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  • Eso no te lo quita nadie

    En una tarde de primavera de hace algún tiempo, delante de un café, Antonio Gómez Rufo me dijo algo importante. Era algo que yo venía barruntando y que, una vez escuchado, una vez hecho más tangible, cambió mi concepción del trabajo, de la Literatura, de la docencia y de la Vida misma. Antonio me dijo:

    «El éxito no existe. Es algo que te dan y te quitan los demás. No depende de ti. Lo que sí existe es la conciencia de haber hecho bien tu trabajo, de cumplir contigo mismo, de disfrutar con cada pequeña cosa que hagas. Eso no te lo quita nadie».

  • Por qué sale el sol cuando sonríes

    No recuerdo el momento exacto en que se me ocurrió el nombre de este blog. Buscaba un signo luminoso, algo positivo. Hoy, por tonto que pueda parecer, me he dado cuenta de que la palabra sonrisa es parecida a la inglesa sunrise (amanecer).

  • Es que nos parecemos

    Mañana silenciosa de un día de febrero en la comunidad de vecinos. Mi mujer y mis hijas, todavía en casa, están al lado de la puerta, dispuestas para salir a la calle. Afuera hace un frío que pela. En el pueblo donde vivo hay quien jura haber visto a pingüinos caminar por la plaza. No es de extrañar, entonces, que mis chicas vayan bien equipadas: gorros, bufandas, guantes, botas recias contra el frío serrano.

    Mi mujer abre la puerta y sale con las niñas al rellano del pasillo.

    Entonces se produce. Lo insólito.

    travolta
    Pulsa en la imagen para ver el vídeo

    Mi hija mayor, Mónica (7 años), empieza a bailar como John Travolta en Pulp Fiction. Evidentemente, ella no ha visto a Tarantino. Pero pone cara de gángster y se mueve de un lado a otro abriendo los dedos de las manos en tijera sobre los ojos, como si se pusiera un imaginario antifaz.

    Repito: mañana silenciosa de un día de febrero en la comunidad de vecinos y un frío que pela.

    —Pero, Mónica, ¿por qué haces tanto el tonto, hija? —pregunta mi mujer—. Mira que a estas horas…

    Entonces mi hija mayor se vuelve hacia mí. Me mira con sonrisa cómplice. Luego se vuelve otra vez hacia su madre y responde:

    —Es que papá y yo nos parecemos.

  • La Douloureuse, de Lye Lysianne

    Las modelos Java Westwood y Lorena Prain con dos creaciones Lye Lysianne
    Las modelos Java Westwood y Lorena Prain con dos creaciones Lye Lysianne

    Después de mucho tiempo de trabajo y esfuerzo y de creer en sus propios sueños, mi sobrina Marta Royo (firma sus trabajos como Lye Lysianne) ha presentado su primera colección de ropa, La Douloureuse.

    Estoy especialmente orgulloso. Como muchísimos jóvenes de su generación, Marta es una persona muy formada (IED) quien, para llevar la contraria al destino, ha salido de España para probar fortuna. Ahora se encuentra en Florencia, estudiando, preparándose para futuros retos. Hasta hace pocos meses ha estado trabajando como becaria en Jesús del Pozo o, por ejemplo, como vestidora (esas asistentes que ayudan a vestirse a las modelos y dan los últimos toques a su ropa justo antes de que salgan a la pasarela) en citas de la talla de Cibeles Fashion Week.

    La Douloureuse ya está aquí. Ya es una realidad, una muestra del talento de una joven creadora que contradice a la lógica, al destino y al mismísimo ministro Wert y, en vez de estudiar una carrera técnica, «algo práctico», le ha dado por diseñar ropa. Qué cosas, ¿verdad? Le ha dado por trabajar la belleza, señor Wert. Sin pragmatismos. Belleza, sin más, que es uno de los primeros pasos para sentir felicidad.

    Si queréis ver más detalles de sus creaciones podéis visitar su fan page de Facebook. Ahora os dejo el making off de su videobook. El primero de una persona de veintipocos con veintimuchos sueños que va a materializar. A mí me gusta.

  • La única certeza

    Me enteré ayer por la prensa de que el portaaviones Príncipe de Asturias (o R-11, como le llamábamos nosotros) va a ser desguazado. España no puede pagar su mantenimiento. Hubo un tiempo en que yo veía todos los días a ese gigante de acero. Fue en 1988, cuando me tocó hacer el servicio militar en la Base Naval de Rota.

    Tranquilos, que no cunda el pánico: no voy a contar historias de la mili. Eso sí, diré una vez más que conservo amigos de aquella época, a quienes quiero muchísimo.

    Extraños tiempos: lo que parecía invencible va al desguace, lo sutil permanece contra todo pronóstico en nuestra memoria, cambiamos y cambiamos de pensamiento sin cesar, y lo que hoy está arriba mañana estará abajo.

    Tiempos en los que, como dice Zygmunt Bauman, «la incertidumbre es la única certeza».

