Autor: Juan Pedro Molina Cañabate

  • Cuando los archienemigos nos concedieron el poder de los esclavos

    El caso era encontrar tesoros. Y si éstos eran libros, mejor. Estaba bien ir a la Cuesta de Moyano, bucear por algunos puestos de El Rastro o por algunas librerías de viejo. Pero lo mejor, lo bueno de verdad, lo increíble, era encontrar un libro interesante en las baldas de nuestros hermanos mayores. Porque a la edad en la que nos hallábamos mi amigo M. y yo (los tontos catorce) algunos de nuestros hermanos mayores eran los enemigos, qué digo, los archienemigos, los matasueños, los fascistoides. Y saber que ellos tenían tesoros y que nosotros podíamos arrebatárselos era lo más.

    Así que, una tarde, cuando mi amigo me pidió que le acompañara a la habitación de su hermano para «tomarle prestado» un libro, supe de inmediato que el texto que me diera, fuese cual fuese, iba a estar bien. Mi amigo se subió a una silla, abrió un altillo y, tras un par de resoplidos y de buscar a tientas con la mano por las alturas, agarró un pequeño volumen de color negro y edición barata. «Aquí está», me dijo. «Qué capullo mi hermano, lo tiene escondido».

    Bajó de la silla y me lo tendió. «Toma», dijo, «léelo esta noche y mañana me cuentas».

    Era un libro de poemas cuyo título me cautivó al instante: La energía de los esclavos. Su autor me sorprendió. Pero, bueno, ¿ese fulano no cantaba solamente? Ese tipo que entonces me gustaba tan sólo de forma ligera era nada más y nada menos que Leonard Cohen.

    Abrí una página al azar. Leí:

    «Yo no me maté
    cuando las cosas fueron mal.
    No me dediqué
    ni a las drogas ni a la enseñanza.
    Intenté dormir,
    pero cuando vi que no podía dormir
    aprendí a escribir,
    aprendí a escribir
    cosas que pudieran ser leídas
    en noches como ésta
    por gente como yo».

    Ostrás. Droga dura en el primer bocado.

    Le di a mi amigo las gracias y le dije que se lo devolvería al día siguiente. Aquella noche, en mi cuarto, disfruté de los versos de Cohen, de sus mil y un recovecos, de su sensibilidad, de su ironía, de su fragilidad, de su mala leche. Porque Cohen era todo eso. Precisamente, a los catorce yo empezaba a entender que las personas no somos de una sola sola forma, sino de muchas al mismo tiempo y que, quizá, el juego de la vida consistía en saber usarlas, saber combinarlas en el momento adecuado, dejarlas encima del tablero como una ficha de dominó, siempre igual pero sujeta a formas jeroglíficas cambiantes (ahora me doy cuenta que esta reflexión me ha venido de la mano de los recuerdos de las figuritas de ajedrez de Hesse en El lobo estepario).

    Otro poema de Cohen:

    «Estaba perdido
    cuando te encontré en el camino
    que lleva a Larissa,
    el recto camino que pasa ente los cedros.

    Tú creíste
    que yo era un vagabundo
    y me amaste por serlo.
    No lo era.

    Estaba perdido
    cuando te encontré en el camino
    que lleva a Larissa».

    Estas Navidades retomaré de nuevo La energía de los esclavos y daré las gracias a aquellos hermanos mayores, archienemigos, malos, malísimos, que se hacían los tontos y los despistados cuando les quitábamos los libros para leerlos a escondidas, dejando que nos sintiéramos esclavos de nuestra soledad para hallar así nuestro propio poder, un poder que no nos ha abandonado nunca. Estas Navidades también escucharé de nuevo al viejo Leonard, con su voz ronca, fuerte, sensible y frágil al mismo tiempo.

    Os pego un vídeo de Cohen cantando la canción Take this waltz. La letra, como ya sabéis, es de un poema de Federico García Lorca, Pequeño vals vienés.

    Felices Fiestas a todos los que estáis por allí, queridos enérgicos esclavos.

  • París (viajar es un estado de ánimo)

    Uno de los primeros viajes mágicos que viví fue el que tuvo París como destino. Lo hice con mi amigo Ricardo y fue una decisión tomada en cinco minutos, como tantas y tantas decisiones acertadas que los amigos tomábamos entonces, delante de una cerveza y un viernes por la noche en Huertas.

