Autor: Juan Pedro Molina Cañabate
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La danza de la lluvia
Rafa, Guato y yo habíamos comprado pescaíto frito al otro lado del río, en Triana. Esa noche habíamos hablado de nuestro reenganche en la vida civil, de cómo nos estaban yendo los estudios, de cuáles eran nuestros sueños. Quizá fue entonces cuando empezamos a intuir que nuestra amistad se mantendría mucho tiempo: éramos tres jóvenes que no hablaban de sexo, sino de amor; que no discutían de trabajo, sino de sueños; que no opinaban sobre libros o películas sino sobre Arte.-Escuchadme, escuchadme -dijo Rafa-. A ver, Guato, ¿tú que sueño tienes?-Pues casarme con Marijose.-Vale. ¿Y, tú, John Peter? -me preguntó inmediatamente después.-Encontrar una chica que me quiera, casarme con ella y publicar una novela.-Bueno, ¿y tú, Rafa? -preguntamos Guato y yo.-¿Cómo que quiero yo? Ya lo sabéis, cojones: yo quiero ser un artista -respondió con su acento fino sevillano. Rafa pintaba como los ángeles con un talento innato.-Ahora, niños -dijo él- os voy a contar un secreto: los sueños se cumplirán si hacemos los tres la danza de la lluvia.Miramos hacia adelante: era una noche cálida de abril y teníamos el puente de Triana sólo para nosotros.-No jodas, Rafa.-Que sí, niños, que sí. Que tenemos que hacer la danza de la lluvia para que los dioses nos oigan.Al igual que niños, nos pusimos en fila y empezamos a danzar, acompasadamente, imitando los cánticos de los indios americanos. En nuestros oídos retumbaban los tambores sagrados y la luces de las farolas eran, en realidad, la hoguera que habíamos encendido antes, en el campamento, junto a los tipis. Éramos tres guerreros invocando al destino.Muchos años después, todos y cada uno de nuestros sueños se cumplieron con creces. -
Juan Carlos Arteche
La última vez que le vi fue hace año y medio. Estábamos en el hospital. Mi mujer acababa de dar a luz a nuestra segunda hija, María, y yo había bajado a la cafetería para almorzar. Entonces le vi. Era Arteche. Allí estaba, alto e imponente, pero muy cercano, con la mirada franca que tiene la buena gente. Iba del brazo de su mujer quien, me pareció, tenía semblante preocupado.
Un rato después, cuando subí a la habitación para estar de nuevo con mi mujer y con la pequeña, le dije a Marta que había visto a uno de mis ídolos de la niñez, Arteche, el aguerrido defensa central. También le dije a Marta que había estado a punto, a punto, de levantarme y saludarle (me había dado tanto y tanto me había hecho soñar), pero que, en el último momento, me dio vergüenza y desistí.
Quería haberle dicho que yo estuve en un partido histórico, en un Atlético-Betis de mediados de los ochenta, en el que el Atleti iba perdiendo 1-3 y que, gracias a un cabezazo suyo, ganaron 4-3. La fatalidad quiso que Arteche, después de rematar en salto, cayera mal y se lesionara la rodilla. La grandeza de este deporte quiso que se lo llevaran en camilla mientras todo el estadio (absolutamente todo el estadio), en pie, corease su nombre. Yo entre ellos.
Después vino Gil y un despido improcedente. Y Arteche quedó fuera del fútbol, pero no de la retina de los aficionados ni, mucho menos, de sus corazones. Volví a verle un año después en un bar del Parque de la Arganzuela, con un refresco en la mano. Parecía tranquilo. Había salido a la puerta del establecimiento para disfrutar del sol de la mañana.
Ayer, Juan Carlos Arteche murió de cáncer a los 53 años. Cuando le vi en el hospital, precisamente, estaba empezando a tratarse un cáncer que año y medio después se lo llevaría a la tumba. Me quedo con su imagen de entonces: posiblemente aquél sería un día difícil para él y para los suyos, pero él estaba erguido, mirando hacia adelante, concentrado, consciente de que hay que luchar, de que los partidos hay que jugarlos hasta el minuto 91 y que siempre hay esperanza. Personas como él son un ejemplo en el deporte y en la vida, héroes necesarios, como decía Bretch, que luchan todos los días. ¿Quieres ver cómo jugaba?
