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  • Caminar bajo el sol y sobre la arena de la playa

    Estos días estoy hablando a los chicos de la importancia de la sencillez en el lenguaje (ojo, digo sencillez y no simplicidad) para expresar pensamientos claros e, incluso, emociones sinceras. A menudo, la hipocresía se engalana con gerundios, perífrasis, formalismos y muletillas. Y, por el contrario, casi siempre, la honestidad (intelectual y emocional) es cristalina, breve, certera y sin rodeos.

    Hace mucho tiempo, una jefa que tuve me dio mi primera lección de Periodismo: «Los redactores debemos escribir en corto, para que nos entiendan mejor», decía. «Eso sí: es más difícil escribir en corto que en largo. Cuesta mucho más y la gente te lo reconoce mucho menos».

    Casualmente, estos días me llega una música que me deleitó cuando yo era poco más que un crío. Es de OMD (quienes, por cierto, han vuelto) y la canción habla de sentimientos verdaderos que se desvelan poco a poco, de, textualmente, cogerse las manos, mirar al sol, andar sobre la arena de la playa.

    Que la disfrutéis. Ah, y no os olvidéis ser felices.

  • El sabor de las naranjas (los días son más cortos)

    Maldición: conforme avanza el calendario los días son más cortos. Me di cuenta de ello la otra tarde, cuando daba la cena a mi hija mayor en el balcón de casa. A ese momento corresponde la foto que te traigo en este post.

    Nunca he aborrecido una estación en concreto, pero sí el tránsito de una a otra. Sí, chicos: no me desagrada el otoño, pero el fin del estío me llena de una profunda melancolía.

    Creo que no queda más opción que tomarnos este tránsito como un toque de atención que nos da el verano para apurar hasta su última gota, como cuando decidimos saborear de principio a fin un buen zumo de naranja.

    ¿Estáis preparados? Venga, tomad el vaso. ¿Lo veis? Naranja, maravilloso. Tomadlo, elevadlo al sol, mirad su brillo, acercáoslo a la boca, sentid la leve acidez en los labios, en la lengua, en el paladar. Tomad un primer sorbo. Ya baja por vuestra garganta. Os va llenando de la luz del sol con la que la naranja se nutrió al crecer.

    ¿Queréis tomar otro sorbo? ¿Sí?

    Salud. Y, por favor, no os olvidéis de ser felices.

  • Unas gafas especiales (I)

    En los primeros días del otoño, Mónica, mi hija mayor (de cuatro años), estaba a punto de empezar sus clases de natación. Afrontaba el reto muy contenta: el pasado verano, gracias a la perseverancia de mi mujer, había aprendido a nadar sin flotadores y sin ayuda de ningún tipo.

    Como sus viejas gafas de piscina se le habían rayado mucho, un viernes por la tarde, en uno de nuestros paseos, nos dirigimos a la tienda de deportes del pueblo con la intención de comprarle unas nuevas. Mi mujer se quedó en la calle con María (dormida en su cochecito) y Mónica y yo pasamos a la tienda. Le elegí una gafas bonitas, grandes y de un color maravillosamente azul. Me las puse un momento y comprobé, asombrado, que la tienda y la calle se veían con una nueva luz; eran distintas a mis ojos. Eran, si cabe, más bonitas y alegres.

    -Éstas son chulas, Moni. ¿Te las quieres probar?

    -No.

    -Venga, hija, ¿te las pruebas?

    -No.

    -Hija.

    -No.

    En fin. No quise insistir. Pagamos las gafas y salimos a la calle. Una vez fuera, Mónica me dijo:

    -Papá, quiero probarme las gafas.

    Vaya. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue preguntarle por qué entonces sí y hacía dos minutos no. Pero, bueno, tampoco quise tener una discusión en plena calle. Así que saqué las gafas de su funda y se las di. Parsimoniosamente, mi hija se las puso. Primero, sobre la frente, apartándose el cabello de la cara; luego se las bajó hasta encajárselas sobre los ojos.

    Miró arriba, miró abajo. Miró a la izquierda y a la derecha. Noté cómo focalizaba de cerca y de lejos.

    Yo estaba un poco mosca. ¿Y si no le gustaban?

    De repente Mónica me dedicó una sonrisa maravillosa. Me dijo: «Papá, me has comprado unas gafas para ver el mundo».

