Autor: Juan Pedro Molina Cañabate

  • La foto del verano

    Cada verano, entre todas las fotos que nos hacemos, elegimos una: es la foto del verano. Generalmente es la que mejor rollo transmite y en la que salimos los cuatro, María, Mónica, Marta y yo. También, generalmente, suele ser una auto-foto; es decir: yo tomo la cámara con una mano, extiendo mi gadgeto-brazo, enfoco por intuición y, click, ya está, una imagen para la posteridad.

    Bueno, para la posteridad, para la posteridad, no sé. Lo que es seguro es que esa foto será, durante un año, el fondo de escritorio del ordenador del despacho de casa y del despacho de la Universidad. Así, en las tardes de invierno, cuando arrecie el frío o cuando las nubes no dejen ver el sol, esa foto nos recordará que el buen tiempo nos espera, como siempre, en un par de solsticios.

    Esta noche, después de trabajar en un libro sobre comunicación que estoy escribiendo con María de Andrés, he escogido la foto del verano y ya está de papel tapiz. Es preciosa. Excepcionalmente no la he tomado yo, sino mi cuñada Tati. Las niñas, Marta y yo estamos en la playa de Oliva, sentados en la arena, cerca del mar. María, mi hija pequeña, está sobre las rodillas de Marta. Mónica, mi hija mayor, está apoyada sobre mi espalda y yo acerco mi cara a la de mi mujer.

    General Invierno, aquí te estamos esperando. No te tenemos miedo. Ya sé que los días son más cortos, que no hace tan buen tiempo, que las golondrinas ya ensayan su adiós. Pero con esta foto, querido, somos, literalmente, invencibles.

    PD: Naná, Tati, Diego, gracias por los momentos de sol y mar: los que disfrutamos nosotros y los que está disfrutando Moni.

  • «No estamos aquí para juzgar, sino para comprender por qué pasó todo esto»

    El otro día, en una conversación telefónica con mi amigo Felipe, recordé la película The Reader. Es una de las mejores cintas que he visto en los últimos años. Supongo que ya sabes de qué va: son muchas historias en una sola, pero, quizá, la parte de la trama que más me llama la atención aborda cómo una persona aparentemente normal puede cometer atrocidades.

    Michael Berg, el protagonista, en una fase de su vida (cuando es estudiante de Derecho) asiste por casualidad a un juicio. Descubre, abrumado, que allí se juzga a una mujer, Hanna Schmitz, mucho mayor que él, a la que cree conocer muy bien. Hanna y él vivieron un romance secreto. Pero también descubre, con estupor, un capítulo de la vida de Hanna: ella fue nazi en la II Guerra Mundial y se confiesa culpable de crímenes monstruosos.

    Al día siguiente, los compañeros de clase juzgan (con evidente razón y pasión) los crímenes cometidos por Hanna y, por añadidura, por el nazismo. Pero Michael les hace reflexionar (con más razón aún) haciendo, más o menos, la siguiente observación: «No estamos aquí para juzgar, sino para comprender por qué sucedió todo esto».

  • Fabricar recuerdos

    La expresión no es mía y, aunque lo que voy a decir suene muy poco cultureta, la escuché en una de mis series de televisión preferidas. No sé si os acordáis de ella: un médico de Nueva York se muda a un pueblo de Colorado en donde, sin querer, hace competencia al médico de la localidad, un hombre mucho más tradicional y rígido que él.

    Lo que empezó como un desencuentro lógico e inevitable se transmutó poco a poco en respeto mutuo y amistad verdadera. Un fin de semana, los dos amigos van a pescar con sus hijos. Una vez en la montaña, cerca del río, el neoyorkino, abstraído, pensando quizá demasiado en sus propios problemas, es reacio a abandonar la tienda de campaña. Su compañero toma los aparejos de pesca y le dice, más o menos:

    –Tú, si quieres, puedes quedarte aquí pensando en ti mismo. Te parecerá que voy a pescar, pero, en realidad, lo que voy a hacer es ir con mi hijo a fabricar recuerdos.

    Así que ya sabéis, ahora que es verano, fabricad un poco de recuerdos de los que dentro de unos meses echaremos mano en las tardes de invierno.

    Sed felices.

  • Las diez y cuarto

    Hoy, a las diez y cuarto de la noche, aún era de día y todavía volaban los vencejos cerca de mi terraza, montando alboroto. Sé que no tiene importancia y que puede parecer pueril dedicarle unas frases a un hecho tan rutinario en estas épocas del año. Pero quiero escribirlo para que no se me olvide.

