Categoría: Autoficción

  • Volando como gaviotas hacia la edad adulta

    A menudo, sobre todo en las tardes de primavera, mis amigos y yo salíamos a pasear por las calles del Puerto de Santa María. Luego, entrábamos casi siempre en pequeño café, nos sentábamos en una mesa y pedíamos una consumición.

    De los tres, Toni era, sin duda, el más guapo. Quizá porque era el más noble y la belleza del corazón terminar por aflorar a través de la piel. Era de Mataró y jugaba en el equipo de waterpolo de la ciudad. Tenía un forma física portentosa, pero juro que nunca le vi envanecerse por ello. Es más, yo diría que era algo tímido; acostumbraba a mirar al suelo y le gustaba pasar siempre desapercibido. Recuerdo que estaba enamorado platónicamente de una chica que se llamaba Tona, también de Mataró, y más de una vez me dijo que, cuando terminásemos el servicio militar, él la pediría salir. Porque antes se pedía salir a las chicas. 

    Cara de pirata

    Josep tenía cara canalla, cara de pirata o de pillo, según se mirase. Él era el que ligaba. Tenía gancho, lo sabía y lo explotaba. Por entonces fumaba mucho y su voz era más ronca de lo normal. A veces, cuando estábamos todos de cachondeo, sus ataques de risa terminaban en ataques de tos (cof, cof, cof, cof) y siempre le decíamos que tenía que fumar menos si quería llegar a viejo. Tenía la nariz medio partida de no sé qué golpe, era muy moreno de piel (le gustaba tomar mucho el sol), jugaba bien al billar y, hablando de juegos, no tenía ningún amor.

    Mis amigos Toni y Josep eran catalanes; yo, de Madrid. Por entonces, estaba muy delgado. Aún no me había dejado barba, pero ya me había jurado a mí mismo que sería lo primero que hiciera cuando me dieran la blanca. Tenía muchos sueños, como continuar con la carrera de Periodismo, que tuve que abandonar durante un año para ingresar en la Marina.

    En aquellas tardes del Puerto de Santa María, escribí mis primeros cuentos. Toni y Josep los leían con cariño y admiración y me aconsejaban que no lo dejara nunca, que siguiera escribiendo.

    Hablábamos mucho. Nos escuchábamos mucho.

    Tres gaviotas

    Sin embargo, qué paradoja, a menudo los tres, sentados delante de la cristalera de aquel café, nos quedábamos en silencio mirando a la calle sin que nos hiciera falta hablar. Parecíamos entonces tres gaviotas que miraban el horizonte azul del mar, reflexivas, como si estuvieran a punto de emprender un largo vuelo a otras orillas.

    Una de esas tardes, en aquel pequeño café, rompió uno de esos silencios una música de Tracy Chapman: Baby, Can I hold you?

    —¿Os gusta? –preguntó Toni.

    Psá, no está mal —dijo Josep—. Un poco lenta , ¿no? Pero, venga, no me pongáis esa cara. Venga, va, que sí, que me gusta, aunque sea una horterada.

    —A mí me encanta —contesté—. Es muy sencilla. Y las cosas sencillas son las que llegan al corazón. Este café con leche, esta tarde de primavera, esta conversación. ¿Sabéis? Cuando vuelva a Madrid voy a apuntar todas estas cosas sencillas para que no se me olviden jamás.

    —Joder, macho. ¿Te imaginas que un día escribes en El País? Qué fuerte —dijo Toni.

    Él nos iba traduciendo la canción según la cantaba Tracy Chapman. Estábamos los tres, sentados frente a la cristalera del café, viendo la vida pasar, dispuestos a volar a través de un mar que nos llevaría, sin ser plenamente conscientes de ello, a eso que algunos llaman la edad adulta.

  • Caminando

    Anteayer, desde el autobús, camino al trabajo, vi una escena curiosa que sucedía al otro lado de la ventanilla.

    Acababa de amanecer y pasábamos por una zona ajardinada de Leganés. El suelo estaba cubierto por una densa alfombra de hojas secas. Dos hombres, uno maduro y otro joven, se disponían a limpiarla. Estaban uniformados con el clásico traje verde fluorescente y botas recias con el que el ayuntamiento equipa a este tipo de operarios. Uno de ellos, el joven, se estaba cargando, a sus espaldas, una mochila mecánica, de ésas que expelen aire a presión por una manguera para amontonar las hojas en un sitio y luego sea más fácil recogerlas.

