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  • La rodillera

    Le tuvo más de diez minutos al teléfono. Era una chica. Le vendía una rodillera. Al principio él fue muy amable con ella. Le dijo que no le interesaba, que ya estaba operado de menisco. Y ella seguía. Y le decía que no sólo valía para la rodilla, sino para el codo, para el cuello y que era buena hasta para las varices. Y él le decía que no gracias. Y se le pasó por la cabeza colgar. Y entonces él recordó aquellos días en los que tuvo que trabajar en tantos y tantos trabajos grises de temporadas grises en los que llegaba a casa hecho una mierda.

    Al principio fue amable con ella. Y al final también. La vida es muy jodida para todos en estos tiempos. Lo que ocurre es que cuando estamos bien se nos olvida lo mal que lo pasamos un día y creemos que estamos a salvo de cualquier mala racha.

    La chica le dio las gracias por ser educado y le deseó una fantástico día. Él también se lo deseó a ella y cuando colgó el teléfono sintió un pellizco en el corazón.

  • El salto

    Esta mañana hablaba con mi amigo Willy y le comentaba que, movido por inquietud intelectual, tenía ganas de dar un salto hacia adelante. Willy me animó. «Tienes mundo», dijo. «Sabes decir las cosas y sabes convivir con muchos tipos de gente».

    Hablamos de la curiosa aliada que es la edad. El paso del tiempo, convinimos, te resta muchas cualidades, pero también te otorga otras virtudes. Quizá sean menos visibles y sonoras, pero son más profundas. De esas que te otorgan a ti y a los que te rodean de esa especie de tranquilidad que consiste en saber que, al final, todo tiene sentido.

  • La primera vez que entré en el edificio 17

    //www.instagram.com/embed.jsSiempre digo que las aulas son lugares sagrados; conforman un espacio físico al que se le debe respeto. Cuando piso un aula por primera vez pienso en todas las personas que estuvieron allí antes y, también, en todas las personas que no tuvieron esa suerte.

    La primera vez que entré al edificio 17 de mi Facultad, hace doce años, me sorprendió su pulcritud. Las taquillas estaban cuidadas, sin una sola pintada, pegatina o muesca. A pocos metros del hall principal, en el pasillo que lleva a los platós de televisión, descubrí el enorme e hipnótico mural de Enrique Linaza dedicado a la Historia del Cine, también cuidado y respetado. Todo se ha mantenido así con los años. Por cierto, el curso pasado se colocó otro mural, en la primera planta, con primeros planos de estudiantes, fotografías que nadie osa tocar.

    Con el paso de los años, se ubicaron en hall y pasillos sillas y mesas para que los estudiantes pudieran estar sentados y trabajar en ratos de espera. Todo este mobiliario es tratado con mimo, como si todos fuéramos conscientes de su importancia, como si en esas sillas y mesas también se hiciera Universidad. Porque la Universidad, además de las materias propias de un grado o un máster, es una conversación, saber escuchar las opiniones de un amigo (o de quien no lo es), dialogar por los pasillos, saludar y conocer al personal administrativo y de apoyo, intercambiar una sonrisas en la cafetería. La Universidad es el más claro exponente de la Vida.

    Comparto las ideas expuestas en Zemos 98: «La educación puede suceder en cualquier momento, en cualquier lugar«. Y aunque esto pudiera indicar que el espacio físico debe tener menos importancia, yo lo interpreto de otra manera: en educación, para que haya un libre intercambio de ideas, el espacio (tanto físico como virtual) debe ser sagrado.

    Todo esto se me vino a la cabeza ayer por la tarde, viernes, cuando el edificio 17 estaba medio vacío, al igual que la primera vez que lo vi. Por tener, dicen, tiene hasta fantasmas. Pero, como decía el novelista, «esa es otra historia» que no sé si algún día contaré aquí.

  • Los porqués a partir de los 50

    Estuvimos todos en la Mercedes Fashion Week para ver el desfile de mi sobrina Marta (Lye Lysianne). Fue emocionante, muy emocionante. No era para menos: después de muchos sacrificios, Marta obtenía un merecido reconocimiento como diseñadora de moda.

