Categoría: Microrrelatos

  • La crisálida de Robert Leeds

    El pulso le temblaba, estaba perdiendo vista y cada vez cometía más despistes. Por eso, desde hacía varios meses, Robert Leeds, tipógrafo de profesión y veterano de la Gran Guerra, presentía que su vida laboral (en la imprenta de la prestigiosa editorial Collins & Co.) estaba llegando a su fin.

    Por una serie de motivos que él nunca terminaba de comprender, sus ayudantes más jóvenes siempre le guardaban las espaldas. Y eso era fantástico y estaba agradecido por ello; pero era consciente de que no podía depender, casi a diario, de la bondad de sus aprendices.

    Un sentimiento nuevo

    Leeds tenía un secreto: aunque su cuerpo estaba cada vez más decrépito, sentía algo parecido a la felicidad. No esperaba nada en especial de la vida y, sin embargo, sentía que algo bueno estaba a punto de suceder. A menudo, se imaginaba a sí mismo como una oruga que empezaba a tejer una crisálida.

    Desde hacía algunos meses, su hijo mayor había prometido a él y a su mujer llevarles a Brighton. ¡Qué maravilla! ¡Ver el mar junto a Dorothy! Recordar tiempos de novios. Pasear juntos de la mano.

    La noche antes del gran viaje, él sintió que había terminado su crisálida y durmió feliz, feliz y feliz.

  • La huida de Maximilien

    Supe que Maximilien estaba enfermo nada más se sentó delante de mí. Sudaba y tosía, y se quejó del ambiente del mesón, pestilente y ruidoso. «Al menos podías haberme citado en otro sitio», me reprochó. «Sabes que me queda poco tiempo y estos ambientes me matan».

    A mi señal, la mesonera nos puso en la mesa otra jarra de vino y quiso que se la pagara en el momento. Le di en la mano unas cuantas monedas de cobre y le agradecí su rapidez en servirnos.

    —Yo se las hubiera tirado —me recriminó mi cliente.

    —Yo siempre soy el mismo —contesté—. Y no quiero que levantemos sospechas ni provocar un altercado. De aquí no saldríamos vivos.

    Cordeliers

    En ese momento, al fondo del mesón, cinco hombres borrachos se levantaron y empezaron a cantar y a gritar consignas revolucionarias.

    —Son cordeliers. Y dentro de poco me reconocerán. Vamos, por favor, dime dónde tengo que ir.

    Le acerqué el paquete, envuelto como si llevara una burda caja de pequeñas dimensiones sin nada de importancia dentro.

    —Esto te guiará —le dije—. El salto sólo podrá ser posible en las coordenadas que hay dentro del paquete. Recuerda: debes ir a las coordenadas justas y sólo un momento antes del amanecer.

    —¿Funcionará?

    —¿Cómo crees que he llegado hasta aquí?

    No advertimos que uno de los hombres que cantaban se acercó hasta nuestra mesa, puso una mano sucia y grasienta en el hombro de mi cliente y dijo con sorna etílica: «¡El Incorruptible!» Y luego avisó a sus otros camaradas: «¡Eh, muchachos, que está aquí El Incorruptible!»

    Llegaron los otros cuatro y le rodearon.

    —Perdonen, señores, debe haber un error. No sé con quién me confunden.

    —Vamos, papaíto, acompáñanos: nosotros te llevaremos a la montaña.

    Mi cliente me miró con la fatalidad de lo inevitable. Le señalé la puerta con la mirada.

    —Tú por la izquierda y yo por la derecha.

    Nos levantamos y salimos corriendo, cada uno en una dirección.

  • La futura camarera

    Mi hija María estaba en clase de dibujo y, para hacer tiempo, me metí en una cafetería. Pedí a la camarera un café con leche y un croissant y saqué de mi mochila mi e-book. Tenía la intención de terminar de una vez por todas ese libro de psicología que se me atragantaba. Pero pasaba una época extraña en la que no podía concentrarme, así que cerré el libro. De lo de escribir ni os cuento, claro.

    El local estaba lleno de señoras y señoros que pasaban de los sesenta, vestidos de una forma que quizá en otras décadas fue elegante. Me entretuve escuchando las conversaciones.

