Categoría: Narrativa simbólica

El zorro cuenta lo que ve

  • A una pezuña del precipicio

    A veces, Zorro se siente otro animal, un animal lejano: una cabra del Himalaya, esa que trepa por paredes verticales de roca. La cabra del Himalaya ha aprendido a buscar tallos verdes en las grietas de la pared, a un paso (a una pezuña mejor dicho) del abismo, a unos centímetros de darse el hostión de su vida e ir al Cielo de las Cabras.

    Un zorro consejero le ha hecho reflexionar. Le ha dicho que esa no es tan mala vida. Que sí, que está aun centímetro de hacerse papilla, pero que está a salvo del sigiloso leopardo de las nieves o del tremebundo oso negro.

    Las cabras escalan paredes verticales para estar a salvo de los depredadores y Zorro piensa que quién fuera leopardo, oso, águila.

    Y el zorro consejero le recuerda que el leopardo, el oso y el águila son animales que también tienen miedo. Miedo al hombre, que les cazará y les exhibirá disecados en salones y casinos. Miedo a morir de hambre, solos. Miedo a morir expulsados de su manada, desangrados por otras dentelladas de otros machos alfa, como en su día fueron ellos.

    Zorro toma sus prismáticos. Enfoca a lo lejos. Localiza un par de cabras del Himalaya. Bien visto, son animales bellos y valientes.

  • La gran maestra de vida

    Zorro pensó que su vida animal, que es la más verdadera de todas las vidas, es harto curiosa. Te trae los dones cuando menos los esperas o, mejor aún, cuando su posible venida ya no tiene importancia.

    De esta forma, los zorros encuentran los prados más verdes cuando sus patas ya no pueden correr. Los lobos presencian las lunas más grandes y magnéticas cuando su garganta apenas puede aullar. Y los pájaros se enamoran de las copas de los árboles más altas cuando sus alas están viejas y cansadas.

    Sin embargo, nada les falta en esta larga espera; todo lo que necesitan aparece en el camino.

    El zorro, el lobo y el pájaro, entre otros muchos animales del bosque, saben estas verdades de forma innata. Las sienten en sus entrañas. Y por eso no se preocupan de no poder correr prados, no poder aullar a la luna o no poder volar más alto. Lo que es es lo que es. Lo que no es, no es. Zorro escuchó decir a un viejo y sabio raposo: «Lo que no puedo hacer, simplemente, para mí no existe».

    El hombre es el único animal que se empeña en olvidar estas verdades: los dones tardíos y la providencia silenciosa de la Madre Naturaleza. Por eso sucumbe ante la gran maestra de vida que algunos llaman Vejez.

  • Zorro trina como un jilguero

    Zorro encontró cerca del lago a otro hermano, un zorro viejo. Parecía aturdido y se acercó a él por si necesitaba ayuda. Aún era de día y no era conveniente ser visto por ningún humano.

    —¿Estás perdido?

    —No.

    —¿Necesitas ayuda?

    —No. No te preocupes. Estoy bien.

    Al cabo de unos minutos, el viejo zorro le hablaba como si le conociera de siempre. Se hicieron amigos rápidamente y el viejo raposo le explicó que, a sus años, había descubierto varios secretos. Eran unas verdades irrefutables, pero hasta ahora no les había dado valor de tan simples que eran:

    • La vida es más emocional que racional.
    • Las intuiciones existen y hay que hacerlas caso.
    • Todos los animales del bosque son más sabios de lo que realmente ellos creen.

    «Somos eternos y omnipresentes, hermano», dijo. «Vivimos un millón de vidas. Pero no una tras otra, como los árboles que lindan un sendero. Vivimos todas las vidas al mismo tiempo, superpuestas en diversos planos, pues el orden cronológico, que tanto obsesiona a los humanos, no existe y el tiempo puede desdoblarse».

    El viejo zorro le aseguró que él era zorro pero también, y al mismo tiempo y en otro plano, mariposa. Zorro y también pájaro. Zorro y también hombre. Viejo y mayor al mismo tiempo. Con distintos destinos, distintas suertes. Distintos triunfos y fracasos. Todo al mismo tiempo.

    —¿Te das cuenta entonces que la vida es maravillosa, joven hermano? Es un milagro.

    —Pero, entonces, si yo soy al mismo tiempo zorro y pájaro ¿por qué no me doy cuenta de ello?

    —En primer lugar porque la vida perdería toda la gracia. Y en segundo lugar porque vivir en este plano es, en parte, aprender a ser consciente de todos estos milagros.

    Los dos zorros se despidieron y, de vuelta a la zorrera, a Zorro, a nuestro Zorro, le dio por trinar y trinar como un jilguero. Todos los demás animales del bosque creyeron que se estaba volviendo loco.

  • Zorro y los ecos del bosque

    Zorro estaba tan ocupado de buscar cena para esa noche (un zorro vegetariano debe buscar mucho verde para alimentarse), que olvidó por completo gritar a los cuatro vientos (filtro de Instagram y hashtag incluido) lo guay y lo chachi que era.

  • Tejón tiene ojos azabache

    —¿Quién soy yo? —le preguntó Tejón a Zorro—. Las golondrinas me desprecian. Los conejos me odian. Los cazadores quieren arrancarme la piel. Creo que mis únicos amigos son los jabalíes. ¿Qué soy yo, Zorro? ¿Puedes ayudarme? ¿Puedes darme un consejo?