    Por aquellos tiempos yo estaba a punto de terminar Periodismo y acababa de cortar con una chica de clase con la que estaba saliendo. Mis compañeros (y ella en el grupo, lógicamente) habían organizado un viaje de fin de carrera a Canarias y a mí, sinceramente, no me apetecía para nada ese plan.

    Por eso, cuando aquel viernes le dije a Ricardo que todos se iban a Canarias y que yo prefería quedarme en tierra, él espetó:

    –Pues tú y yo nos vamos a París, tío. Con un par. ¡Mañana mismo sacamos los billetes!

    Así fue. Como nuestro presupuesto era ínfimo, tuvimos que contratar un viaje organizado. Autobús, carretera y manta. Tras pasar los Pirineos comprendimos que ser pobres, viajar en autobús y tener el culo plano y dolorido por el trayecto no molaba nada.

    Pero teníamos un Plan B: era vital desmarcarnos del grupo para hacer nosotros nuestro propio viaje. Dicho y hecho. Hablamos con la guía, no puso ninguna objeción y, mientras los demás visitaban a Mickey Mouse en Disneyland Paris, Ricardo y yo nos dábamos una vuelta por Montmartre, cruzábamos el Pont Neuf o, simplemente, callejeábamos y nos mezclábamos con la gente.

    El hotel era infame, como no podía ser de otra manera. En la habitación, encima de mi manta, había docenas y docenas de pelos de inquilinos anteriores: pelos largos y cortos, rubios, morenos, pelirrojos. Las paredes estaban desconchadas. Abrías la ventana y encontrabas la vista de un magnífico, parisino e inigualable patio interior oscuro.

    En fin, todo nos empujaba a salir a la calle, a caminar, a tirar del mapa.

    Estuvimos caminando los cuatro días que pasamos allí. A veces incluso comíamos andando y, cuando estábamos cansados, cantábamos para animarnos. Lo hacíamos los dos juntos, acompañando con palmas, como debe ser. Cantábamos mucho el Weather with you o Italian plastic, de los Crowded House, o cualquier otra canción popera que nos gustara.

    Sacamos muchas cosas positivas de aquella aventura. Por entonces teníamos muchos sueños y aquel viaje sirvió para exteriorizarlos y para pedir al destino que se convirtieran en realidad: trabajar en Comunicación, escribir, creer en el amor, conservar y alimentar la amistad.

    Fueron muchos los momentos de risas y aquí sería imposible escribirlos todos (hay una historia inconfesable de un desayuno y un grupo de belgas). Lo más importante para mí fue que redescubrí a mi amigo Ricardo, al que sigo redescubriendo cada cierto tiempo, muchos años después, cuando hablamos de fútbol, política, nuestros trabajos, nuestras mujeres o nuestros hijos.

    Nos prometimos que algún día volveríamos con nuestras respectivas esposas (promesa que aún está sin cumplir). En cierto modo, fue un viaje inconcluso. Como la vida. Como los cientos de sueños que aún están por hacerse realidad.

    Ah, en la foto de arriba estamos Ricardo (alias Richi, el Richal, Rick, o Richard McIntosh) y mi menda. Estábamos más delgados, pero creo que hemos mejorado con los años. Debajo os dejo el vídeo de Weather with you. También os hago una recomendación: si queréis leer sobre buenos viajes (interiores y exteriores), pasaos por Mis pies sobre la ruta, de nuestra amiga Amelie.

  • Algunas casas de piedra todavía resisten

    Hace unos cuantos años me di cuenta de que, en el pueblo en donde vivo, la piqueta estaba echando abajo las antiguas casas viejas de piedra, aquéllas que, en muchos casos, fueron utilizadas antaño como graneros, cuadras o simples cobachas en donde los aldeanos guardaban sus aperos. Así que, antes de que el urbanismo se las comiera y levantara casas de ladrillo rojo con porteros automáticos y muros poco más gruesos que el papel de fumar, decidí hacerlas una foto para guardarlas siempre en la memoria.

    Algunas todavía resisten. Qué maravillosa palabra, llena de fuerza y fe: resistir.