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Caminar bajo el sol y sobre la arena de la playa
Estos días estoy hablando a los chicos de la importancia de la sencillez en el lenguaje (ojo, digo sencillez y no simplicidad) para expresar pensamientos claros e, incluso, emociones sinceras. A menudo, la hipocresía se engalana con gerundios, perífrasis, formalismos y muletillas. Y, por el contrario, casi siempre, la honestidad (intelectual y emocional) es cristalina, breve, certera y sin rodeos.
Hace mucho tiempo, una jefa que tuve me dio mi primera lección de Periodismo: «Los redactores debemos escribir en corto, para que nos entiendan mejor», decía. «Eso sí: es más difícil escribir en corto que en largo. Cuesta mucho más y la gente te lo reconoce mucho menos».
Casualmente, estos días me llega una música que me deleitó cuando yo era poco más que un crío. Es de OMD (quienes, por cierto, han vuelto) y la canción habla de sentimientos verdaderos que se desvelan poco a poco, de, textualmente, cogerse las manos, mirar al sol, andar sobre la arena de la playa.
Que la disfrutéis. Ah, y no os olvidéis ser felices.
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El sabor de las naranjas (los días son más cortos)
Maldición: conforme avanza el calendario los días son más cortos. Me di cuenta de ello la otra tarde, cuando daba la cena a mi hija mayor en el balcón de casa. A ese momento corresponde la foto que te traigo en este post.
Nunca he aborrecido una estación en concreto, pero sí el tránsito de una a otra. Sí, chicos: no me desagrada el otoño, pero el fin del estío me llena de una profunda melancolía.
Creo que no queda más opción que tomarnos este tránsito como un toque de atención que nos da el verano para apurar hasta su última gota, como cuando decidimos saborear de principio a fin un buen zumo de naranja.
¿Estáis preparados? Venga, tomad el vaso. ¿Lo veis? Naranja, maravilloso. Tomadlo, elevadlo al sol, mirad su brillo, acercáoslo a la boca, sentid la leve acidez en los labios, en la lengua, en el paladar. Tomad un primer sorbo. Ya baja por vuestra garganta. Os va llenando de la luz del sol con la que la naranja se nutrió al crecer.
¿Queréis tomar otro sorbo? ¿Sí?
Salud. Y, por favor, no os olvidéis de ser felices.
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Nocturno
Me asomo a la ventana en esta noche de verano.Siento fresco; estoy cansado pero aún no del todo.La brisa mueve las copas de los árbolesy huele a césped y a tierra mojada.Todos parecen estar dormidos,peroen el edificio de enfrente una luz está encendida.Lo sé:probablemente, quien viva allí y yo tengamos los mismos sueños. -
Abuelo, te quiero decir una cosa muy importante…
Hoy ha sido un día cansado para mi mujer y para mí. Pero, para ser sinceros, ha tenido muchas cosas buenas. Una es que mi hija mayor (Mónica) se ha estrenado como alumna en el campamento urbano del pueblo. Mi mujer y yo estábamos preocupados; creíamos que se iba a tomar mal el cambio de rutina, pero la verdad es que le ha encantado. Otra noticia genial, fantástica, es que mi hija pequeña (María) ya camina con gran soltura.
Sin embargo, la historia de la jornada ha tenido lugar casi cuando terminaba el día. Habíamos bañado a las niñas, las habíamos dado de cenar, y yo me disponía a contar un cuento a la mayor (requisito fundamental antes de ir a la cama). La casualidad quiso que mi mujer hablara entonces con mi suegro y que el teléfono cayera en manos de Moni. A ver, eso es como si una caja de cerillas cae desde el cielo a las manos de un pirómano: puede pasar de todo.
-Abuelo, abuelo -dijo-: te tengo que decir una cosa muy importante. Muy importante -apostilló.
