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  • La foto del verano del 18 nos ha retratado tal como somos

    A la derecha de la foto aparece Marta. Sonríe mucho-mucho, con labios recién pintados de un rojo muy discreto, como le gusta a ella. Luce su pelo negro y rizado (ahora alborotado por el viento), con esas canas que desde hace un año se niega a tapar porque son medallas que otorga la vida, el paso del tiempo. Lleva un jersey fino; como es de color blanco acentúa su moreno. Está muy-muy guapa.

    A su izquierda, casi en el centro de la imagen, está Mónica en pleno ataque de risa, con ojillos achinados de felicidad. Luce una sonrisa maravillosa y, como el viento viene de espaldas, algunos mechones de pelo se le van a la cara. Tiene un rostro casi de señorita, como corresponde a sus trece años. Viste una sudadera universitaria de color naranja y un reloj digital que le gusta mucho. La instantánea le ha sorprendido con intención de llevarse la mano izquierda a la cara, quizá para reprimir (en ella tarea imposible) la risa.

    Gamberras

    María es la siguiente en aparecer, con la estatura que corresponde a sus nueve años. Luce sus gafas nuevas, de montura morada. Dice la oftalmóloga que es miope, pero os juro es capaz de ver el interior de las personas con una claridad que no he visto antes en niños de su edad. Imposta (es una gamberra) un beso de influencer. También intenta reprimir la risa.

    Y a la izquierda de la foto, del selfie colectivo, estoy yo, con el pelo absolutamente alborotado. Llevo gafas de sol (a las que tengo mucho cariño porque me las regaló Marta) y una sudadera roja que también me encanta. Me la compré en Sintra una mañana de frío de hace unos años; empezó nublada pero terminó de forma estupenda. También río. Soy muy feliz.

    Te describo la foto de familia que cada año pongo en el escritorio del ordenador de casa. Es la instantánea del verano. Hay imágenes que han salido mejor, pero me gusta ésta porque cada uno hemos posado, sin querer, tal como somos.

    Detrás de nosotros está el mar, en un atardecer de verano que no quiero que se acabe nunca. Lo guardo en forma de foto porque no sé cómo coño puedo parar el tiempo.

    Quizá el quererlo es una forma de conseguirlo.

    (*) Post dedicado a Marta, que hoy se reincorpora al trabajo y es una guerrera.

  • El sabor de las naranjas (los días son más cortos)

    Maldición: conforme avanza el calendario los días son más cortos. Me di cuenta de ello la otra tarde, cuando daba la cena a mi hija mayor en el balcón de casa. A ese momento corresponde la foto que te traigo en este post.

    Nunca he aborrecido una estación en concreto, pero sí el tránsito de una a otra. Sí, chicos: no me desagrada el otoño, pero el fin del estío me llena de una profunda melancolía.

    Creo que no queda más opción que tomarnos este tránsito como un toque de atención que nos da el verano para apurar hasta su última gota, como cuando decidimos saborear de principio a fin un buen zumo de naranja.

    ¿Estáis preparados? Venga, tomad el vaso. ¿Lo veis? Naranja, maravilloso. Tomadlo, elevadlo al sol, mirad su brillo, acercáoslo a la boca, sentid la leve acidez en los labios, en la lengua, en el paladar. Tomad un primer sorbo. Ya baja por vuestra garganta. Os va llenando de la luz del sol con la que la naranja se nutrió al crecer.

    ¿Queréis tomar otro sorbo? ¿Sí?

    Salud. Y, por favor, no os olvidéis de ser felices.

  • Nocturno

    Me asomo a la ventana en esta noche de verano.
    Siento fresco; estoy cansado pero aún no del todo.
    La brisa mueve las copas de los árboles
    y huele a césped y a tierra mojada.
    Todos parecen estar dormidos,
    pero
    en el edificio de enfrente una luz está encendida.
    Lo sé:
    probablemente, quien viva allí y yo tengamos los mismos sueños.