Categoría: Proceso de escritura

  • Todo el mundo merece reescribir su historia

    Todo el mundo merece que alguien escriba (o reescriba) su historia, la historia de su vida.

    Ese alguien tiene que ser cercano y querido pero debe mantenerse algo distante en el tiempo para advertir mejor los detalles de la escena.

    Todo el mundo merece que alguien escriba o reescriba su historia porque ésta será la válida. Todo el mundo merece salir de este mundo mejor que como entró.

  • Un despacho ideal, un laboratorio mental

    Éste es, quizá, mi despacho ideal. Antiguo, forrado de libros y lleno de luz. Cerca de la vegetación, quizá también cerca del mar. Ubicado en una posición desde la que puedo divisar todo lo que me rodea. Pero escondido, sin posibilidad de ser visto.

    Desgraciadamente, no sé quién es el autor de la foto. La primera vez que la vi fue en el perfil de Instagram de Esquire.es, el 10 de enero de 2021. La guardé en una carpeta digital y, meses después, haciendo una búsqueda inversa en Google Images, comprobé que es una fotografía popular, utilizada en muchos sitios y webs (desgraciadamente sin decir el nombre del autor ni la ubicación de este despacho).

    Muy efectivos

    Imagina que tienes un despacho así. Imagina que lo visitas para escribir, para meditar, para buscar una solución. Los terapeutas llaman a este tipo de imágenes laboratorios mentales.

    Los laboratorios mentales son muy efectivos. Claro que no existen. Pero eso el cerebro no lo sabe. El cerebro sólo sabe de imágenes, más o menos ricas en detalles. El secreto de relajarse en un laboratorio mental reside entonces en recrearnos hasta el último detalle en un lugar que nos infunda paz y armonía.

  • Arqueólogos emocionales

    A veces me da por pensar qué será de estas palabras que yo escribo, en este extraño cuaderno digital, dentro de muchos años. Es cierto que tengo guardadas, en una USB, copias de todas las entradas del blog. Pero la verdad es que nunca se sabe.

    También conservo alguno de los cuadernos en papel que escribí en mi primera juventud. Ahí están relatos y poemas. También capítulos de novelas, muchas de las cuales no terminaron de escribirse, pero que, en su momento, me parecieron que valían la pena. Muchas veces, cuando, sin querer, los hojeo, siento algo de vergüenza al comprobar qué inocente e ingenuo era escribiendo entonces.

    Arqueología emocional. Los cuadernos y las palabras que yo guardo (que tú guardas) son indicios de yacimientos más profundos.

    ¿Sabes? Hicimos bien en escribir todo eso, por muy naíf que fuera. Formaba parte de un proceso de autoconsciencia. Parte de nuestro mundo necesitaba escribirse sílaba a sílaba, frase a frase. Construimos nuestro mundo gracias a que fue delimitado, en la cartografía de un DIN A4 o un documento de Word, con reinos y fronteras hechos de píxeles o tinta de azul. Quizá los años los sedimentaron.

    He dicho más arriba que tú y yo somos arqueólogos emocionales. En mi caso, he de confesarte que, desde hace unos meses, están viendo la luz ciertos hallazgos.

    Mi corazón, naíf, sigue siendo el mismo que entonces. Sólo que, ahora, no me molestan tanto ni la arena en los ojos ni la aridez el desierto.

  • Por favor, no me obligues a comprar tu libro

    No quiero que nadie se enfade con lo que voy a decir. En los últimos tiempos me he encontrado tantas veces con cierta situación que quiero escribir sobre ello, quizá para matar el fantasma.

    Mirad, yo no tengo nada en contra de las autoediciones: me autoedité mi primera novela (Los días de San Claudio) sobre todo para regalársela a mis amigos y a algunos clientes que tenía por entonces, allá en mis años de consultor. Hoy subo a Amazon.com novelas que algunas editoriales me editaron y de las que he recuperado los derechos. También subo otros textos por los que no apostó ninguna editorial (ni falta que hace).

    Los pongo a la venta a un precio simbólico (antes los daba gratis). Y quien tenga interés en leerlos de verdad paga un par de euros (que no me hacen rico, puesto que buena parte se lo lleva la plataforma) y todos tan contentos.

    Por lo tanto, digo, no tengo nada contra de las autoediciones. Pero sí sobre una fórmula por desgracia popular en nuestros días. Es esa que algunos llaman finamente crowdfunding aplicada a la edición. Ya sabéis de qué os hablo: un editor acepta publicar el libro de alguien sólo si éste busca mecenas (compradores) que aporten parte del costo de la edición mediante el previo pago de un ejemplar o de los que hagan falta.

    De tal forma que un amigo o conocido viene y te dice: «Oye, me van a publicar mi libro». Y tú exclamas: «¡Coño, enhorabuena, qué buena noticia!». Y es entonces cuando tu amigo o conocido te espeta: «Sí, pero necesito mecenas. Y uno puedes ser tú. ¿Quieres colaborar? ¿Me compras un ejemplar? Fíjate, te vas a hacer uno de mis mecenas».

    Yo comprendo el papelón de los editores: no están las cosas como para hacer saltos mortales sin red. Y comprendo el papelón de los autores a los que les ofrecen esta fórmula. Pero, caramba, hay un chantaje emocional implícito: «Si no me compras el libro no me lo editan, y ya sabes cuánto he deseado tener esta oportunidad».

    Es un compromiso. Un mal rollo. Más de un conocido me ha retirado el saludo por no querer comprar su libro.

    Y me estoy quedando sin conocidos.

  • Escribir como un explorador

    Tras comprender y asumir que (parafraseando a Fernando Poblet) nunca seré Baudelaire, desde hace meses escribo en cuadernos. Lo hago sin pretensiones, con las tripas y sin vergüenza, olvidando todos los recursos literarios que aprendí en los años de facultad y doctorado. Lo hago como el explorador que, perdido en la selva, anota impresiones en su cuaderno de campo sabedor de que finalmente éstas no servirán para nada.

    Tengo un cuaderno de poemas (un maravilloso moleskine que me regaló mi hermana Carmen). Tengo también un cuaderno privado para cada una de mis hijas. Tengo un cuaderno para caligrafías.

    El último que he empezado es uno de recuerdos o, mejor dicho, flashes placenteros, que vienen a mi cabeza de vez en cuando y que he comprendido que no debo olvidar.

    ¿Temo quedarme sin memoria?

    No. Lo que temo es quedarme sin emociones cuando reviva esos momentos. Temo olvidarme de eso que es tener 20 años o que una mañana, cualquier mañana, sea la primera mañana.

    Afuera, en la selva, cantan grillos y pájaros nocturnos. Mientras, dentro de mi tienda de campaña, con el candil encendido, a miles kilómetros de la metrópoli, escribo. Escribo.

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