Categoría: Autoficción

  • Una olivetti espera a ser rescatada de una residencia

    Créditos imagen: https://mrmrsvintagetypewriters.com/es

    Me gusta buscar en Internet ofertas de máquinas de escribir antiguas. A veces encuentras pequeños tesoros por muy poco dinero. Y aunque no pueda comprar esas reliquias (desgraciadamente, la vida de un divorciado tiene sus limitaciones), me conformo con fantasear con que algún día sí lo haré.

    Hace un par de años encontré una verdadera ganga: una olivetti college, de color rojo, precioso, en muy buen estado y por algo menos de 30 euros.

    Las olivetti son mágicas, un símbolo. Julio Ocampo señala el verdadero valor de las olivetti para la cultura europea: antes de su aparición, las máquinas de escribir eran caras, un lujo al alcance de pocos. Pero las olivetti democratizaron la posibilidad de comunicar: eran muy accesibles y con una de ellas tú ya podías escribir una carta al director de un diario, prepararte unas oposiciones, o incluso escribir una novela.

    Una máquina de escribir, entonces, era y es más que un mecanismo: la posibilidad de trascender.

    La olivetti college se vendía sólo en persona. Miré la localidad y, qué suerte, estaba a muy pocos kilómetros del lugar donde vivo. ¿Y si fuera a buscarla a la mañana siguiente?

    Me fijé en la dirección exacta. La busqué por Google y, sorpresa, era una residencia de ancianos.

    ¿El vendedor sería un anciano residente? No me imaginaba a un octogenario realizando el esfuerzo digital de darse alta en una plataforma online de artículos de segunda mano para vender sus recuerdos.

    Entonces lo comprendí: el vendedor era un empleado de la residencia. El dueño originario de la máquina habría fallecido. No tendría parientes y había que quitarse la máquina de escribir de en medio, casi regalada.

    Me dio mucha pena.

    Me imaginé yo mismo en una residencia: escritor aficionado frustrado que muere solo y un empleado debe vender sus pertenencias.

    No compré la ganga.

    Champion

    Pocas semanas después, en otra plataforma, encontré una Underwood Champion. Aparentemente estaba nueva. Y, también, estaba a un precio bajísimo.

    Escribí a la dueña, Rosa, una mujer que me explicó que, hacía muchas décadas, compró esa máquina para prepararse unas oposiciones y que, una vez pasado el trámite, nunca la utilizó.

    La máquina era preciosa pero tampoco la compré. Al cabo de unos meses la volví a ver. Síe era ese misma máquina, en otro anuncio, más cara. Estaba seguro: era la misma. Había cambiado de manos y esta vez era un joven quien la revendía casi al doble de su precio anterior.

    Estuve a punto de escribirle un privado y decirle que no se puede hacer negocio con los recuerdos de una persona.

  • «Te quiero, cabronazo»

    Poco antes de divorciarme empecé a darme cuenta de que sufría repentinos ataques de sinceridad. Así, cuando algún conocido agorero me decía:

    —¿Te vas a divorciar? Pufff, pues aún te queda lo peor. A mí me pasó que…

    Yo le interrumpía, tajante:

    —Oye, si no vas a animarme, mejor cállate.

    Quizá he sido un poco borde cuando lo he dicho. Y, es más, creo que he roto un par de amistades por este motivo.

    Pero los ataques de sinceridad que experimenté entonces también me trajeron otro tipo de cosas buenas.

    Por ejemplo: emprendí la particular cruzada de decir a todos mis amigos que les quería. Las chicas se sinceran y se apoyan entre ellas a menudo, y creo que los varones debemos aprender más de la sensatez femenina.

    A mi amigo Diego le dije unas cuantas veces que le quería, y él me devolvió las mismas palabras con idéntico cariño.

    A mi amigo Ricardo también se lo dije. Fue él, por cierto, quien a la tercera o cuarta vez me espetó:

    —Vale, vale, que yo también te quiero mucho, colega. Pero vamos a dejarnos de gilipolleces porque vamos a terminar chupándonos las pollas.

    Creo que más directo y sincero no puede ser. Y yo ya estoy en una edad en que me gustan las cosas sencillas, directas y sinceras.

    Mi amigo David Colomer, que es Míster T (T de Testosterona), me contestó cuando yo le dije que le quería: «Yo también te quiero«. Pero, claro, como quizá eso era demasiado sensibloide añadió otra palabra. Y quedó de este modo. Os lo juro:

    —Yo también te quiero, cabronazo.

