Por regla general, las aulas universitarias son lugares mágicos. Cada curso son frecuentadas por docenas y docenas de jóvenes que tienen sueños y que piensan, afortunadamente, que éstos pueden convertirse en realidad.
Los chicos no lo saben o no se dan cuenta, pero el caso es que impregnan las aulas con su luz.
A veces, en clase, hay momentos de comunión en los que el tiempo se para y se escuchan los latidos de los corazones. Es como si los chicos adivinaran su futuro, como si levantaran los naipes de su destino.
En las aulas también he reencontrado al alumno que fui. En las aulas trabajo para ser la persona que quiero ser.
Y yo quiero seguir siendo profesor.

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