Etiqueta: amistad

  • En realidad no lo éramos

    Él cambiaba de trabajo. Y cuando me llamó por teléfono para despedirse, aquel viernes por la tarde, yo ni podía imaginar que iba a ser la última vez que hablaría con él. Parecíamos tan amigos que, en realidad, no lo éramos.

  • Gorriones y palacios de invierno

    Querido amigo:

    No te preocupes porque las golondrinas se hayan marchado y se hayan llevado con ellas el verano. Nos quedan los gorriones. Fíjate bien en ellos: son pequeños, casi siempre están sucios y parecen tan insignificantes que poca gente advierte su presencia. Pero su piar es uno de los mayores placeres que puedes encontrar por las calles de tu ciudad si, llegado el otoño, afinas el oído y abres tu corazón para encontrar pequeños tesoros.

    Últimamente su hábitat se ha visto amenazado por otra serie de pájaros. Hace tiempo fueron las palomas (siento decir que no me caen nada bien). Hoy, al menos en Madrid, son las cotorras, que acampan a sus anchas en muchas zonas de la capital, obligando, con su verde descaro, a irse de los parques a sus primigenios moradores.

    Si te paras a pensar, algunos amigos son como cierto tipo de aves migratorias: van y vienen con el buen tiempo (no me refiero sólo al atmosférico). Y, ciertamente, su alboroto en el cielo es precioso y alegra los corazones. No hay que molestarse si se van. Deben hacerlo. Tampoco hay que obligarlos a quedarse; la amistad verdadera no entiende de obligaciones ni de falta de libertad. Déjalos ir. Ya volverán con el buen tiempo, como las golondrinas, alegrando las mañanas y las tardes de verano. No les pidas nada y dales todo lo que puedas, lo que te salga del corazón. ¿Acaso no lo merecen? ¿Acaso no hay granujas adorables?

    Hay otro tipo de pájaros, más sencillos, más humildes, que están ahí siempre. Parecen poca cosa, parecen descuidados. Pero nunca nos dejan solos. Son amigos nuestros todo el año; su piar, muy sencillo, aparece cuando afinamos el oído y estamos dispuestos a encontrar pequeños tesoros, que a la larga son los que nos acompañan toda la vida. Son amigos de verdad, quienes nos acompañan en nuestros cuarteles de invierno, quienes merecen vivir con nosotros todos nuestros veranos.

    Te quiero mucho, verdiano. Te deseo que empieces bien este otoño.

  • Volando como gaviotas hacia la edad adulta

    A menudo, sobre todo en las tardes de primavera, mis amigos y yo salíamos a pasear por las calles del Puerto de Santa María. Luego, entrábamos casi siempre en pequeño café, nos sentábamos en una mesa y pedíamos una consumición.

    De los tres, Toni era, sin duda, el más guapo. Quizá porque era el más noble y la belleza del corazón terminar por aflorar a través de la piel. Era de Mataró y jugaba en el equipo de waterpolo de la ciudad. Tenía un forma física portentosa, pero juro que nunca le vi envanecerse por ello. Es más, yo diría que era algo tímido; acostumbraba a mirar al suelo y le gustaba pasar siempre desapercibido. Recuerdo que estaba enamorado platónicamente de una chica que se llamaba Tona, también de Mataró, y más de una vez me dijo que, cuando terminásemos el servicio militar, él la pediría salir. Porque antes se pedía salir a las chicas. 

    Cara de pirata

    Josep tenía cara canalla, cara de pirata o de pillo, según se mirase. Él era el que ligaba. Tenía gancho, lo sabía y lo explotaba. Por entonces fumaba mucho y su voz era más ronca de lo normal. A veces, cuando estábamos todos de cachondeo, sus ataques de risa terminaban en ataques de tos (cof, cof, cof, cof) y siempre le decíamos que tenía que fumar menos si quería llegar a viejo. Tenía la nariz medio partida de no sé qué golpe, era muy moreno de piel (le gustaba tomar mucho el sol), jugaba bien al billar y, hablando de juegos, no tenía ningún amor.

    Mis amigos Toni y Josep eran catalanes; yo, de Madrid. Por entonces, estaba muy delgado. Aún no me había dejado barba, pero ya me había jurado a mí mismo que sería lo primero que hiciera cuando me dieran la blanca. Tenía muchos sueños, como continuar con la carrera de Periodismo, que tuve que abandonar durante un año para ingresar en la Marina.

    En aquellas tardes del Puerto de Santa María, escribí mis primeros cuentos. Toni y Josep los leían con cariño y admiración y me aconsejaban que no lo dejara nunca, que siguiera escribiendo.

    Hablábamos mucho. Nos escuchábamos mucho.

    Tres gaviotas

    Sin embargo, qué paradoja, a menudo los tres, sentados delante de la cristalera de aquel café, nos quedábamos en silencio mirando a la calle sin que nos hiciera falta hablar. Parecíamos entonces tres gaviotas que miraban el horizonte azul del mar, reflexivas, como si estuvieran a punto de emprender un largo vuelo a otras orillas.

    Una de esas tardes, en aquel pequeño café, rompió uno de esos silencios una música de Tracy Chapman: Baby, Can I hold you?

    —¿Os gusta? –preguntó Toni.

    Psá, no está mal —dijo Josep—. Un poco lenta , ¿no? Pero, venga, no me pongáis esa cara. Venga, va, que sí, que me gusta, aunque sea una horterada.

    —A mí me encanta —contesté—. Es muy sencilla. Y las cosas sencillas son las que llegan al corazón. Este café con leche, esta tarde de primavera, esta conversación. ¿Sabéis? Cuando vuelva a Madrid voy a apuntar todas estas cosas sencillas para que no se me olviden jamás.

    —Joder, macho. ¿Te imaginas que un día escribes en El País? Qué fuerte —dijo Toni.

    Él nos iba traduciendo la canción según la cantaba Tracy Chapman. Estábamos los tres, sentados frente a la cristalera del café, viendo la vida pasar, dispuestos a volar a través de un mar que nos llevaría, sin ser plenamente conscientes de ello, a eso que algunos llaman la edad adulta.