    Es aquí donde viene lo curioso. El chico tenía la mirada perdida y triste, una de las más tristes que he visto últimamente. Le costaba ponerse bien la mochila. ¿Le habría pasado algo? ¿No estaría a gusto en su trabajo?

    El compañero, un hombre cercano a los sesenta, de pelo canoso, se acercó por detrás y, casi con el cariño de un padre hacia un hijo, tomó la mochila con las dos manos para que al chico le fuera menos dificultoso ponerse el arnés.

    En esta escena ambos estaban parados. Pero, en realidad, estaban caminando uno al lado del otro.

  • Unas gafas especiales (II)

    Hoy, por casualidad, encontré en una página web esta foto de Cortázar, que es una de las imágenes preferidas que tengo de este escritor. En ella, posa con unas grandes gafas de sol, unas gafas superlativas, mirando a la cámara -intuyo- con un rictus a medio camino entre la solemnidad y la broma.

    Quizá esas gafas tenían las dimensiones y el diseño dictados por la moda de entonces. Quizá. Pero, conociendo a Cortázar, a lo mejor no. Puede que el escritor se las pusiera como un juego a los que tan aficionado era, como un reto, como una complicidad, como una burla hacía sí mismo (como suelen hacer todas las personas inteligentes).

    Yo no tengo unas gafas como Cortázar, pero, hace años, mi amigo Felipe me regaló unas muy, pero que muy extravagantes: parecían de aviador. Me horrorizaron la primera vez que vi a mi amigo llevándolas. Incluso me reí y le espeté, sin recato ninguno, que él (hombre serio y maduro) era mayorcito para ir disfrazado por la calle.

    Empecé a callarme cuando Felipe me dijo que aquellas gafas tenían unos cristales especiales, con unos magníficos filtros de rayos UVA. Se las quitó, las puso al lado de una bombilla y comprobé, admirado, que era cierto: no dejaban pasar luz dañina y el filamento de cobre de la lámpara se veía como un inofensivo hilo de lana, levemente luminoso.

    -¿Ves como son buenas? -dijo.

    -Es verdad.

    -Pues son mías, tío. Así que te jodes, que no te las voy a dejar.

    Los seres humanos somos extraños por naturaleza. Basta que oigamos que no podemos conseguir algo para que, casi al instante, queramos poseerlo.

    -¿Me las dejas? -pregunté.

    -Venga, vale. Joder, pareces un niño.

    Me las puse y comprobé que eran muy buenas. Se las devolví.

    -Están muy bien, pero no me las pondría: me daría vergüenza.

    -Pero, Juampe, ¿te gustan?

    -Sí.

    -¿Te gustan de verdad? Pues, mira, te las regalo. Pero con una condición: que te las pongas.

    -Oh, no, no puedo.

    -Te juro que cuando la gente te las vea puestas al principio se reirán de ti, pero luego, al cabo de dos minutos, querrán tener unas gafas parecidas. Te pedirán para que se las dejes. ¿Sabes por qué? Porque la gente es cobarde, tiene miedos, les asusta el qué dirán. Te juro que si te pones estas gafas, te lo juro, van a admirarte porque tú eres un tío valiente y te da igual lo que piensen de ti.

    -Mira, Felipe, no me vaciles, que llevo una semanita muy complicada.

    Mi amigo cerró las gafas y me las tendió.

    -Tómalas, a que no hay cojones.

    Las tomé.

    -Gracias, Felipe; son chulas.

    Al lunes siguiente, cuando fui al trabajo (un conocido periódico), mi compañero de sección se rió al verme.

    -Pero, tío, ¿no te da vergüenza llevar esas gafas?

    -Pues no -contesté serio, controlando la situación-. ¿Sabes que tienen unos cristales especiales?

    -¿De verdad?

    -Te lo juro -dije, y puse las lentes al lado de una lámpara, haciendo el mismo truco de magia que hizo mi amigo Felipe. Mi compañero estaba boquiabierto. Se quedó callado. Al cabo de un segundo me pidió:

    -Oye, ¿me las dejas para que me las pruebe?

    -Por supuesto, claro.

    Cinco minutos después me confesó que a él le encantaría tener unas parecidas.

