El otro día, en una conversación telefónica con mi amigo Felipe, recordé la película The Reader. Es una de las mejores cintas que he visto en los últimos años. Supongo que ya sabes de qué va: son muchas historias en una sola, pero, quizá, la parte de la trama que más me llama la atención aborda cómo una persona aparentemente normal puede cometer atrocidades.
Michael Berg, el protagonista, en una fase de su vida (cuando es estudiante de Derecho) asiste por casualidad a un juicio. Descubre, abrumado, que allí se juzga a una mujer, Hanna Schmitz, mucho mayor que él, a la que cree conocer muy bien. Hanna y él vivieron un romance secreto. Pero también descubre, con estupor, un capítulo de la vida de Hanna: ella fue nazi en la II Guerra Mundial y se confiesa culpable de crímenes monstruosos.
Al día siguiente, los compañeros de clase juzgan (con evidente razón y pasión) los crímenes cometidos por Hanna y, por añadidura, por el nazismo. Pero Michael les hace reflexionar (con más razón aún) haciendo, más o menos, la siguiente observación: «No estamos aquí para juzgar, sino para comprender por qué sucedió todo esto».

Deja un comentario