    «Para ver el mundo«, había dicho. Y recordé que, minutos antes, el entorno me había parecido mágico gracias al tinte azul de las lentes.

    Mientras volvíamos a casa, me sentía el padre más feliz del Universo.

  • Factótum

    La otra noche vi Factótum, la adaptación cinematográfica de la novela del mismo nombre de Charles Bukowski. Hacía tiempo que no veía poesía en la crónica de una derrota que, sin embargo, puede tener final feliz. Los sueños pueden hacerse realidad, eso no vamos a discutirlo. Pero, ¿acaso piensas que podrás pasar por la vida sin mancharte?

  • El extranjero

    Era un local pequeño y en penumbra. El viejo cantautor hizo una pausa al terminar una de las canciones. Estaba sentado en un taburete, con la guitarra apoyada en las piernas. Se giró a la derecha, alargó la mano y alcanzó un vaso de agua. Bebió con parsimonia. Luego, tras dejar el vaso en su sitio, se atusó la caballera y la barba, que los años habían tornado de marfil. Tenía una duda: ¿con qué pieza continuar?

    Entonces, la voz de una chica se oyó entre el público: ella le pedía una canción, una canción muy específica. El viejo cantautor sonrió, suspiró y acometió los primeros acordes de aquella melodía.

    El cantautor no era otro que George Moustaki, aquella chica era mi hermana Carmen y la canción que le pidió (una de mis preferidas) era Le métèque (El extranjero).

    No olvidéis ser felices. Ah, por cierto, la foto ni fue tomada por mí ni se corresponde a ese día, sino que la he encontrado en el baúl de las sorpresas de Youtube. La historia, totalmente cierta, ocurrió hace muuuuuucho tiempo.

  • Madrid de los Austrias

    Recuerdo una tarde de primavera de hace muchos años. Un amigo y yo caminábamos por el Madrid de los Austrias, insólitamente tranquilo y vacío a esas horas. El sol tibio se reflejaba en los cristales de los balcones. Sólo oíamos nuestros pasos sobre el empedrado, hasta que, de un balcón abierto, sonó esta melodía que, desde entonces, me acompaña siempre.

  • Tarta de queso con arándanos

    A veces, los caminos del destino son caprichosos y hay que recorrer miles de kilómetros para volver al punto de partida. Eso sí, con otro espíritu, con otra mirada. Es lo que le ocurre a la tímida Lizzie, una joven neoyorkina que intuye que su novio le está siendo infiel. Para hallar pruebas que le empujen a cortar la relación, Lizzie va al café donde, supuestamente, su novio estuvo la noche anterior acompañado de su aventura. La joven quiere que el dueño del local, como testigo, le confirme estos hechos.

    El dueño es un joven inglés llamado Jeremy. Le corrobora que, en efecto, su novio estuvo allí la noche anterior. Recuerda incluso lo que comió. Y recuerda también (desgraciadamente para Lizzie) que estaba acompañado por una mujer.

    Lo que sigue a continuación es de prever: enfados, llantos, tristeza de Lizzie, ruptura de la relación.

    Pero lo que ella no sabe es que empezará a ser amiga de Jeremy. Noche a noche irá al café a compartir conversación y confidencias. Ella se hace mil preguntas sobre el amor y la soledad; Jeremy, un tipo que sabe escuchar, le confiesa que llegó a Nueva York arrastrado por un amor que también se truncó.

    Cuando parece que Lizzie va a quedarse con Jeremy, ella decide dar un giro a su vida y emprende un largo viaje. Marcha de un estado a otro trabajando como camarera y ahorrando para comprarse un coche. Va conociendo gente. Se va dando cuenta de que la vida, a veces, es más dura de lo que había imaginado, de que ella en realidad es una persona con mucha suerte y de que, pese a todo, merece la pena confiar en las personas.

    A lo largo de este viaje va escribiendo postales a Jeremy, quien las lee a muchos kilómetros de distancia, tras la barra de su café. Sobra decir que Jeremy ya se ha enamorado de ella. Él se desespera porque no puede establecer contacto y no sabe cuándo volverá.

    Hasta que una noche, Lizzie regresa al café, al lugar donde empezó todo.

    Ésta, a grandes rasgos, es la historia de My blueberry nights, película dirigida por Wong Kar-Wai. Los papeles de Lizzie y Jeremy están interpretados por Norah Jones y Jude Law. Entre otros, Natalie Portman y Rachel Wiesz completan el reparto.