    Conocía la cafetería de otros sábados. Reconozco que, desde que llevo coleta, me gusta ir a sitios en los que desentono, aunque no sea revolucionario ni chavista.

    Entonces entró una chica (¿o debería decir mujer?) de unos treinta años, delgada, con la piel muy blanca, gafas redondas y con el pelo mal teñido de color caoba. Vestía ropa barata. Y allí desentonaba tanto como yo.

    Se acercó a la barra, muy cerca de mí. Preguntó por la encargada.

    No me había dado cuenta, pero la chica llevaba una carpeta muy simple, pegada al pecho con los dos antebrazos cruzados, como si fuera una estudiante.

    Cuando la encargada salió, la chica sacó de la carpeta un currículum y se lo entregó.

    Estaba buscando trabajo.

    Si la encargada viera lo que yo apreciaba desde mi mesa se lo hubiera dado. Al instante.

    A aquella chica le hacia falta el trabajo de verdad.

    Lo sé porque, cuando se acercó para entregar su currículum, vi que le temblaban las piernas.

    Precariedad. Necesidad. Valentía.


    Entrada relacionada: La victoria del ñu

  • En realidad no lo éramos

    Él cambiaba de trabajo. Y cuando me llamó por teléfono para despedirse, aquel viernes por la tarde, yo ni podía imaginar que iba a ser la última vez que hablaría con él. Parecíamos tan amigos que, en realidad, no lo éramos.

  • Siempre seremos los mejores

    Aunque no somos Sherlock Holmes ni el Doctor Watson, mi amigo James y yo quedamos, de vez en cuando, para filosofar y resolver enigmas del pasado. Nosotros, que conste, no somos ni viejos ni solterones como ellos. Tampoco somos filósofos ni detectives. Por edad no fuimos a la guerra ni somos héroes. Pero somos periodistas y nos conocimos trabajando en el Daily London. Y eso marca un carácter.

    Estamos casados desde hace más de treinta años con dos mujeres a las que ya debemos unos cuantos favores y un pedestal a cada una. Hace tiempo, pobres, creyeron que iban a compartir el resto de sus días con dos genios de la Literatura, como si James y yo tuviéramos un nobel o fuéramos caballeros del Imperio.

    Y hoy, a veces, nos maravilla que conserven por nosotros algo parecido al cariño o a la admiración, pese a que hayan comprobado que los trajes de caballero nos vienen siempre grandes, holgados y algo raídos de mangas, como los smokings que se alquilan en las tiendas baratas del otro Londres.

    Como ellas son conscientes de nuestras limitaciones —a ver, somos hombres— y como a menudo dicen que no hacemos nada productivo en casa, algunas mañanas de sábado nos eximen de obligaciones y nos vamos a pescar.

    Esa historia que poca gente conoce

    Entonces, Jim y yo cogemos las cañas y los aparejos, tomamos el tren y vamos al río. De camino nos contamos cómo nos ha ido la semana. Alguna vez suele salir, como tema de conversación, esa aventura de hace mucho tiempo en Camdem, ésa que nos cambió la vida para siempre y que muy poca gente conoce. Entonces, como si un ángel nos pidiera cautela, dejamos de hablar al mismo tiempo. Sobran las palabras. Nos miramos y sonreímos.

    —Tienes que escribir esa historia algún día —me dice Jimmy.

    —Para qué. Nadie me creería.

    —Hazme caso, tienes que compartirla.

    —Soy un simple periodista. Algún día. Quizá algún día. ¿Tú crees que tendría futuro como novelista?

    Enuncio la idea en tono de broma.

    —Son gente de mal vivir —asegura mi amigo mientras pone el cebo al anzuelo—. Ellos dicen que no, pero siempre están perdiendo el culo por ir a Buckingham y conocer a La Jefa.

    Nos volvemos a sonreír otra vez en silencio y dejamos que salga otro tema de conversación.

    Camdem. De vez en cuando lo recuerdo. Fueron días felices aquellos, aunque con mucho trabajo. Estuvimos a punto de ser dos estrellas periodísticas. Estuvimos.

    —¿Sabes una cosa? —dijo James en el momento justo de lanzar la caña

    —Dime.

    —Que siempre seremos los mejores.