    No hay nada como tener amigos sensibles.

    Ah, si tú estás allí al otro lado de la pantalla y me lees, tengo que decirte algo: que yo también te quiero.

    (*) Créditos de la imagen: Fotograma de Un día en Nueva York (Stanley Donen y Gene Kelly, 1949)

  • Estrella de Madrid, cielo de Lisboa

    Ha empezado por un lucero que, entiendo, es Venus. He salido tarde de clase y, de vuelta a casa, he visto la estrella, la primera, cuando el firmamento aún está claro y no ha teñido todavía sus faldas de naranja. Estoy en Madrid, muy cansado; conduzco camino a casa.

    Recuerdo que he visto este mismo cielo y esta estrella. Y esta tarde y este brillo. Y estos tonos ámbar antes de la noche. Fue en Lisboa, una tarde que pasamos los cuatro en un barco en la desembocadura del Tajo.

    El coche me lleva a casa. Salgo muy cansado de trabajar y no sé cuándo llegaré. Me consuelo pensando que soy marinero.

  • La brigada de las señoras del Cuarto y Mitad

    En el barrio había una ley no escrita: los chavales (niños y niñas) debíamos acompañar a nuestras madres al mercado. Así cargábamos con las bolsas o con los carritos y ellas no cogían peso.

    Por entonces, en el barrio, era costumbre entre las madres hacer la compra a diario o cada dos días. Para ellas era una forma de socializar, de encontrarse en el mercado con las vecinas de toda la vida. No exagero: mi madre, como muchísimas personas de su generación, nació en su casa. Y había vecinas octogenarias y nonagenarias que siempre nos recordaban que la habían visto nacer y dar sus primeros pasos. «Y fíjate cómo ya tienes a tus hijos. Cómo pasa el tiempo».

    Una especie de mindfulness

    A mí me encantaba ir al mercado con mi madre. Nunca discutimos allí. Hoy cualquier experto en relajación diría que estábamos haciendo mindfulness, pues no pensábamos en nada, disfrutábamos del momento, apreciábamos los colores de las frutas, los olores de las verduras, las conversaciones de clientas, el brillo metálico del pescado sobre el hielo. Caminábamos a paso lento, mirando los puestos de un lado y otro de la galería. De vez en cuando, una pescadera decía «¡¡¡Carmen, mira qué merluzaaaa!!!» (lo decía así, arrastrando la a). O un carnicero preguntaba: «¿Te pongo algo hoy, Carmen?»

    Todos los tenderos y tenderas conocían a mi madre y la llamaban por su nombre. En realidad, todos los tenderos conocían a todas las clientas: su nombre, sus manías, cómo querían la carne, la fruta, qué pescado llevaban. Porque en ese conocimiento estaba la base de su éxito.

    ¿Y qué me decís de cuando nuestras madres pedían cuarto y mitad de tal o cual producto? Cuarto y mitad: 375 gramos.

    —Carmen, me he pasado un poquito —decía un charcutero tras cortar un poco más de jamón york y ponerlo en el peso—. ¿Te importa?

    —Claro que no.

    Mi madre me enseñó la importancia de los matices para generar confianza.

    Hay sitio para todos

    El otro día visité el mercado del barrio de mi infancia con mi mujer y mi hija pequeña. Antaño era un viejo mercado de dos plantas. Hoy la de arriba se ha modernizado y pertenece a un supermercado. La de abajo sigue casi igual que antes. El ochenta por ciento de los puestos se mantienen, muchos de ellos con sus dueños originales (ya muy seniors) o con sus hijos. Algunos se han adaptado a los tiempos. Por ejemplo, muchos bares son ahora pequeños gastro-bares, casi-casi minimalistas, donde se puede comer de forma rápida algo rico y barato.

    Y me di cuenta de algo muy importante: una pequeña frutería, por ejemplo, está justo al lado de una más grande. Pero no pasa absolutamente nada, pues cada una tiene su público y cada tendero sabe qué dar a cada uno de sus clientes. Todo microcosmos tiene su orden, su valor y su sentido, y hay sitio para todos.

    Y también recordé un detalle que se me había olvidado. Antes se fiaba. Es decir, cuando yo era pequeño y mi madre, por estar haciendo otras cosas de la casa, no podía ir al mercado me decía: «Ve al mercado, pide esto y esto y dile a X que yo se lo pagaré mañana». Yo iba al mercado, buscaba al tendero X, le decía el mensaje de mi madre y él me atendía igual que siempre. Y antes de marcharme me recordaba: «Dile a tu madre que sin problema, que me pague cuando pueda».