  • Para reír, para llorar, para enamorarse, para conocerse a uno mismo

    Cada vez que mi amigo Toni y yo hablamos por teléfono, cumplimos el ritual sagrado de recomendarnos algunos libros. Tras lanzar al aire dos o tres títulos, siempre terminamos preguntando: «Pero, bueno, ¿tú para qué lo quieres?» Porque un libro no se recomienda al azar, a no ser que conozcas a la perfección qué quiere tu amigo o cuáles son sus últimos gustos literarios. Un libro es como un fármaco: de su correcta receta y administración depende que siente bien o mal, que se atragante, que provoque una úlcera o, por el contrario, que cure problemas del alma para siempre. Los libros que suelo recomendar, según para cada caso, son los siguientes:

    Para reír

    • La conjura de los necios, de John Kennedy Toole
    • Azucena, que juega al tenis, de Manuel Hidalgo
    • Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza

    Para emocionarse

    • Cuento de Navidad y Grandes esperanzas, de Charles Dickens
    • La herida del tiempo, de J.B. Priestley
    • El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez
    • Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura
    • Castilla, de Azorín
    • Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez
    • El árbol de la ciencia, de Pío Baroja
    • Desayuno en Tiffany’s, de Truman Capote
    • Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester
    • La hoja roja, El príncipe destronado, La sombra del ciprés es alargada y Señora de rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes
    • Rayuela, de Julio Cortázar
    • Obabakoak, de Bernardo Atxaga
    • El desorden de tu nombre, de Juan José Millás
    • Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez
    • Si me necesitas, llámame y Tres rosas amarillas, de Raymond Carver
    • La voz dormida, de Dulce Chacón
    • Soldados de Salamina, de Javier Cercas
    • El año del francés y Retratos de ambigú, de Juan Pedro Aparicio
    • Galíndez, de Manuel Vázquez Montalbán
    • Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, de Luis Sepúlveda
    • El Palacio de la Luna y Tombuctú, de Paul Auster

    Para conocerte a ti mismo

    • El lobo estepario, de Hermann Hesse
    • La señora Dalloway, de Virginia Woolf
    • El arte de amar, de Erich Fromm
    • Ilusiones y Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach
    • Hojas de Hierba, de Walt Whitman

    Para subir la temperatura

    • Sexus, de Henry Miller
    • Seda, de Alessandro Baricco

    Para enamorarse

    • Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda
    • La voz a ti debida y Razón de amor, de Pedro Salinas
    • Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa
    • Poesía completa, de Julio Garcés
    • Poemas, de Emily Dickinson

    Aventuras

    • La Odisea, de Homero
    • La isla del tesoro, R.L. Stevenson
    • El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas
    • Vuelo nocturno, de Antoine de Saint-Exupéry
    • Sinuhé, el egipcio, de Mika Waltari
    • El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad
    • Las inquietudes de Shanti Andía, de Pío Baroja
    • La dama de Berlín, de Frank & Vautrin
    • Una princesa en Berlín, de Arthur R.G. Solmssen
    • León, el africano, de Amin Maalouf
    • La reina del Sur, de Arturo Pérez Reverte

    Ciencia fición

    • La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares

    Misterio

    Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer

    Drácula, de Bram Stoker

    Seguro que me he dejado muchos en el tintero. ¿Puedes ayudarme? ¿Cuáles son los libros que tú recomendarías?

  • Ediciones Irreverentes cumple diez años

    Me lo dijo el otro día Antonio López del Moral: Ediciones Irreverentes, la editorial donde publicamos algunos de nuestros primeros textos, cumple diez años. Esta mañana, el fundador del grupo, Miguel Ángel de Rus, me ha enviado la foto que os muestro arriba. Me ha hecho muchísima ilusión.

    La fotografía se tomó en 1999, dentro el Café del Espejo, justo al lado del Café Gijón. En la derecha de la imagen posa, con los brazos cruzados, Jordi Sabaté, periodista catalán afincado en Madrid, brillante y con carácter (por favor, Jordi, ¡da señales de vida!). Hace unos años entré en una biblioteca pública y me alegró sobremanera ver uno de sus libros en los anaqueles.

    A su lado se sienta José Luis Cantalejo. Tras sus gafas esconde una mirada azul e inteligente. José Luis es un fantástico escritor de cuentos (ya no sé cuántos premios tiene) y aún sigue trabajando como Director de Comunicación Interna de Cajamadrid. La última vez que me le encontré fue a la salida del Vicente Calderón (él y yo somos socios del Atleti: sí, he de confesarlo aunque no suene muy intelectual) y me dijo que iba a ser padre por tercera vez.

