Autor: Juan Pedro Molina Cañabate

  • Amó pasioná

    —Oye, Marta, que estoy pensando que, cuando cumplamos veinticinco años de casados, podemos casarnos de nuevo —le propuse a mi mujer. Se me ocurría, no sé, volver a celebrar una pequeña ceremonia, renovar votos, ¡incluso irnos otra vez de viaje de novios! Sin duda, era una idea perfecta.

    En esto, mi mujer se me queda mirando fijamente, muy seria, y me responde:

    —Pero, ¿qué estás diciendo?

    —Que sí, mujer, mira, que para celebrarl…

    No me dejó continuar:

    —Ya sé, ya sé lo que quieres decir: que nos casemos de nuevo. ¡Pero qué dices! Mira, yo me he casado una vez en la vida y con eso basta.

    Coño [léase cooooooñññooooooo]

    —Bueno, bueno; allá tú —respondí irónico—. Cuántas mujeres estarán deseando que sus maridos les propongan matrimonio de nuevo. ¡Algunas matarían! Si es que tienes suerte y no lo sabes ver.

    —Yo renuevo votos todos los días.

    –Joder, qué poco romántica eres.

    A la mañana siguiente me desperté con un zumo de naranja recién exprimido delante de mí. Estaba rico. Marta se hizo cargo de las niñas mientras me duchaba a mi ritmo (slow motion). Por la tarde nos hizo fideuá (la de la foto, la de la foto). Estaba muy, muy buena.

    Después de almorzar, mientras estaba en la cocina preparando unos cafés, le comenté a Marta que me acordaba de un viaje que hicimos los dos casi de recién casados. Yo estaba malo y me llevó a la playa, para que me curasen el sol y el aire del mar. Y también nos acordamos de varios episodios más: salados, dulces y amargos, variaditos todos.

    —Trece años juntos dan para mucho.

    —Sí, trece años juntos dan para mucho.

    Las niñas jugaban en el salón. Se están haciendo muy mayores.

    El tiempo pasa lentamente, día a día, sin que nos demos cuenta. Media vida pasa en un latido.

    Os quiero mucho, verdianos.

  • Tomillo y romero

    //www.instagram.com/embed.jsEmprendo el camino de vuelta al despacho después de almorzar. El edificio de la Facultad queda casi en la otra punta del campus. Voy paseando. Acaba de llover, y uno no sabe exactamente si es primavera, verano u otoño. Atravieso un pequeño, minúsculo parque que colinda con un bloque de edificios. Oigo mis pasos sobre la arena húmeda. Y, de repente, todo huele a tomillo y a romero.

  • Gorriones y palacios de invierno

    Querido amigo:

    No te preocupes porque las golondrinas se hayan marchado y se hayan llevado con ellas el verano. Nos quedan los gorriones. Fíjate bien en ellos: son pequeños, casi siempre están sucios y parecen tan insignificantes que poca gente advierte su presencia. Pero su piar es uno de los mayores placeres que puedes encontrar por las calles de tu ciudad si, llegado el otoño, afinas el oído y abres tu corazón para encontrar pequeños tesoros.

    Últimamente su hábitat se ha visto amenazado por otra serie de pájaros. Hace tiempo fueron las palomas (siento decir que no me caen nada bien). Hoy, al menos en Madrid, son las cotorras, que acampan a sus anchas en muchas zonas de la capital, obligando, con su verde descaro, a irse de los parques a sus primigenios moradores.

    Si te paras a pensar, algunos amigos son como cierto tipo de aves migratorias: van y vienen con el buen tiempo (no me refiero sólo al atmosférico). Y, ciertamente, su alboroto en el cielo es precioso y alegra los corazones. No hay que molestarse si se van. Deben hacerlo. Tampoco hay que obligarlos a quedarse; la amistad verdadera no entiende de obligaciones ni de falta de libertad. Déjalos ir. Ya volverán con el buen tiempo, como las golondrinas, alegrando las mañanas y las tardes de verano. No les pidas nada y dales todo lo que puedas, lo que te salga del corazón. ¿Acaso no lo merecen? ¿Acaso no hay granujas adorables?

    Hay otro tipo de pájaros, más sencillos, más humildes, que están ahí siempre. Parecen poca cosa, parecen descuidados. Pero nunca nos dejan solos. Son amigos nuestros todo el año; su piar, muy sencillo, aparece cuando afinamos el oído y estamos dispuestos a encontrar pequeños tesoros, que a la larga son los que nos acompañan toda la vida. Son amigos de verdad, quienes nos acompañan en nuestros cuarteles de invierno, quienes merecen vivir con nosotros todos nuestros veranos.