  • Mis profesores (I): Marga

    Ahora que vuelvo a escribir poesía me acuerdo de Marga, una profesora de Literatura que tuve en el Instituto San Isidro.

    La primera imagen suya que me viene a la cabeza es ella bajando de un taxi, en la puerta del Instituto, con cara de llegar con el tiempo justo a las clases. Por aquel entonces, creo, ella no llegaba a los cuarenta años. La recuerdo alta y fibrosa, con la nariz algo aguileña y una inconfundible voz, pelín áspera, domada a base de cajetillas de tabaco y de poesía recitada en clase. Era rígida y flexible al mismo tiempo, distante y cercana a partes iguales. Marga era buena, muy buena. Como persona y como profesora. Y, al igual que otros profesores de los que hablaré aquí, tenía una luz especial.

    Ahora que soy profesor, sé que todos los compañeros del gremio tenemos un currículum personal, un currículum oficial y otro oficioso elaborado por los alumnos. Y, también, ahora que soy profesor, sé que, en cierto modo, todos mienten. El currículum oficioso de Marga decía que había sido pareja de un conocido cantautor. No podía ser de otra manera: en nuestra imaginación adolescente, Marga conocía a cantautores, escritores, políticos, artistas de la Movida.

    Había que estudiar mucho con ella. Después de haberme suspendido en un examen, me dijo que yo escribía muy bien, pero que, realmente, yo no contestaba a lo que ella preguntaba. En lo segundo tenía toda la razón del mundo.

    Pese a que era algo dura, todos la queríamos y la respetábamos.

    Un día, Marga cayó enferma y, durante un tiempo, dejó de venir a clase. La volvimos a ver en la fiesta del Instituto, en los días previos al 15 de mayo. Plena primavera. Apareció en el salón de actos del brazo de un profesor amigo. La imagen nos impresionó. Estaba desmejorada, muy-muy delgada y, con pasos muy cortos, apenas podía andar. Nos saludó con una sonrisa cariñosa y se sentó.

    Todas las fiestas de los institutos son iguales en todas las partes del mundo. Pero esa fiesta era especial para mí.

    Por aquel entonces yo tenía, creo, 17 años, y había empezado a escribir versos. Animado por un extraño valor, me presenté al concurso de poesía del instituto; sorprendentemente conseguí el segundo premio. Aún guardo, con muchísimo cariño, el diploma escrito con caligrafía inglesa que me entregaron aquella tarde, delante de todos mis profesores y compañeros.

    Sin embargo, el premio, el verdadero premio, fue lo que pasó instantes antes de recibir el diploma y en el momento justo de tenerlo en las manos. Lo que voy a referir no lo vi, sino que me lo contaron varias personas que estaban sentadas cerca de mi profesora. El profesor amigo con el que vino, quien la llevaba del brazo, justo antes de la entrega de premios, la animó a salir del salón de actos para que se fuera a descansar a casa.

    —Ni hablar —espetó Marga— van a dar un premio a Juan Pedro.

    Esperó. Y sólo cuando dijeron mi nombre, sólo cuando subí al escenario y recogí el diploma, sólo entonces, ella pidió ayuda a su amigo para levantarse de la silla e irse a descansar, con los mismo pasos con los que había llegado.

    Quizá hable aquí de algunos de mis profesores. Perdonad la osadía. No es por exhibicionismo. Veréis: dicen que todo lo que deja de nombrarse deja de existir. Y yo no quiero que mis profesores se diluyan. Les debo mucho. Les debemos mucho: algo más que calificaciones, algo más que conocimientos.

    Os quiero. No olvidéis ser felices.

  • Tuteo

    Me he dado cuenta hoy en el metro: estoy cumpliendo años a una velocidad vertiginosa. No, no me han cedido un asiento, gracias a Dios. Tampoco me ha pedido la hora ningún joven llamándome de usted (aunque esto ya me ha pasado varias veces). La prueba inequívoca de que estoy cumpliendo años y de que empiezo a ser un hombre maduro es que hoy, en el metro, sin querer, he tuteado a un señor de sesenta años con una naturalidad pasmosa y él no se ha extrañado.

    ¿Sabéis lo más curioso? Que después de tutear al señor he caído en la cuenta de este hecho y, tras un segundo de asombro, me he sentido bien, como si hubiera sido pertinente utilizar ese tuteo toda la vida.

    Tic, tac, tic, tac, tic, tac.

  • La lista de los niños malos

    Le dije a mi hija Mónica (7 años) que no se preocupe si ve que los Reyes Magos le traen menos regalos estas Navidades.

    –No pasa absolutamente nada, Moni –le expliqué, restando importancia al problema–. Fíjate, por ejemplo, a mí, los Reyes no me traen ningún regalo desde hace muuuuucho tiempo.

    Moni se quedó pensativa. Me miró con cara de circunstancia, como si se congraciara conmigo, como si pensara «¡Qué faena!». Y, bajando algo la voz, me dijo:

    –Bueno, papá, es que, a lo mejor, tú estás en la lista de los niños malos.