    Es curioso: nos reímos del arte abstracto, de las ropas con colores chillones, de la música pop con letras insustanciales. Pero pocos, muy pocos, tienen el valor de Miró de mezclar colores a brochazos para hacer arte, o componer canciones deliciosamente insustanciales, como los Beatles.

    Nos reímos mucho de los demás, quizá porque tenemos vergüenza de nosotros mismos y queremos dismularlo. Nos tomamos demasiado en serio. Y eso sí que es ridículo.

  • Unas gafas especiales (I)

    En los primeros días del otoño, Mónica, mi hija mayor (de cuatro años), estaba a punto de empezar sus clases de natación. Afrontaba el reto muy contenta: el pasado verano, gracias a la perseverancia de mi mujer, había aprendido a nadar sin flotadores y sin ayuda de ningún tipo.

    Como sus viejas gafas de piscina se le habían rayado mucho, un viernes por la tarde, en uno de nuestros paseos, nos dirigimos a la tienda de deportes del pueblo con la intención de comprarle unas nuevas. Mi mujer se quedó en la calle con María (dormida en su cochecito) y Mónica y yo pasamos a la tienda. Le elegí una gafas bonitas, grandes y de un color maravillosamente azul. Me las puse un momento y comprobé, asombrado, que la tienda y la calle se veían con una nueva luz; eran distintas a mis ojos. Eran, si cabe, más bonitas y alegres.

    -Éstas son chulas, Moni. ¿Te las quieres probar?

    -No.

    -Venga, hija, ¿te las pruebas?

    -No.

    -Hija.

    -No.

    En fin. No quise insistir. Pagamos las gafas y salimos a la calle. Una vez fuera, Mónica me dijo:

    -Papá, quiero probarme las gafas.

    Vaya. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue preguntarle por qué entonces sí y hacía dos minutos no. Pero, bueno, tampoco quise tener una discusión en plena calle. Así que saqué las gafas de su funda y se las di. Parsimoniosamente, mi hija se las puso. Primero, sobre la frente, apartándose el cabello de la cara; luego se las bajó hasta encajárselas sobre los ojos.

    Miró arriba, miró abajo. Miró a la izquierda y a la derecha. Noté cómo focalizaba de cerca y de lejos.

    Yo estaba un poco mosca. ¿Y si no le gustaban?

    De repente Mónica me dedicó una sonrisa maravillosa. Me dijo: «Papá, me has comprado unas gafas para ver el mundo».

    «Para ver el mundo«, había dicho. Y recordé que, minutos antes, el entorno me había parecido mágico gracias al tinte azul de las lentes.

    Mientras volvíamos a casa, me sentía el padre más feliz del Universo.

  • Cómo ser George Michael perdiendo el decoro

    Por entonces yo tendría veinticuatro o veinticinco años y ya estaba escribiendo mi Tesis. Atravesaba una época, digamos filosófica (por no decir completamente idiota) y gastaba mis tardes en ser un lobo estepario, leer, escribir, ir al cine o escuchar música a solas en casa. Por esa época, también, me reencontré con Willy, un amigo de la niñez con el que hacía años que no me veía, y acordamos que teníamos que salir juntos un sábado por la noche para tomar una copa.

    Cuando el sábado convenido nos saludamos en el bar donde habíamos quedado, Willy se dio cuenta de que íbamos muy bien vestidos, casi a la moda, y propuso que fuéramos a una discoteca.

    —¿Una discoteca? —le pregunté—. ¿Tú estás loco?

    —Que sí, hombre, que sí, que nos lo pasaremos bien.

    Mi amigo me convenció y marchamos a un conocido local del centro. Por el camino nos pusimos al día de nuestras vidas, de todas las aventuras y desventuras que nos habían pasado en los últimos tiempos y de nuestros gustos literarios, cinéfilos y musicales.

    —A mí me gusta George Michael —espetó.

    —¿Quéééééééé? —respondí, sorprendido—. Pero si es un hortera. Sólo un hortera puede cantar una canción que se llame I want your sex.

    —Oye, y a ti, ¿qué te gusta? ¿Qué escuchas? —preguntó irónico.

    Les respondí que Aute, Sabina, Silvio Rodríguez, Javier Bergia, Moustaki. También música clásica (barroca, sobre todo).

