

  • Una voz más sencilla

    Open Sans, de Steve Matteson
    Open Sans, de Steve Matteson

    Últimamente me paso demasiado tiempo delante de la pantalla juntando palabras. Estoy embarcado en un proyecto que me hace muchísima ilusión y que, párrafo a párrafo, se va convirtiendo en realidad. Ya os contaré, espero que pronto. Trabajo y disfruto con las palabras; amo la tipografía, no puede ser de otra manera.

    Yo, que estoy fascinado con la sobriedad de la Garamond y que soy fiel a la Georgia, estoy descubriendo la belleza de algunas letras sans serif: los trazos curvos y humildes de la Calibri; el ductus humanista y moderno de la Open Sans y de la Lato; la funcionalidad de la Roboto.

    Ya sé que os debo parecer friki. Pero, para mí, cuidar un texto con un tipo de letra es algo parecido a que un cantante cuide su voz. Palabrita. El tipo de letra es mi voz, parafraseando al gran Erik Spiekermann. Y creo, simplemente, que estoy buscando una voz más sencilla.

  • Caro amico!

    Pasado jueves. Mi mujer y yo, en la sala de espera de un hospital. De repente Marta se levanta y me quedo momentáneamente solo. Miro a mi derecha, cerca del mostrador. Y allí está: un hombre que también iba con su mujer, de unos 65 años, más o menos. Era alto, muy alto, espigado, seco, con la nariz ganchuda. El pelo algo largo y una preciosa barba blanca. Le reconozco. ¡Es Giuseppe, Giuseppe Verdi!

    Me dieron ganas de levantarme, abrazarle y decirle Caro amico! Caro amico!

  • «Luego es nunca»

    «Papá, ¿me das un abrazo?», me preguntó mi hija Mónica mientras yo hacía unas tareas de la casa. «No, Moni, ¿no ves que estoy ocupado? Estoy haciendo cosas. Anda, vete, que te lo doy luego». Entonces Moni me miró y dijo con elocuencia: «Pero, papá, ¿no te das cuenta de que luego es nunca?»

  • ¿Septiembre a nosotros? ¿A nosotros? Vamos, hombre

    Y, al oír esta canción me acuerdo, inevitablemente, de una de las películas más emocionantes que he visto en los últimos años:

  • Instrucciones para celebrar los últimos días de agosto. Realización de un ejercicio práctico con ejemplo real: la estatua

    1. Acompaña o hazte acompañar de seres queridos en una vía pública. Ejemplo real: el otro día iba yo con mis hijas por una calle del pueblo donde resido
    2. Adopta la frecuencia mental de querer hacer el gamberro de forma sana. Ejemplo: en mi caso, mis hijas propusieron que hiciéramos la estatua
    3. Déjate llevar por el azar. Mis hijas me sugirieron que hiciéramos la estatua al primer coche (fuera el que fuera) que doblara la esquina de la calle por la que caminábamos en ese momento
    4. Deja que el azar te asombre. En nuestro caso, el primer coche que pasó fue uno rojo tuneao, conducido por un bacala de pelo rasurado al uno. Escuchaba, a todo volumen, una música, digamos, indescriptible.
    5. No te cagues y ten valor cuando tus hijas (amigo o ser querido) te diga: «¡A la de tres! Una… Dos… y
    6. Cuando llegue al fatídico «Tres», grita «¡Estatua!» y quédate absolutamente quieto, petrificado. Se recomienda, como hicimos nosotros, tener una pierna y el brazo contrario levantados, como si te hubieras quedado congelado a medio paso. Es altamente recomendable, también, quedarte con la boca abierta, como si en ese momento fueras a decir una palabra.
    7. Contén la risa y mira por el rabillo del ojo. En nuestro caso, el conductor se quedó alucinado ¿Qué extraña sustancia alucinógena propicia que un padre y sus dos hijas actúen así?
    8. Da gracias a Dios si el bacala no se baja del coche y no tenga a un pitbull de copiloto
    9. Vive el momento
    10. Piensa que mañana te reirás mucho más
  • Ahora resulta que soy el anticristo y yo sin enterarme

    Una mañana de hace pocos días, mis hijas y yo salimos a la calle para tomar el autobús e ir al pueblo de al lado. Íbamos a recoger nuestro coche, que desde hacía una semana estaba en el taller. Estábamos moderadamente felices, dispuestos a convertir en aventura un día que, a priori, se presentaba como los demás.