  • Sobre canciones y lluvia en los zapatos

    Una de las películas preferidas de mi madre era Cantando bajo la lluvia. Creo que la vio cuando se estrenó en España, poco antes de casarse con mi padre.

    Le gustaba sobre todo, cómo no, la famosa escena en la que Gene Kelly sabe que está enamorado y canta y baila bajo un formidable aguacero.

    A menudo, cuando pienso en mi madre, la recuerdo viendo esa escena, sonriendo, tarareando el final, moviéndose, bailando con Gene Kelly, chapoteando ella también en los charcos.

    Yo, antes, creía que la vida era esquivar los charcos, no mojarse los pies. Creía, en definitiva, que la vida era limpiarse manchas o evitar no mancharse. Vestir un traje impoluto. Un buen amigo me dijo, en este mismo blog, que la vida, precisamente, es esa sucesión de manchas. Inevitables, imborrables. Pero también necesarias; testigos de vida, del camino, luces que nos desvelan por dónde transcurre la buena senda.

    Canta Gene Kelly: «¿Lluvia a mí? Luzco una sonrisa en mi cara. Voy por la calle con un estribillo feliz. Cantando, sólo cantando bajo la lluvia».

    Os quiero, no olvidéis ser felices.

  • Esa bandera tan familiar

    Habíamos ido a ver las Cuevas de Altamira. Al llegar nos encontramos con una cola inmensa, así que nos pusimos a pacientemente a esperar. Con Mónica, mi hija mayor (7 años), jugué varias veces al Piedra, papel o tijera. También a un juego llamado Yo tengo una muñeca con el que mi hija se parte porque (como no podía ser de otra manera) empiezo a hacer el tonto cuando no me corresponde.

    Al cabo de media hora, irremediablemente, se nos estaban acabando los juegos.

    ¡Mayday! ¡Mayday!

    Miré a la derecha y allí estaba mi salvación momentánea: unas altísimas, magníficas e imponentes banderas.

    En este momento tenía de la mano a mi hija pequeña, María (3 años). Le pregunté:

    –María, ¿cuál es esa?

    Mi hija pequeña respondió rápido:

    –Ee:hpanya (traduzco: España).

    –¿Y esa otra azul con estrellitas?

    María no sabía.

    –Hija, es la de la Unión… Sí, María, venga: es la de la Unión Euro… Venga, te doy una pista más: Unión Europe… Es la de la Unión Europea. ¿Te gusta, hija?

    –Sí, Unió Eopea (traduzco: Sí, Unión Europea).

    Al lado estaba la de Cantabria. Evidentemente, mi hija no sabía cuál era, pero por seguir el juego le pregunté cuál era. Ante mi asombro, a María se le iluminó la cara, se le pusieron los ojos como platos, dibujó una sonrisa pilla, como si me pensara «ésta la sé» y me dijo (lo juro):

    –¡¡¡Papá, la del Atleti!!!

    Nos reímos todos y le di unos cuantos achuchones y mimos extra porque, señoras y señores, mis hijas son orgullosas seguidoras del Atlético de Madrid.

    Pocos días después estuvimos en Bilbao, visitando a unos amigos. Mis hijas quedaron alucinadas con los centenares de banderas del Athletic Club de Bilbao (rojiblancas) que había por los balcones.

    –Papá –me decía María–, ¡¡¡la bandera del Atleti!!

    Le expliqué que no era exactamente nuestro Atleti, sino el de un equipo hermano mayor, del cual nació nuestro equipo hace muchos, muchos años. Como mi hija parecía no comprender, al final le dije que sí, que era la de nuestro Atleti y se quedó tan feliz.

    Es maravilloso como algo tan trivial cómo el fútbol puede hacer aflorar sentimientos, tornar a los hombres en niños y unir a las personas. Por eso me gusta. Os dejo un vídeo que descubrí gracias al periodista Antonio Sánchez de la Fuente, en su fantástico blog, La elástica. Sobre el fútbol y otros cuentos. El vídeo en cuestión es muy especial: cómo dan las gracias unos niños del Congo al Athletic Club de Bilbao por haberles enviado equipaciones deportivas.

    Por cierto, hace escasos días, el Atlético de Madrid ganaba la Supercopa de Europa. Estuve en Neptuno y en la Puerta del Sol viendo cómo el equipo ofrecía el título conquistado a la afición colchonera. En Facebook dije que que ver al equipo con la Copa ganada era fantástico; estar acompañado por tus hijas, colchoneras, lo era mucho más. Pero es que, además, mi mujer, madridista ella, nos quiso acompañar, quiso estar con nosotros. Y ese detalle fue maravilloso.

    Este episodio me recuerda uno que me pasó con mi padre, hace muchos años y que cuento en este relato, Mi padre y Dirceu.

    Os quiero. Sed felices.

    Ah, Mi padre y Dirceu es un relato incluido en el volumen El ángel de Sao Paulo y otros relatos sobre fútbol.