Ha ocurrido esta misma tarde, en la puerta del polideportivo del pueblo donde vivo. Dos chavales estaban jugando con un balón de reglamento. Uno, que hacía de portero, llevaba una réplica de camiseta de la selección española. El que hacía de jugador vestía la equipación del equipo de la localidad.
Chutó y metió gol.
—¡Golazo! —exclamó.
—De puta chorra, chaval.
Tanto uno como otro hacían gala de un abierto acento madrileño, gracioso y chuleta. Hay que tener mucho arte para saberlo lucir; no todos podemos.
Lo bueno, lo mejor de todo, eran los dos chavales: el que hacía de jugador era de ascendencia marroquí; la del portero, sudamericana.
Nuevos madrileños, nuevos españoles. Convivencia que busca la integración. Futuro.
No, no me malinterpretéis: mi vecina (de la que tan siquiera sé su nombre, vive en la urbanización de enfrente) no está buena. Calculo que pasará sobradamente de los cincuenta. Está casada con un hombre de pelo plateado; un señor con aspecto de dandy que, en las mañanas tranquilas, sale a la terraza, se sienta en una hamaca de playa y se pone a leer el periódico.
Hablo de mi vecina, que no es modelo y de la que no sé su nombre, porque, esta mañana, ha salido a la terraza a regar sus geranios en bikini. Todos los años cumple el mismo ritual. Y, amigos, esa es señal inequívoca, al menos en donde yo vivo, de que ha llegado el verano.
Vamos a ver cómo empezamos esta estación, verdianos.
Ibrahim es de Marruecos y tiene una tienda de comestibles en el pueblo donde vivo. Desde hace algunos meses luce en la pared del establecimiento una camiseta del Atleti que Fernando Torres le firmó a su hija pequeña, una mañana que fueron a verle entrenar a Majadahonda.
Como compartimos el amor por los mismos colores, el otro día pasé a saludarle y le dije:
–Ibrahim, hay que rezar.
Al principio se me quedó mirando extrañado. ¿Cómo era posible que un español le dijera a él que había que rezar? No lo comprendía. Le señalé la camiseta de Torres y le repetí:
–Hay que rezar. A Dios, a Mahoma o a Mandinga. Pero hay que rezar para el día 28. Esta vez tenemos que ganar.
Ibrahim rió y me dijo:
–Amigo, todos esos son uno solo.
–Pues eso, que el de arriba se entere, ya que es uno solo, que lo de Lisboa fue un accidente y que la Champions debe ser nuestra.
Mis hijas y yo salimos con una sonrisa de la tienda. Ibrahim es una gran persona, da igual el equipo del que sea.
Desnudo y sin el peso de su armadura de caballero, Perceval descubre, tras sufrir muchas penalidades, cuál es el secreto del Santo Grial. Este secreto le servirá para sanar a su rey, Arturo, que se encuentra enfermo y sin ganas de vivir. «Vos y vuestra tierra sois uno», le dice.
Al menos, así lo cuenta John Boorman en su película Excalibur, de 1981.
Aunque magnético, el personaje de Perceval es uno de los más desconocidos de la mitología artúrica. Ha sido modulado por la imaginación de muchos autores (obra poética, prosa y audiovisual). La visión más universal es la del monje Chrétien de Troyes, escrita en 1180.
Quizá Perceval nos enseñe algo. Su fuerza consiste en resistir de forma repetida y de una manera tan natural que se queda interiorizada.
El mito de Perceval es ejemplo claro del viaje del héroe descrito por Joseph Campbell en su libro. El héroe de las mil caras. A través del estudio de distintas religiones y mitologías, Campbel descubrió que en todas las culturas los héroes/heroínas siguen 12 pasos. Culminan con la vuelta del héroe a su punto de partida, con un secreto desvelado, un elixir mágico, un premio. Perceval vuelve a Camelot con el Santo Grial.
Si continuamos con la teoría literaria, descubriremos que la búsqueda que Perceval hace del Santo Grial tiene los elementos del sistema actancial de Greimas.
«Perceval es quien persevera», me dijo un amigo hace muchos años.
Excalibur y el Santo Grial
¿Quieres recordar algunas escenas de la película de Boorman?
Antes de encontrar el Grial, Perceval es tentado por Morgana.
Tras haberlo encontrado, lo lleva a Arturo para que éste sane,
Detalle del retrato de Erik Satie (por Ramón Casas)
Querido verdiano:
En este mundo estúpido en el que todos hemos caído en el poder de la imagen, me he dado cuenta de que los verdaderos caballeros son aquellos que nunca dicen que lo son.
Me fijo, por el retrovisor, que el auto de detrás está conducido por una joven, que me frunce el ceño y me dice «que no, que no» con la cabeza.
Tomo la siguiente rotonda de película. Palabra. Mejor que cuando me enseñaron en la autoescuela. Qué lujo en el uso de los intermitentes, oigan. Qué limpieza de trazada.
Me vuelvo a dar cuenta, gracias al retrovisor, que la señorita de detrás sigue enfadada, sigue diciendo «que no, que no» y que, ahora, empieza a gritarme.
Parece hasta peligrosa. Joder.
Y ella, «que no, que no».
Semáforo en rojo. Apago la radio. Bajo la ventanilla. Agudizo el oído.
La señorita de atrás viene cantando a Alejandro Sanz.
Cabalgata de Reyes Magos en las afueras de Madrid, en el pueblo donde vivo.
Al paso de Melchor, un padre bromista le grita:
—¡Quiero el balón de la Liga! ¡Quiero el balón de la Liga!
Parece que Melchor pasará de largo. Está pendiente de repartir caramelos entre los niños. Pero no: ha oído al padre. Se da media vuelta le señala con el dedo, cómplice, sonriendo, y le contesta:
Y, de repente, nos damos cuenta de que somos tipos con suerte. Pese a todo. Tipos, tipas con suerte. Así que bailemos para que se quede con nosotros, para que no se vaya jamás. Y para que, si lo hace, afrontemos de buena manera lo que venga, lo que sea. ¿Quieres bailar?
Imagen del post: Escena de Zorba, el griego (Michael Cacoyannis, 1964)