    El hombre de melena rubia del centro es Miguel Ángel de Rus, escritor, alma mater del grupo, visionario y responsable de la editorial. Tiene una mujer que, además de su mejor amiga, es su socia empresarial y dos hijas que son presente y futuro de felicidad.

    Antonio López del Moral sigue trabajando en Televisión Española y sigue, por supuesto, escribiendo muy bien. El otro día, cuando me encontraba almorzando en un bar, vi en la televisón del local que él entrevistaba a Jaidy Mitchell. Por favor, Antonio, dinos qué secreta relación te une a ese pedazo de mujer. Necesitamos saberlo.

    En la izquierda de la imagen estoy yo. Entonces llevaba el pelo corto, lucía algunos kilos menos y era consultor de comunicación en una conocida agencia de relaciones públicas. La publicación del libro colectivo Seres reales, seres imaginarios me sirvió para decir a clientes y compañeros de trabajo que escribía.

    Ha pasado el tiempo y puedo asegurar que todos los que nos sentamos en aquella mesa del Café del Espejo somos muchísimo más felices. La editorial ha sobrevivido; nosotros también. De los cinco, el único que vive de las Letras, tras mucho luchar, es Miguel Ángel. Los demás seguimos escribiendo cuando podemos y, eso, el no perder los sueños y las ilusiones ya es todo un triunfo. Lo más importante es que como personas, creo, seguimos creciendo, seguimos acumulando historias, seguimos escribiendo la mejor de nuestras novelas que, a fin de cuentas, es nuestra propia vida. Seguimos disfrutando de personajes maravillosos, que son nuestras mujeres y nuestros hijos. A veces nos hemos encontrado con personajes malévolos y hemos tenido que sortear peligros. A veces, nuestros barcos han hecho venturosas escalas en Ítaca.

    La lista de autores de Ediciones Irreverentes no tiene desperdicio. Os sorporenderá. Si queréis tener más información, pulsad aquí.
  • Valentina quiere olvidar

    Ella no sabía cuál era el mecanismo por el que traemos recuerdos del pasado. No sabía cuál era ese caballo en el que a veces nos montamos para recorrer un camino de vuelta. Ignoraba cuál era el camino y los motivos. El caso era que, a menudo, se encontraba en el País de Ninguna Parte, viviendo recuerdos de la niñez que algún dia juró enterrar.

  • El regalo de la calle Campoamor

    Llegué a buscar a Marta, mi mujer, con una hora de adelanto. Yo había bajado a Madrid para ir al dentista y había quedado con ella en que me pasaba por su oficina para, luego, ir los dos a por Mónica, nuestra hija, en coche. Yo ya había almorzado, tenía mucho tiempo por delante y sólo me quedaba pasear para hacer pasar el tiempo.

    Tomé la calle Campoamor y, a los dos o tres minutos, el bullicio de Génova había quedado atrás. Poco antes de llegar al edificio de la Sociedad General de Autores me pareció como si ya estuviera en otra ciudad. Unos metros más adelante, una placa me informaba de que en un edificio cercano había vivido Julio Romero de Torres. A partir de esa altura, las casas cambiaron de fisonomía: se tornaron antiguas, quizá de principio de siglo pasado, de ladrillo rojo y balcones. Las nubes dejaron paso al sol y aminoré el paso. La primavera había vuelto: no sólo por la luz, sino por los balcones coloridos. Entre las macetas crecían molinillos de viento con los colores del arco iris. En una y otra acera, escaparates de librerías y videoclubes en donde se mostraban libros y películas de amor chico-chico y chica-chica. Me paré para leer los títulos y me sentí cómodo; pese a que aquel no era mi barrio ni la bandera arcoriris es la mía, nadie me miraba de forma ajena y no me sentía excluido. Quizá todo lo contrario. Continué caminando. Volví a ver los balcones, las banderas, los molinillos. Cuántas guerras y dificultades superadas habrán pasado algunas personas para mostrar en paz un simple molinillo con los colores del arcoiris.

    En el escaparate de una librería vi unos llaveros multicolor muy chulos y pensé en regalárselos a dos personas de mi familia a las que quiero mucho. Incluso estuve a punto de comprarme uno para mí y que piense la gente lo que quiera. Seguí andando: casas, bares, personas de paso tranquilo. El reloj me avisó de que tenía que dar la vuelta.

