Por entonces yo tendría veinticuatro o veinticinco años y ya estaba escribiendo mi Tesis. Atravesaba una época, digamos filosófica (por no decir completamente idiota) y gastaba mis tardes en ser un lobo estepario, leer, escribir, ir al cine o escuchar música a solas en casa. Por esa época, también, me reencontré con Willy, un amigo de la niñez con el que hacía años que no me veía, y acordamos que teníamos que salir juntos un sábado por la noche para tomar una copa.
Cuando el sábado convenido nos saludamos en el bar donde habíamos quedado, Willy se dio cuenta de que íbamos muy bien vestidos, casi a la moda, y propuso que fuéramos a una discoteca.
—¿Una discoteca? —le pregunté—. ¿Tú estás loco?
—Que sí, hombre, que sí, que nos lo pasaremos bien.
Mi amigo me convenció y marchamos a un conocido local del centro. Por el camino nos pusimos al día de nuestras vidas, de todas las aventuras y desventuras que nos habían pasado en los últimos tiempos y de nuestros gustos literarios, cinéfilos y musicales.
—A mí me gusta George Michael —espetó.
—¿Quéééééééé? —respondí, sorprendido—. Pero si es un hortera. Sólo un hortera puede cantar una canción que se llame I want your sex.
—Oye, y a ti, ¿qué te gusta? ¿Qué escuchas? —preguntó irónico.
Les respondí que Aute, Sabina, Silvio Rodríguez, Javier Bergia, Moustaki. También música clásica (barroca, sobre todo).
—Ah, claro, ya lo comprendo. Ya lo comprendo. Todo muy profundo, muy filosófico y tal… Ya.
Cuando llegamos a la discoteca nos llevamos una grata sorpresa: se acercaron dos chicas de nuestra edad y nos preguntaron si podían pasar por la puerta con nosotros, como si fueran nuestras novias.
—Es que las chicas —explicaron ellas— no pagan entrada si van acompañadas. ¿Os importa que pasemos con vosotros?
Dios existía.
—¡No, no, no! ¡Vale, vale, vale! Si por nosotros vale.
Repito: por entonces, yo tendría unos veinticinco. Estaba escribiendo una tesis sobre personajes femeninos en la literatura hispanoamericana y el destino había querido que una chica de mi edad, alta, con el pelo negro, largo y ensortijado, simpática y guapa, casi una heroína de novela de García Márquez, quisiera entrar conmigo a un local.
Se puso a mi lado, me tomó cariñosamente del brazo (hecho que me ruborizó un poco), dedicó al segurata la mejor de sus sonrisas y así pasamos los dos, mejor dicho, los cuatro.
¿Cómo se llamaría? ¿Tendría nombre de personaje literario? ¿De novela de García Márquez?
-Oye, ¿cómo te lla…
No me dejó terminar.
—Bueno, tío, muchas gracias, ¿eh? Nada, que muchas gracias y muy amable, ¿eh? ¡Ciao! ¡Ciao!
Ella y su amiga se perdieron en la oscuridad de la discoteca y mi colega y yo nos quedamos con un palmo de narices. Había sido demasiado bonito para ser cierto.
En la barra nos pedimos dos gin tonics y deambulamos por el local, que era más grande de lo que creía. Había mucho niño pijo y mucho picor de nariz. Mi amigo no se daba cuenta de nada, estaba feliz: disfrutaba con la gente sólo viéndola bailar.
—Yo aquí me siento un infiltrado —le confesé—. Me siento fuera de sitio. Te lo juro.
—Eso es lo que mola, Juampe. Relájate y disfruta.
—Es que, joder, no sé si el de la lado me está metiendo el codo en el cubata o soy yo el que sin querer se lo está metiendo a él, porque aquí hay demasiada gente. Demasiada.
De repente, sonó una música y a mi amigo se le abrieron los ojos como platos. Él dijo:
—Uuuuuuhhhhhhhhhhhh, uuuuuhhhhhhhhhhhh. ¡Baby, baby!
—Dios, Willy, no me hagas pasar vergüenza, que parece que te está viniendo un orgasmo.
—Casi, Juampe, casi.
—¿Qué?
Mi amigo empezó a cantar:
Looking for some education
made my way into the night
All that bullshit conversation
Well baby can’t you read the signs?
Lo comprendí: esa música era de George Michael, Fast love. Mi amigo empezó a bailar como lo hacía él en el videoclip de la canción. He de confesar, para ser honestos, que lo hacía bien; pero quizá era un poco exagerado.
—Venga, coño, Juampe, baila. Sé feliz.
—Que me da corte, Willy.
—¿Sabes por qué admiro a este tipo? —dijo mi amigo señalando con el índice al aire, como si George Michael planeara sobre nuestras cabezas—. Porque es un tío valiente, un tío que se repone después de cada golpe y luego pasa del qué dirán. Vamos, Juampe, ¡libérate y sé feliz por lo menos un rato!
Qué coño, mi amigo tenía razón. Así que empecé a mover un pie y luego otro. Le sonreí, como queriendo decirle que era un capullo y que me había metido en un gran lío. La música era pegadiza. Me dejé llevar. Todo es posible y muy fácil con veinticinco tacos.
—Venga, ahora, a ver si haces esto —me retó Willy, haciendo un movimiento combinado de cadera y hombros.
¡Eres mi ídolo!
Y lo hice, incluso me salió bien, y empezamos a reírnos los dos, reírnos de todo. Hacía días que yo no me reía. Pocos meses atrás había fallecido mi madre, había perdido un trabajo, acababa de pelearme con dos amigos, me refugiaba en la lectura y en la soledad. Y ahí estaba yo, riéndome, bailando a George Michael, sabiendo que la vida da segundas, terceras, cuartas oportunidades.
—¡Eres mi ídolo, Juampe! ¡Así se baila!
Entonces me di cuenta: cuando mirábamos a los demás, ellos nos ignoraban. Ahora que nosotros ignorábamos a los demás, eran ellos quienes nos observaban. Por increíble que pueda parecer, tal era nuestra risa y nuestra felicidad haciendo el gamberro de forma sana, que nos habían hecho corrillo. Lo juro.
También me di cuenta de que mi amigo no tenía un pelo de tonto. Se había hecho el despistado, pero había sido en todo momento consciente de que yo no estaba en mi mejor época y de que necesitaba un pasar buen rato.
Nada más terminar la canción, vi sin querer, al lado de la barra, a las chicas que habían pasado con nosotros. Estaban acompañadas de dos tipos con pinta de buitres. Ellas se nos quedaron mirando, quizá con envidia. Nos sonrieron. Era como si, a su modo, nos presentaran sus respetos. Nosotros también las sonreímos y las dijimos adiós. Era hora de cambiar de local.
Aún hoy sonrío al acordarme de esa noche. Desde entonces me gusta George Michael, algo que mucha gente no acierta a comprender.
Ah, no olvidéis ser felices.

Deja un comentario