    Eran otros tiempos. Eran vidas de barrio, que de vez en cuando echo de menos. Quizá me esté haciendo mayor.

    Imagen de PhotoMIX Company en Pexels

  • Justicia poética por las calles del pueblo donde vivo

    El otro día, muchos años después de haber perdido la final de Lisboa, le expliqué a mi hija Mónica qué era la justicia poética. Era lunes por la tarde, yo había ido a buscarla al colegio, y ese mismo fin de semana el Atleti había ganado la Liga . Hacía una tarde soleada y maravillosa y a mí se me ocurrió una idea loca.

    —La justicia poética —le expliqué a Moni— es reparar una injusticia o un hecho que dejó un mal recuerdo mediante a la realización de un acto bello.

    Le expliqué que cuando Ramos marcó en Lisboa el gol en el minuto 93 (por cierto, el partido tenía que haber terminado antes), yo estaba tan enfadado que salí de casa a dar una vuelta. Dirigí mis pasos hacia la plaza del pueblo y, por el camino, pasé por una calle con balcones abiertos a través de los cuales se oía el sonido de los televisores.

    Balcones

    De repente, por uno de esos balcones salió un chico gritando «¡Hala Madrid! ¡Hala Madrid!» Llevaba la camiseta de su equipo, tenía el gesto duro, los brazos tensionados y los puños cerrados con fuerza. El caso es que no gritaba con alegría, sino con agresividad. Era tanta que parecía que estaba fuera de sí.

    Eso fue hace muchos años, la noche de la final de Lisboa.

    —Moni, te propongo que pasemos hoy por esa misma calle con el coche.

    —Vale.

    —Pero, hija, aquí viene el acto de justicia poética: vayamos con las ventanillas bajadas y, en el reproductor de mp3 del coche, el himno del Atleti a tope.

    —¡Vale! ¡Vale!

    Y así pasamos por la calle, con la música alta y nosotros dentro, cantando el himno. Los malos recuerdos, borrados para siempre.

  • ¿Te atreves?

    Por aquel entonces yo tendría veintitantos y trabajaba en una consultora de comunicación. Me había autoeditado una primera novela y le había llevado un ejemplar a una persona que trabajaba en uno de mis clientes.

    Ésta era una mujer mayor, a punto de jubilarse, con la que en un principio no me llevaba bien por sus modales secos y adustos, muchas veces desagradables. Era una mujer muy dura. Pero al cabo de unos meses, cuando nos conocimos mejor, comprendimos que los dos estábamos en el mismo barco, por así decirlo, y empezamos a llevarnos bien. Me di cuenta de que, en realidad, era una muy buena persona que decía las cosas siempre a la cara.

    Pocas semanas después de haberle llevado el libro, coincidimos en la sede del cliente y le pregunté si lo había leído y ella me dijo con aparente desidia:

    —Sí.

    —¿Y qué te ha parecido? —pregunté.

    —Bien. Escribes bien.

    —Nada más? ¿No tienes ningún comentario que hacerme? No te creo.

    Entonces ella me dijo:

    —Al libro le falta lo mismo que te falta a ti.

    Yo, la verdad, estaba cada vez más intrigado.

    —¿Y qué es lo que me falta a mí? —le pregunté con la mayor de las inocencias.

    Entonces ella me miró fijamente y me dijo, muy seria:

    —Atrevimiento.

    [Pulsa aquí si quieres escuchar este texto en mi podcast]

  • Conocí a Hermann gracias a la mamparitis

    Teníamos mucho miedo de que la suerte nos llevara a un barco. No porque tuviéramos que pasar un año en alta mar, sino por la mamparitis. Os cuento: los barcos no tienen paredes, sino mamparas. En el argot marinero, la mamparitis se produce cuando, en una larga navegación, estás con los nervios a flor de piel por estar tanto tiempo encerrado. Esto provoca que, al final, todos los marineros se terminen peleando con todos y por los motivos más estúpidos y surrealistas.

    En 1988 me tocó hacer el servicio militar en la Marina. Pero la fortuna no me llevó a un barco (como temía), sino a la Flotilla de Aeronaves de la Base Naval de Rota. Y allí, entre aviones que despegaban y teletipos que yo transmitía, pasó un año de mi vida.

    Nunca le he tenido miedo a estar encerrado. El motivo es sencillo. Yo fui uno de esos adolescentes tartamudo y con la cara llena de acné que se quedaban muchísimos fines de semana en casa, sufriendo su particular mamparitis.

