Categoría: Autoficción

  • Hijo, ¿qué has comido hoy?

    De forma recurrente, cuando telefoneo a mi padre, le pregunto qué ha almorzado o qué ha cenado. No porque me interese exactamente lo que come. Lo hago, más bien, para tener cierta complicidad con él. Siempre le gustó el buen yantar.

    En los últimos tiempos, cuando le pregunto qué ha comido o cenado me contesta que poca cosa. Y es verdad, cada vez come menos. También cada vez habla menos (quizá porque cada vez oye peor).

    Hoy yo estaba un poco bajo de ánimo; pero, cuando le he telefoneado, no se lo he querido decir. Al notar cierta preocupación en mi voz, mi padre, de 86 años, me ha preguntado:

    –Hijo, ¿qué has comido hoy?

    Y ha conseguido sacarme una sonrisa.

  • La foto del verano del 18 nos ha retratado tal como somos

    A la derecha de la foto aparece Marta. Sonríe mucho-mucho, con labios recién pintados de un rojo muy discreto, como le gusta a ella. Luce su pelo negro y rizado (ahora alborotado por el viento), con esas canas que desde hace un año se niega a tapar porque son medallas que otorga la vida, el paso del tiempo. Lleva un jersey fino; como es de color blanco acentúa su moreno. Está muy-muy guapa.

    A su izquierda, casi en el centro de la imagen, está Mónica en pleno ataque de risa, con ojillos achinados de felicidad. Luce una sonrisa maravillosa y, como el viento viene de espaldas, algunos mechones de pelo se le van a la cara. Tiene un rostro casi de señorita, como corresponde a sus trece años. Viste una sudadera universitaria de color naranja y un reloj digital que le gusta mucho. La instantánea le ha sorprendido con intención de llevarse la mano izquierda a la cara, quizá para reprimir (en ella tarea imposible) la risa.

    Gamberras

    María es la siguiente en aparecer, con la estatura que corresponde a sus nueve años. Luce sus gafas nuevas, de montura morada. Dice la oftalmóloga que es miope, pero os juro es capaz de ver el interior de las personas con una claridad que no he visto antes en niños de su edad. Imposta (es una gamberra) un beso de influencer. También intenta reprimir la risa.

    Y a la izquierda de la foto, del selfie colectivo, estoy yo, con el pelo absolutamente alborotado. Llevo gafas de sol (a las que tengo mucho cariño porque me las regaló Marta) y una sudadera roja que también me encanta. Me la compré en Sintra una mañana de frío de hace unos años; empezó nublada pero terminó de forma estupenda. También río. Soy muy feliz.

    Te describo la foto de familia que cada año pongo en el escritorio del ordenador de casa. Es la instantánea del verano. Hay imágenes que han salido mejor, pero me gusta ésta porque cada uno hemos posado, sin querer, tal como somos.

    Detrás de nosotros está el mar, en un atardecer de verano que no quiero que se acabe nunca. Lo guardo en forma de foto porque no sé cómo coño puedo parar el tiempo.

    Quizá el quererlo es una forma de conseguirlo.

    (*) Post dedicado a Marta, que hoy se reincorpora al trabajo y es una guerrera.

  • Estabas equivocada, Terele

    Coincidí con Terele Pávez hace muchos años, por casualidad, una noche en un bar de Huertas. Por entonces (creo que era sobre el 96), ella aún no habría cumplido sesenta años. Aunque tiempo antes había rodado Los santos inocentes y recibió críticas elogiosas, era sobre todo una actriz popular en generaciones anteriores a la mía, pero aún no lo era para las más jóvenes.

    Yo me había acercado a la barra y mis amigos estaban sentados en una mesa, esperándome. Ella estaba con un señor más joven; intuí (al menos eso parecía) que la estaba cortejando, pero ella no estaba interesada en él en absoluto.

    Cuando pedí mi cerveza ella y yo empezamos a hablar y le dije (algo que casi nunca suelo hacer con la gente famosa) que la conocía.

    –¿De verdad que me conoces? –se mostró soprendida.

    –Claro, has hecho esto y esto y también sé quién es tu hermana.

    Empezamos a hablar y me pareció una persona encantadora y locuaz y tenía mirada de buena gente. En un momento de la conversación me dijo:

    –Yo te aseguro que si me muero aquí ahora mismo, si caigo redonda al suelo, nadie va a saber quién soy.