    Te quiero mucho, verdiano. Te deseo que empieces bien este otoño.

  • Noches estrelladas

    La noche estrellada, de Vincent Van Gogh (1889)
    La noche estrellada, de Vincent Van Gogh (1889)

    Locos

    Suicidas

    Depresivos

    Insensatos

    Inmaduros

    Pero muchos de ellos nos tienen que decir, todavía, cómo son las noches estrelladas.

     

  • Instrucciones para celebrar agosto: bailar zumba (pero no de cualquier manera)

    Querido verdiano:

    El pasado agosto te di unas instrucciones para celebrar los últimos días del verano. En concreto, era el mítico ejercicio que mis hijas y yo llamamos Estatua.

    Bien, como estamos en el ecuador del estío, más o menos, te vamos a proponer, esta vez, un ejercicio más killer: bailar zumba. Pero no de cualquier manera. El quid está en que si eres chico pierdas toda inhibición.

    Ahí van los pasos. Son totalmente recomendables si tienes hijos. Así sabrán que su padre/madre no es Supermán/Superwoman. En realidad (amigo, amiga) te estamos haciendo un favor.

    1. Colócate delante de una pantalla (smartphone, tablet u ordenador).
    2. Pon este vídeo.
    3. Empieza a bailar zumba como si no hubiera mañana.
    4. Pon cara de póker cuando la instructora te diga que este ejercicio es para «celebrar tu feminidad».
    5. Pon cara de póker cuando la instructora diga que el ejercicio sirve para moldear tu pompis (pronunciado pppomppis).
    6. Si has aguantado el tipo, realiza este simple pero efectivo ejercicio: cuando la instructora diga «abdominales», di con tus hijas «domingales».
    7. Si, después de todo esto quieres seguir sintiendote un macho man, haz este ejercicio zumbero, pero de boxeo.
    8. Piensa que mañana te reirás mucho más.

  • Josefina (Aldecoa)

    Hay algunas frases (y actitudes) que, aparentemente sencillas, encierran gran sabiduría y saber estar. Una de ellas se la escuché a Josefina Aldecoa, a quien conocí en un breve encuentro hace muchos años (quizá sería en 1999). Por entonces yo llevaba las relaciones con la prensa de la Federación de Gremios de Editores de España. Co-organizábamos un evento de promoción de la lectura en una famosa institución de Madrid. Entre los ponentes estaban, además de Josefina Aldecoa, una exitosa escritora de quien no daré pistas y a la que llamaré X.

    Al finalizar el acto, una periodista de Atlas (productora de Tele 5) me pidió hablar con X. Me acerqué a ella y así se lo dije.

    –Uff, qué pereza –me espetó X–. Qué pesaos son los periodistas, siempre están detrás de una. Total, si luego no preguntan ná de interés. Diles que no.

    Me extrañó bastante su actitud, porque X fue periodista. Volví a donde estaba la redactora y el cámara de Atlas y les dije que X lo sentía muchísimo, que la excusaran, pero que desgraciadamente no podía hablar.

    –Bueno, Juan Pedro –me dijo la redactora–. Mira: no me puedo volver a las redacción sin unas palabras de alguien. Por favor, ¿puedes decir a Josefina Aldecoa que nos atienda?

    Volví adonde estaban los ponentes y le transmití a Josefina Aldecoa los deseos de la redactora.

    –No puedo –me dijo con cara de pena–. De verdad, no puedo.

    –No se preocupe.

    Y justo cuando me estaba dando la vuelta, ella me tomó del brazo y me dijo a media voz:

    –Mira, hijo, es que he salido de casa rápido y sin pintar y no me gustaría salir así por la televisión. Lo comprendes, ¿verdad?

    Su respuesta me pareció tan humana y tan sencilla que sólo podía comprenderla. Además, nadie está obligado a hablar delante de una cámara. Lo más gracioso es que le dije lo que había pasado a la redactora de Tele 5 y ella también lo comprendió perfectamente.

    Minutos después llevé ante las cámaras de Tele 5 a un directivo de la Federación.

    Evidentemente, a Aldecoa la tengo como una señora. Y, evidentemente, de X se me quitaron las ganas de leer sus libros.

  • Nuestros públicos

    Ocurrió cuando yo aún no había cumplido los treinta. Trabajaba en una agencia de comunicación y relaciones públicas. Un día, un grupo de consultores estábamos hablando de no me acuerdo bien qué actriz y, en ese momento, llegó C., uno de los directores de la agencia (uno de los más queridos, por cierto, y que con el paso del tiempo sería mi amigo) y empezó a participar en la conversación.