    Pero, apenas sin darme cuenta, empecé a hacer nuevos y extraños amigos.

    Armanda

    Gracias a esos fines de semana conocí a un tal Camilo, que había escrito La colmena. Federico me recitó los poemas que escribió cuando vivió en Nueva York. Pedro me enseñó a describir latidos profundos con frases sencillas y dejé de ser tartamudo porque empecé a declamar sus versos en voz alta.

    Mi queridísimo Hermann (siempre, siempre querido) me enseñó que es muy bello ser lobo estepario y que hay que saber vivir y aceptar los múltiples yoes que cada uno de nosotros y nosotras llevamos dentro. Por cierto, él me presentó a Armanda, de la que me enamoré al instante. Arthur me llevó al Berlín de entreguerras. Pío me enseñó mi propio Instituto, el San Isidro, en El árbol de la Ciencia. También me aconsejó que es mejor escribir en corto que en largo. Algún tiempo después mi amiga Virginia hizo me sintiera como una mujer y, años más tarde, Paul como un chico sin hogar.

    En la recuperación de una cirugía de apendicitis, un antiguo novio de mi hermana Julia me dejó toda su colección de Corto Maltés. Volé, casi literalmente, a los mares del sur. Por cierto, gracias, Pedro.

    Cuando era pequeño y me quedaba en casa, imaginaba que ésta era un barco y que las ventanas eran las escotillas. Qué curioso. En cierto modo, la vida se repite.

  • Arqueólogos emocionales

    A veces me da por pensar qué será de estas palabras que yo escribo, en este extraño cuaderno digital, dentro de muchos años. Es cierto que tengo guardadas, en una USB, copias de todas las entradas del blog. Pero la verdad es que nunca se sabe.

    También conservo alguno de los cuadernos en papel que escribí en mi primera juventud. Ahí están relatos y poemas. También capítulos de novelas, muchas de las cuales no terminaron de escribirse, pero que, en su momento, me parecieron que valían la pena. Muchas veces, cuando, sin querer, los hojeo, siento algo de vergüenza al comprobar qué inocente e ingenuo era escribiendo entonces.

    Arqueología emocional. Los cuadernos y las palabras que yo guardo (que tú guardas) son indicios de yacimientos más profundos.

    ¿Sabes? Hicimos bien en escribir todo eso, por muy naíf que fuera. Formaba parte de un proceso de autoconsciencia. Parte de nuestro mundo necesitaba escribirse sílaba a sílaba, frase a frase. Construimos nuestro mundo gracias a que fue delimitado, en la cartografía de un DIN A4 o un documento de Word, con reinos y fronteras hechos de píxeles o tinta de azul. Quizá los años los sedimentaron.

    He dicho más arriba que tú y yo somos arqueólogos emocionales. En mi caso, he de confesarte que, desde hace unos meses, están viendo la luz ciertos hallazgos.

    Mi corazón, naíf, sigue siendo el mismo que entonces. Sólo que, ahora, no me molestan tanto ni la arena en los ojos ni la aridez el desierto.

  • Así derribamos el muro de Berlín

    Éramos ocho o nueve chicos y chicas que nos habíamos reunido un domingo para hacer un trabajo de la Facultad. Elvira, una de las integrantes del grupo, había propuesto días antes que fuéramos a su casa a la hora de comer: así podíamos almorzar juntos y, justo después, ponernos con el trabajo.

    Todos celebramos la idea.

    Hicimos un fondo común y allí que nos presentamos con pollos, patatas fritas, croquetas, cerveza y refrescos. Alguno también se presentó con resaca de la noche anterior. Bullangueros, nos metimos todos en el dormitorio de nuestra compañera ante la sorprendida mirada de su padres. Aquello parecía, sin lugar a dudas, el camarote de los hemanos Marx.

    Nos organizamos bastante bien: comimos, bebimos y nos reímos mucho. Las apreturas de espacio, que hoy con cincuenta nos parecerían incómodas, con veinte nos provocaban la risa. Cada poco rato, alguno recordaba eso de: «Oíd, que estamos aquí para hacer un trabajo».

    Pero seguíamos hablando de nuestras cosas. Al hablar de parejas, uno de nosotros (no recuerdo quién) dijo: «El amor no existe» y Manuel contestó: «Si crees que el amor no existe es porque aún no lo has vivido». Lo dijo con tanta seguridad que, aún hoy, treinta años después, me acuerdo de ello.

