Anteayer, desde el autobús, camino al trabajo, vi una escena curiosa que sucedía al otro lado de la ventanilla.
Acababa de amanecer y pasábamos por una zona ajardinada de Leganés. El suelo estaba cubierto por una densa alfombra de hojas secas. Dos hombres, uno maduro y otro joven, se disponían a limpiarla. Estaban uniformados con el clásico traje verde fluorescente y botas recias con el que el ayuntamiento equipa a este tipo de operarios. Uno de ellos, el joven, se estaba cargando, a sus espaldas, una mochila mecánica, de ésas que expelen aire a presión por una manguera para amontonar las hojas en un sitio y luego sea más fácil recogerlas.
Es aquí donde viene lo curioso. El chico tenía la mirada perdida y triste, una de las más tristes que he visto últimamente. Le costaba ponerse bien la mochila. ¿Le habría pasado algo? ¿No estaría a gusto en su trabajo?
El compañero, un hombre cercano a los sesenta, de pelo canoso, se acercó por detrás y, casi con el cariño de un padre hacia un hijo, tomó la mochila con las dos manos para que al chico le fuera menos dificultoso ponerse el arnés.
En esta escena ambos estaban parados. Pero, en realidad, estaban caminando uno al lado del otro.
