Los marineros me cuentan cómo les va en sus nuevos barcos, los mares tempestuosos que han cruzado y las islas de arena cálida que han descubierto, muchas veces por azar.
Me dicen también que se acuerdan de mí y de cómo nuestro barco navegaba más rápido si nuestras velas eran empujadas por el viento del optimismo y la fe en el mañana.
Ellos y yo sabemos que el viaje no se acaba nunca. Sabemos que, aunque estemos separados por millas de distancia, seguimos los surcos de espuma que nuestros derroteros dejan en la mar.
Sus palabras son como la Estrella Polar que me gusta mirar de vez en cuando y que me ayuda en la travesía.

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