    Estabas equivocada, Terele. Quizá en ese momento sólo algunos te conocían. Pero hoy, ahora que has hecho el viaje, todos saben que has sido una de las mejores actrices de la historia del cine español.

  • Pío Baroja, el Instituto San Isidro y El árbol de la ciencia

    Ver esta publicación en Instagram

    Una publicación compartida de Juan Pedro Molina Cañabate (@molinacanabate) el

    //www.instagram.com/embed.jsPío Baroja estudió en el Instituto San Isidro y hace referencia al centro en El árbol de la ciencia. Yo fui alumno de ese instituto (en la década de los 80) y aún siento la emoción que tuve al leer, allí mismo, las páginas que Pío había escrito sobre ese lugar en 1911.

    El árbol de la ciencia es, sin duda, una de las mejores novelas de Baroja. Creo que todos los estudiantes de nuestra generación empezamos a amarle desde que nos zambullimos en sus historias, una extraña mezcla de novelas de aventuras, folletines y retratos introspectivos, ubicadas muchas veces en ese mismo Madrid que nosotros recorríamos, setenta años después. Más de medio siglo había pasado pero el alma de la ciudad seguía siendo la misma.

    Lejos de diluirse, mi admiración por Baroja se ha acrecentado con los años. ¿Cómo sería él hoy? ¿Un Pérez-Reverte? Quizá sí, por la acidez e ironía de sus comentarios. Pero quizá no. La narrativa de Baroja deja entrever, además de cierta amargura, un poso de cariño por los seres humanos (en especial por los más desvalidos) que otros escritores de hoy, pese a su indudable maestría, no saben o no pueden transmitir.

    Más arriba me he referido a Pío Baroja como Pío y no don Pío (como se le suele llamar). A los escritores que nos han tocado el corazón se les debe llamar por su nombre de pila, igual que hacemos con los amigos o con las personas por quienes sentimos un afecto incondicional.

    Pío Baroja es uno de mis referentes literarios y el San Isidro es uno de mis lugares en el mundo.

    Foto de la entrada: Claustro del I.N.B. San Isidro. Imagen tomada por mí, disponible aquí.

  • Barrio. Un hueco en el corazón

    Barrio. Un hueco en el corazón

    Hoy he visitado el viejo barrio. A ratos me ha parecido muy cambiado; a ratos igual que siempre. Me he cruzado con antiguos vecinos, quince años más viejos, que no me han reconocido. He visto tiendas que han cerrado, comercios que han nacido y otros que resisten. He pulsado el timbre de un telefonillo. He comprado un bollo con chocolate. He enviado fotos a una amiga para que viera cómo están las cosas.

    Me he jurado que jamás volveré a levantar el cierre metálico de algunos recuerdos. Y me he jurado también que tengo que recuperar otros, hacerlos reverdecer al sol con seguridad y paciencia de jardinero.

    El barrio de mi infancia es un país extraño que visito de vez en cuando. Cada vez más ajeno, poco a poco se me olvida. Pero el hueco en el corazón sigue allí. Y no me lo explico.

  • Tus lugares en el mundo

    Ver esta publicación en Instagram

    Una publicación compartida de Juan Pedro Molina Cañabate (@molinacanabate) el

    //www.instagram.com/embed.jsTenía que hacer tiempo, así que me metí en una conocida gran librería de varias plantas. Había libros, cedés, películas, camisetas de series, pósters y demás merchandising molón. Pero entre tanto hipster y nuevos modernos, entre tanto adolescente y jóvenes tardíos, me sentí muy fuera de lugar.

    Luego fui andando hasta la Plaza Mayor y me detuve frente a las tiendas de sombreros. Siempre me han llamado la atención. Hacía casi 40 grados y pasé a un bar, justo al lado de ése otro que frecuentaba de joven. Mi antiguo Instituto, el San Isidro, quedaba muy cerca. Mi Instituto es uno de esos lugares, por suerte aún anclado en mi memoria, que yo visito cuando necesito recordar cuáles eran mis objetivos vitales antes de haber cumplido los veinte años.

    Posiblemente, el Instituto que viví no fue tal como lo recuerdo ahora. Posiblemente esos recuerdos son mentira. Pero ésos y no otros, esta Plaza Mayor con sus soportales y sombrererías, y estos bares donde sirven bocatas de calamares son algunos de mis lugares en el mundo.