    Por entonces, C. tendría cincuenta años. Esa edad para mí quedaba lejanísima. Hoy, que dentro de poco estaré a cinco años de los cincuenta, me doy cuenta de que media vida pasa en un latido.

    –Anda, C., tío, que tú ya eres muy mayor –le dije con la ignorancia de la juventud.

    Entonces, C., en un gesto que le honró y con el que me dio una lección, me dijo, sin molestarse lo más mínimo y con cierta sonrisa:

    –Oye, oye, que yo tengo mi público, ¿eh?

    En efecto, todos tenemos nuestro públicos, jugamos nuestras propias ligas, nos marcamos nuestros objetivos y tenemos nuestros premios.

    Como a veces dejo de ser friki, hay días en los que paro de mirar páginas de tipografía y de dospuntocerismo y bajo a lo mundano. Leo el As y el Marca como todo hijo de vecino y también veo clips en Youtube. Hace poco, al ver uno de Kylie Minogue pensé: «Ay, Kylie, amiga, qué mayor te estás haciendo». Busqué su biografía y, ¿qué encuentro? Pues que sólo tiene un añito más que yo. Ostrás. Repito: ¡¡¡ostrás!!!

    Quizá por eso, cuando me encontré este otro vídeo de Jennifer López, directamente me quité el sombrero y pensé que la Jenny es mucha Jenny, aunque algunos digan que ya está mayor y la llamen choni y hortera. Jennifer, compañera: plas, plas, plas, plas. Abajo os dejo el vídeo.

    Por cierto, amigos, espero que estéis disfrutando de estos primeros días de verano.

     

  • La tribu

    Mi padre se quedó huérfano de madre a los 3 años. Quizá por eso, mi abuelo (que no sabía bien qué hacer ni con él) le puso a trabajar desde niño. A los 9 años mi padre entró como aprendiz en un taller de zapatero. Estudió hasta donde pudo: le gustaba mucho leer y dibujar y en su adolescencia se leyó todos los Episodios nacionales, de Galdós. A los 14 empezó en los ferrocarriles, como fogonero, echando carbón a una locomotora. Luego pasó a ser mecánico. Nunca fue jefe, pero con los años se ganó el respeto que se otorga a los veteranos. Para mi padre (que hoy tiene 82 años), el trabajo era algo más que trabajo. Era la vida misma, como para tantos y tantos niños que tuvieron que vivir la posguerra. Mi padre me ha confesado que muchas noches, en la mesa, cuando él era niño, lloró de hambre.

    Años 70. Cuando yo era pequeño, mi padre me llevaba de vez en cuando a su taller. Para mí todo aquello era maravilloso. Las instalaciones eran inmensas y me gustaba aquel olor a electricidad y gasoil. Las locomotoras eran enormes; infundían respeto. Mi padre me enseñaba los fosos en los cuales se metía para revisar los motores y también me enseñaba aquellos otros motores, grandísimos, que habían tenido que sacar del vientre de las locomotoras para repararlos. Era, sencillamente, increíble.

    En el taller tenían dos mascotas: Hilarín y Loli, dos perros vagabundos que habían adoptado y que andaban a sus anchas por aquí y allá sin molestar nunca a los trabajadores. Recuerdo sus miradas inteligentes y cómo aquellos animales se acercaban a mí, al niño que yo era.

    Una de mis visitas coincidió con el turno del almuerzo. Entonces, los operarios se sentaron en círculo, sacaron sus tarteras de aluminio, las abrieron y se pusieron a comer en silencio. No os puedo explicar ese momento. Era silencio de gente que estaba cansada. Allí estaban los buenos amigos de mi padre, hoy ya fallecidos, como Apa y Ciri. A éste último le vi sacar un bocadillo de una bolsa de deporte. Para darle más coba, no se lo comió tal cual, sino que lo abrió y primero dio cuenta del jamón y luego del pan, que iba cortando lentamente con una navaja, como si fueran gajos de una manzana.

    Recuerdo también que, cuando iba al taller, todos los compañeros de mi padre me saludaban con una mezcla de respeto y cariño, quizá algo distante (¿cómo podrían tratar aquellos hombres rudos a un niño pequeño?): «Pedro, ¿éste es tu chico?», le preguntaban. «Sí, éste es el mayor».

    Año 2014. Cada verano, cuando ellas ya han terminado el colegio, suelo llevar a mis hijas a la Universidad, a mi Facultad. Me gusta que vean el departamento, el ambiente donde yo trabajo. Me gusta que conozcan a mis compañeros y que mis compañeros las saluden. «Juampe, ¿son tus niñas?» «Sí,  ésta es Mónica y ésta es María. Se quieren mucho [pausa] cuando no están peleándose».

