Categoría: Uncategorized

  • El misterio del planeta desaparecido

    Esta foto está tomada un segundo antes de una gran carcajada. Mi mujer, mis hijas y yo habíamos ido a una actividad promovida por el Ayuntamiento de Pozuelo, la Velada astronómica. Una de las actividades era ver Saturno por telescopio. Hicimos cola y esperamos nuestro turno. Mi mujer y mi hija mayor pasaron primero y pudieron ver antes, con curiosidad e incluso emoción, al planeta de los anillos dorados.

    –María –dije yo a mi hija pequeña–, ahora nos toca a nosotros. Mira, pasas tú primero, yo te cojo en brazos y miras por el telescopio, ¿vale?

    –Vale.

    Nos llegó el turno, tomé a María por debajo de los hombros y la aupé. La gente de alrededor tenía curiosidad, quería saber lo que diría un bichejo de cuatro años. ¿Qué diría? ¿Qué diría?

    Silencio.

    Más silencio.

    Y mucho más silencio.

    Hasta que espetó:

    –Uy, ¡pues yo no veo nada!

    Carcajada general.

    La señora que está detrás de nosotros es la alcaldesa de Pozuelo, Paloma Adrados, que esperó cola detrás de nosotros. Crucé unas cuantas frases con ella y me pareció una señora encantadora.

    Tenemos la instantánea de ese momento gracias a la amabilidad del Gabinete de Prensa del Ayuntamiento de Pozuelo.

    PD: Finalmente, María vio Saturno, por supuesto, aunque le costó entender que una cosa tan grande como un planeta podía caber en una lente tan pequeña como la de un telescopio.

    Fue una experiencia magnífica.

  • Camiseta roja

    Hay días en lo que el cuerpo te pide una camiseta roja, un polo verde esmeralda, un pantalón amarillo. Hay días o épocas en los que es preciso llevar gafas de colores, que te llamen loco como a esas viejas de entonces, ser estrafalario, extravagante. Hay días en los que el corazón debe vestirse de tonos, utilizar bolis de tinta verde, decir tacos, joder, coño, me cago en la puta, y luego pegar brincos, como perros con pulgas, como perros enamorados. Mirar el presente para decirle adiós sin pena. La vida nos desacompasa, a los unos con los otros, a los padres con los hijos, a los hermanos con los hermanos, a las parejas, a los compañeros. La vida nos desacompasa: todos tenemos buenas intenciones, pero unos bailan rock y otros valses. La vida desacompasa nuestros días con esas noches de verano que un día vivimos y que pasaron rápido.

    Pero existe una solución.

    Una camiseta roja, un polo verde esmeralda, un pantalón amarillo. Un corazón de colores. Unas gafas arcoiris. Una esperanza verde y metálica como el caparazón de un escarabajo que, sorprendentemente, puede volar.

  • Ella sí que me hace sentir especial

    Dibujo realizado por mi hija Mónica (7 años). Vitaminas para el corazón.

    Imagen

  • La Canción de la Primavera

    En realidad, la canción se llama Brand new world y es de Sexy Sadie. Pero, hace unos días, mis hijas y yo la rebautizamos como Canción de la Primavera y los tres la bailamos y tarareamos. Haciendo mucho el gamberro, como está mandado.

    Feliz primavera, colegonas y colegones. Todo vuelve a nacer; una magnífica oportunidad para empezar de cero.

    Os quiero. Un beso.

  • ¿Lo ves? Todo se puede conseguir

    «¿Lo ves, Juanillo? Todo se puede conseguir». Así me decía mi madre cuando el Atlético de Madrid conseguía un triunfo contra todo pronóstico.

    Mi madre murió en el 96. Años después, tras mucho avatares y contra todo pronóstico, yo soy feliz. Muchas veces veces me acuerdo de su frase: “Lo ves, Juanillo, lo ves? Todo se puede conseguir».

    Mi madre, como yo, era de Atleti. Y ayer lloré acordándome de mi madre mientras el Atleti ganaba, contra todo pronóstico, la Copa del Rey al poderoso Real Madrid.

