Aunque a veces lo hago (animado por mi mujer y mis hijas) no me gusta salir a aplaudir a los balcones. Lo siento. Sé que puedo parecer borde y antisocial. Os diré por qué no me gusta salir a aplaudir.
Lo peor de esta crisis del coronavirus no ha llegado todavía. Lo peor será cuando pasen las semanas y haya familias que, con todos en el paro y confinados, no tengan qué comer, por ejemplo, o no tengan con qué pagar las facturas básicas, como hablaba hoy con mi amigo Willy.
Entonces, aplausos aparte, se demostrará la verdadera sensibilidad, nobleza y solidaridad de una comunidad de vecinos. Esos que salimos a aplaudir a los balcones.
Ojo, sé que se aplaude a los servicios sanitarios. Que se lo merecen, por supuesto.
Pertenezco a un colectivo (el profesorado) con bastante mala fama. Y me gusta que al personal médico y sanitario se le agradezca que nos salven vidas (¡¡¡Gracias, chicas!!! ¡¡¡Gracias, chicos!!!) Pero permitidme no aplaudiros hoy. A cambio, cuando pase todo esto, no me enfadaré cuando tenga que esperar mucho tiempo en la sala de un centro de salud. Comprenderé que estáis saturados. Y también, a cambio y cuando pase todo esto, comprenderé que no tengáis el mejor humor cuando me examinéis, pues comprenderé que tenéis jornadas agotadoras.
Dicho esto, quizá mañana salga a aplaudir a aquellos que nos salvan vidas. Pero pensaré, como hoy, que esta guerra es muy larga, y que tendremos ocasiones para probar, con nuestro prójimo, de qué madera estamos hechos en realidad.
Ánimo con la cuarentena. Queda un día menos.

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