    No sabía que la película me iba a gustar tanto, que me iba a enganchar su banda sonora, que me iban a enamorar sus diálogos. Uno de ellos me parece alucinante: Lizzie se pregunta por qué hay personas con mala suerte, personas a las que no elige nadie. Es ya de noche y el local está a punto de cerrar. Jeremy saca del mostrador una tarta de queso con arándanos, que al final del día ha quedado casi intacta. Él hace una comparación: hay personas que son como las tartas de arándanos: son buenas, muy buenas, pero la gente prefiere las de fresa o las de manzana. ¿Tienen algo malo las tartas de queso con arándanos? Evidentemente, no. Pero, cada día, al final de la jornada, están ahí, sin que nadie las pruebe.
    El viaje que emprende Lizzie, además de físico, es interior. A veces será duro, pues el conocimiento exige sacrificio y mirar a la soledad y a la tristeza directamente a los ojos. Pero todo tiene sentido al final del viaje y, aún más, cuando… Bueno, no os quiero contar el final.

    Os deseo felicidad a todos. Ahí tenéis unas imágenes de la película con su banda sonora:

  • Algunas casas de piedra todavía resisten

    Hace unos cuantos años me di cuenta de que, en el pueblo en donde vivo, la piqueta estaba echando abajo las antiguas casas viejas de piedra, aquéllas que, en muchos casos, fueron utilizadas antaño como graneros, cuadras o simples cobachas en donde los aldeanos guardaban sus aperos. Así que, antes de que el urbanismo se las comiera y levantara casas de ladrillo rojo con porteros automáticos y muros poco más gruesos que el papel de fumar, decidí hacerlas una foto para guardarlas siempre en la memoria.

    Algunas todavía resisten. Qué maravillosa palabra, llena de fuerza y fe: resistir.

  • Para reír, para llorar, para enamorarse, para conocerse a uno mismo

    Cada vez que mi amigo Toni y yo hablamos por teléfono, cumplimos el ritual sagrado de recomendarnos algunos libros. Tras lanzar al aire dos o tres títulos, siempre terminamos preguntando: «Pero, bueno, ¿tú para qué lo quieres?» Porque un libro no se recomienda al azar, a no ser que conozcas a la perfección qué quiere tu amigo o cuáles son sus últimos gustos literarios. Un libro es como un fármaco: de su correcta receta y administración depende que siente bien o mal, que se atragante, que provoque una úlcera o, por el contrario, que cure problemas del alma para siempre. Los libros que suelo recomendar, según para cada caso, son los siguientes:

    Para reír

    • La conjura de los necios, de John Kennedy Toole
    • Azucena, que juega al tenis, de Manuel Hidalgo
    • Sin noticias de Gurb, de Eduardo Mendoza

    Para emocionarse

    • Cuento de Navidad y Grandes esperanzas, de Charles Dickens
    • La herida del tiempo, de J.B. Priestley
    • El bosque animado, de Wenceslao Fernández Flórez
    • Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura
    • Castilla, de Azorín
    • Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez
    • El árbol de la ciencia, de Pío Baroja
    • Desayuno en Tiffany’s, de Truman Capote
    • Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester
    • La hoja roja, El príncipe destronado, La sombra del ciprés es alargada y Señora de rojo sobre fondo gris, de Miguel Delibes
    • Rayuela, de Julio Cortázar
    • Obabakoak, de Bernardo Atxaga
    • El desorden de tu nombre, de Juan José Millás
    • Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez
    • Si me necesitas, llámame y Tres rosas amarillas, de Raymond Carver
    • La voz dormida, de Dulce Chacón
    • Soldados de Salamina, de Javier Cercas
    • El año del francés y Retratos de ambigú, de Juan Pedro Aparicio
    • Galíndez, de Manuel Vázquez Montalbán
    • Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, de Luis Sepúlveda
    • El Palacio de la Luna y Tombuctú, de Paul Auster

    Para conocerte a ti mismo

    • El lobo estepario, de Hermann Hesse
    • La señora Dalloway, de Virginia Woolf
    • El arte de amar, de Erich Fromm
    • Ilusiones y Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach
    • Hojas de Hierba, de Walt Whitman