«Claro», pensé, «le contará su experiencia en el campamento urbano, los primeros pasos de su hermana pequeña…» Pero qué ingenuo soy.
-Abuelo -continuó Moni-, es que te tengo que contar una cosa muy importante.
-A ver, Moni, dime qué es -dijo mi suegro, rindiéndose ante tal misterio.
-Es que papá…
-Sí, Moni.
-Es que mi papá…
-¿Si?
-Papá ha dicho hoy ¡COÑO!
Era verdad: minutos antes, la palabrota se me había escapado en la cocina. Dios, no me lo podía creer; mi hija mayor, una chivata, una vulgar chivatilla.
-Pues, ¿sabes lo que te digo, Moni? -le dije en un ataque de orgullo herido de padre-. Que hoy te quedas sin cuento, para que aprendas que no hay que ser chivata.
-Juan -dijo mi mujer con la gravedad de las grandes ocasiones-, eso no me parece justo.
El lobby femenino, señoras y señores: vivo rodeado de un lobby femenino.
-Bueno, Moni, te lo leo -claudiqué-, pero que sepas que eso está muy mal; mucho peor que decir coñ…, digo, «la palabra».
Diez minutos después, Moni estaba encima de mis rodillas. Un cuento de Teo estaba en mis manos, dispuesto a ser leído.
-Papá, ¿estás enfadado?
Desde que soy padre me he dado cuenta de que tengo algo de Robert de Niro: soy un actor que te cagas. Tocaba hacerse un poco el duro, sólo un poco.
-Pues, Moni, si te digo la verdad, un poquitín sí.
-Pero, papi, si yo quiero que estés contento…
Me sonrió y me hizo cosquillas. Tiqui, tiqui, tiqui… Tiqui, tiqui, tiqui, tiqui.
Puso cara de pilla y no paró hasta hacerme sonreír.
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Día del Padre
Ayer mis hijas se adelantaron y me dieron por la tarde sus regalos del Día del Padre. Los hicieron ellas mismas y son maravillosos. Mónica reutilizó un sobre mediano de correos para elaborar un marco de papel, que adornó con palitos de colores y en el que puso dentro una foto suya. Sale guapísima, mirando de reojo a la cámara con media sonrisa. María me entregó un separalibros decorado por ella: con su manita esparció color azul y motas de color verde. Lo utilizaré en un libro muy especial que me estoy leyendo y para el que necesito muuuuuuuucha paciencia.
Os contaría muchas cosas de ser padre y de días así. Pero no voy a hacerlo. Voy a dejaros, mejor, una canción del Pedro Guerra: Quisiera saber. Cuando la escuché por primera vez me di cuenta de que Pedro había sido padre, pues contiene cierto tipo de preguntas, la sensación de ser pasajero en tránsito, la certeza de que todo va y viene y de que es más estable y, a su vez, paradógicamente, más frágil que nunca.
Os quiero, compañer@s.
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Volando como gaviotas hacia la edad adulta
A menudo, sobre todo en las tardes de primavera, mis amigos y yo salíamos a pasear por las calles del Puerto de Santa María. Luego, entrábamos casi siempre en pequeño café, nos sentábamos en una mesa y pedíamos una consumición.
De los tres, Toni era, sin duda, el más guapo. Quizá porque era el más noble y la belleza del corazón terminar por aflorar a través de la piel. Era de Mataró y jugaba en el equipo de waterpolo de la ciudad. Tenía un forma física portentosa, pero juro que nunca le vi envanecerse por ello. Es más, yo diría que era algo tímido; acostumbraba a mirar al suelo y le gustaba pasar siempre desapercibido. Recuerdo que estaba enamorado platónicamente de una chica que se llamaba Tona, también de Mataró, y más de una vez me dijo que, cuando terminásemos el servicio militar, él la pediría salir. Porque antes se pedía salir a las chicas.