    (*) Gracias, Chema y Carmen, Carmen y Chema, por la maravillosa tarde que me brindasteis luego.

  • Marta Portal. A cambio de nada

    Me lo dijeron hace unos días, pero al no ver nada escrito en prensa al respecto, no he querido escribir sobre ello hasta confirmarlo por otros medios: la novelista y profesora Marta Portal ha muerto.

    Marta fue mi directora de tesis. Escribía magistralmente (ganó, entre otros muchos premios, el Planeta en 1966) y era una increíble profesora. Pero, sobre todo, era una persona generosa y llena de bondad. Para mí es un misterio por qué accedió a dirigirme la tesis (nunca fui un alumno brillante y me encontraba en sus antípodas en muchos aspectos). Todavía ignoro de dónde sacó las fuerzas para animarme, una y otra vez, a que terminara la investigación (tuve que interrumpirla muchas veces por culpa del trabajo y de «una serie de catastróficas desdichas»). Si yo defendí mi tesis doctoral fue porque Marta me la dirigió y me animó. Sin ella no hubiera sido posible.

    Investigar y escribir

    Puede decirse que Marta Portal me cambió la vida a cambio de nada. Gracias a esa tesis y gracias a su trabajo desinteresado obtuve el grado de doctor y, muchos años después, conseguí un empleo como profesor. Marta Portal, además, me enseñó a investigar y a escribir.

    El otro día mi mujer me recordaba un momento y una circunstancia. El momento es la emoción de Marta cuando terminé de exponer mi tesis delante del tribunal. La circunstancia era su sordera, que la aisló un poco más del mundo y aceleró, quizá, un proceso degenerativo físico, mental y anímico. Porque, desde hacía un tiempo, Marta se había olvidado del mundo. Desgraciadamente, el mundo también se había olvidado de ella. Confieso que no quise ir a visitarla al lugar donde ella residió en sus últimos años por temor a que no me reconociera.

    Era una dama de otro tiempo, con una forma de pensar y de actuar distinta a la mía. Pero tuve el privilegio de conocerla y de comprobar que los corazones buenos tienen un latido especial da igual su credo, su ideario político, su clase social.

    Siempre me quedará la espina de que no le pude devolver todo lo que ella hizo por mí.

  • Estación de tren

    Yo era uno de esos solitarios que, de vez en cuando, iba a la estación de tren. A menudo llevaba un libro, me sentaba en un banco y me ponía a leer. Cada poco levantaba la vista para observar el trasiego de personas, el ir y venir, las despedidas, los reencuentros.

    Así, me di cuenta de que las personas mayores relativizan los adioses y las más jóvenes, por el contrario, les conceden una importancia que no tienen. En la estación me di cuenta de que, con una maleta en la mano y a punto de iniciar un viaje, las personas se muestran tal como son, de que los niños son valientes frente a los viajes y frente a los cambios, y de que las cafeterías de los lugares de paso siempre tratan de forma distante a los clientes.

    En la estación de tren me di cuenta de que la gente mira con desconfianza a los solitarios, aunque sólo roben miradas, aunque sólo lleven como arma un libro de bolsillo.

    Hace mucho, mucho tiempo que no voy a una estación de tren.

  • Dos caballeros

    Fue hace muchos años. Por aquel entonces no existían los teléfonos móviles y yo era un joven que empezaba a salir a cenar con amigas y amigos.

    Una de esas noches, en un restaurante, presencié una escena tan especial que aún la recuerdo. Un par de mesas más allá de la mía estaban sentados dos chicos que no llegaban a los treinta. Iban vestidos casual tirando sólo a moderno. Hablaban, al parecer, del viaje que iba a hacer uno de ellos.

    De repente uno se levantó y fue baño. Un segundo después, el que había quedado metió la mano en un pequeño bolso que había apoyado en el respaldo de su silla y sacó un pequeño paquete alargado, envuelto en papel de regalo.

    Lo dejó delante del plato de su acompañante.

    Cuando éste llegó, preguntó extrañado qué era ese paquete.

    —Ábrelo.

    El chico lo abrió y encontró una preciosa estilográfica azul. Le miró y sonrió.

    —Es para que me escribas –continuó.

    Fue hace muchos años, digo. Durante unos minutos estuvieron sentados, mirándose a los ojos, en silencio, con una de las miradas de amor más sinceras y bonitas que he visto nunca.