
Este fin de semana ha ocurrido un hecho que puede parecer liviano pero, en realidad, tiene más importancia de lo que parece. Os cuento: mi hija Mónica (8 años) ha debutado este fin de semana como jugadora de uno de los equipos de baloncesto de su colegio. Hasta ahí, todo normal. Pero hay algunas circunstancias que dan valor a este hecho:
- Es nueva en el colegio
- Hasta hace dos meses no sabía botar un balón de baloncesto (literal)
- Le pesa tanto el balón, que sus tiros aún no llegan a tocar el aro
- Es la única niña del equipo
- No soporta los ruidos altos ni los ambientes tensos
- Es muy tímida y, al poco de empezar los entrenamientos, quiso abandonar
Marta y yo la convencimos de que debía seguir. «Tú ya estás apuntada, Moni. Mira, sigue probando y si al final de curso te sigue sin gustar, pues el curso que viene intentas otra cosa y ya está. No pasa nada».
Hace unos días, eligió el número 8 para jugar.
–¿Y por qué lo has elegido, Moni? — le pregunté.
–Pues, papá, porque tengo 8 años –contestó con una lógica aplastante.
Bien, ayer debutó. Y le puso muchas ganas. Y se lo pasó bien. Y se rió. Y no le importó ser la única chica rodeada de chicos. Y casi mete canasta. Y se olvidó de a quién debía marcar. Y a ratos se puso nerviosa. Y a todos nos dio igual que no la metiera, que se olvidara de su marca, que hiciera campo atrás.
Y, lo más importante, a ella le dio igual. Ella veía que estaba superando un reto.
Sé que es un hecho simple, casi tonto. Pero, viéndola jugar, para mí era ver como la Final Four.
Y con el número 8, ¡Mónica! Bravo, hija, bravo.
(*) Ilustra este post una foto de la charla que el entrenador del equipo dio a los chavales antes del partido. Los niños salen del espaldas, la cara del entrenador (un tipo fantástico, por cierto, a quien no le importa ganar o perder, sino inculcar el valor del deporte) está conscientemente cortada. La foto es en blanco y negro para no desvelar los colores del cole.

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