    —Ah, claro, ya lo comprendo. Ya lo comprendo. Todo muy profundo, muy filosófico y tal… Ya.

    Cuando llegamos a la discoteca nos llevamos una grata sorpresa: se acercaron dos chicas de nuestra edad y nos preguntaron si podían pasar por la puerta con nosotros, como si fueran nuestras novias.

    —Es que las chicas —explicaron ellas— no pagan entrada si van acompañadas. ¿Os importa que pasemos con vosotros?

    Dios existía.

    —¡No, no, no! ¡Vale, vale, vale! Si por nosotros vale.

    Repito: por entonces, yo tendría unos veinticinco. Estaba escribiendo una tesis sobre personajes femeninos en la literatura hispanoamericana y el destino había querido que una chica de mi edad, alta, con el pelo negro, largo y ensortijado, simpática y guapa, casi una heroína de novela de García Márquez, quisiera entrar conmigo a un local.

    Se puso a mi lado, me tomó cariñosamente del brazo (hecho que me ruborizó un poco), dedicó al segurata la mejor de sus sonrisas y así pasamos los dos, mejor dicho, los cuatro.

    ¿Cómo se llamaría? ¿Tendría nombre de personaje literario? ¿De novela de García Márquez?

    -Oye, ¿cómo te lla…

    No me dejó terminar.

    —Bueno, tío, muchas gracias, ¿eh? Nada, que muchas gracias y muy amable, ¿eh? ¡Ciao! ¡Ciao!

    Ella y su amiga se perdieron en la oscuridad de la discoteca y mi colega y yo nos quedamos con un palmo de narices. Había sido demasiado bonito para ser cierto.

    En la barra nos pedimos dos gin tonics y deambulamos por el local, que era más grande de lo que creía. Había mucho niño pijo y mucho picor de nariz. Mi amigo no se daba cuenta de nada, estaba feliz: disfrutaba con la gente sólo viéndola bailar.

    —Yo aquí me siento un infiltrado —le confesé—. Me siento fuera de sitio. Te lo juro.

    —Eso es lo que mola, Juampe. Relájate y disfruta.

    —Es que, joder, no sé si el de la lado me está metiendo el codo en el cubata o soy yo el que sin querer se lo está metiendo a él, porque aquí hay demasiada gente. Demasiada.

    De repente, sonó una música y a mi amigo se le abrieron los ojos como platos. Él dijo:

    —Uuuuuuhhhhhhhhhhhh, uuuuuhhhhhhhhhhhh. ¡Baby, baby!

    —Dios, Willy, no me hagas pasar vergüenza, que parece que te está viniendo un orgasmo.

    —Casi, Juampe, casi.

    —¿Qué?

    Mi amigo empezó a cantar:

    Looking for some education
    made my way into the night
    All that bullshit conversation
    Well baby can’t you read the signs?

    Lo comprendí: esa música era de George Michael, Fast love. Mi amigo empezó a bailar como lo hacía él en el videoclip de la canción. He de confesar, para ser honestos, que lo hacía bien; pero quizá era un poco exagerado.

    —Venga, coño, Juampe, baila. Sé feliz.

    —Que me da corte, Willy.

    —¿Sabes por qué admiro a este tipo? —dijo mi amigo señalando con el índice al aire, como si George Michael planeara sobre nuestras cabezas—. Porque es un tío valiente, un tío que se repone después de cada golpe y luego pasa del qué dirán. Vamos, Juampe, ¡libérate y sé feliz por lo menos un rato!

    Qué coño, mi amigo tenía razón. Así que empecé a mover un pie y luego otro. Le sonreí, como queriendo decirle que era un capullo y que me había metido en un gran lío. La música era pegadiza. Me dejé llevar. Todo es posible y muy fácil con veinticinco tacos.

    —Venga, ahora, a ver si haces esto —me retó Willy, haciendo un movimiento combinado de cadera y hombros.

    ¡Eres mi ídolo!

    Y lo hice, incluso me salió bien, y empezamos a reírnos los dos, reírnos de todo. Hacía días que yo no me reía. Pocos meses atrás había fallecido mi madre, había perdido un trabajo, acababa de pelearme con dos amigos, me refugiaba en la lectura y en la soledad. Y ahí estaba yo, riéndome, bailando a George Michael, sabiendo que la vida da segundas, terceras, cuartas oportunidades.