  • Don’t worry, be happy

    Me cago en la puta. Desde hace un tiempo (demasiado, diría yo) sufro un problema que no puedo solucionar. El asunto me está quitando el sueño y, aunque para muchos amigos puede parecer una idiotez, la no-solución del mismo a lo largo de los meses está generando a mí y a mi familia un evidente desgaste económico e (incluso) emocional.

    Esta mañana, cuando volvía a casa escuchando música, mirando al suelo y preocupado, sonó por los cascos de mi mp3 una canción que hacía años que no escuchaba: Don’t worry, be happy, de Bobby McFerrin. Curiosa coincidencia: No te preocupes, sé feliz. Qué jodío, el McFerrin; si yo le contara.

    La primera vez que escuché esa canción fue en mi servicio militar (1988), cuando las circunstancias me obligaron a aparcar la carrera para pasar un año en la Marina. Uno de los pocos gestos humanos que encontré en el cuartel donde pasé el grueso de mi servicio fue que nos despertaban todas las mañanas con música. Con los 40 Principales, para ser más preciso. El toque de diana era a las 7 (creo) y, como los números uno suenan cada hora, a las siete en punto el gran McFerrin nos despertaba a la tropa (puteados y sin un duro, lejos de casa, de nuestros estudios, de nuestros trabajos, de nuestros amigos), diciéndonos que no nos preocupáramos, que fuéramos felices.

    Yo abría los ojos, escuchaba al bueno de Bobby y me acordaba de que, en Madrid, a muchísimos kilómetros de distancia, mis amigos estarían levantándose para ir a la Facultad o para ir a sus trabajos. Inevitablemente, la primera idea que se me venía a la cabeza era una pregunta: qué hago yo aquí. Inevitablemente, también, empecé a sentir fobia por esa canción, como también empecé a sentir fobia por el ordeno y mando, por los extremos, por la falsa testiculina, por mediocres que en la vida civil eran don nadies y que amargaban al personal gracias a unos galones de plástico (parafraseando a un grupo de rock de entonces). La primera vez que vi matar a un animal por sadismo, por puro placer, fue en un cuartel. La primera vez que vi humillar a dos chicos homosexuales fue en un cuartel.

    Los cuarteles también me depararon otras sorpresas que viví por primera vez. Por ejemplo, algunos indeseables (pues también ellos hacían la mili) esperaban a que los demás estuviéramos dormidos para atracarnos. Sí, sí, como lo cuento. Estabas dormido, sentías un toque en el hombro, abrías los ojos, y allí estaba un tipo, con una navaja abierta, cerca de tu cara, pidiéndote todo el dinero que tuvieras en la taquilla ese momento.

    Recuerdo cómo, otra noche, un ruido me despertó, abrí los ojos y vi al chico de la litera de enfrente, masturbándose sin pudor alguno. Vivir todo aquello era hacerse un hombre. Dios mío, qué hago yo aquí. Mi servicio militar fue hacerme esa pregunta varias veces al día. Los amigos de entonces que aún conservo son el único tesoro que guardo de esa época. Ahora sabéis por qué los chicos de cierta edad idealizamos a los amigos de la mili.

    Don’t worry, be happy. Hoy he vuelto a escuchar esa canción y cuando estaba muy hecho polvo. Y lo más curioso es que casi-casi me gusta. Quizá mi problema se solucione con el tiempo, como se nos solucionó la mili y otros capítulos de nuestras vidas que todos tenemos que atravesar como si fueran enfermedades.

    No me preguntéis cuál es el problema, que no os lo voy a decir (tampoco es tan grave).

    Ahora me voy a tomar una cerveza, porque me la merezco. Un abrazo muy pero que muy fuerte.

  • Estrella Polar

    Cuando paso a mi camarote, encuentro a veces, en mi escritorio, cartas de otros marinos, antiguos compañeros de viaje. El correo está entre mis mapas y sextantes. Una vez leído, me gusta dejarlo ahí durante algunas jornadas, para poder releerlo de vez en cuando, sobre todo en navegaciones nocturnas.

    Los marineros me cuentan cómo les va en sus nuevos barcos, los mares tempestuosos que han cruzado y las islas de arena cálida que han descubierto, muchas veces por azar.

    Me dicen también que se acuerdan de mí y de cómo nuestro barco navegaba más rápido si nuestras velas eran empujadas por el viento del optimismo y la fe en el mañana.

    Ellos y yo sabemos que el viaje no se acaba nunca. Sabemos que, aunque estemos separados por millas de distancia, seguimos los surcos de espuma que nuestros derroteros dejan en la mar.