    Mi hermana Carmen me presentó a sus amigas Almudena y Sofía. Intercambiamos chistes y opiniones. Hablamos de la vida, de matrimonios y familias. Les enseñé fotos de mi mujer y de mis hijas. Entonces Sofía me dijo: «Hasta que cumples cincuenta, en la vida todo es teoría. A partir de esa edad viene la práctica; es cuando te empiezas a dar cuenta del porqué de las cosas».

    Muchas gracias, Sofía.

  • Habrá que reinventar el verano

    Ayer por la tarde lo comentábamos, sorprendidos, mi amigo Felipe y yo: por estas latitudes, los vencejos y los aviones ya se han marchado. Lo venía notando desde hace unos días (ya no escuchaba su alboroto al atardecer) y Felipe me lo ha corroborado: se han ido mucho más pronto que otros años.

    Hemos comentado que, quizá, los cambios de temperatura de este verano (que han sido brutales) les hayan hecho creer que se ha adelantado el otoño. O, también, que esos mismos cambios en el mercurio han propiciado que buena parte de su sustento (son insectívoros) haya desaparecido y por eso han tenido que buscar lugares mejores para vivir.

    Parece ser que no podemos hacer nada para que vuelvan, como tampoco, parece ser, podemos hacer nada para vivir un verano más amable. El verano y las circunstancias pasadas parecen inmutables. Y en cuanto al tiempo (no me refiero al atmosférico, sino al regido por el dios Crono) «es el que es», como apostilla un conocido personaje de la serie El Ministerio del Tiempo.

    Pero, ¿y si empezamos a rebelarnos y reinventamos este verano?

    ¿Cómo lo harías tú?

     

    Por si te interesa:

     

  • Haiku para mañanas después de las lluvias

    En las mañanas,
    los gorriones pían y
    alejan la noche.

  • Sumilleres reunidos

    Conforme pasan los años noto cómo mis niveles de testosterona están bajando. Y no sé si será casualidad o causalidad, pero también encuentro que los hombres somos cada vez más ridículos. Mucho. La última prueba fehaciente la tuve antes de que llegara la primavera en un restaurante al que fui para comer un menú del día. En la mesa de al lado estaban sentados cinco varones de cincuenta y tantos y que, intuyo, trabajaban en una oficina cercana.

    Uno de ellos pidió al camarero una botella de vino. Un vino supuestamente bueno.

    Os juro que era para descojonarse. Tomaban la copa, la alzaban para ver al contraluz el reflejo caoba del caldo, metían su nariz y ponían cara de entender.

    –Oh, tíos, este vino está de puta madre. ¿No lo creéis? –dijo un macho beta, que no era líder pero pretendía serlo.

    –Sí, tío, claro –dijo uno.

    –Sí, tío, claro –dijo otro.

    –Sí, tío, claro –afirmó otro.

    Hasta que el macho alfa de verdad dijo:

    –Joé, tíos, esperad. A ver, este sitio es magnífico pera comer, pero no para beber vino bueno. Es que a mí éste me sabe a corcho.

    –No jodas, tío. Mmmm. ¡Es verdad!

    Todos se miraron entre sí. Había que encontrar consenso.

    –¡Es verdad!

    –¡Es verdad!

    –¡Es verdad!

    Y los cinco cambiaron oficialmente de opinión: el vino ya no era bueno y el sitio ya no era el idóneo para degustar un rioja como dios manda.

    No sé si os habéis dado cuenta de que a los hombres nos gusta hacernos los entendidos en vino a partir de los 50. Conforme se nos escapa la vitalidad, disfrazamos nuestros nuevos estados físicos y psíquicos de sibaritismo y gusto por el bouquet. Cuando lo que pasa, en realidad, es que nuestro cuerpo no puede aguantar la caña que le metíamos cuando teníamos treinta.

    Sigamos con nuestro cinco amigos.