    Poco a poco empezamos a hablar de la tarea que nos habían mandando en la Facultad y por la que nos habíamos reunido allí.

    Periodismo. Madrid. España. 1989

    Roberto y Manuel querían trabajar en la radio. Tenían voz para ello y ya hacían sus pinitos. A Elvira y a Yolanda les gustaban el Arte y la docencia. Y tenían la inteligencia y el carácter suficientes para emprender esas misiones y muchas más. Yo quería escribir. Sólo quería escribir. Y ya había empezado a hacerlo.

    Ni siquiera podíamos imaginar que, treinta años después, las cosas iban a ser tan distintas en forma pero tan parecidas en esencia. Si uno/una tiene vocación, de lo que sea, nada puede pararle. Si uno tiene vocación, de lo que sea, todo lo que venga será bienvenido.

    Aquella tarde, entre aquellos amigos, supe (era totalmente consciente, mejor dicho) que estaba naciendo algo, que esas personas que me rodeaban eran muy especiales.

    De repente, alguien llamó a la puerta de la habitación de nuestra amiga. Era su madre. Asomó un poco la cabeza y dijo: «Chicos, venid a ver los informativos. Están derribando el muro de Berlín».

    Créditos de la imagen: Rawpixel

  • Spiderman viajó a la sierra de Madrid

    Cuando era pequeño mi padre me llevaba a menudo a la sierra. Ocurría siempre en verano. Nos levantábamos cuando aún no había amanecido y mi madre nos hacía dos bocadillos a cada uno: el primero de tortilla; el segundo, de filete empanado. Llevábamos también una cantimplora vacía, que luego llenábamos en regatos de la sierra, siempre con agua fresquísima del deshielo. A veces portábamos latas de refrescos, muy frías, envueltas en papel de periódico.

    La maravilla del día empezaba en la estación de Atocha. Los andenes olían a electricidad y dentro del vagón a metal y a plástico. ¿Sabéis una cosa? Puede parecer estúpido, pero esos olores me auguraban que iba a ser un buen día. Dentro del vagón siempre hacía fresco a esas horas de la mañana. Por aquel entonces, las ventanillas de los cercanías podían bajarse y yo me pasaba más de medio viaje de pie, asomado, con la cabeza afuera. Mi padre de vez en cuando me decía: «Chico, siéntate, que eso es peligroso». Yo, evidentemente, no hacía caso: tenía ocho o nueve años.

    Cómics

    Se me ha olvidado un detalle importante del relato. En Atocha, mi padre se compraba el periódico y un cuadernillo de crucigramas. A mí me compraba uno o dos cómics. Me dejaba elegir, y yo casi siempre me decantaba por el universo Marvel. Sobre todo por Spiderman (mi preferido) o Thor.

    Siempre me ha caído bien Peter Parker, el joven que esconde su identidad bajo el traje de Spiderman. Era muy tímido (quizá demasiado), le gustaba observar la realidad (de hecho, era fotógrafo) y con el paso del tiempo llegó a ser profesor. Es decir, el chico se llamaba como yo, tenía el mismo carácter que yo, era periodista (como yo anhelaba ser) y ejerció años después una profesión que, yo por entonces lo ignoraba, también sería la mía.

    El otro día le dije a mi compañero Paco Seoane que mis estilográficas preferidas son las Parker. En primer lugar por su calidad. Pero, también, porque cuando era pequeño me parecía curioso que tuvieran el nombre de mi superhéroe favorito.

    Stan Lee

    Han pasado los años y ya no puedes ir a la sierra sin cantimplora, pues ya no hay regatos. Los trenes de cercanías son más limpios y seguros, pero sus ventanillas ya no se pueden bajar. A veces, cuando paso cerca de un bar y huelo a tortilla de patata me acuerdo de lo bien que las hacía mi madre y de cómo se levantaba pronto para prepararnos la comida. Ya sabéis: esos gestos de amor de los cuales los hijos nos damos cuenta demasiado tarde.

    Hace un rato he llamado a mi padre y le he preguntado si recordaba aquellos viajes en tren a la sierra.

    –Sí, claro –me ha contestado–. Qué bien los lo pasábamos, ¿verdad? Yo también me acuerdo mucho de ellos.

    No le he querido decir que el otro día murió Stan Lee, el creador de Spiderman.

    Todos sabemos que lo único que importa es el aquí y el ahora. Pero hay veces que sólo los recuerdos y el amor a días soleados del pasado son el único bálsamo contra el cerco inevitable del paso del tiempo.