    —¡Eres mi ídolo, Juampe! ¡Así se baila!

    Entonces me di cuenta: cuando mirábamos a los demás, ellos nos ignoraban. Ahora que nosotros ignorábamos a los demás, eran ellos quienes nos observaban. Por increíble que pueda parecer, tal era nuestra risa y nuestra felicidad haciendo el gamberro de forma sana, que nos habían hecho corrillo. Lo juro.

    También me di cuenta de que mi amigo no tenía un pelo de tonto. Se había hecho el despistado, pero había sido en todo momento consciente de que yo no estaba en mi mejor época y de que necesitaba un pasar buen rato.

    Nada más terminar la canción, vi sin querer, al lado de la barra, a las chicas que habían pasado con nosotros. Estaban acompañadas de dos tipos con pinta de buitres. Ellas se nos quedaron mirando, quizá con envidia. Nos sonrieron. Era como si, a su modo, nos presentaran sus respetos. Nosotros también las sonreímos y las dijimos adiós. Era hora de cambiar de local.

    Aún hoy sonrío al acordarme de esa noche. Desde entonces me gusta George Michael, algo que mucha gente no acierta a comprender.

    Ah, no olvidéis ser felices.

  • Somos invencibles

    Yo no tuve orla. Fue por culpa de un pensamiento supersticioso. Poco antes de terminar la carrera me iba muy mal con los estudios. Creía que si me hacía la foto de la orla (es decir, si me hacía una fotografía como si ya estuviera licenciado) tentaría a la suerte y mi sueño no se cumpliría. Por eso no me hice la foto. Por eso no salí en la orla. Y por eso, posiblemente, muchos antiguos compañeros (por no decir casi todos) ya se habrán olvidado de mí.

    Cuento esto porque desde hace unos días, unos ex-alumnos (que ahora son nuevos periodistas y, sobre todo, personas muy apreciadas por mí) me han enviado las orlas de sus grupos. En ellas, como profesor, tengo el honor de aparecer. Éste es mi cuarto curso en la Carlos III y he comprobado, con algo de timidez y orgullo, que aparezco en la orla de cinco grupos. Para un docente, aparecer en esta fotografía colectiva es emocionante. Es un sentimiento pequeño pero que llena mucho, uno de los mejores premios. Antiguos alumnos valoran tu trabajo, te recuerdan y quieren seguir recordándote a lo largo del tiempo.

    Y allí estoy yo, a veces por las esquinas, a veces por el centro de los profesores que los alumnos han elegido.

    Pero lo mejor, lo más importante, son ellos, son los alumnos, mejor dicho, los ex-alumnos, los ya nuevos periodistas. Hay algunos que miran a la cámara con desparpajo. Parecen como el jugador de fútbol portentoso que está a punto de hacer un regate al futuro. Hay otros serios, muy serios, con la mirada concentrada, como si estuvieran a punto de lanzar un penalty al destino. Tanto en unos como en otros veo luz en sus ojos, adivino emoción, intuyo sueños, puertas inmensas que se abren. Aventuras que están a punto de ser vividas.

    Nada puede con un buen recuerdo

    Cuando un profesor aparece en una orla es testigo de todo eso. Y quizá de muchas cosas más. Porque al formar parte de los recuerdos de una persona, uno va con esta persona a todos los lados. Así que yo, disfrazado de recuerdo, entraré de nuevo en una redacción escondido en un bolsillo de la chaqueta de un nuevo periodista. Asisitiré de nuevo a una rueda de prensa. Estaré al lado de quien escriba un artículo. Más tarde, dios mío, volveré a ser consultor de comunicación y daré consejos a clientes (consejos que, evidentemente, no serán tenidos en cuenta en la mayoría de las ocasiones). Disfrazado de recuerdo compartiré con los ex-alumnos algunos nervios, angustias y frustraciones. Y como los recuerdos somos invencibles, cuando algún jefe o compañero hijoputa nos haga alguna faena diremos para nuestros adentros: «Con nosotros no vas a poder».

    Vivir en los recuerdos de las personas es multiplicar la vida, sentir dobles los latidos. Vivir en el recuerdo, paradójicamente, es formar parte del presente y asegurar el futuro.

    Por eso, desde hace varios días, tengo un increíble sentimiento de gratitud. Muchas gracias, chicos, por ese hueco, por ese pasado, presente y futuro. Ha sido un honor. Todo va a salir bien. Nos volveremos a ver, como decía Baroja, en una vuelta del camino.