    Para subir la temperatura

    • Sexus, de Henry Miller
    • Seda, de Alessandro Baricco

    Para enamorarse

    • Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda
    • La voz a ti debida y Razón de amor, de Pedro Salinas
    • Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa
    • Poesía completa, de Julio Garcés
    • Poemas, de Emily Dickinson

    Aventuras

    • La Odisea, de Homero
    • La isla del tesoro, R.L. Stevenson
    • El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas
    • Vuelo nocturno, de Antoine de Saint-Exupéry
    • Sinuhé, el egipcio, de Mika Waltari
    • El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad
    • Las inquietudes de Shanti Andía, de Pío Baroja
    • La dama de Berlín, de Frank & Vautrin
    • Una princesa en Berlín, de Arthur R.G. Solmssen
    • León, el africano, de Amin Maalouf
    • La reina del Sur, de Arturo Pérez Reverte

    Ciencia fición

    • La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares

    Misterio

    Leyendas, de Gustavo Adolfo Bécquer

    Drácula, de Bram Stoker

    Seguro que me he dejado muchos en el tintero. ¿Puedes ayudarme? ¿Cuáles son los libros que tú recomendarías?

  • Ediciones Irreverentes cumple diez años

    Me lo dijo el otro día Antonio López del Moral: Ediciones Irreverentes, la editorial donde publicamos algunos de nuestros primeros textos, cumple diez años. Esta mañana, el fundador del grupo, Miguel Ángel de Rus, me ha enviado la foto que os muestro arriba. Me ha hecho muchísima ilusión.

    La fotografía se tomó en 1999, dentro el Café del Espejo, justo al lado del Café Gijón. En la derecha de la imagen posa, con los brazos cruzados, Jordi Sabaté, periodista catalán afincado en Madrid, brillante y con carácter (por favor, Jordi, ¡da señales de vida!). Hace unos años entré en una biblioteca pública y me alegró sobremanera ver uno de sus libros en los anaqueles.

    A su lado se sienta José Luis Cantalejo. Tras sus gafas esconde una mirada azul e inteligente. José Luis es un fantástico escritor de cuentos (ya no sé cuántos premios tiene) y aún sigue trabajando como Director de Comunicación Interna de Cajamadrid. La última vez que me le encontré fue a la salida del Vicente Calderón (él y yo somos socios del Atleti: sí, he de confesarlo aunque no suene muy intelectual) y me dijo que iba a ser padre por tercera vez.

    El hombre de melena rubia del centro es Miguel Ángel de Rus, escritor, alma mater del grupo, visionario y responsable de la editorial. Tiene una mujer que, además de su mejor amiga, es su socia empresarial y dos hijas que son presente y futuro de felicidad.

    Antonio López del Moral sigue trabajando en Televisión Española y sigue, por supuesto, escribiendo muy bien. El otro día, cuando me encontraba almorzando en un bar, vi en la televisón del local que él entrevistaba a Jaidy Mitchell. Por favor, Antonio, dinos qué secreta relación te une a ese pedazo de mujer. Necesitamos saberlo.

    En la izquierda de la imagen estoy yo. Entonces llevaba el pelo corto, lucía algunos kilos menos y era consultor de comunicación en una conocida agencia de relaciones públicas. La publicación del libro colectivo Seres reales, seres imaginarios me sirvió para decir a clientes y compañeros de trabajo que escribía.

    Ha pasado el tiempo y puedo asegurar que todos los que nos sentamos en aquella mesa del Café del Espejo somos muchísimo más felices. La editorial ha sobrevivido; nosotros también. De los cinco, el único que vive de las Letras, tras mucho luchar, es Miguel Ángel. Los demás seguimos escribiendo cuando podemos y, eso, el no perder los sueños y las ilusiones ya es todo un triunfo. Lo más importante es que como personas, creo, seguimos creciendo, seguimos acumulando historias, seguimos escribiendo la mejor de nuestras novelas que, a fin de cuentas, es nuestra propia vida. Seguimos disfrutando de personajes maravillosos, que son nuestras mujeres y nuestros hijos. A veces nos hemos encontrado con personajes malévolos y hemos tenido que sortear peligros. A veces, nuestros barcos han hecho venturosas escalas en Ítaca.

    La lista de autores de Ediciones Irreverentes no tiene desperdicio. Os sorporenderá. Si queréis tener más información, pulsad aquí.