    Hubo una época en que creía que todas las historias son diferentes. En verdad sí lo son. Pero también es verdad que, en esencia, todas las historias son más parecidas de lo que nosotros nos creemos. El otro día, cuando mis compañeros saludaban a mis hijas me di cuenta de que estaban siendo aceptadas en la tribu, tal como me aceptaron a mí los compañeros de mi padre, esos hombres de mono azul manchados de aceite y gasoil, capaces de dar vida a inmensas maquinarias de acero.

    La vida se repite. Y, a veces, eso es lo bueno y lo malo de esta gran broma.

  • Menos mal que no soy Onasis

    En pleno furor rojiblanco, esta tarde decidí enseñar a mis hijas mi colección de camisetas del Atleti. Total, cinco camisetillas de ná, de diferentes temporadas, a las que tengo mucho cariño porque responden a cinco etapas distintas de mi vida. «Ésta, hijas, es de tal año, y ésta de este otro…» explicaba a las niñas como si fuera un militar enseñando sus condecoraciones.

    En esto pasa mi mujer, que se las queda mirando. Muy pensativa.

    Repito, muy pensativa.

    –Oye, Juan –me dice.

    –Qué –respondo, casi solícito: no me lo podía creer ¡mi mujer se estaba interesando por mis camisetas del Atleti!

    –Nada –continúa seria–, es que estoy pensando que qué voy a hacer yo con todas estas camisetas cuando tú te mueras…

    –¿Quééééééé?

    Lo jodido, amigos, es que me lo estaba diciendo absolutamente en serio.

    –Pues mira, mi amor –le respondo con chufla–, quiero que me entierres con ellas.

    –¿Y no quieres que tus hijas las hereden? No sé, para que tengan un recuerdo.

    Me cago en la leche puta. Repito: mecago-enlaleche-puta.

    –Oh, sí, claro, cariño. Por supuesto, oh, eso está claro, que las hereden.

    Menos mal que no tengo ni tierras ni dinero. Menos mal que no soy Onasis. Este delirio se lo perdono a Marta porque, siendo seguidora del Madrid, nos acompañó a las niñas y a mí el otro día en la celebración de Neptuno y estuvo como una campeona allí, en la plaza del dios del mar, desde las 18:00 hasta las 21:30. Por sus hijas y por mí. Escuchando cánticos, a veces en contra de su equipo. Lo que hizo el otro día Marta es de esas cosas que sólo haces por las personas que quieres. Y, mirad, qué queréis que os diga: después de doce años de matrimonio y dos hijas en común, después que nos haya pasado casi de todo, de todo lo bueno y de todo lo malo, pues a los cónyuges se les coge algo de cariño, ¿no? Aunque se planteen qué van a hacer con tus camisetas cuando te mueras.

    Y ahora, como me lo merezco, me voy a autodedicar a mí mismo el vídeo de cómo mi Atleti ha ganado la Liga.

    Un, momento, un momento, una pregunta: ¿en la otra vida nos dejarán llevar camisetas? ¿Y rojiblancas?

    Espero que sí, porque si no paso de morirme.

    Os deseo una larguísima vida llena de felicidad, aunque sea de cosas pequeñas. Y sobre todo os deseo mucho humor y cariño, que, a fin de cuentas, es lo que nos queda y lo que, seguro, nos vamos a llevar, vayamos donde vayamos.

     

  • Caña de pescar, bate de béisbol

    Hace tiempo conocí a una persona bastante corta de entendederas que creía que yo siempre firmaba con mi segundo apellido para darme importancia. Creo que alguna vez le expliqué el porqué lo hago aunque creo que él nunca logró comprenderlo: firmo siempre con mi segundo apellido como pequeño homenaje a mi madre y, a mí, orgulloso hijo de mecánico ferroviario y ama de casa, ni me importa ni me interesa darme una importancia que no tengo. Cuando llego a los sitios y preveo que estaré mucho tiempo allí, siempre digo, cuando toman nota de mis apellidos (como regla mnemotécnica): «Caña de pescar y bate de béisbol».

    El caso es que, en mi caso, firmar con mi segundo apellido siempre me ha traído problemas. Por ejemplo: siempre lo escriben mal en certificados oficiales. Puedo entender que la gente dude si mi apellido se escribe con «b» o con «v» y que, incluso, se escriba Cabañete o Cabañate. Pero me han escrito, sin pudor alguno, Cañete, Cazabate… Bien, hoy he recibido un certificado en el que se escribe Cañalete. Hala, a lo grande.

    Ya sé que esto no interesa a nadie, pero debía, necesitaba decirlo. Un abrazo a todos y que tengáis unos días de merecido descanso.