    Llegué a la puerta del trabajo de mi mujer cinco minutos antes de la hora convenida. Me metí las manos en los bolsillos. ¡Dios, los regalos, los llaveros! Se me había olvidado comprarlos. Quizá tenga que volver con mi mujer otro día para comprarlos.

  • Benavente, premio Nobel paseando por Atocha

    Cuando mi padre era joven, poco antes de casarse, coincidía muchas veces, caminando por la calle Atocha, con un caballero de baja estatura y barba canosa, de apariencia frágil y paso corto, que a menudo vestía de negro. Mi padre dice que aquel señor siempre llevaba sombrero y que cuando alguien le saludaba, él hacía el amago de descubrirse como mandaban los cánones de la urbanidad. Aquel señor tan frágil era Jacinto Benavente. Por entonces, mi padre tenía, más o menos, veinticuatro años; Benavente, más de ochenta.

    El destino ha querido que, muchos años después, mi familia y yo vivamos en un pueblo de la sierra norte de Madrid, Galapagar. Este detalle no tendría importancia si no fuera porque aquí veraneaba Benavente. En la plaza del pueblo se erige una estatua en su honor, uno de los colegios públicos lleva su nombre; y el teatro del centro cultural exhibe como si fuera una reliquia, enmarcado y en lugar preferente, uno de sus bastones.

    Benavente falleció en la capital, donde la gente le despidió con todo tipo de honores. Pero, sin embargo, está enterrado en el pueblo, en el cementerio antiguo. El otro día, mi padre y yo fuimos a visitar su tumba. Nos costó encontrarla, pues aunque es grande y está ubicada en el centro del camposanto, pasa totalmente desapercibida.

    Nos quedamos unos segundos leyendo su nombre. Lo hicimos en silencio, respetuosos. Benavente era aparentemente frágil, pero tuvo la valentía de defender su homosexualidad en la España de Franco.

    Cuando dejábamos el lugar, mi padre volvió a recordar, admirado, cómo todo un premio Nobel se paseaba por la calle Atocha, como si nada, devolviendo el saludo, haciendo el amago de levantarse el sombrero, como mandaban los cánones de de la antigua urbanidad.

    Si quieres oír la voz de don Jacinto, pulsa en este enlace de El Poder de la Palabra (por cierto, se escucha con Real Player).

  • Agosto a las puertas

    Es de noche y todo duerme. Agosto está esperando a que le abra la puerta, dispuesto a traerme el milagro de todos los años, dispuesto a decirme una vez más: «¿Quieres hacerme el favor de ser feliz?»
    http://www.goear.com/listen.php?v=cb52540

  • Just in time, Nina Simone

    Hay que volver a reivindicar la figura de los perdedores. Sobre todo la de ésos que finalmente se salen con la suya, pero que nunca están en paz espiritualmente y siempre anhelan un poco más. La Historia del Jazz está jalonada por este tipo de biografías. A veces son crudas y sórdidas; otras, tienen un final feliz después de un largo penar. Ejemplo de éstas últimas es la biografía de Nina Simone, aquella muchacha que iba para concertista clásica y que, por su color de piel, terminó tocando el piano en un bar nocturno.

    Nina no se llamaba así, sino Eunice Kathleen Waymon, pero tuvo que adoptar un pseudónimo para que su madre no se enterase de cómo se ganaba la vida. Escogió Nina Simone por el apelativo cariñoso Niña y por el nombre de una de sus actrices favoritas: Simone Signoret.

    Se marchó de su tierra natal para huir del racismo y, tras un periplo que duró años, acabó viviendo en París. Ignoro si fue feliz en el amor. El caso es que una de sus mejores canciones Just in time, es la confesión de un amor agradecido y agraciado que ha venido tras años de tristeza y oscuridad. Un amor tranquilo y al mismo tiempo fuerte, lleno de energía y optimismo.

    «Just in time you’ve found me just in time
    Before you came my time was running low
    I was lost the losing dice were tossed
    my bridges all were crossed nowhere to go
    Now you hear now I know just where Im going
    No more doubt of fear Ive found my way
    For love came just in time youve found me just in time
    And changed my lonely nights that lucky day».

    La primera vez que escuché esta canción fue con mi mujer al lado, en la sala de un cine. Y siempre que vuelve a sonar me doy cuenta de que los milagros existen.