Muchos soñábamos con ser narradores,
orfebres de la palabra,
obreros cualificados de la metáfora,
librepensadores en la patria del folio en blanco,
poetas a sueldo.
Y, hoy,
cuando la meta estaba cerca
(o cuando la cruzamos y quisimos atravesarla de nuevo),
resulta
que la ley de la palabra ha sido sustituida por la costumbre de la imagen,
que los narradores ni están ni se les espera,
que el tempo lento es una agonía
y que todos los salvoconductos que un día obtuvimos
servían para cruzar fronteras que hoy han cambiado.
Somos metecos, zíngaros, apátridas.
¡A quién coño le importa que escribas un poema!
¡A quién coño le importa que cuentes una historia!
¡Una más! ¡Pero si estamos llenos!
Pero, ¿sabéis lo que os digo?
Pues que esto está bien,
que la levedad es buena
y que me gustar pensar que
aún
no he conseguido todos mis objetivos vitales.
Así sé que
todavía
no me he vuelto del todo gilipollas
y que soy un niño de casi cuarenta y nueve años.

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