—Oye, Marta, que estoy pensando que, cuando cumplamos veinticinco años de casados, podemos casarnos de nuevo —le propuse a mi mujer. Se me ocurría, no sé, volver a celebrar una pequeña ceremonia, renovar votos, ¡incluso irnos otra vez de viaje de novios! Sin duda, era una idea perfecta.
En esto, mi mujer se me queda mirando fijamente, muy seria, y me responde:
—Pero, ¿qué estás diciendo?
—Que sí, mujer, mira, que para celebrarl…
No me dejó continuar:
—Ya sé, ya sé lo que quieres decir: que nos casemos de nuevo. ¡Pero qué dices! Mira, yo me he casado una vez en la vida y con eso basta.
Coño [léase cooooooñññooooooo]
—Bueno, bueno; allá tú —respondí irónico—. Cuántas mujeres estarán deseando que sus maridos les propongan matrimonio de nuevo. ¡Algunas matarían! Si es que tienes suerte y no lo sabes ver.
—Yo renuevo votos todos los días.
–Joder, qué poco romántica eres.
A la mañana siguiente me desperté con un zumo de naranja recién exprimido delante de mí. Estaba rico. Marta se hizo cargo de las niñas mientras me duchaba a mi ritmo (slow motion). Por la tarde nos hizo fideuá (la de la foto, la de la foto). Estaba muy, muy buena.
Después de almorzar, mientras estaba en la cocina preparando unos cafés, le comenté a Marta que me acordaba de un viaje que hicimos los dos casi de recién casados. Yo estaba malo y me llevó a la playa, para que me curasen el sol y el aire del mar. Y también nos acordamos de varios episodios más: salados, dulces y amargos, variaditos todos.
—Trece años juntos dan para mucho.
—Sí, trece años juntos dan para mucho.
Las niñas jugaban en el salón. Se están haciendo muy mayores.
El tiempo pasa lentamente, día a día, sin que nos demos cuenta. Media vida pasa en un latido.
Os quiero mucho, verdianos.

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