    Sus palabras son como la Estrella Polar que me gusta mirar de vez en cuando y que me ayuda en la travesía.

  • Brisa

    A veces, uno juega con la arena de la playa y la brisa del mar trae un amigo de los que siempre han estado ahí. Tesoros.

  • El albatros

    Indefectiblemente, cuando el albatros no podía dormir (o cuando, por la tormenta, había dormido muy poco la noche anterior) le asaltaban mil pensamientos negros, caía en barrena por la madrugada. Deseaba ser gorrión o cualquier pájaro de pequeño tamaño para pasar desapercibido.

  • Se van y vuelven, se van y vuelven

    Aunque todavía no es San Blas, yo ya he visto la primera cigüeña de esta primavera. Fue el otro día, desde el autobús que me llevaba hacia Madrid. Estaba sobre un poste, mirando la autopista. Era una cigüeña de la nobleza, no me cabe duda: estaba demasiado seria y nos miraba con desdén, como si no comprendiera del todo los raros asuntos humanos.

    Muy posiblemente, si esa cigüeña da un par de aleteos y se acerca por el pueblo en donde vivo, verá que mis hijas están más mayores y han crecido mucho desde la última primavera. Mónica (que ya es toda una señorita de cinco años y medio) está entusiamada con sus clases de danza y ayer mismo nos sorprendió a Marta y a mí leyendo unas palabras de un cuento, mientras esperábamos en la consulta de su pediatra. Presenciar aquel pequeño milagro fue emocinante. Por su lado, María, la peque, dice cada vez mejor sus primeras palabras y, sobre todo, demuestra una personalidad que promete ser arrolladora. Tiembla, Schwarzenegger…

    Quizá, la cigüeña ha visto que el viernes operaron a Miguel, mi suegro: le quitaron la vesícula. Debo ser malo, porque hoy me lo he pasado bien haciéndole reír para que le tirasen un poco los puntos. Me queda la tranquilidad de que él transige de buena gana aunque a veces me diga (eso sí, cariñosamente): «Pero qué yerno más tonto tengo».

    El lunes ingresan a mi padre para hacerse un cateterismo cardiaco. Es una operación ambulatoria, pero sus años (79) merecen que le dedique presencia y cariño.

    Y, mientras, las cigüeñas van llegando. Se van, vuelven; se van, vuelven.

  • Barrio lejano, de Jiro Tanicuchi

    Hiroshi Nakahara es un arquitecto de cuarenta y ocho años, casado y padre de familia, que bebe en exceso y que está cansado de su vida rutinaria. Piensa mucho en el pasado (quizá demasiado), concretamente en la última etapa de su niñez, cuando su padre decidió abandonar a su familia y ésta tuvo que empezar de cero una nueva vida.

    A la vuelta de un viaje de trabajo, Nakahara confunde el tren de vuelta y, sin querer, toma uno que le llevará al pueblo de su infancia. Una vez allí, para aprovechar el tiempo, visita el cementerio donde están enterradas las cenizas de su madre.

    Frente a la tumba, empieza a encontrarse mal y pierde el conocimiento. Cuando vuelve en sí cree que la causa del desmayo es todo el alcohol que ha bebido. Quiere dejar el lugar y marcharse a su casa cuanto antes. Sin embargo, empieza a darse cuenta de que el ambiente del cementerio, siendo el mismo, es también distinto. Algo ha cambiado y no sabe explicar el qué. Con una mezcla de asombro y estupor, observa que su cuerpo también se ha transformado: está más ligero, más joven, como cuando él tenía catorce años. Una vez fuera del cementerio ve que las calles vuelven a ser como hace décadas: los comercios de antes vuelven a estar abiertos, los vecinos de su niñez pasean delante de él y le saludan como como si el tiempo no hubiera transcurrido. Nakahara comprende, en definitiva, que ha dado un salto en el tiempo, que vuelve a tener catorce años y que, quizá, esta vez, puede cambiar el rumbo de su vida y de su familia. Se da cuenta de que puede impedir que su padre los abandone.

    ¿Logrará su propósito? ¿Los capítulos de nuestra vida suceden por casualidad? ¿Es posible cambiar nuestro destino y a qué precio?

    Hace mucho, mucho tiempo, un viejo sabio me dijo que los objetos materiales (una carta, unas tijeras, un simple palo) están cargados de energías positivas o negativas. Cuando tuve en mis manos Barrio lejano supe de inmediato (incluso antes de leer su sinopsis) que esta novela gráfica iba a gustarme. Más de cuatrocientas páginas de placer y de sintonía que continúan cuando uno ha cerrado el libro. Una delicia.