Hace unos cuantos años me di cuenta de que, en el pueblo en donde vivo, la piqueta estaba echando abajo las antiguas casas viejas de piedra, aquéllas que, en muchos casos, fueron utilizadas antaño como graneros, cuadras o simples cobachas en donde los aldeanos guardaban sus aperos. Así que, antes de que el urbanismo se las comiera y levantara casas de ladrillo rojo con porteros automáticos y muros poco más gruesos que el papel de fumar, decidí hacerlas una foto para guardarlas siempre en la memoria.
Algunas todavía resisten. Qué maravillosa palabra, llena de fuerza y fe: resistir.

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