  • La victoria del ñu

    Llegaba tarde a casa, casi a las tres, en plena solana. Y como no tenía nada en la nevera y sí un hambre de mil demonios, decidí comer de menú en un bar que está al lado de la parada de autobús.

    El camarero, un chico joven, estaba en la barra cuando entré en local, pero tenía tanto trabajo que no reparó en mi presencia. Era delgado y bajo, muy bajo, rubio, con cara aún de niño y mohín de agobio.

    -Quisiera comer. De menú -apostillé.

    Él me recitó de memoria los platos del día. Tenía acento eslavo y evitaba mi mirada quizá por vergüenza. Era su primer día o casi. Entonces pensé que no sólo se debe prohibir trabajar a los menores, sino también a los que lo parecen, porque aquel chico -lo juro- tenía cara de estar pasando una tarde de las malas y de que el asunto se le estaba yendo de las manos.

    Mi elección: macarrones y chuleta. El chico se movió presto, me colocó un mantel de celulosa en la mesa, una cestilla con pan, me anotó la bebida con su boli de tecla y, como debía cumplir con más mesas y más encargos, salió como alma que lleva el diablo. Hasta ese momento no me había dado cuenta, pero en el bar había mucha clientela, en general tipos rudos con caras de pocos amigos y mucha prisa. A un par de metros de donde me sentaba, tres encorbatados se reían del chaval, no sé si de su acento, de su aspecto o de su agobio.

    Me acordé de esos documentales en los que hay imágenes de ñúes y gacelas cruzando ríos repletos de cocodrilos. Aquel muchacho era un ñu pero así de grande, un ñu con cara de despistado o de «mira, cocodrilo cómeme ya de una puñetera vez, que me doy por vencido».

    Los macarrones estaban muy buenos, con una salsa de tomate ligera, fantástica. La chuleta tampoco estaba mal. Y la cerveza, por cierto, estaba en su punto frío.

    A kilómetros de distancia

    ¿Quién sería aquel chico? ¿Qué haría en un pueblo de la sierra de Madrid, a kilómetros de distancia de su ciudad natal, aguantando a unos cuantos idiotas?

    Entonces recordé que, cuando terminé la carrera, me pagué el doctorado trabajando unas semanas en Barajas, haciendo encuestas. Antes, yo ya había trabajado en un medio de comunicación. Por lo tanto, hacer encuestas, dar ese paso atrás, era algo que nunca podría escribir en mi currículum. Pero tenía que pagarme el doctorado. Éste no era exactamente un sueño (mis sueños son más íntimos y casi secretos), pero sí una meta vital, un objetivo, una apuesta, un órdago. Mi madre ya estaba muy enferma cuando terminé la carrera, y creo que era la única persona que confiaba en que esa jugaba iba a salirme bien. Aunque estuviera licenciado, aunque trabajase en el futuro en más medios de comunicación, aunque escribiera y escribiera, no tener el doctorado era faltar a una promesa, haberme rendido, haber dejado de creer en que podía hacerlo. No podía fallar: Dios, ¡tenía que pagarme el doctorado!

    Durante unos días, juro que fui el tipo que hacía las mejores encuestas de todo Madrid.

    En ese trabajo recibí todo tipo de contestaciones: unas buenas y otras malas; encontré gente encantadora, gente hija de puta y gente a secas. Recuerdo dos actitudes que me enfadaron. La primera, la de un cámara de televisión (viajaba con la máquina a cuestas) que, mirando al compañero con el que iba, se descojonó de mí cuando le pregunté si podía hacerle unas «preguntas sobre la ampliación de Barajas». La segunda, la de una marujona que me puso cara de pena y me dijo que me contestaba al cuestionario porque no querría ver nunca a su hijo haciendo encuestas. Lo dijo así, lo juro, sin cortarse un pelo. Durante un tiempo, a ese trabajo siguieron otros más, todos precarios, todos grises y todos inventados en tardes de invierno.