    Zorro sabe que no es bueno dar consejos. Todo consejo es estéril y equivocado. Ya se lo explicó a él un maestro druida tiempo atrás: los consejos se formulan partiendo de impresiones o informaciones casi siempre erróneas. La única solución es que Tejón se conteste a sí mismo. Y que sienta (no que piense, sino que sienta) lo que de verdad es.

    —¿Me acompañas al río? —preguntó Zorro—. Tengo sed. ¿Quieres beber tú también?

    Y cuando Tejón acercó su hocico al espejo del agua, vio reflejados en él unos ojos pequeños pero de color azabache y llenos de vida.

  • Zorro nunca se prepara para Año Nuevo

    Zorro nunca se prepara para Año Nuevo. Porque, para él, el año no comienza cuando los humanos dicen, el 1 de enero, sino que empieza cuando termina el verano. Por entonces, se han ido vencejos y golondrinas y los días son más cortos. Hay que prepararse para la desnudez del otoño y los rigores del invierno.

    Cree que los humanos son exagerados. Ellos piensan, pobres ingenuos, que el año que llaman 2021 será muchísimo mejor que 2020. Y quizá sí. Pero quizá no. Nadie en el bosque tiene certeza de ello.

    La única certeza de Zorro es que en el Año Nuevo de los humanos (y en las semanas y meses que le seguirán), él esquivará a cazadores y burlará cepos de nuevo. Descubrirá nuevas praderas y trotará otra vez por viejos caminos. Bailará bajo la luna. Y, en el bosque, habrá animales que lo pasarán mal y otros que no tanto.

    Seguirá todo igual, en esencia. Por eso Zorro nunca se prepara. Porque lo único que no cambia ni puede cambiar es ser consciente del sol, del cielo, de los campos y de las estrellas. De hablar con otros animales del bosque. De ver cómo transcurre el río.

    Si los humanos vivieran más esos dones y fueran conscientes de qué suerte han tenido superando los últimos meses, no pensarían tanto en fechas y calendarios.

    Feliz 2021, humanos. Abrazo fraternal a los que han sufrido desgracias este año. Para los demás: recordad lo que realmente importa.

  • Por qué debes usar tu energía creadora y liberadora (Al otro lado)

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    Quizá ya te hayas dado cuenta. No es la novela, el relato o el poema que escribes. No es la pintura que plasmas ni esas fotografías artísticas que tanto te gusta tomar. No es el barro que modelas, ni siquiera esa canción que cantas.

    Eso que algunos llaman arte y otros producto cultural, todas esas piezas que han surgido de tu intelecto, son polvo y se quedarán aquí. No te acompañarán donde vayas, al otro lado.

    Lo único que te llevarás es el viaje emocional que habrás realizado en su proceso de creación. Como mucho, las emociones que habrás despertado en los demás.

    Y por eso, por esa energía creadora y liberadora, por ese viaje, es necesario seguir creando.

  • Pichón es un animal miope

    «¡No me has atrapado!», dijo Pichón a Zorro cuando alzó el vuelo, ignorando que nuestro amigo no quería cazarle.

    En las alturas, Pichón se sintió seguro. Desde allí arriba vio a Zorro como un animal estúpido, con cara de abrigo de señora, al que odian los granjeros y que, probablemente, acabaría abatido por una escopeta de caza.

    El sol estaba en todo lo alto y Pichón empezó a aletear y aletear. Esa sensación de libertad.

    Zorro siempre tenía la cabeza en las nubes y las patas sobre la tierra. Y desde aquel prado, se dio cuenta de que Pichón era un animal miope, que, en ese mismo momento, no vio al halcón abalanzarse sobre él.

  • Zorro comprende que la Justicia Divina no existe

    Fue esa noche, a las afueras del pueblo, cuando Zorro comprendió que la Justicia Divina era un invento de los humanos. Así ellos podrían seguir enfadados unos con otros y jurarse odio hasta el final de sus días.

    La idea de la Justicia Divina era seductora. Y erigirse en su brazo ejecutor debía ser, sencillamente, maravilloso. Zorro ya se imaginaba a sí mismo tapando con cera los cañones de la escopeta del cazador para que ésta le explotara en la cara. O manipulando sus cepos para que se cerraran en su mano. O asustándole para que cayera por un precipicio.

    Qué maravilla.

    Pero pensó que si hacía eso se convertiría en hombre. Y Zorro era sólo eso: un zorro. Ya le había costado mucho ser vegetariano. El camino estaba iniciado: de ningún modo podía volver atrás.

    Alzó las orejas. El viento de la noche le trajo el murmullo de unos humanos. Había que irse. Miró a la espesura del bosque. Intuyó el brillo de guardianes, protectores y otros hermanos. Y hacia allí encaminó sus pasos.

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  • Otras formas de trascender

    Pensó el zorro:

    Quise ser un águila o cualquier otro animal de porte más serio. Pero el dios de todas las cosas, a veces, nos otorga formas de trascender que nosotros no habíamos pensado. Y si bien no son las que en un principio deseábamos, bien miradas son más nobles, más verdaderas.

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