    (*) Fotografía: «Trucha de arroyo saltando», de Samuel Kilbourne (1874). Original del Museo de Nueva Zelanda. Mejorada digitalmente por Rawpixel.

  • Me tenía que cargar a una zapatera de Zaragoza

    Bota vintage

    En estos tiempos de autocontrol mental, me metí en la cama deseando tener un buen sueño, un sueño feliz. Dicen que funciona.

    Y soñé, claro. Soñé que era un asesino a sueldo y que me tenía que cargar a una pobre mujer de Zaragoza que tenía una zapatería y un montón de deudas. Para llegar al local tenía que bajar unas escaleras inmensas de caracol. La zapatería era austera pero muy bonita, decorada con detalles color caramelo y con un género moderno, precioso. ¿Y la señora? Pues me caía bien. Cuando se enteró de qué hacía yo allí, llamó por teléfono a mis clientes (¿podría llamarlos así?) y, sin dejar de llorar, pedía que revocaran la decisión.

    La situación se complicó cuando descubrí que la pareja que me hizo el encargo eran amantes o tenían una relación de dependencia entre ellos. Vamos, que yo era, más que un sicario, un pringao que tenía que asesinar a una persona para dejar vía libre al amor de otras dos.

    Estuve todo el sueño intentando escaquearme del encarguito. Me desperté con la sensación de que finalmente lo conseguí.

    Feliz Navidad.

    Imagen: Ilustración de The Young Voyageur by Where to buy at Northampton. 1891. Original de la British Library, digitalizado por Rawpixel.

  • Tengo que volver a casa

    Cuando abrí los ojos me zumbaban mucho los oídos. Estaba tumbado en el suelo, boca arriba, y veía el cielo. De inmediato advertí cierto olor a pólvora y a barro. Sentí que mis ropas, de tela burda, estaban mojadas. Empecé a moverme: tenía todo el cuerpo entumecido.

    De repente, ante mi campo de visión asomó una cabeza. Un muchacho, mal afeitado, me dijo con acento del sur:

    Un obus est tombé très près de vous. Ami, tu es né de nouveau.

    Me ayudó a incorporarme. El chico estaba muy sucio. Olía a sudor y a podrido, y tenía las manos descuidadas y las uñas algo largas y negras. Pero era mi ángel de la guarda y no era plan criticarle.

    Me di cuenta de que los dos vestíamos uniforme militar azul, y, entonces, empecé a comprenderlo todo. A lo lejos oí unos aviones y giré la cabeza. Era lo que me temía: una escuadrilla de biplanos.

    —N’ai pas peur. Ils sont à nous

    Pero no me asustaban los aviones. Había saltado a 1916, me encontraba quizá en Verdún, y comprendí que iba a tener muy, pero que muy difícil volver a casa.

  • Quién podía saberlo

    Al pobre gusano le asustaba sobremanera la muerte. Y más ahora, que comprendía que su fin estaba cerca. Para morir en paz construyó un lecho de seda. Adiós al mundo material: al sol, a los reflejos verdes, al rocío. Le entraba el sueño. Adiós; adiós a todo. ¿Existiría el más allá? ¿Sería verdad eso que dicen que los ángeles gusanos llevan alas? Quién lo sabía. Quién podía saberlo.

    Imagen: George Shaw (1751-1813). Original de la Biblioteca Pública de Nueva York. Digitalizado por Rawpixel.

  • El albatros

    Indefectiblemente, cuando el albatros no podía dormir (o cuando, por la tormenta, había dormido muy poco la noche anterior) le asaltaban mil pensamientos negros, caía en barrena por la madrugada. Deseaba ser gorrión o cualquier pájaro de pequeño tamaño para pasar desapercibido.

  • Passionate kisses

    Se acostumbró a llevar siempre un reproductor de música en el bolsillo del abrigo. Aquel invierno parecía larguísimo. Cuando él salía de la oficina, atravesaba en el autobús las calles del centro. Le gustaba mirar a la gente que salía de los grandes almacenes mientras oía música por los auriculares. La vida estaba allí, tras el cristal. Pero, ¿por qué no se atrevía a cogerla? ¿Por qué no salía tras ella? ¿Sería cuestión de tiempo?