    Pero, años después, cuando recibía el birrete doctoral de manos del rector de mi Universidad, delante de mi padre y de la chica de la que estaba (y estoy) enamorado, y que después se convertiría en mi mujer, me acordé de todos estos capítulos, de trabajos buenos y malos. Pensé que todo tiene sentido y que merece la pena pasarlo mal si, al final, se tiene algo por lo que luchar y se sabe dónde está la meta. A raíz del doctorado puedo decir, creo, que mi suerte laboral empezó a cambiar, pues encontré trabajos interesantes. Hoy tengo el empleo más bonito del mundo gracias a ese título, a ese doctorado, a esa tesis, de la que algún día hablaré.

    ¿Debía tener pena del chaval que me servía? De repente me acordé de aquella maruja. Y pensé que no, de ninguna manera, de ninguna manera. Ese chico, precisamente por ponerme en la mesa un plato de comida, merecía todos mis respetos.

    Cuando me retiró el primer plato le dije:

    -Los macarrones estaban fantásticos, de verdad.

    Me miró sorprendido. «¡Muchas gracias!», contestó. Al cabo de un rato, me trajo un postre decorado con nata y chocolate. Me hizo ilusión: pese al follón del bar, él se había tomado su tiempo en presentarlo de forma cuidadosa, con mucho esmero.

    Nos dijimos adiós y nos deseamos buenas tardes, esta vez mirándonos a los ojos, claro que sí. Cuando salí a la calle, el sol había dejado de picar y entonces supe que el chico tendría suerte. Que, quizá, algún cocodrilo le haría algún que otro rasguño; que, quizá, algún cazador le tendría alguna vez en el punto de mira de su rifle. Pero que, al final, tras una larga travesía, tras una dura migración, llegaría a su destino. Seguro que sí.

    Encendí mi mp3. Sonó esta canción:

  • París (viajar es un estado de ánimo)

    Uno de los primeros viajes mágicos que viví fue el que tuvo París como destino. Lo hice con mi amigo Ricardo y fue una decisión tomada en cinco minutos, como tantas y tantas decisiones acertadas que los amigos tomábamos entonces, delante de una cerveza y un viernes por la noche en Huertas.

    Por aquellos tiempos yo estaba a punto de terminar Periodismo y acababa de cortar con una chica de clase con la que estaba saliendo. Mis compañeros (y ella en el grupo, lógicamente) habían organizado un viaje de fin de carrera a Canarias y a mí, sinceramente, no me apetecía para nada ese plan.

    Por eso, cuando aquel viernes le dije a Ricardo que todos se iban a Canarias y que yo prefería quedarme en tierra, él espetó:

    –Pues tú y yo nos vamos a París, tío. Con un par. ¡Mañana mismo sacamos los billetes!

    Así fue. Como nuestro presupuesto era ínfimo, tuvimos que contratar un viaje organizado. Autobús, carretera y manta. Tras pasar los Pirineos comprendimos que ser pobres, viajar en autobús y tener el culo plano y dolorido por el trayecto no molaba nada.

    Pero teníamos un Plan B: era vital desmarcarnos del grupo para hacer nosotros nuestro propio viaje. Dicho y hecho. Hablamos con la guía, no puso ninguna objeción y, mientras los demás visitaban a Mickey Mouse en Disneyland Paris, Ricardo y yo nos dábamos una vuelta por Montmartre, cruzábamos el Pont Neuf o, simplemente, callejeábamos y nos mezclábamos con la gente.

    El hotel era infame, como no podía ser de otra manera. En la habitación, encima de mi manta, había docenas y docenas de pelos de inquilinos anteriores: pelos largos y cortos, rubios, morenos, pelirrojos. Las paredes estaban desconchadas. Abrías la ventana y encontrabas la vista de un magnífico, parisino e inigualable patio interior oscuro.

    En fin, todo nos empujaba a salir a la calle, a caminar, a tirar del mapa.

    Estuvimos caminando los cuatro días que pasamos allí. A veces incluso comíamos andando y, cuando estábamos cansados, cantábamos para animarnos. Lo hacíamos los dos juntos, acompañando con palmas, como debe ser. Cantábamos mucho el Weather with you o Italian plastic, de los Crowded House, o cualquier otra canción popera que nos gustara.

    Sacamos muchas cosas positivas de aquella aventura. Por entonces teníamos muchos sueños y aquel viaje sirvió para exteriorizarlos y para pedir al destino que se convirtieran en realidad: trabajar en Comunicación, escribir, creer en el amor, conservar y alimentar la amistad.

