A menudo, sobre todo en las tardes de primavera, mis amigos y yo salíamos a pasear por las calles del Puerto de Santa María. Luego, entrábamos casi siempre en pequeño café, nos sentábamos en una mesa y pedíamos una consumición.
De los tres, Toni era, sin duda, el más guapo. Quizá porque era el más noble y la belleza del corazón terminar por aflorar a través de la piel. Era de Mataró y jugaba en el equipo de waterpolo de la ciudad. Tenía un forma física portentosa, pero juro que nunca le vi envanecerse por ello. Es más, yo diría que era algo tímido; acostumbraba a mirar al suelo y le gustaba pasar siempre desapercibido. Recuerdo que estaba enamorado platónicamente de una chica que se llamaba Tona, también de Mataró, y más de una vez me dijo que, cuando terminásemos el servicio militar, él la pediría salir. Porque antes se pedía salir a las chicas.
Cara de pirata
Josep tenía cara canalla, cara de pirata o de pillo, según se mirase. Él era el que ligaba. Tenía gancho, lo sabía y lo explotaba. Por entonces fumaba mucho y su voz era más ronca de lo normal. A veces, cuando estábamos todos de cachondeo, sus ataques de risa terminaban en ataques de tos (cof, cof, cof, cof) y siempre le decíamos que tenía que fumar menos si quería llegar a viejo. Tenía la nariz medio partida de no sé qué golpe, era muy moreno de piel (le gustaba tomar mucho el sol), jugaba bien al billar y, hablando de juegos, no tenía ningún amor.
Mis amigos Toni y Josep eran catalanes; yo, de Madrid. Por entonces, estaba muy delgado. Aún no me había dejado barba, pero ya me había jurado a mí mismo que sería lo primero que hiciera cuando me dieran la blanca. Tenía muchos sueños, como continuar con la carrera de Periodismo, que tuve que abandonar durante un año para ingresar en la Marina.
En aquellas tardes del Puerto de Santa María, escribí mis primeros cuentos. Toni y Josep los leían con cariño y admiración y me aconsejaban que no lo dejara nunca, que siguiera escribiendo.
Hablábamos mucho. Nos escuchábamos mucho.
Tres gaviotas
Sin embargo, qué paradoja, a menudo los tres, sentados delante de la cristalera de aquel café, nos quedábamos en silencio mirando a la calle sin que nos hiciera falta hablar. Parecíamos entonces tres gaviotas que miraban el horizonte azul del mar, reflexivas, como si estuvieran a punto de emprender un largo vuelo a otras orillas.
Una de esas tardes, en aquel pequeño café, rompió uno de esos silencios una música de Tracy Chapman: Baby, Can I hold you?
—¿Os gusta? –preguntó Toni.
—Psá, no está mal —dijo Josep—. Un poco lenta , ¿no? Pero, venga, no me pongáis esa cara. Venga, va, que sí, que me gusta, aunque sea una horterada.
—A mí me encanta —contesté—. Es muy sencilla. Y las cosas sencillas son las que llegan al corazón. Este café con leche, esta tarde de primavera, esta conversación. ¿Sabéis? Cuando vuelva a Madrid voy a apuntar todas estas cosas sencillas para que no se me olviden jamás.
—Joder, macho. ¿Te imaginas que un día escribes en El País? Qué fuerte —dijo Toni.
Él nos iba traduciendo la canción según la cantaba Tracy Chapman. Estábamos los tres, sentados frente a la cristalera del café, viendo la vida pasar, dispuestos a volar a través de un mar que nos llevaría, sin ser plenamente conscientes de ello, a eso que algunos llaman la edad adulta.

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