En los primeros días del otoño, Mónica, mi hija mayor (de cuatro años), estaba a punto de empezar sus clases de natación. Afrontaba el reto muy contenta: el pasado verano, gracias a la perseverancia de mi mujer, había aprendido a nadar sin flotadores y sin ayuda de ningún tipo.
Como sus viejas gafas de piscina se le habían rayado mucho, un viernes por la tarde, en uno de nuestros paseos, nos dirigimos a la tienda de deportes del pueblo con la intención de comprarle unas nuevas. Mi mujer se quedó en la calle con María (dormida en su cochecito) y Mónica y yo pasamos a la tienda. Le elegí una gafas bonitas, grandes y de un color maravillosamente azul. Me las puse un momento y comprobé, asombrado, que la tienda y la calle se veían con una nueva luz; eran distintas a mis ojos. Eran, si cabe, más bonitas y alegres.
-Éstas son chulas, Moni. ¿Te las quieres probar?
-No.
-Venga, hija, ¿te las pruebas?
-No.
-Hija.
-No.
En fin. No quise insistir. Pagamos las gafas y salimos a la calle. Una vez fuera, Mónica me dijo:
-Papá, quiero probarme las gafas.
Vaya. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue preguntarle por qué entonces sí y hacía dos minutos no. Pero, bueno, tampoco quise tener una discusión en plena calle. Así que saqué las gafas de su funda y se las di. Parsimoniosamente, mi hija se las puso. Primero, sobre la frente, apartándose el cabello de la cara; luego se las bajó hasta encajárselas sobre los ojos.
Miró arriba, miró abajo. Miró a la izquierda y a la derecha. Noté cómo focalizaba de cerca y de lejos.
Yo estaba un poco mosca. ¿Y si no le gustaban?
De repente Mónica me dedicó una sonrisa maravillosa. Me dijo: «Papá, me has comprado unas gafas para ver el mundo».
«Para ver el mundo«, había dicho. Y recordé que, minutos antes, el entorno me había parecido mágico gracias al tinte azul de las lentes.
Mientras volvíamos a casa, me sentía el padre más feliz del Universo.

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