    Fueron muchos los momentos de risas y aquí sería imposible escribirlos todos (hay una historia inconfesable de un desayuno y un grupo de belgas). Lo más importante para mí fue que redescubrí a mi amigo Ricardo, al que sigo redescubriendo cada cierto tiempo, muchos años después, cuando hablamos de fútbol, política, nuestros trabajos, nuestras mujeres o nuestros hijos.

    Nos prometimos que algún día volveríamos con nuestras respectivas esposas (promesa que aún está sin cumplir). En cierto modo, fue un viaje inconcluso. Como la vida. Como los cientos de sueños que aún están por hacerse realidad.

    Ah, en la foto de arriba estamos Ricardo (alias Richi, el Richal, Rick, o Richard McIntosh) y mi menda. Estábamos más delgados, pero creo que hemos mejorado con los años. Debajo os dejo el vídeo de Weather with you. También os hago una recomendación: si queréis leer sobre buenos viajes (interiores y exteriores), pasaos por Mis pies sobre la ruta, de nuestra amiga Amelie.

  • Benavente, premio Nobel paseando por Atocha

    Cuando mi padre era joven, poco antes de casarse, coincidía muchas veces, caminando por la calle Atocha, con un caballero de baja estatura y barba canosa, de apariencia frágil y paso corto, que a menudo vestía de negro. Mi padre dice que aquel señor siempre llevaba sombrero y que cuando alguien le saludaba, él hacía el amago de descubrirse como mandaban los cánones de la urbanidad. Aquel señor tan frágil era Jacinto Benavente. Por entonces, mi padre tenía, más o menos, veinticuatro años; Benavente, más de ochenta.

    El destino ha querido que, muchos años después, mi familia y yo vivamos en un pueblo de la sierra norte de Madrid, Galapagar. Este detalle no tendría importancia si no fuera porque aquí veraneaba Benavente. En la plaza del pueblo se erige una estatua en su honor, uno de los colegios públicos lleva su nombre; y el teatro del centro cultural exhibe como si fuera una reliquia, enmarcado y en lugar preferente, uno de sus bastones.

    Benavente falleció en la capital, donde la gente le despidió con todo tipo de honores. Pero, sin embargo, está enterrado en el pueblo, en el cementerio antiguo. El otro día, mi padre y yo fuimos a visitar su tumba. Nos costó encontrarla, pues aunque es grande y está ubicada en el centro del camposanto, pasa totalmente desapercibida.

    Nos quedamos unos segundos leyendo su nombre. Lo hicimos en silencio, respetuosos. Benavente era aparentemente frágil, pero tuvo la valentía de defender su homosexualidad en la España de Franco.

    Cuando dejábamos el lugar, mi padre volvió a recordar, admirado, cómo todo un premio Nobel se paseaba por la calle Atocha, como si nada, devolviendo el saludo, haciendo el amago de levantarse el sombrero, como mandaban los cánones de de la antigua urbanidad.

    Si quieres oír la voz de don Jacinto, pulsa en este enlace de El Poder de la Palabra (por cierto, se escucha con Real Player).

  • Borges, el anillo de María Estuardo, el fin y el principio

    En uno de sus artículos, Jorge Luis Borges recordaba que la reina María Estuardo lucía un anillo con la siguiente inscripción: En mi fin está mi principio. Borges se valía de esta imagen para lanzar un mensaje optimista: como si de un anillo se tratara, cuando algo termina, por lógica, algo también empieza, con todo lo bueno que ello puede traer. Su mensaje tiene mucho más valor cuando sabemos que, en el momento de escribir el texto, se estaba quedando ciego.
    Muchas veces he recordado aquel artículo que leí por primera vez, hace mucho tiempo, en un tren. Yo tenía entonces diecineve años, estaba vestido de militar y volvía al cuartel tras unos días de permiso. La mili fue para mí (y para otros muchos) una faena obligada e inevitable: había iniciado mis estudios universitarios y debía aparcarlos durante un largo año. Además, había tenido que abandonar mi ciudad para vivir durante doce meses en la Base Naval de Rota. Vestido con el uniforme, nervioso por el viaje y por saber qué me encontraría a la llegada, aquel artículo supuso para mí un mensaje, el gesto cómplice de un hombre que –a través del tiempo y desde otro lugar– tenía el valor de sobreponerse a un fatal destino.