    Cambiada oficialmente la opinión sobre el vino, y después de preguntarse los unos a los otros qué iban a hacer el fin de semana, el macho beta (que ya asumía que nunca sería macho alfa), sacó el móvil, abrió la galería de imágenes, buscó con el índice una foto de algo parecido a unos olivos (o qué se yo) y dijo lo siguiente. Os lo juro:

    –Jo, tíos, yo he descubierto una actividad que quita el estrés que te cagas. ¡Me he comprado una podadora y estoy dale que te pego a los árboles!

    –Hala, tío, qué bestia.

    –Sí, eres un bestia.

    –Jo, qué bestia.

    Y todos apostillaron: «Te va a salir una hernia discal».

    El macho beta miró a todos como diciendo: «Os he cortao, merluzos. No os ha gustado el vino que he escogido. Pero os he demostrado que tengo tierras».

    Y así, amigos, es como avanza la Humanidad.

  • Buena gente (I): Terapia en el banco de un parque

    Hoy he hablado con una de las madres del cole mi hija. Es psicóloga. Le he preguntado por su gabinete. «No va mal, voy haciendo pacientes», me ha contestado. Luego me ha hecho una confesión: en muchas ocasiones, cuando la gente a la que trata no tiene dinero, queda con ella en un parque, se sientan en un banco y hacen allí la terapia. «¿Cómo voy a dejar sola a una persona con problemas?»

  • La luna sobre nosotros

    Corría el año en que el Kaiser había muerto y también había fallecido nuestro padre. Aquella noche mi hermano y yo salimos al bosque para aclarar nuestras diferencias. Él llevaba una pistola y yo otra. Ambos las escondíamos y ambos sabíamos, también, que las íbamos a utilizar. La luna estaba grande, más de lo normal. Los grillos aún cantaban. Fuimos a un claro para vernos bien y tomamos distancia. No mediamos palabra cuando desenfundamos. Ni a él ni a mí nos temblaba el pulso. Antes de terminar de apuntar, mi hermano se encogió preso de dolor, soltó la pistola y se llevó las manos a las sienes. Me preguntó entre dientes:

    –¿No lo sientes, Wilhem? ¿No lo sientes?

    –¿El qué?

    –El temblor, dios mío, el temblor. ¡Me va a estallar la cabeza!

    Yo no sentía nada, pero me di cuenta de que los grillos habían callado.

    De repente, sí, lo sentí: una fuerza, un temblor que me empujaba hacia abajo. Empezaba a destrozarme por dentro con una presión descomunal, como si dios me apretara con un puño. Mi hermano miró hacia arriba y yo también. La Luna se hacía cada vez más y más grande. Venía. Venía. Venía hacia nosotros. Lo supimos entonces: la Luna iba a chocar contra la Tierra. Yo también solté la pistola.

    Todo empezó a temblar a nuestro alrededor y oímos un rugido tétrico.

    Nos miramos y comprendimos qué estúpido puede ser todo.

  • Lobito bueno

    Una vez, mientras viajaba en un vagón de metro, entró un hombre pidiendo unas monedas a cambio de una canción. Era indigente y creo (por ciertos rasgos y cicatrices en la cara que sólo pueden emerger desde el fondo del alma) que había tenido alguna relación con las drogas. No llevaba instrumento alguno y empezó a cantar a capela. Lo hacía como podía, con voz rota y evidente esfuerzo. Mucho esfuerzo.

    La canción, en concreto, era un poema de José Agustín Goytisolo musicado por Paco Ibáñez: El lobito bueno. Una canción aparentemente naif, sólo aparentemente.

    Me emocionó escuchar esa canción a ese hombre y en esas circunstancias.

    Frente a mí había dos jóvenes sentados que se empezaron a reír del vagabundo nada más empezaron a escuchar la letra.

    —¿Por qué lo hacéis? —les pregunté con la mirada—. ¿Por qué lo hacéis?

    (*) He recordado lo que viví aquella tarde al ver en el muro de Facebook de Julia Cortés el poema musicado de Goytisolo por Paco Ibáñez.