    Es verdad, mamá, todo se puede conseguir. Gracias por decírmelo y gracias por enseñármelo.

    Te quiero, mamá. Te quiero, Atleti.

     

    (*) La foto ha sido obtenida de as.com

  • ¡Salta!

    «Papá, tenemos una enfermedad. ¡No podemos dejar de saltar!» (Mis hijas Mónica y María, de 7 y 4 años, respectivamente, riéndose, saltando encima de la cama).

  • Amor y vida

    {«type»:»block»,»srcClientIds»:[«c7d17579-b31d-4172-a241-d9ab564b81cb»],»srcRootClientId»:»»}Vuelvo de Oporto y estoy sentado al lado de la ventanilla. Vuelo por encima de las nubes. Ha sido un viaje de trabajo y, quizá por ello, estoy más preocupado de la cuenta por lo que deparará el destino.

    Vuelvo de Oporto y pienso: «Hay que aprender de esta gente, que hace muchas cosas con pocos medios». Pienso que ya no tenemos nada material que vender. Sólo nos quedan las ideas. Sólo nos quedan las palabras.

    Tengo una facilidad innata para librarme de la catástrofe en el último momento. Si fuera un jugador de fútbol, se diría que estoy atento a las segundas jugadas, a los rechaces, a los rebotes. Si fuera un jugador de naipes diría que aún no tengo un as en la manga, pero sé, tengo la absoluta certeza de que me va a venir en la próxima mano.

    Vuelo por encima de las nubes y pienso qué haría si dejara de ser profesor universitario, si no me renovaran el contrato. No sé. Seguiría por algunas escuelas de negocios, quizá tendría que volver a la consultoría. Ideas y palabras.

    Y recuerdo la aparición en televisión de un político con verborrea populista que dice que nuestro idioma es nuestro mayor tesoro. El castellano. ¿Y si fuera profesor de castellano? Castellano para extranjeros. Podría ser una opción. Antaño me doctoré en Literatura y también obtuve el Curso de Adaptación Pedagógica con el ánimo de ser profesor de Lengua y Literatura en centros de secundaria.

    Hago una foto a la ventanilla. Pienso en los nombres de mis hijas y de mi mujer y en las palabras que me susurran en vídeos que me mandan cuando no estoy con ellas. Sólo me quedan las palabras por encima de las nubes y escribo con tinta indeleble: Amor y Vida, Amor y Vida.

  • Saber o no saber

    Durante muchos años, los domingos fueron mis días de la suerte. Fue curioso. Yo los odiaba sobremanera, como sólo un adolescente solitario puede hacerlo. Hasta que una mañana de un domingo aparentemente gris de abril, recibí una sorpresa. Mi hermana Carmen, que ya estaba saliendo con el que después iba a ser su marido, me dijo: «Ponte ropa cómoda: vamos a montar a caballo».

    ¡Montar a caballo! Nunca lo había hecho y me parecía una aventura fascinante.

    Mi hermana y mi cuñado me llevaron a las afueras de Madrid. No recuerdo el sitio exacto; pero lo que sí recuerdo es que ese día entré en algo parecido al mundo de los adultos, empecé a participar de sus conversaciones. A aquella sorpresa siguieron algunas más que mi hermana y su marido me tendrían preparadas, todas maravillosas, todas iniciáticas, todas pensadas para mí, que se me administraban como la pócima secreta que se le da a un héroe para sacarle del letargo.

    Sin esperarlo, varios domingos posteriores fueron también venturosos. Y empezó a crecer en mí la idea de que aquéllos estaban destinados a ser días de suerte. Como era la jornada previa al lunes, cualquier cine, cualquier café con un amigo, cualquier escapada fuera de Madrid tenía doble valor. Puedo contar aquí mil tesoros que encontré en domingo.