Cara de pirata
Josep tenía cara canalla, cara de pirata o de pillo, según se mirase. Él era el que ligaba. Tenía gancho, lo sabía y lo explotaba. Por entonces fumaba mucho y su voz era más ronca de lo normal. A veces, cuando estábamos todos de cachondeo, sus ataques de risa terminaban en ataques de tos (cof, cof, cof, cof) y siempre le decíamos que tenía que fumar menos si quería llegar a viejo. Tenía la nariz medio partida de no sé qué golpe, era muy moreno de piel (le gustaba tomar mucho el sol), jugaba bien al billar y, hablando de juegos, no tenía ningún amor.
Mis amigos Toni y Josep eran catalanes; yo, de Madrid. Por entonces, estaba muy delgado. Aún no me había dejado barba, pero ya me había jurado a mí mismo que sería lo primero que hiciera cuando me dieran la blanca. Tenía muchos sueños, como continuar con la carrera de Periodismo, que tuve que abandonar durante un año para ingresar en la Marina.
En aquellas tardes del Puerto de Santa María, escribí mis primeros cuentos. Toni y Josep los leían con cariño y admiración y me aconsejaban que no lo dejara nunca, que siguiera escribiendo.
Hablábamos mucho. Nos escuchábamos mucho.
Tres gaviotas
Sin embargo, qué paradoja, a menudo los tres, sentados delante de la cristalera de aquel café, nos quedábamos en silencio mirando a la calle sin que nos hiciera falta hablar. Parecíamos entonces tres gaviotas que miraban el horizonte azul del mar, reflexivas, como si estuvieran a punto de emprender un largo vuelo a otras orillas.
Una de esas tardes, en aquel pequeño café, rompió uno de esos silencios una música de Tracy Chapman: Baby, Can I hold you?
—¿Os gusta? –preguntó Toni.
—Psá, no está mal —dijo Josep—. Un poco lenta , ¿no? Pero, venga, no me pongáis esa cara. Venga, va, que sí, que me gusta, aunque sea una horterada.
—A mí me encanta —contesté—. Es muy sencilla. Y las cosas sencillas son las que llegan al corazón. Este café con leche, esta tarde de primavera, esta conversación. ¿Sabéis? Cuando vuelva a Madrid voy a apuntar todas estas cosas sencillas para que no se me olviden jamás.
—Joder, macho. ¿Te imaginas que un día escribes en El País? Qué fuerte —dijo Toni.
Él nos iba traduciendo la canción según la cantaba Tracy Chapman. Estábamos los tres, sentados frente a la cristalera del café, viendo la vida pasar, dispuestos a volar a través de un mar que nos llevaría, sin ser plenamente conscientes de ello, a eso que algunos llaman la edad adulta.
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Caminando
Anteayer, desde el autobús, camino al trabajo, vi una escena curiosa que sucedía al otro lado de la ventanilla.
Acababa de amanecer y pasábamos por una zona ajardinada de Leganés. El suelo estaba cubierto por una densa alfombra de hojas secas. Dos hombres, uno maduro y otro joven, se disponían a limpiarla. Estaban uniformados con el clásico traje verde fluorescente y botas recias con el que el ayuntamiento equipa a este tipo de operarios. Uno de ellos, el joven, se estaba cargando, a sus espaldas, una mochila mecánica, de ésas que expelen aire a presión por una manguera para amontonar las hojas en un sitio y luego sea más fácil recogerlas.
Es aquí donde viene lo curioso. El chico tenía la mirada perdida y triste, una de las más tristes que he visto últimamente. Le costaba ponerse bien la mochila. ¿Le habría pasado algo? ¿No estaría a gusto en su trabajo?
El compañero, un hombre cercano a los sesenta, de pelo canoso, se acercó por detrás y, casi con el cariño de un padre hacia un hijo, tomó la mochila con las dos manos para que al chico le fuera menos dificultoso ponerse el arnés.
En esta escena ambos estaban parados. Pero, en realidad, estaban caminando uno al lado del otro.
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Habrá que preguntar al pino
Habrá que preguntar al pino
cómo vence al invierno
y al pájaro cómo trae el verano en sus alas.
