Cada verano, entre todas las fotos que nos hacemos, elegimos una: es la foto del verano. Generalmente es la que mejor rollo transmite y en la que salimos los cuatro, María, Mónica, Marta y yo. También, generalmente, suele ser una auto-foto; es decir: yo tomo la cámara con una mano, extiendo mi gadgeto-brazo, enfoco por intuición y, click, ya está, una imagen para la posteridad.
Bueno, para la posteridad, para la posteridad, no sé. Lo que es seguro es que esa foto será, durante un año, el fondo de escritorio del ordenador del despacho de casa y del despacho de la Universidad. Así, en las tardes de invierno, cuando arrecie el frío o cuando las nubes no dejen ver el sol, esa foto nos recordará que el buen tiempo nos espera, como siempre, en un par de solsticios.
Esta noche, después de trabajar en un libro sobre comunicación que estoy escribiendo con María de Andrés, he escogido la foto del verano y ya está de papel tapiz. Es preciosa. Excepcionalmente no la he tomado yo, sino mi cuñada Tati. Las niñas, Marta y yo estamos en la playa de Oliva, sentados en la arena, cerca del mar. María, mi hija pequeña, está sobre las rodillas de Marta. Mónica, mi hija mayor, está apoyada sobre mi espalda y yo acerco mi cara a la de mi mujer.
General Invierno, aquí te estamos esperando. No te tenemos miedo. Ya sé que los días son más cortos, que no hace tan buen tiempo, que las golondrinas ya ensayan su adiós. Pero con esta foto, querido, somos, literalmente, invencibles.
PD: Naná, Tati, Diego, gracias por los momentos de sol y mar: los que disfrutamos nosotros y los que está disfrutando Moni.

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