    Pasaron los años y no me di cuenta de que aquellos días de la semana dejaron de tener su brillo. Estaba tan absorto en otros problemas que no me di cuenta que su luz se había extinguido. Simplemente, los domingos dejaron de ser mágicos porque yo dejé de creerlo.

    Lo bueno que tiene la vida es que da muchas oportunidades. Hoy es viernes. Próximo domingo, allá voy. Ya sé lo bueno que escondes.

    Y, tú, ¿lo sabes o no lo sabes?

  • Ayer eran nenucos, hoy son Chuck Norris

    Mis hijas tienen muñecas para jugar. Son los nenucos de toda la vida. Los Reyes habían traído a María (la pequeña, casi cuatro años) un pequeño armario con vestiditos. Hasta hoy, su juego preferido era vestir a los bebés (como ella llama a sus muñecos).

    Hasta hoy.

    Porque esta tarde, cuando cada una tenía a su muñeco en brazos, Mery se ha acercado a su hermana mayor y le ha dicho, señalando a los bebés: «¿Y si jugamos a peleas?»

    Dios mío, algo está cambiando.

  • Como las personas

    Esta tarde contaba a mis hijas, en plan abuelo cebolleta, por qué me gustan los gatos.

    Les decía que todo empezó hace mucho tiempo, cuando yo tenía cinco o seis años. Mi madre tenía una amiga, una señora encantadora con mucho corazón y poca suerte, a quien veía de vez en cuando para hablar del pasado y hacerle compañía. Aquella mujer, a quien todo el mundo había dado la espalda, vivía con, nada más y nada menos, once gatos.

    –¿De verdad, papá? ¡Once gatos!

    –Sí, hijas: once gatos.

    La mayoría eran recogidos de la calle y estaban asilvestrados. Y, mientras mi madre y su amiga hablaban de sus asuntos, yo me ponía a jugar con ellos sin saber del verdadero peligro acarreaba.

    De forma natural me fui dando cuenta de ciertas prevenciones, como que puedes jugar y jugar con ellos, pero siempre sin acercar la cara, por si acaso. O, también, que si quieres que un gato confíe en ti en un primer contacto, debes enseñarle las manos abiertas, y dejarle que te las huela. Debes demostrarle así que no quieres hacerle daño. Mucho tiempo después, leí algo que yo también había comprobado: que cuando se acercan hacia ti con el rabo erguido es como si te dijeran hola.

    Me di cuenta también de grandes secretos gatunos:

    • Cada gato tiene su gatonalidad, increíblemente parecida a la personalidad de los humanos. No hay dos gatos iguales.
    • Los gatos no son desagradecidos ni desagradables. Simplemente, son como las personas. ¿No me crees? Probablemente, si un extraño se acercara a ti por la calle y te quisiera sobar la cara y acariciarte el pelo, tú también le arañarías. ¿Y cuántas veces has puesto mala cara cuando tienes un mal día y no quieres hablar?
    • Los gatos son muy nobles. Prueba irrefutable: antes de arañarte de verdad suelen avisarte (con un bufido, o poniendo sus garras abiertas sobre tu mano, pero sin querer hacerte daño). Es como si estuvieran diciendo: «No te estás dando cuenta, pero ahora no quiero jugar contigo y me estoy enfadando». A veces, cuando están tumbados y se están empezando a enfadar, mueven la cola y dan golpecitos con ella en el suelo.
    • Los gatos captan tu estado de ánimo. Y experimentan amor, dolor, alegría y celos, por ejemplo. Como nosotros.
    • Es cierto que tú no eliges a un gato: él te elige a ti. Y si te pasa esto eres un tipo con suerte, porque tendrás a un amigo que te querrá hasta el fin de sus días.
    • Si quieres hacerte amigo de un gato no tienes que ser pesado. Pasa igual que cuando quieres hacerte amigo del vecino del quinto o del panadero, por ejemplo. Los plastas nunca son bien recibidos, ni por gatos ni por panaderos. Si quieres ligarte a alguien también te vale esta regla.

    Dios mío, ¡qué parecidos somos los humanos y los gatos!