    Hacía mucho calor y tuvimos que subir una cuesta muy empinada para llegar a la marquesina de la parada del bus. Una vez llegamos, pedí a mis hijas que se sentaran bajo su sombra. En un extremo del banco de la marquesina, estaba sentada una señora de unos sesenta años, malteñida de rubio y con cara de pocos amigos. Yo no lo sabía, pero nuestra mañana estaba a punto de torcerse.

    Poco después de sentarse, mis hijas (7 y 4 años) se pusieron a cantar. Un anuncio. No pensaba deciros cuál era, pero sí lo haré para que veáis qué inocentes pueden ser dos personitas de pocos años. Cantaban el anuncio de Cola Cao porque les hace gracia. Lógico. Yo las miraba y sonreía.

    En esto, la señora las dedicó una mirada dura y espetó:

    –Bonitas, ¿y no sabéis rezar el padrenuestro?

    Caramba. Eso era heavy. Mis hijas, lógicamente, no entendían por qué la señora les preguntaba eso. Yo tampoco.

    Respeto (y casi admiro) a las personas con creencias religiosas. Respeto la espiritualidad y el ánimo de hacer el bien y ayudar al prójimo. Yo creo en dios; pero a mi manera, muy a mi manera. Y lo que no me gusta es que nadie me diga cómo ni de qué forma tengo que sentir algo que es íntimo.

    –Perdone que me meta, ¿eh? –me dijo la señora–. Pero es que veo que en el mundo hay mucho… no sé… grosero. Hay mucho obsceno.

    ¿Obsceno? Juraría que me lo estaba diciendo con malicia, como si me quisiera juzgar por algo. Recordemos: mis hijas cantaban el anuncio del Cola Cao.

    –Es que a los niños –continuó– hay que enseñarles otro tipo de cosas, ¿sabe?

    En efecto, me estaba juzgando.

    A ver, bonitas, ¿vais a misa? –dijo dirigiéndose a las niñas.

    –Pare, señora, pare. Mis hijas han ido a un colegio religioso, han ido a misa, saben rezar y todo eso. Por favor, déjelo. (Omití decir que el curso que viene irán a un colegio laico).

    –Es que usted no sabe quién es Dios. Dios es más grande que usted y que yo.

    –Claro, claro…

    –Sí, sí, míreme usted con esa cara, ande. Reflexione, reflexione… Luego nos quejaremos. ¿Sabe lo que le digo? Yo tengo una misión en esta vida, y es hablar de Dios.

    –Pues enhorabuena, señora.

    Molesta por mi ironía, la señora se levantó y se alejó unos metros de nosotros. Mascullaba algo.

    Cuando llegó el autobús, la señora subió, lógicamente, antes que nosotros. Segundos después, las niñas y yo subimos y pagamos nuestro billete. Y ahí estaba la señora: cerquita, muy cerquita.

    –Hijas, vamos al fondo del autobús –pedí para evitar conflictos.

    –¿Por qué, papá?

    –Vamos al fondo.

    Y ahora viene lo mejor. Cuando pasamos por al lado de la señora, ésta miró hacia otro lado con asco ¡¡¡¡y se santiguó!!!! Toma ya, como si yo fuera el anticristo.

    He estado 43 años de mi vida buscándome a mí mismo y descubrir así mi «nuevo yo» me deja, no sé, un poco descolocao. Es la primera vez que se santiguan a mi paso para evitar el mal. Me han cantado saetas en la playa (parafraseando el chiste de una conocida película) pero lo de santiguarse ante mí para alejar el mal, nunca. Qué cosas.

    :::Conclusiones:::

    • Hay que tener una mente muy calenturienta para encontrar un mensaje obsceno en la canción del Cola Cao
    • Mi padre (83 años) tiene razón: «Hijo, córtate ese pelo y arréglate esa barba, que un día vas a tener un problema por la calle».
    • ¿Por qué en vez de dar la chapa, los iluminados no nos dan, por ejemplo, un billete de 500 euros?
    • Afortunadamente, hay gente religiosa con las facultades mentales intactas y que hacen mucho por los demás en estas épocas. Estas personas hacen que mantenga mi respeto hacia ellos. Pero, aviso: por favor, mantengan a raya a sus integristas.

    :::Nuestra venganza:::

    Cuando bajamos del autobús, las niñas y yo nos dimos la mano y fuimos cantando hasta el taller. Cantábamos muy alto y todo lo que se nos ocurría. A veces, parábamos y decíamos ¡Viva el verano! ¡Viva el verano! Creo sinceramente, que si existe dios debe estar, al menos un poquito, en las complicidades y el amor sencillo entre padres e hijos.

    Que seáis muy felices y disfrutéis del amor y del buen rollo de vuestros seres queridos en estos primeros días de verano.

  • El misterio del planeta desaparecido

    Esta foto está tomada un segundo antes de una gran carcajada. Mi mujer, mis hijas y yo habíamos ido a una actividad promovida por el Ayuntamiento de Pozuelo, la Velada astronómica. Una de las actividades era ver Saturno por telescopio. Hicimos cola y esperamos nuestro turno. Mi mujer y mi hija mayor pasaron primero y pudieron ver antes, con curiosidad e incluso emoción, al planeta de los anillos dorados.

    –María –dije yo a mi hija pequeña–, ahora nos toca a nosotros. Mira, pasas tú primero, yo te cojo en brazos y miras por el telescopio, ¿vale?

    –Vale.

    Nos llegó el turno, tomé a María por debajo de los hombros y la aupé. La gente de alrededor tenía curiosidad, quería saber lo que diría un bichejo de cuatro años. ¿Qué diría? ¿Qué diría?

    Silencio.

    Más silencio.

    Y mucho más silencio.

    Hasta que espetó:

    –Uy, ¡pues yo no veo nada!

    Carcajada general.

    La señora que está detrás de nosotros es la alcaldesa de Pozuelo, Paloma Adrados, que esperó cola detrás de nosotros. Crucé unas cuantas frases con ella y me pareció una señora encantadora.

    Tenemos la instantánea de ese momento gracias a la amabilidad del Gabinete de Prensa del Ayuntamiento de Pozuelo.

    PD: Finalmente, María vio Saturno, por supuesto, aunque le costó entender que una cosa tan grande como un planeta podía caber en una lente tan pequeña como la de un telescopio.

    Fue una experiencia magnífica.

  • Camiseta roja

    Hay días en lo que el cuerpo te pide una camiseta roja, un polo verde esmeralda, un pantalón amarillo. Hay días o épocas en los que es preciso llevar gafas de colores, que te llamen loco como a esas viejas de entonces, ser estrafalario, extravagante. Hay días en los que el corazón debe vestirse de tonos, utilizar bolis de tinta verde, decir tacos, joder, coño, me cago en la puta, y luego pegar brincos, como perros con pulgas, como perros enamorados. Mirar el presente para decirle adiós sin pena. La vida nos desacompasa, a los unos con los otros, a los padres con los hijos, a los hermanos con los hermanos, a las parejas, a los compañeros. La vida nos desacompasa: todos tenemos buenas intenciones, pero unos bailan rock y otros valses. La vida desacompasa nuestros días con esas noches de verano que un día vivimos y que pasaron rápido.

    Pero existe una solución.

    Una camiseta roja, un polo verde esmeralda, un pantalón amarillo. Un corazón de colores. Unas gafas arcoiris. Una esperanza verde y metálica como el caparazón de un escarabajo que, sorprendentemente, puede volar.